Galicia: En Marea es una encrucijada

Antón Dobao

02/04/2017

La crisis aceleró nuestra percepción del tiempo. Como si la gravedad se alterase por alguna razón, en cinco años han transcurrido varios lustros. Y ahora, tras un largo y frenético ciclo electoral, todo parece retornar a viejos ritmos pausados y a esa feroz apariencia de normalidad, consecuencia de horizontes de expectativas no satisfechos, reflujo desmovilizador, cierta frustración, desgana y cansancio colectivos...

Sin embargo, conviene no confundir. Los zarandeos electorales, con sus leyes tan particulares, solamente forman parte de un proceso más complejo y de largo alcance en el que se intenta articular un espacio de ruptura. En Galicia, este espacio se organiza en torno al sujeto político llamado En Marea y también a todo un cuerpo diverso y activo de sujetos de intervención política, institucional y asamblearia que se viene configurando desde las elecciones municipales de 2015. Las diferentes mareas y candidaturas municipales de confluencia mantienen activas sus bases asamblearias en las ciudades conquistadas (A Coruña, Compostela y Ferrol) y en muchos otros municipios de Galicia. Será interesante ver de qué manera se consigue combinar En Marea con la ciudadanía de lo común organizada en esas asambleas y mareas. Queda mucho por hacer, aunque en términos electorales e institucionales el espacio gallego de ruptura ya no es un niño y viene profundamente marcado por sus experiencias. Nadie hace cinco años contaba con todo esto.

Todo proceso electoral tiende a operar como factor de estabilización del régimen y de sus normas. Las elecciones legitiman y perpetúan el orden establecido, sin duda, pero bajo determinadas condiciones pueden convertirse en momentos políticos de movilización y toma de conciencia. En esos casos, que de alguna manera hemos vivido en estos últimos tiempos, no es improbable que al final de un ciclo de expectativas no satisfechas nos encontremos con un reflujo de normalización política y restauración. La vuelta a un mapa político previo al cataclismo destituyente se convierte en una opción asumida incluso en ciertos sectores del propio espacio. Lo que justo después de las  municipales de 2015 se veía como una quimera, la restauración del mapa político estable anterior a la irrupción de AGE en octubre de 2012, ahora, tras la relativa decepción de las elecciones gallegas de 2016, regresa al escenario de lo posible. Se trataría así de reordenar la normalidad anterior, ya no de clausurarla.

Existe, pues, el peligro de que en este reflujo conservador se ponga en duda la propia idea de espacio de ruptura. Pero la reordenación neoliberal del mundo no ha cesado. Al contrario, se intensifica mediante una deriva reaccionaria. No habría razón, entonces, para imprimir una dirección contraria a aquella en la que nos venimos moviendo durante los últimos cinco años. La lucha de clases no se ha detenido. Seguimos en una guerra que no ha concluido, que nos obliga a resistir y a continuar imaginando y poniendo en vigor un orden alternativo. Esa tensión creativa entre la resistencia y la proyección de necesidades colectivas sigue manteniéndose sobre la brecha abierta en el tejido del régimen. Una brecha que no puede reducirse ni desaparecer, que se agranda, de la cual es también expresión monstruosa esa deriva reaccionaria.

Recambio o ruptura

En Galicia, tras el frenesí electoral, toca convertir En Marea en un instrumento político eficaz para un espacio de unidad popular y ruptura. Y ahí emerge el sentido de la encrucijada, en las diferentes posibilidades que se abren para determinar cuál debe ser ese instrumento y cómo se ha de articular. Dos proyectos que a grandes rasgos y con modelos contradictorios entran en disputa. Un proyecto conservador, de normalización política y retorno con nuevos actores a un momento anterior, frente a un proyecto de profundización del proceso de ruptura. Recambio frente a ruptura, como en ocasiones ha descrito Xosé Manuel Beiras.

El momento de crisis en la configuración del sujeto gallego de ruptura no tiene un sentido terminal, sino de reactivación creativa. Nos sitúa en un cambio de ciclo. El que se cierra es el más determinante de nuestra historia reciente, pues significó antes de nada la ruptura de viejas formas, la destrucción de fronteras y lugares comunes y la conquista de un discurso osado que no dudó en poner nombre exacto a todo lo que había estado oculto, era difuso y estaba prohibido. Supimos que la organización es un instrumento perecedero, dúctil y flexible sometido al sujeto colectivo que lo emplea y no una máquina de expropiación de capacidad política mediante relación jerárquica entre partido mediador, militantes obedientes y votantes pasivos. Y eso implicó una ruptura interna con parte de la propia tradición de la izquierda y del nacionalismo.

La fase que concluye expresó la necesidad de transgredir. Transgredir las normas, impugnar los reglamentos del régimen, comprender que el derecho es la dictadura del poder constituido, y por lo tanto las normas de él derivadas no nos comprometen, no nos sirven. Transgresión fue la propia existencia de Anova, la creación de Alternativa Galega de Esquerda (AGE), las candidaturas populares de las municipales, En Marea, la instalación en el imaginario colectivo de la Marea como idea de contestación al violento estado de cosas. Pero si la fase que concluye se escribe con los caracteres de una transgresión radical, la que comienza no puede ser menos. No  tendría sentido terminar donde se empezó, en una organización clásica que reprodujese todo aquello que se ha impugnado, que abandonase la necesidad misma de la transgresión.

La tentación termidoriana existe. Operó en Anova desde que se propuso nacer como partido movimiento, operó tras la irrupción de AGE y de las mareas municipales y opera en el artefacto En Marea. Lo hace sin solución de continuidad desde el primer éxito electoral hasta hoy mismo. Tras dos meses desde las elecciones a sus órganos políticos, En Marea es incapaz de elegir una Coordinadora, de establecer portavocías que rompan con la acumulación de cargos y con la subsunción de lo orgánico y de lo multitudinario en lo institucional. Tampoco ha conseguido poner en vigor la propuesta política que conquistó la mayoría en las elecciones internas. Y no ha sido por defecto congénito, sino por cierta deriva conservadora en la correlación de fuerzas internas.

La tentación restauradora opera asimismo cuando cierta representación institucional tiende a la autonomía y a actuar al margen de los espacios comunes de control, deliberación y decisión popular. Y opera en el intento, anteriormente ya derrotado, de recomponer una organización nacionalista de oposición institucional moderada en los contenidos y radical en algunas proclamas. O cuando sectores de Podemos y EU apelan obsesivamente a la fosilización de los espacios partidarios para huir de los abismos que todo cambio abre. El repliegue identitario siempre acude al encuentro del fetichismo de partido gracias a una incomprensión compartida del proceso. Al fin y al cabo, no es casual que el bloqueo de En Marea se exprese en términos de representación y de programa. Por un lado, en la composición de la Coordinadora y en quiénes han de ser los (o las) portavoces; por otro lado, en cuáles serán los principios políticos de referencia. En realidad, la encrucijada se expresa en dos modelos que abarcan no solo fórmulas de organización sino también la necesidad de un programa de ruptura o, por el contrario, la conveniencia de una propuesta de intervención institucional orientada a la gestión de lo existente. Es asumir el régimen de representación política, la autonomía de lo político y la política como discurso, o bien la idea de acción política como intervención en el territorio de lo material, de las relaciones de producción, de la hegemonía que el poder despliega en todo su esplendor. La encrucijada es ruptura o restauración.

El proyecto restaurador es el de la normalización del régimen. Lo comparten fuerzas aparentemente tan dispares como las que ansían un Unidos Podemos subalterno en Galicia, una fidelidad insobornable al juego electoral y al marco de relaciones y resolución de conflictos que este propone, o la refundación de un nacionalismo de praxis autonomista y verborrea soberanista sobre las cenizas de la pecaminosa unidad popular si no es entendida solo como alianza electoral, si se levanta como un proceso de encuentro de los sectores sociales que compartimos base material más allá de marcas e identidades. La zona de intersección de esos territorios es el ansia compartida de una veloz estabilización política. Frente a esa restauración, está el proyecto de un sujeto político en el que la mayoría social, la multitud, el proletariado de estos tiempos, se organice y organice la expresión de sus necesidades. Reconstruirse como clase antagonista, conquistar autonomía social y romper las subalternidades dándole expresión a toda su multiplicidad y diversidad desde una conciencia unitaria de lo común. Es la idea de comunismo, si queremos acudir a la hermosa obsesión de Badiou, con la que necesitamos oponernos al capitalismo y sus efectos.

Entre la pulsión restauradora y la transgresora, En Marea o bien opta por profundizar en la transgresión y consolidar un espacio de ruptura que sea partido y movimiento y articule una institucionalidad cooperativa, solidaria y común, o bien retrocede y se reconstruye en un instrumento de competencia electoral. No es una encrucijada patológica, sino la expresión organizativa del desajuste entre sociedad civil y sociedad política que la crisis desveló en toda su vieja crueldad y el 15 M y otras formas de impugnación supieron expresar. La elección del principal órgano de dirección de En Marea, el Consello das Mareas, refleja en parte ese desajuste conflictivo.

También desde el punto de vista de la participación. En ese sentido, contrasta el elevado apoyo electoral y la enorme corriente participativa que se produce principalmente con las mareas municipales, y también con las primarias de En Marea, con las escasas 1.500 personas que votaron para el Consello das Mareas. Probablemente ese desajuste participativo habla de cansancios y frustraciones postelectorales, pero también expresa que la desafección respecto a la normalización y las formas de representación que la acompañan sigue siendo multitudinaria. Ese diferencial habla de un desinterés por participar en aquellos espacios en los que sobrevivan viejas formas de representación, del partido mediador y de su relación con las instituciones del régimen. El conflicto confronta modelos de participación que exigen decisiones comunes con el sometimiento a la representación y la consiguiente entrega incondicional de toda capacidad política.

Elegir el camino

La encrucijada otra vez: o En Marea cristaliza como expresión de un espacio de ruptura y contrapoder en la sociedad civil o se convierte en sujeto electoral con forma de partido tradicional y se aferra a la lógica de la representación. Es decir, se desvanece. Sin embargo, que este conflicto se exprese de manera más o menos abierta, como ya ocurrió en su momento en Anova y en parte ha vuelto a ocurrir antes de esta última III Asemblea Nacional celebrada el 18 de marzo, demuestra que la pulsión transgresora sigue viva.

Toda encrucijada exige elegir, y En Marea, de una u otra manera, elegirá. O un camino de retorno, o la articulación del espacio de ruptura mediante la recuperación del pulso asambleario, popular, de participación ciudadana, que tuvo su momento climático con las mareas y los procesos de confluencia de las municipales. Recordemos: las organizaciones políticas solamente como motores auxiliares. Es preciso, por lo tanto, superar definitivamente la fase de coalición de partidos, que los sectores conservadores se niegan a abandonar.

Nada volverá a ser lo que había sido antes de los momentos políticos más importantes de los últimos tiempos: la fundación de Anova, la creación de AGE, el nacimiento de Podemos y las municipales de 2015. La siguiente cita electoral tardará, y eso será un alivio para que puedan superarse ciertas dinámicas competitivas. Será en 2019, las primeras elecciones municipales posteriores a las mareas. Con la necesidad de consolidar los gobiernos de base popular y añadir otros nuevos, nos invitarán a insistir en la asamblea (no en la mistificación de la comarca y el territorio) como célula del sujeto común de ruptura y en la capilarización por todos los espacios de la sociedad civil para construir contrapoder. Allá donde exista o se constituya una asamblea estará En Marea. Si queremos que se articule como espacio de ruptura y opere como motor de construcción de redes de solidaridad, apoyo mutuo y contrapoder, el cuerpo de las mareas y candidaturas municipales de unidad y confluencia volverá al centro del escenario. Bien conscientes de todo ello son el poder y sus aparatos, que apuntan firmes contra los gobiernos municipales de ruptura al tiempo que ven con buenos ojos ciertas señales de reconducción institucionalista e identitaria de En Marea.

Urge que sigamos encontrándonos en el discurso y en los escenarios de ruptura. Neguémonos a normalizar En Marea en un partido electoral clásico. No se trata de salir a la calle en una ritual manifestación interminable, ese otro lugar común, sino de articular en la sociedad civil un espacio que se proyecte en la sociedad política mientras crea sus redes y su propia institucionalidad. He ahí la crucial tarea que tienen por delante el Grupo de En Marea en el Parlamento Gallego y su portavoz Luís Villares: ser en la institución la expresión de lo que la multitud en proceso de organización expresa y decide en cada esquina de la sociedad civil. Mandar en la institución obedeciendo a las multitudes en las plazas, en las asambleas, en cada lugar de encuentro. La encrucijada de En Marea solo se resolverá al reactivar la idea del partido movimiento para articular contrapoder frente al Estado y sus mecanismos de coerción y control, frente a lo privado y a su imposición de condiciones materiales e inmateriales indignas. Siempre lo organizativo a disposición y a las órdenes de lo común. Parafraseando a Emmanuel Rodríguez y Brais Fernández, se trata de construir ese gran sindicato social cuya expresión institucional, en este caso En Marea, sea el caballo de Troya a las órdenes de la multitud organizada.

La tensión entre lo viejo y lo nuevo, en sentido gramsciano y leninista, es inevitable. Es necesario asumir sin dramas esa contradicción entre la restauración y la ruptura. La crisis del régimen y del sistema, de la representación política y de las propias relaciones de producción, exige nuevas herramientas. Las nuevas formas de organización traen consigo una contradicción que no opera en una oposición simplemente espacial y nominalista entre derecha e izquierda ni, por supuesto, entre nacionalismo y no nacionalismo, pues ambas se producen en el interior del espacio normativo. Va más allá de ellas. Habla de agredidas y agresores, de expolio y saqueo, de explotación y lucro, de relaciones de producción y clases sociales. Se pregunta Qué Hacer, Cómo Hacer y Para Qué Hacer. En Marea está en esa necesidad de elegir cuando menos el Cómo y el Para Qué: con democracia radical, igualdad y decisiones comunes; para romper con todo, para cambiarlo todo, para no dejar nada como estaba. Frente a un proyecto conservador que no ha entendido la traducción a lo orgánico de las exigencias políticas, un proyecto de movimiento y ruptura que conciba toda política emancipadora como cambio radical. Esa es la encrucijada.

El reto inmediato consiste en enlazar persistentemente el instrumento En Marea con las experiencias de base asamblearia y popular de las mareas y candidaturas municipales de confluencia y con el discurso y las experiencias políticas heréticas y de ruptura que se han venido sucediendo hasta hoy mismo. En esos espacios se disputa el nuevo tiempo político. O la fosilización en un viejo instrumento electoral, o la penetración en todos los patios y rincones de la sociedad civil. No es un problema de portavocías y liderazgos, que han de ser el resultado de los procesos y no la condición previa que los haga posibles, sino de modelo organizativo y por lo tanto de programa de ruptura. De qué, de cómo, de para qué hacer. No olvidemos todo lo que nos ha traído hasta aquí. Incluso la necesidad de reinventarnos a partir de las mejores experiencias del proceso.

Abandonar ahora sería la más absurda de las derrotas.

escritor y cineasta gallego, miembro de En Marea y responsable de iniciativas programáticas en la nueva ejecutiva de Anova.
Fuente:
http://praza.gal/opinion/3925/en-marea-e-unha-encrucillada/