Gabriel Alomar: los orígenes del catalanismo popular

Roc Solà

09/04/2021

“Solo la revuelta salva

Gabriel Alomar, El futurisme, 1904

“Liberar la tierra catalana del dominio capitalista es exactamente hacer obra de catalanismo”

Gabriel Alomar, Catalanisme socialista, 1910

En 1910, Gabriel Alomar pronunciaba dos conferencias en el Teatro Circo Barcelonés bajo el título de Negacions y afirmacions del catalanisme y Catalanisme socialista. Habían pasado ya 3 años del fenómeno de unidad del catalanismo, Solidaritat Catalana (SC). Como es sabido, el 25 de noviembre de 1905 un grupo de 300 oficiales del ejército acuartelados en Barcelona habían asaltado la redacción de la publicación satírica catalana Cu-Cut!. Aquel ataque, que se saldó con la muerte de uno de los trabajadores de la publicación, fue el motivo para que en las Cortes se aprobara la Ley de jurisdicciones en 1906. Una ley que ponía bajo la justicia militar cualquier civil acusado de cuestionar el ejército y que fue aprobada en el Congreso. La candidatura de SC incluía desde los republicanos de izquierdas como Layret, Companys o el mismo Alomar, a representantes del catalanismo conservador como Prat de la Riba o Cambó y, de cabeza de lista, iba un expresidente de la Primera República, el andaluz Nicolás Salmerón. La coalición triunfaría en Cataluña, desbancando a los partidos del bipartidismo y consiguiendo 40 de los 44 escaños que correspondían a la región en las elecciones de abril de 1907 con una participación del 59% del censo electoral, «un porcentaje que resulta excepcionalmente alto».[1]

Sin embargo, poco después de las elecciones, la Lliga pactaba con el gobierno conservador de Maura. En este caso, la Ley de Administración Local que establecía el voto corporativo para entidades en lugar del sufragio universal en el voto de los concejales en los municipios. Además, en 1908 el proyecto de presupuesto de cultura del ayuntamiento de Barcelona, ​​presentado y defendido por los catalanistas republicanos de izquierdas, había encontrado la oposición de los regionalistas de la Lliga, de las fuerzas monárquicas del bipartidismo y algunos lerrouxistas. Tras la derrota electoral de los candidatos solidarios a las elecciones parciales de Barcelona del 13 de diciembre de 1908 -donde Lerroux se llevó la victoria-, Solidaritat Catalana se deshizo.

Aquí, los sectores más izquierdistas del catalanismo comprobaron cómo, para las cuestiones de modelo de sociedad, los catalanistas conservadores con los que habían compartido espacio en Solidaritat Catalana, se alineaban con los monárquicos de la Restauración. Fue precisamente en este contexto que Alomar pronunció las dos conferencias en las que, por primera vez, encontraríamos la exposición de la síntesis entre la lucha por el socialismo y la emancipación nacional.

Alomar tenía 37 años y ya era considerado uno de los principales referentes de izquierdas en Cataluña. Como era habitual entre los intelectuales del periodo, Alomar fue más de conferencia y de artículo de prensa que de libros -Gramsci, por ejemplo, no publicó ningún libro en vida-, pero eso no quiere decir que haya dejado poca obra escrita o que fuera un intelectual desvinculado de su contexto político. Al contrario, todo tipo de personalidades distintas lo reconocían como una voz autorizada. Desde anarcosindicalistas como Joan Peiró, que de él diría que «admiramos la recta inteligencia y el talento portentoso del ilustre escritor»[2], a figuras tan poco cercanas a las posiciones del mismo Alomar como Josep Pla, que diría «lee un libro diario, escribe un artículo diario […] Alomar es un hacha de la izquierda nacional. Es un hacha verdadera, de luz propia y de luz pura»[3]. Era visto, pues, como el gran intelectual crítico y que puso en la primera plana del debate público elementos más que problemáticos durante la España de la Restauración. Defendería la abolición de la pena de muerte, el derecho de manifestación o el derecho de huelga en un contexto en que eran sistemáticamente vulnerados con casos tan sonados como el de Ferrer Guardia -y que él comparaba con el affaire Dreyfus. Asimismo, también sería una de las voces más escuchadas y admiradas en los debates políticos y estratégicos de la izquierda catalanista. Formado en la tradición republicana pimargalliana -su primer texto político es una respuesta a una carta de Pi y Margall- y siendo uno de los teóricos más originales en lengua catalana del primer tercio del siglo XX, también se implicó en la tarea de organización y dirección política práctica, yendo en las listas de varios partidos del catalanismo de izquierdas como el Centro Nacionalista Republicano (CNR) o el Bloque Republicano Autonomista (BRA), saliendo elegido diputado con el Partido Republicano Catalán (PRC), siendo presidente de la Unión socialista de Cataluña (USC) o, más tarde, saliendo elegido en las Cortes Constituyentes de la Segunda República.

Pero si volvemos a aquellos planteamientos tempranos del nuevo tipo de catalanismo que propugnaba Alomar, algunos con tanta fortuna como la conferencia que dio en 1904 bajo un título de El futurisme, otros como la charla de título inequívoco que dio al 1910, Catalanisme socialista, encontraremos uno de los momentos más fecundos y vivos de debate y planteamientos de la historia del catalanismo.

Los orígenes del catalanismo popular y de izquierdas: la diversificación

Si el 13 de diciembre de 1908 «el color de la libertad en aquella hora fue… antisolidario»[4] -con la derrota de una ya agrietada Solidaritat Catalana frente al republicanismo de Lerroux-; en las municipales del 2 de mayo de 1909 se abría una nueva distribución de fuerzas. El lerrouxismo obtenía 34.000 votos -4.000 más que en diciembre-, la nueva Izquierda Catalana -ya deshecha la unidad del catalanismo de Solidaridad Catalana- recogía 24.000 sufragios y La Liga se quedaba con 22.000[5]. Con estos resultados, por una parte, se daba por cerrado definitivamente el período solidario y, por otro, el republicanismo catalanista empezaba a dibujar una estrategia política y un camino propio. Era la primera vez que se presentaban por separado los dos catalanismos desde Solidaritat y los resultados no fueron malos para los zurdos ya que quedaban por encima de La Lliga, aunque muy ligeramente. Por ello, Alomar leería los resultados con precaución. Lo resume con su estilo sentenciador: «hemos ganado en relación a las derechas. Hemos perdido en relación a la antisolidaritat«.

Es a partir de este diagnóstico que Alomar reflexionará e irá elaborando una propuesta estratégica pensando en un catalanismo de izquierdas. Considerará que «hay que intensificar el izquierdismo. El día en que nosotros presentamos bien clara a los ojos del pueblo nuestra condición de radicales, radicales abiertos a todas las soluciones modernas, hasta las más avanzada, el lerrouxismo será vencido, o todo lo aprovechable de sus elementos se nos unirá […] el enemigo cuenta con el obrero; quitémosle el obrero declarando que aceptamos las soluciones proletarias»[6]. Si el catalanismo de izquierdas quería crecer, no podía ver los votantes del republicanismo radical de Lerroux como una turba primitiva que no se podía tener en cuenta políticamente -como era la visión dominante dentro del catalanismo-, sino que lo que había que hacer era sustituir aquel republicanismo de Lerroux representando mejor las demandas y voluntades que encarnaba.

Pero esta tarea no debía ser sencilla. Lo que se ha denominado como lerrouxismo fue un movimiento sociopolítico mucho más denso de lo que a veces se ha querido ver. Inspirado en el modelo de contrasociedad de los partidos socialdemócratas europeos, el lerrouxismo fue el principal vector de modernización del republicanismo en Cataluña y fue la fuerza que democratizó y que gobernó el ayuntamiento de Barcelona en gran parte de la primera década del siglo XX. Recibió este nombre por su identificación en términos de liderazgo y cabeza visible con Alejandro Lerroux, pero fue una realidad que la excedía y que integró elementos de cooperativismo obrero, las primeras organizaciones organizadas de mujeres -en las Damas Rojas de López de Ayala- y construyó un vasto tejido de ateneos, casas del pueblo y Círcols de tradición republicana federal que le daban una fuerza por abajo que los catalanistas de izquierdas conocían bien y sabían no tener. A raíz de Solidaritat Catalana en 1906, se encendió su discurso anticatalanista. Pero fue un anticatalanismo que tenía la voluntad política de polarizar con La Lliga Regionalista y de disputa del campo republicano con los catalanistas de izquierdas, el discurso lerrouxista equiparaba toda reivindicación catalanista con lo que representaba la Lliga. Alomar lo explica muy claramente cuando dice que «-Mientras el catalanismo [era] exclusivamente “La Lliga”, el lerrouxismo tenía un gran tópico contra él: “¡bah! ¡Son una forma nueva del carlismo! Apestan a clerical, a la legua” -Mientras duró la Solidaridad, la cantilena cambió: “¿Qué desea esperar de hombres que se juntan con carlistas y frailes?” -Hoy que la Solidaridad es deshecha, cuando ya no quedan razones contra nosotros, cuando ellos ni siquiera pueden mostrar las manos limpias de la sangre de octubre el tópico ha pasado a ser este: “Sus intelectuales son de una cursilería insufrible! ¡Pedantes, ‘snobs’, mezquinos!”»[7].

Sin embargo, y pese a que Alomar lo pudiera negar, las críticas no eran del todo irreales. Los primeros pasos de este catalanismo de izquierdas hay que buscarlas en la escisión de La Lliga en abril de 1904. Entre este grupo encontramos personas con un perfil político artistocratizante o elitista, con una clara visión institucionalista y «seria» de la política. Personalidades como Josep Carner o Ildefons Sunyol, que se encontraban alejados de la extracción popular del republicanismo radical, son un claro ejemplo de ello. El primer movimiento como grupo fue la fundación de El Poble Català, un semanario que comenzó a distribuirse en noviembre de 1904. Pocos meses antes, Alomar había pronunciado su conferencia titulada El futurisme donde ya dejaba patente que la idea de empezar a caminar por separado rondaba en el ambiente y que, además, si existían diferentes posicionamientos ideológicos dentro del catalanismo, este se ampliaría como espacio político. «Sólo cuando las escuelas se diversifican […] si bien participantes en la misma afirmación matriz, sólo entonces los ideales triunfan y los cenáculos amplían y nacen las hijas nuevas de la idea madre»[8].

Hay que tener presente que era un momento de fuertes debates en el seno de la política, especialmente en Barcelona. Si volvemos a mirar atrás, en las elecciones generales del 26 de abril de 1903, la Unión Republicana de Salmerón y Lerroux había sacado 35.000 votos en Barcelona, ​​lo cual será el mejor resultado que sacará una candidatura de izquierdas en la Ciudad Condal antes de 1931. A esto había que sumarle la ya mencionada escisión por la izquierda de la Lliga, debido al apoyo de la Lliga en la visita de Alfonso XIII a Barcelona que, además, acabaría convirtiéndose en la fundación de un partido político, el Centro Nacionalista Republicano (CNR), a finales de ese mayo de 1906. Es en este contexto que Prat de la Riba escribirá el ideario y texto programático del catalanismo conservador de la Lliga, La nacionalitat catalana. El mismo autor que había dicho sobre la conferencia de Alomar que se trataba de un trabajo «bien escrito y presentado» pero que «de la conferencia he señalado unos trozos de la parte general para publicar con nosotros. Desde que comienza la aplicación en Cataluña, nada»[9]. Las discrepancias entre ambos eran muy claras.

No podían no serlo porque si Prat de la Riba ha sido considerado como el padre del catalanismo conservador, hay pocas dudas de que Alomar fue el primer sintetizador ideológico del catalanismo popular.

La contraposición de argumentos es muy evidente. Mientras que Prat era primordialista y consideraba que «Cataluña es una larga cadena de generaciones unidas por la lengua y la tradición catalanas que vienen sucediéndose en el terruño que hoy ocupamos»[10], Alomar era constructivista y decía que hacía falta «un poco más de aquel nacionalismo de Renan (Qu’est-ce qu’une nation) quien da por motivo único y suficiente de nación la voluntad de serlo»[11]. Mientras que Prat era accidentalista en el modelo de Estado, «Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora, unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana»[12], Alomar plantea que hay que ser «republicanos, no como una caracterización accidental, parcial, de nuestra manera política; sino como una naturaleza de nuestro ser mismo»[13]. Mientras que Prat consideraba que «no es cuestión de buen gobierno ni de administración; no es cuestión de libertad ni de igualdad; no es cuestión de progreso ni de tradición: es cuestión de Patria»[14], Alomar afirmaba que «no se trataba de mostrarse catalanes, sino hombres de ciudadanía y de modernidad»[15].

Los orígenes del catalanismo popular y de izquierdas: la afirmación

Si en el campo de los planteamientos ideológicos se producían estas tensiones entre las diversas corrientes que integraban Solidaritat Catalana, en el ámbito más propiamente político tampoco la situación iba a ser apacible. En 1908, los catalanistas republicanos de izquierdas como Francesc Layret o Pere Coromines, presentaron unos presupuestos de cultura en el Ayuntamiento de Barcelona que, inspirados en la metodología pedagógica moderna de Ferrer Guardia, y con un fuerte componente igualitarista, pretendían una renovación total de las escuelas. En el paquete de medidas también se preveían construcción de infraestructuras (bibliotecas, gimnasios, comedores, duchas, laboratorios, etc.); una política de contratación de maestros (que previamente se iban a formar en el extranjero); la gratuidad de la enseñanza del catalán como necesidad pedagógica, una neutralidad religiosa (en el que la religión se enseñaría uno o dos días a la semana para aquellos que lo pidieran y aparte de los programas escolares) y, finalmente, la puesta en práctica del criterio de clases con enseñanza mixta (como prueba), es decir, niños y niñas juntos[16]. Aquí es donde aparecen más fuertemente las divergencias. A pesar de ser unos presupuestos claramente progresistas y enfrentados a las políticas defendidas desde el régimen de la Restauración, se encontraron la total oposición de la Lliga, las fuerzas monárquicas y algunos lerrouxistas. Los sectores más izquierdistas del catalanismo constataban que por cuestiones de modelo de sociedad, los catalanistas conservadores, con los que habían compartido espacio unitario, no tenían ningún problema en encontrar acuerdos los partidos del régimen de la Restauración para votar en contra de los presupuestos.

A la vez, poco más de un año después, en julio de 1909, se produjo, en Marruecos, un nuevo desastre militar. El fiasco del «Barranco del Lobo» intensificaría la protesta popular y generaría un gran choque con la opinión pública. Ante esto, el Rey y el gobierno decidieron enviar más tropas todavía a Marruecos. Una gran parte de la guarnición de Barcelona recibió la orden de embarcar. El día señalado, una gran multitud, en la que abundaban las esposas y los hijos, se concentró en el puerto para impedir la salida. Entonces, la Guardia Civil disparó contra la gente. Este acto criminal generaría exasperación en toda la población. La clase obrera se declaró en huelga general. La fuerza pública, tras provocar nuevamente a la población, se tuvo que acuartelar durante los 4 días que los trabajadores levantaron barricadas y se convertían en los dueños de la ciudad. Después volvería otro ataque represivo de la Guardia Civil que se saldó con 100 muertos y 500 detenciones. 5 de ellos fueron condenados a muerte, y uno era Francesc Ferrer Guardia.

Entonces, Alomar consideraría que «el movimiento de julio» tenía un «doble sentido antibelicista y anti-religioso» y que, por este motivo, la izquierda catalanista como «republicana, democrática, esto es, contraria al espíritu clerical y eclesiástico»[17] debía diferenciarse de la «cruel actitud de las derechas» que había condenado los hechos. De hecho, es muy conocido el caso de la censura de Enric Prat de la Riba a la publicación a Joan Maragall de un artículo titulado «La ciudad del perdón». En este opúsculo, se oponía públicamente a la condena a muerte del pedagogo anarquista Francesc Ferrer Guardia, que había sido acusado injustamente de ser el ideólogo de los disturbios de julio. Así, el poeta Maragall no pudo publicar su artículo, pero Alomar, 6 días antes de la ejecución, publicaría un duro texto donde denunciaba el comportamiento farsante e hipócrita de «la opinión pública de Barcelona»:

«Amigos míos, demasiado silencio, demasiado silencio. Personalmente, yo he tenido que iniciar demasiadas veces reivindicaciones de justicia los cuales han permanecido sin eco en la colectividad nuestra. Ahora mismo ¿por qué no alzan la voz respondiendo a mi, lanzada desde otro periódico, haciendo notar que la cuestión Ferrer (de procedimiento jurídico y no de ideas sociales más o menos estridentes) todavía es una cuestión sometida a juicio, y que la culpabilidad de ese hombre, a pesar tendenciosas y sospechosas campañas, apoyadas en la revelación de ideas y no de hechos, está muy lejos de ser demostrada, como ha hecho notar hasta el conservadurísimo y sensatísimo Times de Londres? ¿Por qué calláis ante el ahogamiento de la Escuela y el hundimiento de la Constitución y el fin de toda libertad verdadera? ¿Por qué calláis ante el insulto tirado por nuestras cuadrillas de snobs impotentes (jóvenes decrépitos, capuchos de la política, farsantes quienes motean de farsantes las grandes figuras de la intervención humana) contra un juicio europeo donde los errores accidentales, los tiquis miquis donde quiere aferrarse al viejo y heredado casuismo jesuítico, no podían hacer olvidar la razón esencial y dolorosa?»[18].

Pero no sólo consideraba a la opinión pública de Barcelona como farsante e hipócrita, sino que también creía que «estos buenos señores del catalanismo insincero se oponían únicamente a las leyes y los tribunales de excepción cuando ellos mismos podían ser sometidos a él, y en cambio lo pedían entonces contra los otros, como en la hora de los procesos de Montjuïc, contra todos los anarquistas sólo por tener tales ideas»[19]. Acusaba directamente a La Lliga de oponerse sólo a la represión que sufrían ellos a la vez que apoyaban o no ponían impedimentos a la represión contra los anarquistas. Finalmente, Alomar haría una crítica a la deformación mediática que el Gobierno estatal había generado en torno a las protestas, «la gestión del ministro de la Gobernación […] rodeó de aduanas morales España, en especial Cataluña […] para que el resto de España creyera que este movimiento era separatista»[20].

«El hecho «revolución» desorientó las izquierdas catalanas, y las obligó, como un reactivo, a descubrir el burguesismo interno de todas ellas. ¡Era tan cómodo eso de llamarse republicano, sin verse forzado nunca a demostrarlo! ¡Esto del republicanismo de mucha gente era una fácil excusa para negar todo, sin verse nunca en el caso de afirmar nada, y con la convicción de que la República en que se fingía creer, afortunadamente nunca vendría! Aquel republicanismo se reveló como meramente negativo, como era negativo, en el fondo, aquel catalanismo que quería prescindir de toda política y no creer más que en Cataluña; ¡como si Cataluña pudiera existir más autónoma sin un interno sistema de afirmaciones constitutivas, orgánicas, y hasta sin un criterio sobre formas de gobierno, aquellas formas de gobierno que los negativos de siempre decían ser cosas indiferentes, de que podía prescindirse!»[21].

Está pensando claramente en los Presupuestos de Cultura, y sigue con una reflexión sobre el espacio mediático, los intelectuales y los que desarrollaban la función de creadores de opinión en Cataluña:

«Yo creo, amigos míos, que el intelectualismo catalán, como consecuencia de esta mezcla, atraviesa una crisis de escepticismo y de infecundidad. Nuestros intelectuales se han acostumbrado demasiado a sonreír sobre las cosas, a desconfiar, ya de antemano, de toda acción, al diletantismo del reventón. Es que viven en un ambiente que los mata, en un ambiente que no puede comprenderlos, o, mejor aún, que no quiere comprenderlos, y finge lo contrario para atraérselos. Perdonadme que os hable ahora, por unos momentos de mi experiencia personal en este punto. Yo creo haber servido, entre la generalidad de los míos, como ficción de radicalismo que no sentían, y como excusa del conservadurismo que siempre han tenido. Era útil, para las sinceridades de muchos, eso de tener un sincero que hacía llamaras entusiastas, y daba coloraciones de izquierda a unos hombres perfectamente conservadores. […] El intelectualismo ha resultado casi exclusivamente negativo. Después de leer las palabras de muchos intelectuales nuestros, siempre tengo tentaciones de preguntarles: ¿Desea resumir en una cartilla lo que haya de afirmativo, positivo, en sus ideas? ¿Desea escribir lo que llamaríamos su Constitución, la Constitución interna y personal de cada uno de ustedes? ¡Ah! Pocos serían nuestros intelectuales que resistieran a la prueba»[22].

Alomar está pensando siempre en la dirección del movimiento nacional, considera que las fuerzas de izquierdas «han sido, hasta hoy, más bien conducidas que conductoras»[23]. Y esto es relevante porque el intelectual mallorquín se da cuenta que la verdadera liberación nacional catalana vendrá el día que las clases obreras y proletarias hagan de la reivindicación de la emancipación nacional su propia reivindicación. Es en esta comprensión que él elabora lo que se ha conocido como la Teoría de los tres momentos del catalanismo[24], según la cual el movimiento de emancipación nacional catalán constaría de tres fases -burgués, de clases medias y obrero- y que sólo en el tercer estadio sería posible la realización nacional de Cataluña. A sus ojos, sólo aquellas capas de la sociedad «no viciados por una riqueza heredada, ni por ningún interés directo de inmovilidad social»[25] serían capaces de la iniciativa necesaria para llevar a cabo lo que requería un proceso de emancipación nacional real.

Para hacerlo, plantea que «tenemos que arrancar a las castas ricas el monopolio del catalanismo» porque «la actual izquierda nacionalista […] sufre de su origen derechista; sufre de ser una antigua fracción del comunal catalanismo conservativo; y ha heredado mucho de esa paternidad»[26]. Considera que para estar capacitados para la disputa política hay que sentar unas bases de concepción política mucho más allá de la simple imitación de los planteamientos del catalanismo conservador dándole un toque social, sino que, como hemos visto, reformula completamente la manera de entender la nación, la política, el modelo de Estado o la base social en la que sustentarse. En la primera de las dos conferencias de diciembre de 1910, Afirmacions i negacions del catalanisme, haría una síntesis de programa con su estilo epigramático:

«El programa sería este: reivindicación del catalanismo para los obreros; es decir, no que el catalanismo haga suya la conquista de los obreros, sino los obreros hagan suya la del catalanismo, entendiendo por catalanismo la representación de la voluntad colectiva de Cataluña. Que los obreros digan ‘el catalanismo somos nosotros'»[27].

Diciendo esto, además de trazar un rumbo estratégico, estaba también necesariamente haciendo una crítica al elitismo y al alejamiento de la realidad que pretendían representar muchos de los políticos del primer catalanismo de izquierdas. Era un problema a tener en cuenta. Muchos de sus cuadros tenían otras profesiones que les permitían vivir y, por tanto, no necesitaban la política y «carecían de la coacción y del profesionalismo indispensables para sacar adelante cualquier empresa partidaria»[28]. Alomar reivindicaba figura del político profesional:

«Yo he leído los discursos parlamentarios, las proclamas de mitin, los artículos periodísticos de la izquierda catalana, y siempre he visto la misma nota: un academicismo de ateneístas que profesan por principios, una democracia templada, un espíritu libresco, comprometido a ser realista, positivo, inspirado en la naturaleza de las cosas, liberal de escuela y doctrina más que de agresión»[29].

Así, en la década que comenzaba, se abría también un contexto político diferente. Alomar mismo así lo consideraba: «Entonces el ritmo conductor de nuestra política eran la ley de jurisdicciones y sus causas; ahora, además de aquel, hay un nuevo ritmo conductor que tiene por nombre expresivo 1909»[30]. Las protestas de la Semana Trágica produjeron mutaciones en la arena política. Los posicionamientos ambiguos de radicalismo lerrouxista al respecto de las protestas y su moderación discursiva debido a la voluntad de hacer el salto a la política a nivel más allá de Cataluña tuvieron mucho que ver con que, en el año 1910, se fundara a Barcelona la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). A la vez, los alineamientos de la Lliga con la represión de las protestas fueron el inicio de una rederechización del catalanismo de derechas cada vez más imbricado en el régimen de la Restauración por sus contradicciones de clase. En este contexto, y paradójicamente, el catalanismo republicano de izquierdas sería fundamentalmente una fuerza minoritaria. En primer lugar, esto se debería a que se fueron produciendo una serie de retiradas de los políticos más visibles de primera fila -Sunyol, Carner y Lluhí- que retornaron a sus profesiones precedentes. También las dificultades para conciliar las diversas tendencias político-estratégicas tuvieron mucho que ver. Algunos dirigentes proclives al pacto con los radicales, otros a la política de la ‘Cataluña adentro’ (Lluhí, Gubern) y algunos lo eran también a la participación política a nivel estatal (Layret). Este declive se concretaría efectivamente en los resultados de varias contiendas electorales. En las elecciones del 14 de noviembre de 1915, los catalanistas de izquierdas sólo obtienen 3 concejales en el ayuntamiento de Barcelona. En las legislativas de abril de 1916, quedarían en tercer lugar con 10.000 votos mientras que la Lliga ganaría con 24.000 y el lerrouxismo obtendría 19.500. Al año siguiente, los resultados serían casi idénticos. En 1919, Alomar saldría elegido en las elecciones a Cortes por primera vez, unas elecciones que, sin embargo, volvería a ganar la Lliga en Cataluña. Correlativamente, el crecimiento de la desafección y de la indiferencia respecto de los partidos no pararían de crecer. En las elecciones de 1917, la abstención rebasaría 65% mientras que la conflictividad obrera sólo hacía que ir en aumento. No por casualidad la CNT no pararía de crecer en afiliaciones durante toda la década hasta los 345.000 cotizantes en 1919 en Cataluña y llegando a los 791.000 a nivel de toda España. La dificultad para representar y ponerse al frente de toda esta potencia política los condenó a jugar un rol minoritario durante toda aquella segunda década del XX en la que los niveles de politización y contrariedad con la Restauración sólo harían que ir en aumento.

Habría que esperar hasta después de la dictadura de Primo de Rivera para que el catalanismo republicano y de izquierdas desbancara a la Lliga en la dirección del movimiento nacional catalán. De manera resumida, hay que decir que, durante el período dictatorial, del 1923 al 1930, en Cataluña, a diferencia del resto de España, los liberales catalanistas se hicieron republicanos y los republicanos se hicieron catalanistas. El régimen había perseguido no sólo a republicanos y catalanistas, sino casi cualquier signo de catalanidad, desde la lengua al baile de la sardana. Entonces, llegados a las elecciones de abril de 1931, la derecha catalanista, encarnada por Cambó, temiendo un escenario de triunfo de las candidaturas de izquierdas y confiando en la monarquía, quedaría desplazada de la hegemonía. Sin embargo, el papel de Alomar en la Dictadura y la Segunda República, por ahora, requerirá otro artículo.

A 80 años de su muerte, no nos equivocaríamos si dijéramos que Gabriel Alomar es un clásico, y que, como decía Theodor Adorno, los clásicos no son autores sobre los que nos tengamos que preguntar si están vivos. Más bien, nos preguntan ellos a nosotros si lo estamos o no. Así, Alomar ya lo fue en vida. Durante la Segunda República, se estableció el proyecto de la publicación de sus obras completas, pero la interrupción sanguinaria de aquel mundo, que él contribuyó a traer, lo impidió. Quizás ahora, cuando muchos de sus planteamientos relampaguean en el ahora de una forma excepcional, puede ser un momento para (re)iniciar la recuperación de este republicano que durante demasiado tiempo ha estado ausente como un gran clamor silencioso.

 


[1] Albert Balcells, Cataluña Contemporánea II (1900-1936), Madrid, Siglo XXI, 1977, p. 9.

[2] Joan Peiró, “Gabriel Alomar y el sindicalismo”, Solidaridad Obrera, 12/3/1931 en Joan Peiró, Escrits 1917-1939, Edicions 62, Barcelona, 1975, p. 295.

[3] Josep Pla, Les illes. Obres completes VIII, Barcelona, Selecta, 1957, pp. 47-48.

[4] Gabriel Alomar, “La veu de les urnes”, La Campana de Gràcia (8 de marzo de 1909).

[5] Joan Baptista Culla i Clarà, El republicanisme lerrouxista a Catalunya (1901-1923), Curial, Barcelona, 1986, p. 202.

[6] Gabriel Alomar, “La veu de les…”.

[7] Gabriel Alomar, “La intel·lectualitat catalana i la iglesia lerrouxista”, El Poble Català, 5 de abril de 1910.

[8] Gabriel Alomar, El futurisme, Barcelona, 18 de juny de 1904.

[9] Correspondencia de Prat de la Riba en R. Casellas, en l’Arxiu nacional de Catalunya, citado en Gabriel Alomar, Obres completes II (1904-1906), Palma, Editorial Moll, 2000, p. 17.

[10] Enric Prat de la Riba, Compendi de doctrina catalanista, 1894, p. 11.

[11] Gabriel Alomar, “L’escola filosòfica del catalanisme (utopies i paradoxes) II”, El Poble Català, 16 de diciembre de 1907.

[12] Enric Prat de la Riba, La nacionalitat catalana, Barcelona, Edicions 62, p. 45.

[13] Gabriel Alomar, “Per què som republicans”, El Poble Català, 6 de marzo de 1907.

[14] Enric Prat de la Riba, La nacionalitat… p. 45.

[15] Gabriel Alomar, Negacions i afirmacions del catalanisme, 1910, p. 24.

[16] Alfred Pérez-Bastardas, “El pressupost extraordinari de cultura de 1908: entre solidaritat municipal i solidaritat catalana”, Butlletí de la Societat Catalana d’Estudis Històrics, XIX (2008), pp. 71-84.

[17] Gabriel Alomar, Negacions i afirmacions… p. 17.

[18] Gabriel Alomar, “Article purament personal”, La Campana de Gràcia, 2 de octubre de 1909.

[19] Gabriel Alomar, Negacions i afirmacions… p. 16.

[20] Íbid., p. 17.

[21] Íbid., p. 15.

[22] Íbid., p. 24.

[23] Íbid., p. 23-24.

[24] Alomar es considerado el padre de este planteamiento que ha sido recuperado y actualizado, a veces sin citarlo, por otros dirigentes y fuerzas políticas posteriores como Andreu Nin, Joaquín Maurín o la lectura del hecho nacional catalán elaborada por los intelectuales del PSUC en El problema nacional català.

[25] Íbid., p. 22.

[26] Gabriel Alomar, “L’escola filosòfica…

[27] Gabriel Alomar, Negacions i afirmacions… p. 22.

[28] Joan Baptista Culla i Clarà, El republicanisme lerrouxista… p. 124.

[29] Gabriel Alomar, “L’escola filosòfica…

[30] Gabriel Alomar, “Entorn a la unió d’esquerres”, El Poble Català, 30 de marzo de 1916.

 

Doctorando en Historia. Coimpulsor de "Debats pel Demà".
Fuente:
https://sobiranies.cat/es/gabriel-alomar-los-origenes-del-catalanismo-popular/#_ftn19