Europa no es sólo una bandera. Dossier

Andrea Fabozzi

Luigi Ferrajoli

Tommaso Di Francesco

23/03/2025

 

[El pasado fin de semana (el sábado, 15 de marzo), se celebró en la Piazza del Popolo de Roma una manifestación entusiasta en defensa de los valores de Europa, tan bienintencionada como inconcreta, que ha arrancado acentos líricos a muchos comentaristas del Reino de España. Por contra, en los artículos que siguen, varios miembros de la redacción del diario il manifesto alertan con urgencia y con firmeza, lúcida, respetuosa y persuasivamente, acerca de los peligros de que iniciativas de este género sirvan de cobertura al impulso militarista adoptado por la Unión Europea, en detrimento del gasto social solidario. Prueba de la ambigüedad y confusión reinantes en el acto romano es que pudieran verse pancartas tanto a favor como en contra del programa de rearme de una UE que parece últimamente comportarse, tal como ha señalado Anatol Lieven, como brazo civil de la OTAN. – SP]

 

Europa no es sólo una bandera

Andrea Fabozzi

Ahí estaba la bandera azul con las doce estrellas amarillas cuando el Parlamento Europeo aprobaba el uso de armas de la UE en territorio ruso. Estaba ahí cuando Ursula von der Leyen empezó a acariciar obuses en el vídeo de propaganda y a hablar del nuestro como un continente «amenazado en las fronteras», necesitado de una «maxirecarga» de armamento.

También servía de telón de fondo esa bandera al argumento de que las municiones son ahora «como las vacunas», no ya para hacer deuda común, sino para permitir a los países miembros endeudarse más allá de sus límites para comprar o fabricar nuevos misiles y cañones. No para hospitales o escuelas, no para completar el Plan de Recuperación.

Ha sido imposible durante décadas minar la austeridad de la deuda, aun cuando la austeridad hundiera a Grecia, deprimiera las economías nacionales, y sobre todo la de nuestro país, y favoreciera una inmensa transferencia de riqueza del trabajo a las rentas financieras. Y siempre adornaba estas opciones la bandera azul con estrellas: «Europa nos lo pide». Luego la crisis hizo engordar a las derechas, las mismas que hoy están formalmente fuera de la mayoría en Bruselas, pero substancialmente dentro para condicionar cada opción. Tanto en la Unión como en cada uno de los Estados, no sólo en Italia, ya que tanto en el gobierno francés como en el programa de la próxima cancillería hasta los ultraeuropeístas Macron y Merz les han abierto las puertas de par en par a los soberanistas.

Mientras tanto, la UE no ha logrado decir una palabra clara contra el genocidio de Gaza, pero ha seguido armando a Israel. Y la bandera europea se cose en los uniformes de los agentes de Frontex cuando sueltan los perros contra los migrantes en las fronteras orientales o colaboran con los traficantes libios para repeler, dejar que se ahoguen o devolver a campos de tortura a los refugiados que huyen por mar. Era azul y estrellado también el dictamen que la Comisión Europea presentó la semana pasada ante el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, un dictamen revocado y ahora a favor de deportar a los migrantes a centros de internamiento: viva el modelo Italia, es decir, Albania.

Que Europa caliente el corazón es comprensible, que esté unida y sea solidaria sigue siendo un gran sueño y quizás todavía el único destino posible de paz. Lo era hace ochenta años, cuando ese sueño se concibió en el crepúsculo de la última guerra mundial, y lo es aún más hoy, cuando los nacionalismos alumbran el alba de una nueva guerra. Pero decir Europa sin decir que las políticas europeas están marcando un fracaso y deben revertirse sólo supone agarrarse a la melancolía de lo que no ha sido.

Manifestarse en nombre de Europa y punto, con su bandera y ninguna otra, poniendo todo esto entre paréntesis, como nos han pedido Michele Serra y La Repubblica, expresa la nostalgia de un horizonte perdido, pero también puede funcionar como estímulo para quienes siguen alejándose de él. Será sin duda el noble testimonio de un viejo ideal, pero también puede ser un apoyo para quienes lo traicionan constantemente.

El autoconsuelo no es un programa político, ni siquiera una plataforma para desfilar juntos. El reclamo identitario puro y simple, vacío de contenido político, nunca ha garantizado ni medio paso adelante, todavía menos cuando la identidad no existe. Ni siquiera un ejército común cubre o anticipa una identidad y una política comunes. Sólo legitima más gastos mientras seguimos sin tener ni idea de cuál debe ser la relación de este ejército europeo con la OTAN.

Hacer grande Europa de nuevo, y punto, es también un eslogan de Musk y Trump, que están intentando claramente hundir a la Unión. Si van así adelante lo conseguirán, en efecto, pero les ha ayudado la propia UE, la cual, durante tres años de guerra en Ucrania ha renunciado a cualquier hipótesis de solución diplomática, le ha hecho los coros a Biden y ha animado a Zelenski a romperle a Rusia el espinazo. Por desgracia, tener todos los males, como los tiene Putin, no es garantía de derrota. Sobre todo, cuando se dispone de dos millones de soldados y cinco mil cabezas nucleares.

Hoy, Europa, dividida, es amiga y abraza al presidente ucraniano maltratado en Washington. No ha sido en estos años una amiga sabia.

Claro que las buenas intenciones siempre hay que cultivarlas. Y entonces empieza a hacer menos frío, entran ganas de salir al aire libre. Pero hay que hacerlo con los ojos abiertos. Llenar una plaza sólo porque Europa es bonita y buena sería un poco como desear que el cálido sol derritiera el invierno por adelantado, sin pensar que ese calor es una señal del cambio climático que va a asarnos. Y por cierto, la UE también ha dado marcha atrás en el Green Deal.

il manifesto, 4 de marzo de 2024

 

De qué pueblo es esta plaza

Andrea Fabozzi

Un tren se precipita hacia un destino desconocido y ciertamente peligroso. Consigue subir un hombre, quiere hacerlo cambiarlo de dirección. Sin embargo, sube también otro hombre, pide que el tren acelere y continúe por el mismo camino, más rápido. A bordo hay ya un tercer hombre: simplemente le gustaría que los demás le dejaran en paz y respetaran el viaje tal y como es. Para él es importante defender el tren. Los tres quieren estar en ese tren para intentar ganarlo. Pero ninguno de los tres querría la compañía de los otros dos, de aquellos cuyas intenciones son opuestas a las suyas. Eso vale para el tren. No para la plaza de mañana en Roma, donde estarán los que piensan que los países europeos deben armarse cada vez más y prepararse rápidamente para luchar, junto con los que consideran loco y peligroso el plan de rearme de la Comisión y ahora también del Parlamento Europeo y querrían pararlo. También habrá quienes lo conviertan en una cuestión de orgullo: puede que esta Europa no tenga claro lo que es y hacia dónde va, pero hay que defenderla y dejarse llevar.

Tal vez nos equivoquemos, no está bien faltar al respeto a quienes decidan salir ellos y ellas mismas a la calle a manifestarse, y serán muchos, y no queremos hacerlo, ni siquiera a quienes creen que la respuesta más eficaz a una gran plaza ambigua es una plaza contemporánea, más clara pero inevitablemente más pequeña. De hecho, el problema no es el gesto, sino el motivo.

¿Qué valor político tiene una plaza que está llena, pero en la que se puede entrar por derecho propio, exhibiendo tanto la bandera de la OTAN como la bandera de la paz, la bandera de Europa buena para taparlo todo, pero no la bandera del pueblo palestino que la UE no ha sabido defender ni con palabras, al continuar armando a Israel y sus «actos genocidas»? Una plaza que se puede doblar en cualquier dirección, porque una convocatoria vacua la hace legítima.

Será tan legítimo estar allí, en esa plaza romana, porque uno está convencido de que hay que seguir recortando bienestar para hacer con el armamento lo que no se hizo con la sanidad o con la escuela, de que ahora hay que desviar fondos de cohesión de las zonas pobres del continente a misiles y armas. Pero también es legítimo estar ahí porque uno es consciente de que se trata de una carrera hacia el abismo. Estar allí presentes porque se está decidido a animar a los ucranianos a continuar la guerra: se puede derrotar a Putin y fastidiar a Trump. O estar presentes porque se está convencido de que el final de la guerra llegará siempre y de todos modos demasiado tarde

Desde que lanzara Michele Serra la manifestación de mañana, no sólo se han producido adhesiones de varias personas y colectivos del todo respetables y con las mejores intenciones, junto a otras tantas con intenciones pésimas. No sólo ha habido un par de correcciones del tiro en la convocatoria que han añadido confusión, como, por ejemplo, establecer que sólo hablen en la plaza intelectuales y artistas, y no partidos, sindicatos y asociaciones que así oirán explicar desde el estrado por qué están allí. En pocos días también se han añadido nuevas razones para dudar de que la bandera de la Unión Europea como tal pueda ser una enseña, la única que ondear con orgullo. El plan común de rearme ha dejado inmediatamente de serlo: la gran tajada es el sálvese quien pueda, más que un ejército europeo, y habrá que devolverla, más que salvaguardar el gasto social.

En cambio, hubo inmediatamente unidad, en eso sí, en materia de inmigración, es decir, contra los inmigrantes mal recibidos antes y mal recibidos ahora que nos convertimos en un cuartel. Acurrucarse en Europa se tiñe ya de colores oscuros, más oscuros que el azul con estrellas. Así, la plaza de mañana acogerá a los que encuentran tranquilizador que la mayor empresa de armamento de Alemania haya cerrado más contratos en los últimos doce meses que en los quince años anteriores y se disponga a convertir fábricas de coches en fábricas de tanques, y a los que están aterrorizados.

Los que consideran un signo de autonomía continental, o nacional, llenar los arsenales, y los que no olvidan que más del 90% del gasto italiano en armamento va a parar a empresas de los Estados Unidos (Trump no puede pedir nada mejor). Los que están convencidos, con Ursula von der Leyen, de que las inversiones en material bélico mueven la economía y enriquecen a todos, y los que recuerdan que las municiones, tarde o temprano, se utilizan.

Unos y otros estarán juntos mañana y juntos se lo dirán. ¿Cómo? Lo vemos todos los días: si hasta el intento de la secretaria del Partido Democrático de oponerse -tardía, tímidamente, pero oponerse- a las opciones europeas más obtusas y beligerantes se ha descrito como un gesto de peligrosa insubordinación. Inmediatamente rodeado, enjaulado, por el cordón de los responsables. Un cordón revestido también de azul y estrellas.

Diferentes historias y orígenes para hacer juntos un trozo del camino constituyen una riqueza, siempre. Pero diferentes ideas y soluciones en la misma plaza para decir que queremos lo mismo no lo son. Porque algunas de estas recetas engordan, y no a partir de hoy, el ascenso de las derechas, los nuevos fascismos, el retorno de la guerra. Y otras siguen ofreciendo al menos una esperanza de salvación, incluso para Europa. Nuestra tarea es mantenerlas separadas.

il manifesto, 14 de marzo de 2025

 

Por qué manifestarse por Europa con las banderas de la paz

Luigi Ferrajoli

Se pueden compartir los argumentos críticos esgrimidos por este periódico en relación con la manifestación por Europa promovida por el llamamiento de Michele Serra y decidir, sin embargo, participar de todos modos.

¿Por qué hacerlo? Para impedir que la Europa de las armas, la deseada por las von der Leyens y los Macron, se presente como la única Europa existente.

Para manifestar la existencia de otra idea de Europa: la que, con toda seguridad, ve en Europa el lugar de las democracias constitucionales, de la separación de poderes, de la «unidad en la diversidad» según la máxima adoptada en 2000 por la Unión, es decir, de la igualdad y, sobre todo, de la coexistencia pacífica.

Es justo participar también por muchas otras razones importantes: porque Europa, no sólo la nuestra, sino también la de las von der Leyen y los Macron, se ve hoy atacada por todos los reaccionarios y fascistas de Occidente, que quieren destruir su identidad democrática residual; porque contra los fascistas, que están en auge en todo el mundo, cualquier alianza es justa; porque manifestarse en defensa de la Unión Europea, incluso con todas sus gravísimas limitaciones, significa hoy manifestarse contra Trump, contra Musk, contra Milei, contra Meloni y contra todos los soberanismos y derivas autocráticas y parafascistas que se están produciendo en todo Occidente; porque Europa, gracias a la extraordinaria convivencia pacífica que ha logrado entre 27 países con 23 lenguas diferentes y un pasado de guerras e imperialismos enfrentados, ha demostrado que es posible una integración entre pueblos diferentes, incluso para toda la humanidad; porque por ello, en la Unión Europea, vemos una etapa ejemplar en el proceso de unificación del género humano que persigue la Tierra Constituyente, sobre la base de los dos valores que ella -como la ONU, igualmente atacada- puso en los cimientos de su fundación: la paz y la igualdad.

Sabemos bien que, desde hace muchos años, Europa ha renegado de sí misma, negando y violando estos dos valores constitutivos: la paz, con su insensata política belicista y la absurda carrera de nuevos armamentos, y la igualdad, con sus políticas inhumanas contra los inmigrantes y el racismo alimentado por la reaparición en Europa de la figura de la persona  ilegal y clandestina por la única culpa de existir.

Pero precisamente por eso, para defender esos dos valores y, al mismo tiempo, los valores de la legalidad, de la separación de poderes, de los límites y las cortapisas a los poderes salvajes de los nuevos amos del mundo, es necesario hoy manifestarse en defensa de Europa, que nació sobre esos valores, y a esos valores queremos que vuelva a anclarse.

Sólo esa otra Europa, opuesta la que expresa la insensata opción por en favor de armamentos cada vez más nuevos, puede hoy emanciparse de su subordinación a los Estados Unidos y promover una iniciativa autónoma de paz frente a Rusia, basada no en el rearme sino en el desarme y las garantías recíprocas de seguridad, con vistas a un progresivo retorno de Rusia a su hogar europeo.

Ha sido el obsceno chantaje de Trump el que ha demostrado, junto con el fracaso de tres años de políticas europeas, aquello que es de una obviedad absoluta: que la garantía de seguridad no viene del rearme, que señala hostilidad, desconfianza y agresividad hacia Rusia, concebida de manera apriorística como enemiga, sino de la disponibilidad a un progresivo desarme, que, por el contrario, testimonia la voluntad de paz e insta a análoga voluntad e idéntico interés de la otra parte.

En efecto, es evidente que la carrera ulterior por nuevos armamentos -una carrera ininterrumpida desde hace más de 20 años-, si bien nunca podrá igualar las 6.000 cabezas nucleares que posee Rusia, sólo tendrá como efecto substraer a la sanidad, la educación y la subsistencia los 800.000 millones que se quiere destinar a esa carrera.

Manifestarse por Europa significa también, por tanto, manifestarse en apoyo del Estado social que sólo en Europa se ha realizado en nombre de la igualdad, y que hoy Trump y las derechas de todo el mundo quieren destruir.

Significa oponer al rostro feroz y hostil de las armas y a la destrucción del Estado social del bienestar que persiguen las políticas neoliberales de nuestros gobiernos, el rostro benéfico y civilizada de la Europa de la paz, la igualdad y la garantía de los derechos y la dignidad de las personas.

La Europa del primer rostro está destinada a disgregarse, no sólo porque está más expuesta a la amenaza de la guerra, sino también por la inevitable conflictividad entre soberanismos opuestos y la pérdida del consenso popular.

Sólo si asume el segundo rostro, financiando instituciones europeas que garanticen los derechos sociales subsidiarios de los nacionales y promoviendo un desarme global y total que haga imposible toda guerra, Europa está destinada no sólo a sobrevivir y a hacerse popular entre los ciudadanos europeos, sino también a proponerse como modelo de civilización para el resto del mundo y a demostrar que una Federación de la Tierra es posible, además de necesaria y urgente.

Pero este segundo rostro no puede permanecer oculto, cubierto, ausente, inexpresado. Debe, en efecto, manifestarse y exhibirse con las banderas de la paz. Para demostrar que sólo de él, y no desde luego de un ilusorio poder militar, dependen el prestigio y la autoridad política de Europa.  

il manifesto, 11 de marzo de 2025

 Los pacificadores desinteresados por la paz

Tommaso Di Francesco

Gran manifestación ayer en la Piazza del Popolo de Roma, pero ¿de qué pueblo? ¿Qué valor político tiene si se podía participar inequívocamente con banderas de la OTAN, como alguien pedía, o con banderas de la paz (pero no con la bandera del pueblo palestino)? ¿Es posible que no surja la sospecha de que una convocatoria tan indistinta sobre el tema de Ucrania podría inclinarse en la dirección contundente y actual del liderazgo de la Unión Europea?

¿Allí donde ondea al viento la bandera azul con estrellas del ReArm UE? El momento de la decisión de von der Leyen y de los 27 países de la UE de iniciar un megaprograma de rearme de 800.000 millones de euros para cada uno de los Estados miembros -todo menos «defensa común»- resulta alarmante. Habiendo destrozado el Pacto de Estabilidad y los fondos de cohesión, se puede hacer para la preparación bélica lo que estaba estrictamente prohibido para la salud y el bienestar. Adiós a la frugalidad, llenemos los arsenales.

Y así, sólo para contradecir la errante voluntad de Trump de descargar los costes de la OTAN sobre sus aliados occidentales, aquí estamos decidiendo acerca de un fondo monstruoso para adquirir armas norteamericanas, las únicas sobre el terreno, ocultando que entramos en un escenario apenas disimulado de doble gasto, más dinero para armas para cada Estado y más dinero para la Alianza Atlántica; hacia una perspectiva aún más devastadora para el pacto social europeo -y su asidero democrático-, de puesta en marcha de una economía de guerra que transforma toda producción material e inmaterial en nuevas armas: menos coches más tanques, cualquier cosa menos el Green Deal.

El Made in Italy competirá en la autoproducción de nuevos y flamantes cazabombarderos, quizá con la improbable y arriesgada esperanza de que todo ello aumente el PIB y el empleo, y no traiga en cambio una propensión mayor al conflicto y a la violencia, junto a una transformación de las bases valorativas de nuestra democracia constitucional, y no sólo por el artículo 11, que repudia la guerra como medio de resolución de crisis internacionales, sino por la evidente transformación de los contenidos de la convivencia civil. Porque el objetivo de una Europa como fortaleza armada, alternativa a su fundación como baluarte de la paz por la entonces reciente experiencia de la Segunda Guerra Mundial, sólo ayuda al crecimiento de la Derecha y de nuevos fascismos en todo el continente. Una gran manifestación ayer en la Piazza del Popolo por lo tanto, que, sin embargo, no responde a estos interrogantes.

Llega en su lugar solamente la respuesta, equivocada, del primer ministro británico Starmer, convocando -tras la de Macron- una reunión de unos 25 países aliados de Ucrania para formar una 'coalición de voluntarios' (Co.Vo. serían las siglas), recuperando de las turbias aguas de la historia una terminología cuando menos poco propicia: vayan ustedes a ver la destrucción y las matanzas que cometimos junto a los 'voluntarios' para invadir Irak en 2003. Entonces, entre los voluntarios, como tercer contingente también estaba Ucrania.

Dejando de lado un juicio sobre todas las guerras 'voluntariosas' y 'humanitarias' que hemos promovido en los últimos treinta años, de Somalia a la antigua Yugoslavia, de Irak a Afganistán, de Libia a Siria. ¿Esta vez «voluntariosos» para qué, cuando todavía no sólo no hay una paz duradera, sino ni siquiera una tregua o un tímido alto el fuego?

Starmer, Macron y Zelenski se disponen a definir la lista, la zona de participantes en una posible operación de mantenimiento de la paz. Por eso el primer ministro británico convoca para el jueves en Londres una «reunión operativa» en el nivel de cúpulas militares con los países aliados dispuestos a discutir un futuro despliegue de «botas sobre el terreno» y «aviones en los cielos» para garantizar la seguridad de Ucrania, una vez alcanzados los acuerdos de paz.

Esta es la cuestión: pero para garantizar un eventual alto el fuego, ¿es posible desplegar fuerzas militares de los países de la OTAN que han apoyado a Ucrania en armas desde 2014, según recordó el ex secretario de la OTAN, Stoltenberg? ¿Aceptaríamos para esta función de mediación armada a Bielorrusia o Corea del Norte, que han apoyado a Putin con armas?

La idea de unas verdaderas fuerzas armadas de tierra, mar y aire dispuestas a intervenir para salvar el alto el fuego no es más que una continuación de la guerra con nuestros ejércitos; es una opción «iraquí»: es la infame zona de exclusión aérea (“no-fly”) de los vencedores para golpear a los vencidos. Aquí la situación sobre el terreno es muy diferente. Al estancamiento se suma la dramática dificultad del ejército ucraniano, no sólo por falta de armamento, sino también por las deserciones.

Aquí, una fuerza de interposición o es de verdad neutral y, por tanto, capaz de detener toda provocación y todo objetivo expansionista del zar Putin, o, como los «voluntariosos» de Irak, es leña al fuego de un nuevo conflicto mundial. Sólo las Naciones Unidas, si bien vilipendiadas y bombardeadas hasta por Trump -quien se verá obligado, empero, a contar con la ONU y el Sur Global-, siguen teniendo esa potestad y ese derecho internacional de intervención mediadora, incluso con la fuerza y los cascos azules, por encima de los beligerantes. El único deseo es que la plaza de Roma sea sí de los dispuestos, pero contra los juegos de guerra.

Concluyendo. Pero, nosotros, convencidos europeistas y antinacionalistas, ¿estamos realmente seguros de que la bandera de esta UE reducida a armas y nuevos muros supone la justa defensa de la democracia? En Belgrado, en el sudeste de Europa, salió ayer a la calle un verdadero océano de manifestantes de toda Serbia, una nueva generación junto a otra más veterana, todos contra la corrupción.

Tras la tragedia de la marquesina que se derrumbó en Novi Sad en noviembre de 2024, llevan cuatro meses protestando contra el mal hacer de un gobierno de privilegios y favoritismos, alimentado por inversiones chinas depredadoras con subcontratas francesas, por contratos emiratíes para remodelar el centro de la capital, por contratos alemanes y de la UE para apropiarse del litio de la región de Jadar, por la venta de decenas de cazas Rafale gestionada directamente por Macron, y por la familia Trump, compinches del poder serbio, que compran los restos de los ministerios bombardeados por la OTAN en 1999. Pues bien, ayer en la calle, como en estos cuatro meses, no había ni una sola bandera de la UE.

il manifesto, 16 de marzo de 2025

estudió Economía y Comercio, y se ha desempeñado como periodista en diarios como “Liberazione” y semanarios como “Rinascita” y “Avvenimenti”. Desde 2023 es director del diario “il manifesto”, en el que, desde 2001, ha dirigido la sección política, ha sido jefe de redacción y cronista parlamentario. Es también profesor de periodismo desde 2010 en la Universidad Suor Orsola Benincasa (Unisob) de Nápoles.
jurista italiano que se define como iuspositivista crítico, discípulo de Norberto Bobbio y teórico del garantismo jurídico, fue profesor de Derecho en la Universidad de Camerino. Promotor de la idea de una Constitución de la Tierra, varias de sus obras se han publicado en España en la editorial Trotta, en traducción de Perfecto Andrés Ibáñez.
veterano periodista romano, fue codirector entre 2014 y 2023, junto a Norma Rangeri, del diario “il manifesto”. Poeta epigramático y satírico, es también autor de novelas y cuentos, y compilador de diversas antologías literarias.
Fuente:
il manifesto, 4, 11, 14 y 16 de marzo de 2024
Traducción:
Lucas Antón

Subscripción por correo electrónico
a nuestras novedades semanales:

El responsable de tratamiento de tus datos es Asociación SinPermiso y la finalidad del tratamiento es hacerte llegar nuestras novedades. Puedes ejercer tus derechos en materia de protección de datos contactando con nosotros*. Para más información consulta nuestra política al respecto (*ver pie de página).