Misa en latín e iglesia única: el salto hacia atrás de Benedicto

Frei Betto

15/07/2007

El papa Bendicto XVI vuelve a sorprender al mundo cristiano con la decisión de permitir el latín en las celebraciones litúrgicas y de proclamar a la iglesia de Roma como la única verdadera iglesia de Cristo.

Todos somos deudores de nuestras raíces culturales. No se puede valorar un texto fuera de su contexto. Eso vale para todos. Joseph Ratzinger, ahora papa, es un alemán penetrado del pesimismo intelectual de Hannah Arendt y de Karl Popper, filósofos antiutopistas. Ambos fueron militantes de la izquierda; ella en Alemania y él en Austria. Tras haber renegado de las ideas revolucionarias, ambos cayeron en el error de identificar la utopía con el totalitarismo. Así se cerraron al futuro, para regocijo de quienes insisten en otro error, no menos grave: identificar democracia con capitalismo.

Cuando el ser humano abandona la imaginación creadora, su futuro se le vuelve amenaza. Lo nuevo, le amedrenta. De aquí que se refugie en la nostalgia, como si el mejor de los mundos estuviera en el pasado. Es una suerte de regreso al Edén bíblico, al "paraíso perdido" de Milton, a la seguridad del útero materno diagnosticada por Freud.

Para acentuar el elitismo de una iglesia rehén de Constantino en el mundo latino, la nobleza clerical hizo suya una lengua decadente, el griego. Desplomado el imperio romano y disgregada la unidad europea, la iglesia conservó otro idioma en desuso, el latín. Así, los sacros misterios eran tratados en una lengua inaccesible a la plebe. En el siglo XVI, en Pernambuco, Branca Dias fue acusada por la Inquisición de un grave delito: poseer una Biblia en portugués. Ni siquiera la constatación de que era analfabeta logró salvarla. La lengua vernácula no podía verse sino como profana.

No será el latín lo que consiga atraer a la iglesia católica a los pobres, que prefieren pastores capaces de expresarse en su propia lengua. Jesús no hablaba griego ni latín. Hablaba arameo y entendía el hebreo. A mí me gusta el latín en cantos litúrgicos como los gregorianos. ¿Pero cuántos fieles entienden la misa en latín? Temo que la vivan como celebración de una experiencia estética, residuo de una iglesia exiliada en su pasado, de espaldas al futuro.

¿Será la iglesia de Roma la única verdadera iglesia de Cristo? Entonces, ¿por qué Roma ha suprimido del Credo el paso que nos hacía a nosotros, católicos, creer en la "iglesia católica, apostólica, romana", según yo lo rezaba de niño? Ahora se dice: "creo en la santa iglesia católica", lo que implica su carácter universal y apostólico, pero no romano.

Y hace todavía más fatigoso el camino del ecumenismo la otra afirmación de Benedicto XVI, conforme a la cual reconocer al obispo de Roma, el papa, como guía de todas las iglesias es condición necesaria para la unión de las comunidades eclesiásticas cristianas. El Concilio Vaticano II insiste en la renovación y en la conversión de todas las iglesias, incluida la romana, como requisito esencial para la unidad perdida, primero, con el cisma entre Oriente y Occidente en 1054, y luego, con la reforma de Lutero en el siglo XVI. El Concilio recomienda a la Iglesia de Roma reconocer los elementos de verdad presentes en las otras iglesias. Prestar atención a lo que une y no a lo que separa.

He aquí lo que dice el catecismo oficial de la iglesia católica, firmado por el cardenal Ratzinger en 1998: "Fuera de los límites visibles de la iglesia católica, hay muchos elementos de santificación y de verdad: la palabra escrita de Dios, la vida, la gracia, la fe, la esperanza, la caridad, otros dones interiores del Espíritu Santo y otros elementos visibles. El Espíritu de Cristo se sirve de esas iglesias y comunidades eclesiásticas como instrumentos de salvación, cuya fuerza procede de la plenitud de la gracia y de la verdad que Cristo ha confiado a la iglesia católica. Todos esos dones vienen de Cristo y a Él conducen, y llaman, por ellos mismos, a la unidad católica" (819).

Jesús nunca condicionó el mérito de su amor a la adhesión a su palabra. Hizo el bien sin mirar a quién. No pretendió que la mujer fenicia, el siervo del centurión romano o la viuda de Naim creyeran en su predicación antes de merecer la curación. A ninguno de ellos dijo: "Mi fe te ha salvado". En cambio, dijo: "Tu fe te ha salvado".

La unidad de los cristianos nunca se conseguirá por la vía expeditiva de la autoridad, sino sólo por la caridad, por la tolerancia, por nuestra humildad en punto a reconocer los propios errores y ser capaces de hallar lo que de positivo y evangélico hay en otras iglesias y denominaciones religiosas.

El primado del amor es lo único capaz de afianzar la unidad de la fe en la diversidad de las culturas. Ahora y siempre, Cristo es la cabeza de la iglesia, y nosotros, los fieles, componemos los distintos miembros de su cuerpo.

Frei Betto, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es un escritor dominico brasileño, autor entre muchos otros libros de la biografía de Jesús Hombre entre hombres.

Traducción para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

Fuente:
Il Manifesto, 13 julio 2007