Racismo de Estado, islamofobia y fundamentalismo religioso

Joseph Daher

06/03/2021

El resurgimiento de la islamofobia en Francia puede entenderse tanto por el contexto socioeconómico y político actual como por su herencia colonial e imperialista. Por un lado, el gobierno francés intenta ocultar sus dificultades socioeconómicas mediante políticas de estigmatización y exclusión de la población musulmana. Por otro lado, la "defensa de la religión y de una auténtica identidad islámica" sirve de pantalla para la agenda política y económica de los fundamentalistas islámicos.

En las últimas semanas se ha producido una profundización sin precedentes de las políticas islamófobas y autoritarias de las clases dirigentes en Francia a través del gobierno del presidente Macron. Esta política tiene lugar en medio de una crisis socioeconómica, y tras el asesinato del profesor Samuel Paty y el atentado de Niza, perpetrados por personas que dicen estar comprometidas con la ideología yihadista, portadora de un proyecto social fundamentalmente reaccionario.

Islamofobia y racismo de Estado

Los ataques y la violencia contra las poblaciones musulmanas y sus lugares de culto se han multiplicado. Al mismo tiempo, el gobierno de Macron amenazó con prohibir y disolver más de 50 asociaciones musulmanas, como el Colectivo contra la islamofobia en Francia (CCIF), cuya función es prestar asistencia a las víctimas de la islamofobia. El ministro de Interior, Gérald Darmanin, ya ha anunciado la disolución de la asociación humanitaria BarakaCity, mientras que la mezquita de Pantin ha sido cerrada. Por no hablar de la ampliación de la responsabilidad criminal de los menores por "enaltecimiento del terrorismo, complicidad y amenazas de muerte".

En menor medida, las organizaciones y activistas de izquierdas han sido objeto de ataques: pintadas de "colabos" en la sede del Partido Comunista Francés, campañas mediáticas violentas contra los diputados de La France Insoumise así como contra periodistas comprometidos, amenazas de muerte contra activistas políticos y sindicales, etc.

La responsabilidad del gobierno francés en esta explosión de violencia y odio racista es indiscutible. Gérald Darmanin, por ejemplo, no dudó en establecer una continuidad entre las estanterías “halal” de los supermercados y el "separatismo", mientras que el ministro de Educación Nacional, Jean-Michel Blanquer, declaró que el "islamo-izquierdismo" gangrenaba la universidad y las filas de France Insoumise, y que estaba "haciendo estragos" en ella. Blanquer terminó diciendo que "esta gente favorece una ideología que luego, poco a poco, conduce a lo peor". El mensaje es claro: estas organizaciones y personalidades están acusadas de complicidad en los atentados cometidos en las últimas semanas.

Las políticas del gobierno francés legitiman y banalizan los discursos y las teorías de las organizaciones de extrema derecha. De este modo, se fomenta la violencia contra las poblaciones y los símbolos musulmanes.

La islamofobia no es un fenómeno nuevo en Francia, ni mucho menos, ya que tiene sus raíces en su historia política colonial e imperialista. Sin embargo, la islamofobia se ha intensificado en los países occidentales desde los atentados del 11 de septiembre perpetrados por Al Qaeda.

Esta última ofensiva islamófoba tiene lugar mientras el gobierno de Macron se enfrenta a una serie de retos y dificultades políticas, con el telón de fondo de una crisis sanitaria y el descontento social sostenido desde el movimiento de los chalecos amarillos. Es interesante observar que Macron no hizo inicialmente de la islamofobia un punto fuerte de su mandato presidencial. Durante su campaña, se presentó como un joven cosmopolita opositor a la extrema derecha de Marine Le Pen, criticó la obsesión del ex primer ministro Manuel Valls por el Islam y calificó el colonialismo de "crimen contra la humanidad".

La islamofobia tiene un doble objetivo para las clases dominantes francesas, tanto para dividir a los trabajadores, dificultando sus luchas por los derechos sociales, como para aglutinar a la mayoría blanca en torno a una supuesta "República Francesa" sin clases. Esta mítica "República" se describe como la mejor protectora y defensora del derecho a la libertad de expresión, de los derechos de la mujer, del orden público, de la "laicidad", etc.

En este contexto, es indispensable para el gobierno francés quebrar todas las iniciativas populares y antirracistas para profundizar sus políticas neoliberales y de austeridad. La labor de socavar la gran manifestación del 10 de noviembre de 2019 contra la islamofobia y el racismo es un ejemplo de ello.

Fundamentalismos religiosos y yihadismo

A la vez que denunciamos la ofensiva autoritaria y racista del Gobierno francés, debemos oponernos a los movimientos fundamentalistas islámicos y yihadistas. En esta perspectiva, debemos recordar que el fundamentalismo religioso es un fenómeno internacional, que no es peculiar de Oriente Medio ni de las sociedades predominantemente musulmanas. Asimismo, hay que distinguir claramente entre la religión islámica y los grupos fundamentalistas.

El fundamentalismo islámico es un producto de las condiciones políticas y económicas específicas y de la evolución de Oriente Medio, donde las potencias imperialistas han tenido un impacto importante y continuo en los Estados y la economía política.

Estados Unidos ha utilizado sus asociaciones estratégicas con Irán (hasta el derrocamiento del Sha en 1979), Israel y Arabia Saudí para dominar la región. Les ha apoyado para enfrentarse a regímenes nacionalistas árabes como el Egipto de Nasser, a movimientos comunistas y de izquierda y a diversas luchas populares que, en general, han exigido mayor soberanía, justicia social e independencia de la dominación imperial. En este marco, Arabia Saudí ha promovido y financiado diversos movimientos fundamentalistas islámicos suníes, especialmente los Hermanos Musulmanes, para contrarrestar a los nacionalistas y a la izquierda.

La crisis de los regímenes nacionalistas árabes abrió el espacio político para el desarrollo de los movimientos fundamentalistas. Estos regímenes han abandonado sus anteriores políticas sociales radicales y antiimperialistas por dos razones principales. En primer lugar, sufrieron una aplastante derrota a manos de Israel en 1967. En segundo lugar, sus métodos de desarrollo del capitalismo de Estado comenzaron a estancarse. Como resultado, optaron por un acercamiento a los países occidentales y a sus aliados del Golfo y adoptaron el neoliberalismo, poniendo fin a muchas reformas sociales que les habían hecho populares entre sectores de trabajadores y campesinos. Los regímenes también se volvieron contra el movimiento nacional palestino al buscar compromisos con Israel. Al mismo tiempo, todos los regímenes nacionalistas árabes y otros, como el de Túnez, apoyaron en algún momento de forma voluntaria a los movimientos fundamentalistas islámicos o permitieron que se desarrollaran contra los grupos de izquierda y nacionalistas.

El derrocamiento del régimen del Sha durante la revolución iraní y el establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979 estimularon los movimientos fundamentalistas islámicos chiíes en la región.

Ya en 1979, para contrarrestar la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos, con la ayuda de sus aliados en la región, inyectó miles de millones de dólares en la formación y el armamento de grupos fundamentalistas. Así, el imperialismo estadounidense ha contribuido en gran medida al movimiento de Al Qaeda, el ala más extremista del fundamentalismo islámico, que posteriormente se volvió contra Washington.

Competencia inter-fundamentalista

El último acontecimiento importante que alimentó el auge del fundamentalismo fue la creciente rivalidad política entre Arabia Saudí e Irán. Cada Estado ha instrumentalizado su propio fundamentalismo confesional para lograr sus objetivos contrarrevolucionarios.

Organizaciones como el Estado Islámico, Al-Qaeda, las distintas ramas de los Hermanos Musulmanes y Hezbolá difieren en su formación, desarrollo, composición y estrategia. Los gradualistas, como los Hermanos Musulmanes y Hezbolá en el Líbano, participan en las elecciones y en las instituciones estatales existentes. Por el contrario, los yihadistas como Al Qaeda y el Estado Islámico consideran estas instituciones como no islámicas y, en cambio, recurren a tácticas guerrilleras o terroristas con la esperanza de una posible toma del Estado. Entre los yihadistas también hay debate y división sobre las tácticas y estrategias para lograr su objetivo de un Estado islámico. En diversos contextos y periodos históricos, las distintas corrientes fundamentalistas han colaborado unas veces y otras han competido e incluso se han enfrentado.

Sin embargo, defienden un proyecto político común, a pesar de las importantes diferencias. Todas las variantes del fundamentalismo islámico comparten el objetivo de establecer "un Estado islámico basado en la sharia" que preserve el orden capitalista existente. Los movimientos fundamentalistas islámicos, como Hezbolá y los Hermanos Musulmanes en Egipto, han promovido las políticas neoliberales apoyando medidas como la privatización, la liberalización del mercado y la apertura al capital extranjero, mientras denuncian y atacan a los movimientos sociales desde abajo, especialmente a los movimientos sindicales.

Los movimientos fundamentalistas islámicos también han creado a menudo organizaciones benéficas para llenar el vacío dejado por la destrucción de los programas y servicios sociales del Estado de bienestar. Utilizan las organizaciones benéficas para ganar la adhesión de sectores de las clases trabajadoras a su proyecto reaccionario.

Sus ataques a las fuerzas democráticas y progresistas durante los procesos revolucionarios en Oriente Medio y el Norte de África desde 2011 dan testimonio de esta realidad. Estas organizaciones están en la perspectiva de una guerra de civilización y de la imposición autoritaria de su hegemonía cultural y religiosa. Las diversas fuerzas fundamentalistas islámicas constituyen, pues, la segunda ala de la contrarrevolución, siendo la primera los regímenes despóticos existentes.

Por lo tanto, la tarea de la izquierda es luchar sin ambigüedades contra el sistema capitalista y las opresiones que lo constituyen. De este modo, será posible luchar políticamente y cortar la hierba bajo los pies de las fuerzas ultra-reaccionarias y hacerlas desaparecer, para unificar a las clases populares en toda su diversidad.

activista socialista suizo-sirio, profesor de la Universidad de Lausanne, autor de "Hezbollah: Political Economy of the Party of God" (Pluto Press, 2016) y "Syria after the Uprisings, the Political Economy of State Resilience" (Pluto Press and Haymarket, 2019).
Fuente:
https://solidarites.ch/journal/378-2/racisme-detat-islamophobie-et-fondamentalismes-religieux/