Gustavo Buster
14/04/2024
El Consejo Europeo del 21 y 22 de marzo, dos años después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, ha venido precedido de un cumulo de llamamientos a preparar a la Unión Europea para la guerra. Con la posibilidad de una nueva victoria electoral de Trump en las elecciones presidenciales de noviembre de este año, pero la certeza del bloqueo de la ayuda militar de EEUU a Ucrania por los republicanos, los dirigentes de la UE creen que su obligación política es desarrollar rápidamente una economía de guerra.
Su objetivo inmediato es asegurar el abastecimiento del ejército ucraniano en una guerra de trincheras, tras el fracaso de su contraofensiva y ante la amenaza de una nueva ofensiva rusa que desborde el frente y haga caer al gobierno Zelensky. Pero la política militar y de armamentos europea va más allá, porque pretende desarrollar una “autonomía estratégica” de los EEUU y desarrollar una capacidad de disuasión propia frente a Rusia y de proyección de sus intereses en el Mediterráneo, Oriente Medio y África.
Crear un clima de opinión militarista
No solo ha sido el presidente del Consejo, Charles Michel, el que ha urgido a mantener el apoyo político y militar a Ucrania, evitar la victoria de Putin y desarrollar la “autonomía estratégica” de la UE en defensa y seguridad. Precedidos por las especialmente belicosas presidenta de Estonia Kaja Kallas y ministra verde de exteriores alemana Annalena Baerbock, se han sumado el recién elegido presidente polaco Donald Tusk (“Estamos en una época de preguerra. No exagero”)y el vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, para el que la vuelta a la austeridad en el nuevo marco fiscal debe ir acompañada de una economía de guerra financiada con presupuesto y deuda comunitaria. Para no hablar de Macron y su propuesta de enviar tropas a Ucrania para combatir directamente contra las tropas rusas.
Esta belicosidad no encaja bien, según las encuestas más recientes con el ánimo de la población, a escasas semanas de las elecciones europeas. Según un informe del ECFR, el miedo a un desbordamiento de los frentes en Ucrania y a la confrontación militar con Rusia es la prioridad para unos 50 millones de los 372 millones de electores europeos, el menor de los cinco grupos focalizados alrededor del cambio climático, el covid-19, la crisis económica o la inmigración. Y se encuentran concentrados especialmente, dónde son mayoría, en los Países Bálticos, Polonia y Dinamarca y en la población por encima de los 70 años. En Alemania, esta preocupación está un punto por debajo de la media europea (16%), mientras que la inmigración se sitúa en el 31% (incluidos refugiados ucranianos). Y en Francia es aún menor (7%), para no hablar de España (6%).
Pero ello no es óbice para que se haya convertido en la prioridad del Consejo Europeo de marzo, reforzada por la guerra de Gaza. Josep Borrell, decidido impulsor inicial de esta orientación (“Una guerra convencional de alta intensidad en Europa no es una fantasía”) ha tenido que matizar porque la conexión entre “autonomía estratégica” europea, dudas sobre el paraguas nuclear de EEUU y la debilidad militar de Ucrania, lleva el debate a su conclusión inevitable: frente a una potencia nuclear como Rusia, que tiene ventaja convencional y ha incorporado a su doctrina militar el uso táctico de armas nucleares, no existe equilibrio disuasorio creíble sin que este sea también nuclear (“Nunca una gran potencia se ha suicidado por sus aliados”). Y en ese momento reaparecen todos los fantasmas de los movimientos por la paz y el desarme en Europa de los años 70-90 del siglo pasado.
Más consciente de la sensibilidad de la opinión pública española, Pedro Sánchez ha tenido que diferenciarse y quitar dramatismo, especialmente tras el entusiasmo desatado de su ministra de defensa, Margarita Robles. En su informe sobre el Consejo europeo al Congreso de los Diputados el 10 de abril, las pretendidas consecuencias de la solidaridad con Ucrania -el desarrollo de una economía de guerra europea en un marco fiscal de austeridad-, fueron justificadas en el contexto de una política de paz y seguridad más amplia, que pone en primer lugar el reconocimiento del estado palestino, convertido así, más allá de su imperiosa necesidad, en caballo de Troya del militarismo europeo para consumo político local.
La argumentación de Sánchez en defensa de un nuevo militarismo europeo parte del carácter autoritario del régimen de Putin, que por su naturaleza interna buscaría ampliar su zona de influencia y reconstruir el imperio zarista en su “exterior cercano” con población rusófona. Ese carácter expansionista hace imposible la coexistencia en el espacio euro-asiático, porque amenaza a estados-miembros de la UE como los Estados Bálticos (con importantes minorías rusas apátridas) y a socios como Moldavia, Georgia y los estados balcánicos. Pero también compite con la UE en el Norte de África (especialmente en Libia), Sahel (Mali, Niger y Tchad), en el África Subsahariana y en Oriente Medio a partir de Siria. La relación poscolonial de las potencias de la UE con sus antiguas colonias -alentada desde hace dos décadas a través de los Acuerdos de Cotonú (2000) y el posterior Acuerdo de Asociación ACP (2023)-, ha quedado cuestionada por la crisis de su relación comercial y financiera con Francia y la sucesión de golpes militares contra la presencia militar de sus tropas.
En definitiva, en esta narrativa, la UE se encuentra ya en una confrontación asimétrica con Rusia cuya manifestación más visible es el abastecimiento militar en la guerra de Ucrania, pero también en ataques de ciberseguridad y contra infraestructuras estratégicas, ataques terroristas y una campaña de desinformación sobre la opinión pública europea para manipularla y condicionar los procesos electorales.
La erosión del sistema de seguridad en Europa
El análisis de los peligros geopolíticos que acechan a la UE continúa la narrativa de la “Guerra contra el Terror” como respuesta a los atentados del 11-S de 2001 y los sucesivos atentados yihadistas en Europa como respuesta a las dos Guerras del Golfo contra Irak (1990-91 y 2003-11), la invasión de Afganistán (2001-2021) y la Guerra de Siria (2011- ). Pero los sitúa en una confrontación entre estados democráticos y pro-occidentales y estados autoritários que cuestionan un “orden internacional regido por normas”, que no es muy distinta a la explicación de Samuel Huntington del “Choque de Civilizaciones”. Son meras explicaciones ideológicas de la crisis de la hegemonía unilateral de EEUU y el surgimiento de una competencia geopolítica multipolar a nivel global y regional.
Porque el inicio de la “Operación especial” rusa en Ucrania, el 24 de febrero de 2022, no solo supuso el cuestionamiento global del sistema de seguridad europeo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, como un elemento central del sistema de seguridad previsto en la Carta de Naciones Unidas. También puso de relieve hasta qué punto la descomposición de la URSS no pudo ser integrada en el mismo como resultado del fin de la Guerra Fría (ver Volodymyr Ishchenko). El nuevo sistema multilateral, especialmente tras la redefinición de los intereses de EEUU por la Administración Trump y la consolidación del régimen de Putin después de las políticas neoliberales de schock, exigían una nueva negociación global de los equilibrios de poder en Europa que, simple e interesadamente, se obvio por la OTAN.
La erosión paulatina del sistema de seguridad europeo tuvo consecuencias que aceleraron el proceso: la ampliación de la OTAN en el Este hasta las fronteras de Rusia, el despliegue de sistemas de misiles de nueva tecnología occidentales con trayectorias de menos de 10 minutos de sus objetivos y la renuclearización militar de Belarus; la denuncia de los tratados que articulaban el sistema de seguridad europeo, como el de Fuerzas Armadas Convencionales en Europa de 1989 o de control de armas nucleares START. La idea de una comunidad de seguridad euro- asíatica, que integrase el espacio geopolítico que había quedado dividido por la Guerra Fría, recogida en la Declaración de Astana de 2010 y la creación de un comité OTAN-Rusia, quedaron desbordadas por la realidad de una nueva Guerra Fría en Europa.
Ucrania, estado independiente surgido de la descomposición de la URSS, se convirtió en la nueva zona de fricción y de competición entre la estrategia de reconstrucción de un imperio gran ruso y la de integración en las estructuras económicas y políticas occidentales, ahogando su buscada neutralidad inicial. El movimiento de Maidan, la caída del gobierno Yanukovich y su huida a Rusia dio paso a movimientos separatistas en el Donbas y la anexión de Crimea por Rusia tras referéndums no reconocidos internacionalmente. El fracaso del proceso diplomático de Minsk, que no llegó a aplicar las reformas constitucionales y económicos acordadas, acabó en la invasión rusa de Ucrania de 2022.
Los antecedentes del nuevo militarismo de la UE
Por eso conviene remontarse a los orígenes del actual proceso de militarización europeo, que no son otros que la respuesta global al derrumbe de la URSS de la UE con el Tratado de Maastricht de 1992 que creó la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) y cinco años más tarde creaba el puesto de Alto Representante para la PESC en el Tratado de Ámsterdam. El Tratado de Lisboa estableció la Agencia Europea de Defensa y la Estructura Permanente de Cooperación (PESCO) para la coordinación militar y de los presupuestos de defensa.
En 2019 la comisión creó la dirección general para la industria de defensa y aeroespacial y en 2021 el Fondo de Defensa Europeo, con un presupuesto de 8.000 millones de euros para I+D, cuyo objetivo era ya la “autonomía estratégica” de la industria militar europea. La militarización de las fronteras externas a través de FRONTEX, la mayor agencia de la UE, y la Facilidad Europea de Paz para el entrenamiento y equipamiento de fuerzas militares fuera de la UE, han sido otros instrumentos en este arsenal administrativo.
Toda burocracia, incluida la de la defensa europea, genera su ideología y estrategia. “Una Europa segura en un mundo mejor”, dirigida por Javier Solana en 2003, centrada en la seguridad de las fronteras y la lucha contra el terrorismo, en colaboración con Rusia y China, fue seguida por la “Estrategia Global” de 2016 que ya advocaba ampliar el “poder blando” de la UE con un “poder duro” para hacer frente a la lucha contra el terrorismo en África y Oriente Medio y a las consecuencias emigratorias del cambio climático. En 2020 fue sustituida por la “Estrategia de Seguridad de la UE 2020-2025” y la “Hoja de Ruta sobre Clima y defensa”. Para dar paso a la “Brújula Estratégica” actual, que prevé el desarrollo de una fuerza de intervención rápida, con 5.000 efectivos y ejercicios militares periódicos, con capacidad de proyección en África y en defensa de las rutas marítimas de abastecimiento de la UE. Sin cuestionar el marco de la OTAN ni la disuasión del paraguas nuclear de EEUU, para Zaki Laïdi, asesor de Borrell, la “autonomía estratégica” en geopolítica queda definida como “una ruptura con la visión clásica liberal de interdependencia del mundo en la que la UE había basado sus políticas”.
Pero como ha advertido en numerosos artículos Wolfgang Streeck, la UE sigue siendo en lo fundamental “un instrumento económico auxiliar de la OTAN” en la política de EEUU de contención de Rusia y China, y su industria de defensa está estrechamente integrada con la de EEUU e Israel y es el segundo exportador mundial de sistemas de armas.
La evolución del gasto militar europeo
En su intervención en el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez afirmó que “nuestro continente, la Unión Europea, registra un déficit de inversión en defensa de 56.000 millones de euros (…) Hemos acordado dedicar 5.000 millones de euros adicionales a apoyar a Ucrania, lanzar un nuevo programa de desarrollo militar dotado con 1.500 millones de euros y fortalecer la industria europea de defensa de aquí al año 2023”.
La cifra del déficit tiene su origen en un informe del Instituto para la Investigación Económica (IFO), una fundación privada alemana, sobre cuál debería ser el gasto en defensa de los estados miembros de la UE si cumpliesen el objetivo acordado por los ministros de defensa de la OTAN en 2006 de dedicar un 2% del PIB al presupuesto de defensa y cómo afectaría a la deuda y al déficit público en el nuevo marco fiscal restrictivo de la UE. Así, se calcula, Alemania tiene un déficit en defensa de 14.000 millones de euros, España de 11.000 millones, Italia de 10.800 millones y Bélgica de 4.600 millones. La conclusión del informe es que, especialmente para los países que superan el 100% de deuda pública, cualquier aumento en el gasto de defensa implica recortes de otras partidas del presupuesto y del gasto público.
La evolución del gasto militar en grandes líneas desde 2006 es que los EEUU han contribuido con dos tercios del gasto total, a pesar de representar el 50% del PIB de los miembros de la OTAN. Pero de los estados miembros de la OTAN, Francia, Alemania y Reino Unido tienen un gasto en defensa equivalente al 50% de todos los aliados, excluyendo a los EEUU. En 2014, tras la anexión de Crimea por Rusia, la Cumbre de Gales de la OTAN reiteró la necesidad de alcanzar el 2% del PIB en gasto militar en una década (España debería alcanzar ese nivel de gasto en 2029) y dedicar el 20% del gasto militar a inversión en renovación de armamento. En la próxima Cumbre de Washington en julio de este año 2024, los estados europeos tendrán un gasto militar agregado de 380.000 millones de dólares y dos tercios de ellos habrán alcanzado el objetivo de gasto del 2% del PIB. En 2030 la cifra de gasto en defensa debe alcanzar 1 billón de dólares, según la Agencia de Defensa Europea.
Cuatro cuadros permiten seguir visualmente esta evolución del gasto en defensa europeo:
Cuadro 1: Evolución del gasto militar 1960-2022 (de la Guerra Fría a la nueva hoy) en relación con el PIB
Cuadro 2: Evolución del gasto militar 2005-2022 en relación con el objetivo del 2% del PIB (el déficit citado por Pedro Sánchez aparece como algo mayor que 56.000 millones de euros).
Cuadro 3: Incremento del gasto militar por países 2021-2022
Y, por último, la evolución del gasto militar de los estados miembros de la UE en comparación con EEUU, Rusia y China
La financiación del gasto militar en la UE
Como se ha apuntado, la financiación del gasto público en defensa se realizará en paralelo a las políticas de austeridad del nuevo marco fiscal de la UE 2025-2029, que abordé en un artículo anterior en SP. La prioridad es el ajuste fiscal y la reducción de la deuda a los niveles dictados por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento europeo. Sin embargo, transcurridos los primeros años en los que la prioridad es el ajuste, se abre la oportunidad de endeudamiento en los tres años posteriores para programas de transición verde, digitalización, pilar social e industria armamentística.
Solo hay cuatro instrumentos posibles para aumentar el gasto en defensa, dependiendo además de los ciclos económicos y del crecimiento o contracción del PIB: 1) el recorte de otras partidas presupuestarias; 2) el aumento de ingresos fiscales; 3) la financiación comunitaria a través de instrumentos ya existentes como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), con una capacidad crediticia de 422.000 millones de euros, o el Banco Europeo de Inversiones, con un capital de 500.000 millones, pero que exige una reforma de su mandato para otorgar créditos a la industria militar o de doble uso y el aumento de su capacidad de crédito (actualmente el 50% destinado a energía) sin poner en peligro su calificación bancaria Triple A; y 4) la comunitarización de deuda a través de nuevos mecanismos, como eurobonos específicos para la industria de defensa europea.
A pesar de los importantes aumentos en gasto militar realizados desde 2021, el déficit del gasto en defensa no parece reducirse. En promedio el gasto en defensa se ha mantenido estable alrededor del 1,5% del PIB. Con recortes del déficit público en el caso de España de unos 10.000 millones de euros y un gasto en defensa del 1,28% del PIB, un aumento de 0,8% del PIB (unos 11.000 millones de euros) implica una ecuación difícil de cuadrar. En 2024 se ha resuelto con la prórroga de los presupuestos de 2023 y con la exclusión del presupuesto ordinario de una parte importante del gasto militar, como son la participación de España en las operaciones militares de NNUU, la UE y la OTAN. Esta es una tendencia, la exclusión en la ley de presupuestos de partidas de gasto militar, que sin duda aumentará con la presión de la financiación europea e implica una importante opacidad sobre su monto real.
Por lo pronto, los problemas de gestión de la política económica que conlleva el aumento del gasto militar -con el aumento de la deuda, los recortes en otros sectores y el peligro de inflación-, no parecen preocupar demasiado, a juzgar por el debate en el Consejo Europeo. Una noticia de prensa marginal, la creación del fondo de inversión Hysperion por el anterior presidente del Partido Popular, Pablo Casado, con un capital de 150 millones de euros permite adentrarse en el mundo especulativo privado que está detrás de los gastos de defensa públicos. Casado, con un equipo de directivos surgidos de la fundación aznarista FAES, espera no solo recaudar los 150 millones sin problemas, para invertir en 15 empresas seleccionadas del sector de defensa: asegura un retorno esperado bruto del 25% y neto del 18,83%, con comisiones de gestión del 2% y otro 8% de obtener un rendimiento superior al 20%.
Un cuadro de la capitalización en bolsa de las principales empresas que se han beneficiado de la carrera de armamentos desde 2022 da una idea de las posibilidades abiertas por el aumento de los presupuestos de defensa hasta el 2% del PIB.
Los debates sobre la economía de guerra de la Guerra Fría
El fuerte aumento del gasto militar en los años 60 y 70 del siglo pasado provocó un importante debate entre los marxistas sobre sus efectos políticos, sociales y económicos en el capitalismo de postguerra. ¿Hasta qué punto la prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial, sobre todo su continuidad después del período de reconstrucción de los años 50 y 60, se debía al gasto público en el sector de la industria de guerra convencional y nuclear? ¿Podría la economía de guerra evitar la recesión económica, convertirse en una política anti-cíclica de larga duración a pesar de la inflación que la acompañaba?¿Cuál era su relación con las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría? Dado el peligro de una escalada nuclear de los conflictos y la competencia entre potencias, ¿hasta qué punto era un callejón sin salida que acababa en guerras destructivas?
Resulta imposible hacer un repaso detallado de un debate que empezó siendo teórico, pero que acabó ofreciendo perspectivas tácticas y estratégicas para las organizaciones de izquierdas y el masivo movimiento por la paz y el desarme en Europa contra el despliegue de los misiles de crucero durante la Guerra Fría. Hay muchas similitudes con la situación actual.
El debate se remonta a los escritos de Fred J. Cook, un periodista estadounidense sobre la simbiosis de intereses sociales que había producido el desarrollo de la economía de guerra y el complejo militar-industrial en EEUU en los años 1940. Edward Solomon, con los pseudónimos de Walter J. Oakes y T. N. Vances, profesor del MIT, publicó una serie de artículos sobre la “economía permanente de guerra” como un medio de intervencionismo estatal, justificado por la competencia geopolítica que permitía ampliar la utilización de la fuerza de trabajo y el aumento de plusvalía, aumentar la tasa de beneficio, limitando o sustituyendo al mismo tiempo el gasto social de los programas del New Deal como pretendía la derecha republicana. En EEUU el debate continuó con Sweezy y Baran, en una interpretación neokeynesiana en el marco de su teoría del subconsumo como causa de las crisis económicas. La economía de guerra no solo creaba demanda agregada, sino que lo hacía en unas condiciones que permitían a los monopolios imponer rentas tecnológicas con beneficios extraordinarios. La economía de guerra iba de la mano del capitalismo político y permitía a los grandes monopolios escapar temporalmente de las consecuencias de la competencia, aunque el creciente carácter tecnológico de la producción militar implicaba una contratendencia por la creciente inversión en capital fijo e I+D y el aumento de la productividad a costa del empleo.
El debate se trasladó a Gran Bretaña en los años 60, donde Tony Cliff, pero sobre todo Michael Kidron desarrollaron una teoría de la economía permanente de guerra como un mecanismo exógeno de regulación y estabilización del capitalismo que permitía reducir el ritmo de la acumulación en el sector de bienes de producción y evitar la tendencia decreciente de la tasa de ganancias, principal mecanismo endógeno de las crisis, en una situación general de competencia inter-imperialista creciente por esos mismo factores endógenos. La visión de Kidron fue criticada por David Yaffe como una teoría del subconsumo en última instancia, al no explicar convincentemente la interconexión de factores endógenos y exógenos. Esa interconexión y su carácter histórico en los sucesivos ciclos llevó a Donald MacKenzie a plantear a comienzos de los años 80 el papel de la economía de guerra para explicar no una fase de crecimiento, sino de crisis del capitalismo.
Ernest Mandel dedicó en su Capitalismo Tardío, el libro de teoría económica marxista más importante de los años 1970, un capítulo al papel de la economía de guerra en la larga fase de expansión posterior a la Segunda Guerra Mundial como una contra-tendencia exógena a las crisis. En primer lugar, permitiendo temporalmente un cierto reequilibrio entre los sectores de producción de bienes de producción (I) y bienes de consumo (II), pero siempre que se mantuviesen los salarios a costa de los beneficios de los otros sectores. En segundo lugar, reduciendo la tendencia a la caída de la rentabilidad del capital, siempre que la composición orgánica del mismo fuera inferior en el sector (III) de economía de guerra, lo que es más que improbable a medida que aumenta su carácter tecnológico. Y en tercer lugar, permitiendo la valorización de un exceso de capitales ociosos gracias a la demanda creada por el estado para hacer frente a la tensión geopolítica. Con su estudio de Las Ondas Largas del Desarrollo Capitalista, Mandel introdujo la dinámica de los factores endógenos y exógenos en las distintas fases del proceso de acumulación y la distinta importancia y efectos de la economía de guerra en ellas.
Si aplicamos las conclusiones de este debate a la situación actual, después de las dos intensas fases de crecimiento de 1982-1994 y de 2001-2007 y de su sustitución por la Gran Recesión de 2007-2008, el largo declive iniciado en 2012 que acaba en la crisis del Covid en 2019-2021 y la débil recuperación posterior, la nueva economía de guerra aparece como una combinación de austeridad neoliberal y neo-keynesianismo armado. Una respuesta política exógena en una situación de aumento de las tensiones geopolíticas en la que se acumula una gran cantidad de capitales ociosos como consecuencia de las políticas monetarias de “flexibilización cuantitativa”, la estanflación como resultado de la ruptura de las cadenas de suministros globalizadas y una cierta recuperación de los salarios frente a la caída de la tasa de ganancias y la falta de inversión en capacidad tecnológica. Pero a corto y medio plazo, no puede sino aumentar la conflictividad social y política al bloquear los mecanismos redistributivos por el efecto de la deuda y la inflación, al tiempo que incrementa el efecto destructivo de las guerras en curso.
“Autonomía estratégica”, disuasión nuclear y competencia geopolítica
La racionalidad en última instancia de la propuesta de “autonomía estratégica” de la UE en materia de seguridad y defensa depende de su capacidad de dar respuesta a la perdida de disuasión o condicionamiento del paraguas nuclear de EEUU, con el que se articula el pacto defensivo de la OTAN y que desencadena su artículo 5. Si la elección de Trump o el bloqueo institucional de los órganos de definición de los intereses de las clases dominantes en EEUU dejan a la intemperie geopolítica los intereses específicos de las clases dominantes europeas frente a un imperio ruso expansivo reconstruido por Putin, la disuasión europea, para ser creíble, tiene que ser nuclear. Si no lo es, la acumulación posible de fuerzas convencionales o de una estrategia nuclear táctica limitada puede facilitar una negociación geopolítica, pero no aspirar a una hegemonía regional.
Por eso mismo, dadas las dificultades de sustituir a la OTAN en esa estrategia de hegemonía occidental subordinada a EEUU, la transformación de la Guerra de Ucrania en una guerra fiduciaria existencial -como pretende el Plan de Paz Zelensky, que implicaría un cambio de régimen en Moscú- acabará cuestionando la posibilidad de una “autonomía estratégica” limitada y cierra la perspectiva de negociaciones para un sistema de seguridad euro-asiático como el perfilado en la Declaración de Astana de 2010.
El actual escudo antimisiles de EEUU y la relación de dependencia de él del proyecto de escudo antimisiles europeo son la manifestación más evidente de esas dificultades y constituyen parte esencial de la economía de guerra de la UE.
La lógica de la disuasión nuclear es la garantía de una destrucción mutua asegurada gracias a la respuesta a un primer ataque nuclear. Se construye con el desarrollo de una triada de vectores, aéreos, terrestres y submarinos que permita tiempo suficiente para responder a un primer ataque y causar igual daño destructivo al enemigo. El tiempo actual de esa respuesta se sitúa en unos diez a quince minutos. Cuando Borrell apunta a que “ninguna gran potencia se ha suicidado por sus aliados”, se refiere a que EEUU no lanzaría un ataque nuclear estratégico contra Rusia por el empleo de armas tácticas nucleares en Europa. El desarrollo de la “autonomía estratégica” de defensa convencional no puede obviar su escalada en un escenario de chantaje de guerra nuclear táctica en Europa sin la disuasión nuclear táctica de EEUU o de la “Europa Potencia”.
La disuasión que existe actualmente es la que proporciona el sistema de misiles Aegis con bases terrestres en Turquía, Rumanía (2016) y Polonia(2022) y una base naval (Rota, en España) para cuatro fragatas (2018), con una red de radares y satélites de alerta temprana. Su objetivo es establecer una serie de capas en las que interceptar un misil balístico enemigo en algún momento de su trayectoria, con velocidades que oscilan entre 24.000 y 3.000 km hora, con las dificultades añadidas de maniobrabilidad, pequeño tamaño y contramedidas defensivas del misil lanzado. Su cuartel general está en Ramstein, Alemania, integrado en el sistema único de mando de EEUU NATINAMDS. El desarrollo de este sistema de escudo antimisiles fue consecuencia de la denuncia del Tratado AMB en 2002 de la Administración Bush, que imponía límites de desarrollo tecnológico y de sistemas de alerta temprana para evitar una ventaja estratégica a EEUU y Rusia.
Los estados miembros de la UE, con independencia de la fuerza nuclear submarina francesa, no tienen capacidad de contribuir a todos los elementos combinados de este sistema múltiple de alerta temprana e interceptación. De hecho, solo disponen de uno: el misil de corto alcance IRIS-T alemán, que debe conjugarse con el sistema de alcance medio Patriot de EEUU y los misiles de largo alcance Arrow-3 israelís. A partir de 2019, en la búsqueda de la “autonomía estratégica”, se están desarrollando dos proyectos europeos. El primero, un sistema de alerta temprana espacial, TWISTER, para interceptar misiles atmosféricos, con la colaboración de Alemania, Francia, Italia, Finlandia, Países Bajos y España. El segundo, un misil de corto alcance, ASTER 30 B1, para los lanzadores terrestres franceses SAMPT, para competir con los lanzadores Patriot de EEUU, que se prevé modernizar en una segunda generación B2.
En agosto de 2022, el canciller alemán Olaf Scholz propuso en la Universidad Carlos de Praga el desarrollo por la UE de un escudo antimisiles europeo (ESSI) que combinase todos los sistemas de corto, medio y largo alcance, coordinados con el mando NATINAMDS de EEUU y su escudo antimisiles. Como ha recordado recientemente en su blog Adam Tooze, Alemania tiene un importante programa militar nuclear gracias a la cooperación con Israel, para el que ha desarrollado un programa de submarinos como fuerza disuasoria de represalia nuclear, financiado en buena medida por Alemania. El siguiente cuadro da una idea del volumen del mercado de los sistemas de defensa antimisiles:
¿Hay una alternativa a la economía de guerra en Europa?
Hemos recorrido a grandes trazos los elementos y las consecuencias implícitas en la economía de guerra europea de la política de contención y disuasión de la Rusia de Putin después de 2014, las incertidumbres políticas de la seguridad de la OTAN y la disuasión nuclear de EEUU y los límites de la propuesta de “autonomía estratégica” europea. A ello debe añadirse las consecuencias de la propia economía de guerra en Rusia -los efectos de los 13 paquetes de sanciones, un gasto militar del 7,8% del PIB y el desarrollo de su propia disuasión nuclear táctica y estratégica- y en Ucrania, a las que Sin Permiso ha dedicado numerosos artículos conservados en su archivo.
La cuestión final que se plantea es si la izquierda europea (socialdemócrata, verde o alternativa) puede desarrollar una estrategia creíble para un sistema de seguridad europeo que escape a la falsa disyuntiva entre la disuasión nuclear y convencional de la OTAN, con la sumisión a las clases dominantes de EEUU, y la limitada e incoherente “autonomía estratégica” de las oligarquías europeas. Para poder hacerlo, y construir un movimiento masivo por la paz y el desarme en el espacio euro-asiático que cambie la correlación de fuerzas, es necesario de entrada salir de la caja oscura y de la lógica de la Guerra Fría y de la economía de guerra. Solo así se podrá asegurar la paz y la estabilidad geopolítica imprescindibles para poder llevar acabo las tareas urgentes que debemos afrontar, mas allá de las divisiones que imponen los intereses de las grandes potencias: la crisis climática, la transición verde, la revolución digital, la lucha contra la creciente desigualdad. En definitiva, los objetivos de la Agenda 2030 de Naciones Unidas.
Frente al dilema OTAN/ “autonomía estratégica”, existe otra posibilidad de avanzar paso a paso, a través de iniciativas y campañas concretas que cambien la correlación de fuerzas. Lo que sigue es un posible esquema inicial:
1- Cese el fuego en Ucrania, como viene exigiendo el SG de Naciones Unidas, Antonio Guterres. Despliegue de los mecanismos de interposición y observación de la OSCE. Apertura de negociaciones entre Ucrania y Rusia, bajo el patrocinio de NNUU, con los objetivos marcados por la Carta de Naciones Unidas y ratificados por la Asamblea General en una serie de resoluciones desde 2022.
2-Convocatoria de una nueva Conferencia de la OSCE para iniciar la reconstrucción de la arquitectura de tratados de seguridad y control sobre armas convencionales, armas nucleares, ciberseguridad, rutas marítimas y aéreas, en el espíritu de la Declaración de Astana de 2010.
Es evidente que un nuevo sistema de seguridad europeo necesita un marco más amplio que escape de una disuasión nuclear ahora multipolar y sea capaz de desarrollar, a partir de la Carta de Naciones Unidas, el sistema de seguridad colectiva que hoy está bloqueado por el derecho de veto en el Consejo de Seguridad:
1-Reforma de NNUU. Apoyo a la Nueva Agenda de Paz del SG Guterres. Apoyo a las Conferencias del Futuro, de Arquitectura Financiera y Social de 2024-2025. Sustitución del derecho de veto de las grandes potencias nucleares por la ampliación geográfica y representativa del Consejo de Seguridad con estados elegidos por la Asamblea General.
2- Impulso de los procesos de control de armamento y desarme internacionales. Nuevas negociaciones START con la participación de todas las potencias nucleares. Cumplimiento de las obligaciones del Tratado de No Proliferación. Adhesión al Tratado de Prohibición de Armas Nucleares.
3- Apoyo a las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de NNUU y subordinación a ellas, en el proceso de reforma del Consejo de Seguridad, de las operaciones militares de la UA, UE, OTAN, CES y la Organización de Cooperación de Shanghai.
4-Reforzamiento de los mecanismos de rendición de cuentas de NNUU, la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional. Reforzamiento de los regímenes de sanciones en la reforma del Consejo de Seguridad y la subordinación a ellos de las sanciones unilaterales de acuerdo con la Carta de Naciones Unidas.
Según Naciones Unidas, hay actualmente 56 conflictos activos en el mundo. Nunca ha sido más alto el peligro de utilización de armas nucleares y otras de destrucción masiva. La carrera de armamentos convencional y nuclear es la mayor desde la Guerra Fría. Somos testigos de un genocidio por parte de Israel en la Palestina ocupada, en violación de decenas de resoluciones de NNUU, y de las posibilidades de ataques masivos con misiles como el llevado a cabo por Iran hoy mismo.
Necesitamos construir un movimiento internacional por la paz, el derecho internacional, la seguridad como bien público y la agenda 2030. Y su objetivo en Europa debe ser rechazar la Guerra Fría y la economía de armamentos, la hegemonía de EEUU a través de la OTAN, el peligro de un nuevo imperio reaccionario ruso, el fantasma de la “ Europa Potencia”. Y construir con tenacidad un nuevo sistema de seguridad creíble en Europa y en el espacio euro-asiático, pilar de la renovación del sistema de seguridad perfilado en la Carta de Naciones Unidas, bloqueado por el derecho de veto.
Paz, libertad, democracia y fraternidad. Ese debe ser nuestro legado.