Mayo del 68 (la época del topo)

Joxe Iriarte Bikila

08/06/2008

Después de la Segunda Guerra Mundial, las metrópolis del capitalismo occidental llegaron a un desarrollo económico y estabilidad social tremendos. Se ensalzaban las bondades del capitalismo, liquidando para siempre la capacidad de la clase obrera y subrayando su integración. Por eso los hechos de 1968 adquirieron el aspecto de una explosión o un terremoto social y pusieron en entredicho las rotundas verdades al uso, sobre todo entre la juventud.

En Francia la burguesía conoció el temblor, el miedo; muchos intentaron sacar su dinero de los bancos, otros huyeron al extranjero. El propio presidente, el general De Gaulle, que tenía una enorme experiencia, se quedó por un momento sin saber qué hacer y consideró la opción de llamar a las divisiones acantonadas en Alemania. Sin ningún tipo de duda, se creó un vacío de poder.

Fue el movimiento estudiantil quien encendió esa revuelta, pero la clase obrera no se quedó atrás. Las huelgas y ocupaciones de fábricas con banderas rojas en las puertas se extendieron por toda Francia. El 13 de mayo una manifestación formada por más de un millón de trabajadores y estudiantes llenó las calles de París y la policía no fue capaz de mantener las calles bajo control. Escribieron en las paredes de la universidad el mensaje que se difundió a todo el mundo: seamos realistas, pidamos lo imposible. Y tras Francia, el conflicto social se extendió, como la pólvora, a Italia, Inglaterra, etc.

Después de los sociólogos, los intelectuales orgánicos tanto de izquierda como de derecha publicaron numerosas y contrapuestas opiniones sobre las expresiones y causas de aquellas revueltas y luchas. Algunos, como no había miseria ni paro, más que a un problema basado en razones materiales, atribuían lo sucedido a una crisis civilizatoria o del modo de vida; otros, en cambio, lo tomaron como el último resto del movimiento romántico del siglo xix, dando a entender que desaparecería del mismo modo en que lo hace una fiebre. Había también quienes veían el suceso de otro modo: en el marco de las nuevas contradicciones que genera la sociedad capitalista industrializada esas revueltas y huelgas habrían anticipado las intenciones y proyectos de las voluntades de la sociedad del umbral del siglo xxi.

Es mi convencimiento que lo ocurrido en esa situación fue una explosión a favor del cambio y la renovación profunda que exige esta sociedad burguesa, que aparecerá una y otra vez, aunque no sepamos cuándo ni cómo.

También alrededor del mundo. El sistema que se extendió y afianzó después de la Segunda Guerra Mundial, también llamado socialismo real, se empezó a agrietar y la ofensiva del Tet acarreó un tremendo desprestigio a los EEUU. «¡Ho, Ho, Ho Chi Minh!», se gritaba en las calles de París, y en Sudamérica, a la sombra de la revolución cubana, el Che Guevara escribió la reivindicación tricontinental: «hay que crear uno, dos, tres Vietnam».

En Euskadi para entonces el reino del miedo impuesto por la dictadura había empezado a agrietarse, apareciendo claros entre la niebla y la oscuridad de treinta años. Se creó un nuevo movimiento obrero cuya influencia fue notoria en toda la sociedad, afianzando valores de compañerismo y solidaridad en los corazones de muchos jóvenes. En las sacristías, asociaciones de montañistas, reuniones clandestinas de fábrica y en el poteo el ambiente social estaba en ebullición. Numerosas huelgas golpearon a la sociedad y catalizaron la situación.

El deseo y el dolor popular, pechos llenos de ansia, trajeron aires nuevos. El poeta Gandiaga, al comparar al País Vasco con el chacolí, nos escribió estas palabras: «la amargura del País Vasco quema el alma, como la amargura del chacolí quema el paladar. Es un vino pobre, que querría ser vino pero que entre otros vinos no es vino y que, sin embargo, es vino».

Los debates ideológicos eran duros y básicos. Según algunos, primero debía construirse la casa y luego veríamos de qué color pintar las paredes. Para entonces Gabriel Aresti había dado su opinión en un bello poema: Yo: quiero una rosa roja. / Él: sí, pero primero la rosa. Yo: Sí, una rosa roja. / Él: primera la rosa. / Y al final llevaban una rosa blanca en la solapa.

Aresti fue un hombre de gran capacidad predictiva. Evidentemente, lo que Gabriel no podía saber era que, además de la rosa blanca en la solapa derecha, nos pondrían un clavel rojo y gualdo en la izquierda. En este país la realidad es una moneda de muchas caras.

Nuestras intenciones y esperanzas tenían raíces materiales, eran hijas de una situación. Una opción entre otras y no eran tan hueras como las majaderas intenciones de algunos románticos aventureros o vanidosos. En efecto, en el presente como en el pasado, lo que tiene importancia no son los cálculos o previsiones que se realizan vinculados a la coyuntura, sino la veracidad de la crítica que hagamos de la sociedad capitalista y del estado opresor, la necesidad de la lucha cotidiana y la justicia de nuestros objetivos emancipatorios. Todo esto sigue en pie.

Joxe Iriarte Bikila es miembro de Zutik

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Escribano

Fuente:
Berria, 14 de mayo de 2008