Laicismo en los EE.UU.: Un tenso futuro por delante

Tom Flynn

21/03/2021

En el momento de escribir esto, Joe Biden, presidente electo, no ha recibido todavía su primera sesión informativa en la Casa Blanca. Cuando lean estas palabras, Biden será ya presidente, lo cual dejará casi en estado de éxtasis a muchos ateos, agnósticos, humanistas seculares y librepensadores.

Pese a que una administración como la de Biden suponga un gran paso hacia la normalidad tras el caos, la crueldad y la obstinada ignorancia de los años de Trump, los norteamericanos seculares pueden todavía encontrarse con que el presidente Biden suponga (disculpen la expresión) una ambigua bendición. Devoto católico romano, Biden pronunció un discurso de aceptación impregnado de lenguaje religioso, invocando repetidas veces a Dios —recitando incluso versos de un himno, como para llorar y no parar — sin un solo reconocimiento de que existen norteamericanos que no son religiosos (para ser justos, hace doce años Barack Obama no dijo nada acerca de los no religiosos en su propio discurso de aceptación. Pero ofreció el primer guiño presidencial de la historia a los no creyentes en su discurso de investidura).

No he oído el discurso de investidura de Biden todavía; probablemente, ustedes sí. Quizás Biden siga la guía del de Obama. Esperemos que nos reconozca con una frase o dos. No sería otra cosa que razonable, dada la rapidez con la que ha crecido la población de norteamericanos no religiosos desde 2008 (abundaré más tarde en esto).

Pero hay una razón mayor para que los norteamericanos seculares de todos los colores se sientan profunda, profundamente preocupados. Cuatro años de Trump han convertido el sistema legal norteamericano en algo más hostil hacia las prioridades seculares en una serie de formas que sobrevivirán bastante más allá de la presidencia de Trump. El Naranja nombró a casi 230 jueces federales, plantando jueces de modo casi tan prolífico como hace santos el Papa Francisco. Quedan pocos puestos judiciales, y como todo el mundo sabe, Trump elevó a tres juristas inclinados a la derecha al Tribunal Supremo de los EE.UU., otorgando a la corte judicial una mayoría conservadora de 6 a 3, algo sin precedentes en los últimos tiempos.

Es difícil imaginar un poder judicial más susceptible de considerar con desdén los casos de separación entre Iglesia y Estado. Antes incluso de la designación como candidata de la hoy Juez Asociada Amy Coney Barrett, la jurisprudencia federal había casi neutralizado la Cláusula de Establecimiento de la Primera Enmienda, el baluarte tras el cual los defensores de la separación habían logrado impresionantes victorias a partir de finales de los años 40. En años recientes, las organizaciones activistas han tratado de presentar más casos mediante la Cláusula de Libre Ejercicio, y menos casos mediante la Cláusula de Establecimiento, debido al menguante entusiasmo judicial por la Clausula de Establecimiento. El artículo de octubre-noviembre de 2020 del Director Legal del CFI [Center for Inquiry], Nicholas J. Little, captó ese lúgubre denouement [desenlace]. Se titulaba: “R.I.P. Cláusula de Establecimiento”. Al describir las repercusiones de la empecinada decisión del alto tribunal en el caso Espinoza versus el Departamento de Ingresos Públicos de[l estado de]Montana, escribió apenado que “el principio básico de la Cláusula de Establecimiento — que no se pueden recabar fondos del contribuyente para escuelas religiosas — ya no existe”.

Esa es otra manera de decir que el principio que elucidó Thomas Jefferson en 1779 —“[O]bligar a un hombre a proveer aportaciones monetarias para la propagación de opiniones de las que descree y que aborrece, es algo inmoral y tiránico”— se ha visto sumariamente abandonado.1

Mientras la Cláusula de Establecimiento yace pudriéndose en la tumba, tanto jueces como burócratas han saltado a distorsionar la Cláusula de Libre Ejercicio, estirándola —como un chicle— hasta hacerla irreconocible. “La libertad religiosa” tiene cada vez más la connotación de un derecho imaginario de los cristianos a hacer lo que puñetas les parezca y exigir un pródigo apoyo público por obrar de ese modo.

Este es el premio de décadas de paciente activismo de los estrategas de la derecha religiosa, que ha implantado firmemente la absurda noción de que al llevar a la práctica un secularismo casi neutral, la jurisprudencia Iglesia-Estado durante la segunda mitad del siglo XX discriminaba a los cristianos. Con la misma seguridad con la que sigue el dolor a una bofetada en la cara, los activistas insisten hoy en que la manera de proteger el “libre ejercicio” consiste en defender a los cristianos mayoritarios, mientras se dedican jubilosamente a:

  • Volver a criminalizar el aborto;

  • Rechazar adopciones para las/los LGBTQ;

  • Negar acomodo a parejas del mismo sexo (de los derechos de visita en hospitales a la decoración de pasteles de boda);

  • Decidir qué baños puede utilizar las personas transgénero y de qué modo deben identificarse; y

  • Arañar financiación de escuelas públicas que prestan servicio a alumnos de todas las religiones y de ninguna, desviando esos dólares para beneficio de escuelas secundarias privadas cristianas, con frecuencia muchas de ellas adineradas.

Y así sucesivamente…así sucesivamente.

No tenemos razones para dudar de que la judicatura conservadora que tan tercamente improvisó Trump no vaya a defender la legalidad de abusos como estos y otros peores.

En este proceso, no sólo los norteamericanos no religiosos, sino todos los norteamericanos que resulta que no son cristianos afrontan de nuevo verse relegados a ciudadanos de segunda clase. Pensemos en lo que era la vida antes de la resolución Everson contra la Junta Educativa (1947) [dictamen del Tribunal Supremo norteamericano que hizo extensivo a los estados el principio de la Cláusula de Establecimiento que impide otorgar privilegios a cualquier confesión o creencia religiosa]; bien puede ser que vayamos a volver a eso.

Por ende, las opciones del presidente Biden para remediar esta situación serán limitadas. Con tan pocas vacantes judiciales pendientes, volver a recomponer la magistratura federal será un proceso dolorosamente lento. El campo de juego que Trump ha ladeado tan intensamente se resistirá durante muchos a quedar reequilibrado.

Y sin embargo… y sin embargo…

La Norteamérica de hoy es distinta de un modo que tendría que ser enormemente pertinente. Tal como escribieran Paul A. Djupe, experto académico en asuntos religiosos y Ryan P. Burge, especialista en ciencias políticas, en su blog Religion in Public: “El cambio más crucial en religión en los últimos veinticinco años en los EE.UU. es el crecimiento del “ninguna” religión, del 5 % en 1994 al 34 % en 2019. Ese “ninguna” les dice a los encuestadores que su preferencia religiosa o identificación confesional es “Ninguna de las anteriores”. No todos son ateos o humanistas: los expertos difieren respecto hasta qué punto una fracción de la población “ninguna” comprende a los abiertamente no religiosos. Pero aunque la cohorte sea amorfa, después de un año ralentizada, los “ninguna” crecieron en un alentador 3 % en 2019.2

En una deliciosa ironía, algunos observadores sugieren que las persistentes extralimitaciones de la derecha religiosa contribuyeron a acelerar el crecimiento de los “ninguna”. Las obsesiones de los fundamentalistas con el aborto y la homosexualidad han ido alejando a algunos de sus hijos de sus iglesias durante unos cuarenta años ya; la servil adhesion reciente al trumpismo de la extrema derecha abrió todavía más la espita de ese proceso. Esto es lo que afirma el columnist del Chicago Tribune, Steve Chapman: “Al tratar al señor Trump, el conservadurismo politico y el cristianismo como cosas inseparables, los republicanos han alejado a los no cristianos del Partido Republicano y a los no conservadores de la religion”.3

Pero volvamos a los “ninguna”, que deberían estar en el umbral de una influencia política significativa. Al fin y al cabo, somos el 34 % de la población. Eso es bastante más que cualquier otro grupo de una minoría religiosa poderosa: considérese que la influyente comunidad judeo-norteamericana se compone de menos de 3% de la población nacional. Con un censo más de once veces mayor, los “ninguna” parecen destinados a lograr al menos un modesto ascendiente politico, siempre y cuando nuestras heterogeneas filas puedan organizarse y unificarse.

Pero hoy incluso el incipiente “voto de los “ninguna”” está teniendo ciertas repercusiones. Jonathan M. S. Pearce, filósofo, bloguero y colaborador del Fre Inquiry, informaba en noviembre de que “[a]ntes de las elecciones de 2016 sólo había cinco funcionarios electos en los parlamentos de los estados que se identificaran públicamente con la comunidad humanista y atea. Tras las elecciones de 2016, esa lista subió a 17, y después de las elecciones de 2018, a 47. Una vez juren su cargo en 2021 los funcionarios de reciente elección, habrá 63 funcionarios electos no teístas a escala federal y de los estados”.4 Puede que eso refleje en parte un declive de la intolerancia hacia candidatos no religiosos por parte del electorado en general. Pero a buen seguro este resultado también refleja el creciente número de votantes no religiosos.

Tampoco se trata esta huida de un fenómeno singularmente norteamericano. “‘Desde 2006, se ha registrado una tendencia notablemente aguda consistente en apartarse de la religion’5 en todo el mundo”, según escribe en Foreign Affairs el profesor Ronald Inglehart, de la Universidad de Michigan. Basándose en encuestas acerca de la importancia que da la gente a Dios en su vida”, escribe Chapman”, “él y su colega Pippa Norris concluyeron que entre 2007 y 2019, la inmensa mayoría de los países se han vuelto menos religiosos. Sólo cinco se han vuelto más religiosos”. A lo que parece, el rechazo de la religion en Norteamérica es el más rápido del mundo.6

Así que, sea lo que sea que pase, no volveremos totalmente a los días anteriores a la resolución de Everson. Pero no nos hagamos ilusiones: tendremos las cosas en contra. La judicatura federal pasará décadas ignorando probablemente la Cláusula de Establecimiento y tratando la Cláusula de Libre Ejercicio como excusa para privilegiar mayorías cristianas de forma aún más obscena. Es esa una herencia de Trump que un presidente más justo y un Congreso con muchos más “ninguna” poco podrá hacer por mellar.

Por ende, nunca renta asumir que la demografía es destino. Poco después del cambio de milenio, los estrategas del Partido Demócrata entretuvieron el sueño de que las crecientes minorías no blancas —más temprano que tarde, una mayoría no blanca — se traducirían en una enorme ventaja para los demócratas.7 Eso asumía, por supuesto, que los grupos de las minorías no blancas iban a votar siempre azul [el color de los demócratas]. En las elecciones de 2020, no lo hizo una cifra considerable de los mismos, lo que redujo las pérdidas de Trump más de lo que muchos esperaban y contuvo la deseada “oleada azul”. En realidad, la Cámara de Representantes perdió escaños demócratas; en el momento de escribir esto, no se sabe todavía cuál será el balance del Senado [como es sabido, este se inclinó del lado demócrata tras la victoria en Georgia y gracias al voto de calidad de la vicepresidenta Harris]. Apúntese esto en buena medida a los votantes hispanos, que han resultado ser bastante más diversos ideológicamente de lo que anticiparon los vanidosos encuestadores blancos. De manera que no es hora de pensar: “Hey, los “ninguna” son el 34% de la población, quizás el 50% para finales de esta década. ¡Vamos a tener a Norteamérica comiendo de la mano!” Es momento de estudiar la situación de qué preocupaciones comunes comparten verdaderamente qué sectores de esa cohorte de lo más heterogénea denominada los “ninguna”, y tomarse profundamente en serio lo de organizarse.

Al mismo tiempo, debemos prepararanos para una década —o más — de intolerantes y destructivas decisiones judiciales que castiguen a todo norteamericano que tenga la temeridad de no rendir culto a Jesús. 

Referencias

1 Thomas Jefferson, “A Bill for Establishing Religious Freedom” (1779), Artículo 82.

2 Paul A. Djupe y Ryan P. Burge, “The Decline of Religion Continues—Nones Gain 3 Percent in One Year,” Religion in Public (blog), 7 de octubre de 2020.

3 Steve Chapman, “Blame Politics for the Decline of Religion,” Chicago Tribune, 30 de octubre de 2020.

4 Jonathan M. S. Pearce, “Humanist PAC Marks Gains for Atheists and Freethinkers—and Hope for All Americans in Future Elections”. A Tippling Philosopher (blog), 5 de noviembre de 2020. Negrita en el original.

5 Ronald F. Inglehart, “Giving Up on God: The Global Decline of Religion.” Foreign Affairs, September/October 2020. Véase asimismo el libro de próxima aparición de Inglehart (publicado ya para cuando lean estas palabras), Religion’s Sudden Decline: What’s Causing it, and What Comes Next? (Oxford University Press, 2021).

6 Chapman, op. cit.

7 John B. Judis y Ruy Teixeira lo iniciaron todo en su libro The Emerging Democratic Majority (Nueva York, Scribner, 2002).

director de Free Inquiry, es director del Consejo para el Humanismo Secular [Council for Secular Humanism] y del Museo-Casa Natal de Robert Green Ingersoll [célebre librepensador decimonónico norteamericano], y editor de The New Encyclopedia of Unbelief [Nueva Enciclopedia de la Increencia] (2007).
Fuente:
Free Inquiry, febrero-marzo de 2021
Traducción:
Lucas Antón
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