Javier Fisac Seco
Javier Pérez Royo
06/07/2014
Un monarca del nacionalcatolicismo
España es un extraño país cuya soberanía no reside en sus ciudadanos, súbditos de un dios, sino en un Estado extranjero, el Estado del Vaticano. Un Estado teocrático o lo que es lo mismo, antidemocrático, sin declaración de derechos humanos, sin separación de poderes y con votos de obediencia, castidad y pobreza particular. Un Estado militarmente jerarquizado, como manifiesta su voto de obediencia. Un país con una sola voluntad, una sola conciencia y un solo sentimiento, el infalible papa. La Alemania nazi fue un reflejo de esta monarquía teocrática.
Por lo que, en posesión de la verdad y de nuestras almas, los otros somos herejes. Porque para ser hereje se necesita muy poco. Sólo hay que estar a favor del divorcio, del aborto, de los anticonceptivos, del feminismo, de la homosexualidad, del placer, de la libertad sexual, de la educación no sexista, de la libertad de conciencia, de pensamiento, de prensa, de la soberanía popular, de la separación Estado/Iglesia, de la sumisión del clero al Estado y de que éste jure la Constitución y la Declaración de Derechos, en lugar de jurar obediencia a un monarca absoluto de un Estado extranjero.
Que nadie se venga a engaño con respecto a las posibilidades de cambio de la moral clerical. Está petrificada. Coherentemente petrificada porque si no fuera así se desintegraría ante la presión de los millones de herejes. El clero padece una enfermedad secular de transmisión intelectual. Una enfermedad con tres virus, uno que contiene la patología del antifeminismo, la homofobia y la sexofobia; otro que contiene el carácter sadomasoquista ya que su fundador ensalzó la muerte y el dolor como instrumento para alcanzar la felicidad y el tercer virus es la voluntad de Poder. Esta voluntad es la ambición por la que mataron y seguirán matando.
España, al menos esa idea de España inventada por el clero desde los godos hasta el día de hoy, ha sido coronada por un monarca teocrático, el papa, por un Poder militar, el Departamento de Estado, y por una oligarquía financiera, la alemana y del más allá. La Santísima Trinidad, tres personas en una: la cabeza de Felipe VI. Como ya nos avisó Hegel con su dialéctica triádica, en la Monarquía acabamos de asistir a la realización del Espíritu absoluto. Hegel tenía razón.
Tenemos un monarca católico y militar. Sobre esos dos pilares Franco gobernó. ¿Lo conseguirá Felipe VI? Como si ya fuera poco para su propio destino que la corona se haya impuesto sin consenso y por tanto contra la voluntad del 75% de los ciudadanos españoles, una corona en posición de desequilibrio permanente, ahora va el monarca y nos enseña sus credenciales ideológicas, ¿quién las compartirá?
A pesar de ser el Jefe del Ejército y del Estado, de un Estado laico e independiente de la Iglesia y de dios, su primer gesto, después de jurar por su dios, porque los demás podemos tener otros o ninguno, y de jurar sobre la Biblia, un libro de los judíos /podría haber jurado sobre el Corán o sobre El Capitán Trueno/, va y se inclina para besar el anillo del obispo Rouco Varela. El mismo señor que ha convocado manifestaciones contra el aborto, contra los homosexuales, contra los anticonceptivos, contra la libertad de conciencia, contra la igualdad de género etc., en fin, a favor de la castración de la especie humana, sean o no cristianos. Porque si ellos sufren por su castidad los demás no tenemos derechos a disfrutar sin castidad.
Cuando un monarca, u otro político, besa el anillo a un obispo es que le está reconociendo como autoridad superior y se está presentando como su vasallo. Este monarca se ha mostrado como vasallo de un obispo. Entonces, ¿dónde reside la soberanía española, en la Iglesia, en el Vaticano o en los ciudadanos? Aquí y ahora nos están empujando, el gobierno y su ejército de sotanas, hacia la siniestra Edad Media. Humillante. Tenemos una clase política sin sentido de la dignidad nacional.
Por si alguno tuviera alguna duda, el primer viaje de Felipe VI no será a la republicana y laica Francia, sino al monarca absoluto del Estado teocrático de El Vaticano, o Iglesia católica. Ante un papa educado durante el nacionalcatolicismo que luego él aplico durante el peronismo. Si es que entre dictadores anda el juego. Qué pena que no viva Pinochet, hubiera sido su siguiente visita como vasallo. La guinda del pastel.
Que nos están empujando hacia el nacionalcatolicismo es tan evidente como que los políticos vasallos del clero, Gallardón y Wert, se reúnen con ellos para que les dicten las normas de conducta que nos están imponiendo, progresivamente, a los hasta ahora ciudadanos españoles. Este rey ¿sabe en qué mundo vive? ¿Tiene conciencia de que la realidad, su realidad, no sigue siendo un cuento de hadas en Disneylandia?
Este monarca, educado en la Qimbambas, cuándo se va a enterar de que el 80% de los ciudadanos españoles nunca va a misa, a no ser muertos y por la fuerza; cuándo se va a enterar de que cada año se divorcian miles de ciudadanos, que son cientos de miles las feministas y otros tantos los homosexuales; que se usan por millones los anticonceptivos, que miles de mujeres abortan porque lo deciden ellas y no el papa; que practicamos la libertad de conciencia y el sexo con condón y que millones y más ven pornografía etc.
¿Usará Felipe VI condones o practicará la castidad matrimonial como exigen la doctrina cristiana y la encíclica Castii connubi de Pío XI? El mismo papa que calificó a Mussolini de hombre providencial porque le donó el Estado Vaticano a costa del presupuesto del Estado italiano e hizo de la doctrina católica la ideología del fascismo. Los valores católicos se enseñaban en todas las escuelas de la Italia fascista. Y lo consagraron en el concordato de Letrán. ¿Firmará Felipe VI un nuevo concordato con el papa garantizando a la Iglesia la libertad religiosa de imponer a todos los españoles la castidad y la obediencia?
Si Felipe VI no tiene en cuenta que el Estado español sólo puede soportarse sobre la soberanía del pueblo y nunca en la autoridad militar o religiosa del gobernante, su reinado será tan conflictivo como la sociedad española lo es. Y no dejará de serlo por no tener en cuenta sus intereses, su diversidad y su pluralidad. La ortodoxia, la intransigencia y la intolerancia católica son la causa y el motor de casi todos los conflictos occidentales. Siglos de Historia, desde el Renacimiento hasta el presente, lo confirman. El catolicismo nunca ha ganado sus guerras. Sólo gana batallas.
El mismo triunfo del franquismo sólo fue, para la Iglesia católica, una victoriosa batalla de la que disfrutaron, en una orgía de terror, durante cuarenta años, pero en la transición política perdieron la guerra. Y podían haber desaparecido, si los políticos hubieran tenido voluntad de ponerla en su sitio. Porque después de la glorificación franquista estaban, en sí mismos y para sí mismos, moralmente derrotados. Ahora vuelven, en un gesto inútil y desesperado, a provocar las mismas batallas. Los necios, el vengativo clero, nunca transmiten a sus sucesores las lecciones de sus derrotas sino el odio de la venganza y el sentimiento de crueldad, permanente en la Historia de la Iglesia contra todos los otros, los heterodoxos. Su suerte, la del clero, será la suerte de Felipe VI: o Edad Media o Modernidad.
Porque, ¿hasta cuándo permitirán los españoles esta cristianización/castración física y mental de todos, privándonos de los derechos individuales conquistados y consagrados, a pesar del clero, en la Constitución?
Javier Fisac Seco es historiador, analista y caricaturista político
http://laicismo.org/detalle.php?pk=33780
Monarquía
insostenible
Para que sea posible reformar la Constitución, el principio de legitimación democrática no puede estar encorsetado.
La Monarquía no tiene un problema por la República. Lo tiene por ella misma y por el sistema político que se articuló a partir de las Leyes Fundamentales del general Franco para hacer posible su Restauración.
La Monarquía en España carece de legitimidad propia. El depósito de legitimidad lo agotaron Carlos IV, Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII. Es, en consecuencia, una especie amenazada de extinción, que no puede cometer errores para sobrevivir. Mientras los miembros de la familia real no los han cometido de manera que resultara visible, la institución no ha sido puesta en cuestión. Cuando los errores han sido inocultables, han saltado todas las alarmas. De ahí la abdicación. La primera amenaza para la Monarquía no ha venido de la República, sino del interior de la Casa del Rey.
Pero lo que dificulta la supervivencia de la Monarquía no son tanto esos errores como el agotamiento del sistema político con el que se hizo la Transición, diseñado para garantizar el asentamiento de la Restauración. El objetivo era la Restauración. El instrumento era pasar de la dictadura a la democracia. A finales del siglo XX no podía ser de otra manera. Pero el objetivo era la Restauración, al servicio del cual se diseñó el instrumento: el tipo de democracia que debería hacerla posible sin riesgos.
Hay una continuidad materialmente constitucional entre 1845, 1876 y 1978. Son las tres constituciones que han estado vigentes durante casi toda la historia constitucional de España y todas ellas han estado presididas por la desconfianza hacia el protagonismo que pudiera alcanzar la ciudadanía en la dirección política del país. La Monarquía ha sido en todas ellas la expresión de dicha desconfianza. La Monarquía, salvo en 1931, ha sido siempre indisponible para el ejercicio del poder constituyente del pueblo español y, como consecuencia de ello, límite para el protagonismo de la sociedad española en su proceso de dirección política.
Esta es la razón por la que en España no se ha reformado la Constitución. Ni se va a reformar. Para que la reforma de la Constitución sea posible, el principio de legitimación democrática no puede estar encorsetado. Si lo está, el vínculo entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio se erosiona hasta llegar a desaparecer y el sistema político se hunde. Es lo que nos ha ocurrido en el pasado y me temo que es lo que nos va a volver a ocurrir.
Creo que no está en la mano del Rey poder evitarlo. Puede evitar que la Casa del Rey cometa errores. Si la supervivencia de la Monarquía dependiera de ello, lo podría conseguir. Pero una monarquía parlamentaria no puede sobrevivir si el sistema político sobre el que se eleva está podrido y, como consecuencia de ello, carece de legitimidad. Juan Carlos I y Felipe VI no tienen la responsabilidad que tuvo Alfonso XIII en la descomposición de la Primera Restauración, pero su posición es casi tan insostenible.
Javier Pérez Royo es catedrático de derecho constitucional en la Universidad de Sevilla.
El País, 28 de junio de 2014

