Francia: Más allá de las polémicas respecto al “islamo-izquierdismo”, las trampas del identitismo

Christian Picquet

25/04/2021

En estos tiempo de confusión extrema, necesitábamos que una nueva eminencia macroniana viniese aún más a descomponer el clima francés. La señora Vidal, ministra de enseñanza superior y de investigación ha querido claramente tener su cuarto de hora de notoriedad explicando, en Cnews, que el “islamo-izquierdismo” gangrenaba la universidad hace tiempo; que un número preocupante de investigadores y enseñantes confundían conscientemente su trabajo de investigación científica orientada desde el principio, con una acción de propaganda, y que convenía encargar al CNRS la tarea de descubrir tales supuestas derivas. Con ello se desencadenó inmediatamente una polémica que infectada por los acontecimientos como el de la denuncia pública de algunos enseñantes en la facultad de Ciencias políticas de Grenoble, no cesó de agrandarse a partir de entonces. Detractores del “islamo-izquierdismo” y defensores de la “islamofobia” pudieron hablar sin rebozo ante las cámaras, y la gran perdedora de esta pretendida querella intelectual ha sido...una izquierda atrapada en sus silencios y sus divisiones, hundiéndose más cada día en su desorientación. La alegría malvada de los turiferarios de la política del Príncipe dice claramente quien se lucra de este enésimo crimen contra el pensamiento crítico; un David Revault d’Allonnes señala por ejemplo, con el mayor cinismo, que “es hoy la principal línea de ruptura en el seno de la izquierda. Mucho más polarizada que respecto a la economía de mercado” (Le Jornal du dimanche, 21 febrero 2021)

Entremos ya en la controversia lanzada por Frederique Vidal. Teóricamente ella ha de encargarse de defender la independencia de los hombres y mujeres bajo su autoridad, para garantizar el pluralismo que ha dotado de grandeza a nuestra universidad desde hace lustros, excepto en las horas más negras de nuestra historia, cuando la investigación francesa, por ejemplo, se veía amordazada por un régimen al servicio del ocupante hitleriano. Al anunciar el deseo de querer realizar una investigación respecto al “islamo-izquierdismo” en la universidad, se ha situado claramente rompiendo esta tradición de libertades académicas.

Por lo demás, resulta atrayente ver a una miembro del ejecutivo preocupada por las investigaciones «que se refieren al postcolonialismo», cuando es el anfitrión del Elíseo en persona quien incorpora al discurso oficial los elementos de lenguaje salidos sin mácula de esta escuela de pensamiento. Fue en mayo de 2018, en ocasión de un coloquio sobre los arrabales, cuando Emmanuel Macron no dudó en fustigar al “macho blanco mayor de 50 años”, compartiendo incluso esta aversión con personajes que coquetean sin vergüenza con el islamismo. ¡Otros tiempos, otras preocupaciones...Tomemos nota!

La gran impostura del macronismo

Si la orden de la señora Vidal se hiciese efectiva, llegaría a pervertir la misión de este gran organismo público de investigación científica y tecnológico, que es el CNRS, convirtiéndolo en una policía del pensamiento. El acto es tanto más grave porque llega en el momento en que se ha revelado a la sociedad francesa el sufrimiento de miles de jóvenes sometidos a la precariedad y a condiciones de estudio terriblemente degradadas y que la ministro no se ha mostrado particularmente decidida a afrontar. Aún peor, vuelve a retomar las campañas que desde hace meses lleva a cabo la extrema derecha, precisamente sobre el asunto de la influencia del “islamo-izquierdismo” en la enseñanza superior.

La indignación de la Conferencia de Rectores, como los llamamientos a la dimisión de su ministra competente, están en este aspecto plenamente justificados. Las declaraciones de la señora Vidal proceden de la deriva autoritaria y liberticida del Macronismo. Lo que se contempla es simplemente el derecho a saber y conocer ; la libertad pedagógica y finalmente la diversidad de opiniones en la universidad. En el pasado, la lógica que provoca actualmente una auténtica insurrección de las conciencias, habría conducido al destierro de las más  grandes figuras de la filosofía, de la sociología, de la investigación histórica o del pensamiento feminista. Dicho de otro modo, del sinnúmero de personalidades que tan claramente han contribuido a enriquecer el patrimonio cultural de Francia.

Rechazar esta enésima tentativa para amordazar la reflexión o los escritos de quien quiera que moleste a los de arriba, no es en modo alguno complacencia con las corrientes que desde hace años se han profesionalizado en deshacer la herencia de más de un siglo de combates por el laicismo, la igualdad y la República democrática. La acción de esas corrientes que se solapan en la mayoría de casos con el islamismo integrista, han sumido en problemas al movimiento antirracista, al sindicalismo, y la izquierda, enfrentándolos a advertencias serias que a la larga han sido muy desestabilizadoras.

Si, en lo que a mí concierne, siempre he rechazado hablar de “islamo-izquierdismo, es por la sencilla razón de que esta noción, traída inicialmente al debate público por Pierre-André Taguieff, sirve en nuestros días, no para denunciar los errores de algunas sectas de ultraizquierda, sino para estigmatizar al conjunto de la izquierda, acusada de complicidad con el más odioso de los oscurantismos. No obstante, estoy convencido, y aquí lo he escrito en más de una ocasión, de que la identidad que caracteriza a las fuerzas y redes implicadas, pone en tela de juicio las finalidades mismas de esta gran aventura humana que es la búsqueda de la emancipación.

Seamos muy claros en este aspecto. Querer derrotar a los gobernantes  dispuestos a hacer trizas a cualquiera con tal de lograr el favor  del electorado más reaccionario, no nos ha de cegar ante maniobras de corrientes que en la universidad o en el mundo intelectual tapan con coartada antiracista, las diatribas contra el “privilegio blanco”, tendiendo con ello a sustituir con lucha de razas la lucha de clases, empujando hacia más peligrosos enfrentamientos comunitaristas, cuando no legitiman una alianza mortífera con el integrismo islamista en nombre de la defensa de tradiciones originarias pisoteadas.

Con esta deriva, el problema no se refiere tanto a la consideración de un momento claramente grave, marcado por el auge de las campañas racistas y antisemitas, cuanto por el desarrollo de segregaciones y discriminaciones, incluso institucionales, cuyo objetivo afecta a una parte importante de la población francesa, en razón de sus orígenes, prácticas culturales o religiosas; ni tampoco en la definición del racismo, sobre la que hay tantos trabajos actuales, como en la “relación social de dominación”, aunque esta necesitaría ser debatida con mayor amplitud (en concreto sobre el punto estratégico de la articulación de las luchas  contra la explotación y toda forma de alienación, (ya volveré a ello). De hecho, esto comporta una cuestión mucho más sensible: ¿a quién corresponde, y adónde nos puede llevar, una regresión tan catastrófica, que implique un desafío existencial en el terreno político y social?

¿Catastrófico? Algunos encontrarán la expresión demasiado fuerte. Sin embargo, no lo es, dado que la situación revela visiones del mundo, aproximaciones a los conflictos que infestan al planeta, puntos de vista, que tienden a alejarse cada vez más de perspectivas progresistas, y a la vez, a debilitarlas.

Dos lógicas realmente gemelas

En el origen de lo que vivimos, descansa una doble crisis: la de la mundialización neoliberal y la del proyecto emancipatorio llevado hace tiempo por el movimiento obrero, más allá de las divergencias estratégicas que puedan romper este último. Ese contexto, que incorpora interferencias de las referencias ideológicas más cruciales, ha desembocado en el enfrentamiento de ambas lógicas que aparecen como antagonistas, aunque en realidad son gemelas en sus jaulas de lectura de la realidad. Por un lado, la teoría del “choque de civilizaciones”, aportada inicialmente por Samuel Huntington en una obra convertida en biblia de los neoconservadores, proporcionó una concepción agresiva y guerrera de la globalización. Ésta trata de incorporar en las conciencias una nueva línea divisoria, sustituyendo el enfrentamiento “Este-Oeste” de ayer, proponiendo “Occidente” y “Oriente”; tradición “judeo-cristiana” e “islam”; del otro, como un espejo invertido, se ha asentado el proyecto teológico-político en el que el islamismo radical y yihadista, no es más que su expresión llevada al paroxismo.

El primero de estos protagonistas tiende, estigmatizando un mundo musulmán asimilado a su caricatura integrista criminal y atizando los temores suscitados por el caos o las tensiones reinantes en diversos lugares del planeta, a legitimar las depredaciones del orden capitalista mundial; al negar los derechos fundamentales de los pueblos dominados, las desigualdades se ahondan entre Norte y Sur, los fenómenos de segregación racista de que son objeto en particular en las potencias desarrolladas del Norte, los grupos procedentes de las inmigraciones postcoloniales. El segundo se despliega con el telón de fondo de estas injusticias. Pretende hablar en nombre de los oprimidos para exigir la primacía de la ley divina sobre la de los humanos, reclama una vuelta a las tradiciones en busca de una búsqueda compulsiva de la identidad, oponiéndose por ello al universalismo y al legado de las Luces consideradas como irreversiblemente asociadas al colonialismo, promoviendo otro tipo de enfrentamiento binario, aferrándose esta vez a “creyentes” e “infieles”, y también por extensión  “indígenas” y “blancos occidentales”.

Una y otra de estas versiones nos enfrentan a una amenaza temible con el fondo de degradación de las relaciones de fuerza políticas y sociales; del retroceso de los movimientos laicos y progresistas en todas partes: la erradicación de la cuestión social y de la cuestión democrática en nombre de asignaciones identitarias “sanguinarias”. Amin Maalouf describe perfectamente la dinámica fatal: “La concepción que denuncio, la que reduce la identidad a una sola pertenencia, sitúa a los Hombres en una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominante, a veces suicida, y a menudo los transforma en asesinos, o partidarios de asesinos. Su visión del mundo está sesgada y distorsionada. Quienes pertenecen a la misma comunidad son ‘los nuestros’, nos sentimos solidarios de su destino pero nos permitimos tiranizarlos; si se les considera ‘tibios’, se les denuncia, se les aterroriza, se les castiga como ‘traidores’ y ‘renegados’. Respecto a los otros, los del otro lado, nunca se trata de ponerse en su lugar; evitamos preguntarnos si, en torno a tal o cual cuestión, podrían estar totalmente en contra; huimos de ablandarnos con sus quejas, sus sufrimientos, con las injusticias que sufren. Solo cuenta el punto de vista de los ‘nuestros’,  que es normalmente el de los más militantes de la comunidad, los más demagogos, los más furibundos” (en Les identités meurtrières, Le livre de poche, 2005)

Esas derivas gravísimas, que son el precio de nuestras derrotas

Con esta configuración de grandes aberraciones, los proyectos realizados durante mucho tiempo por el movimiento obrero y asociados a la división izquierda-derecha se ven fuertemente debilitados mientras asistimos al crecimiento de los identitismos. Por esta razón, no pretendo atacar a estos hombres y mujeres, a estos jóvenes que se sienten excluidos de un sistema y vienen a expresar su revuelta intentando refugiarse detrás de quienes creen que les identifican mejor, su religión o su origen, digamos su “raza”. Pero hay que resaltar a qué encierros les llevan intelectuales o estructuras que teorizan y legitiman este movimiento de repliegue mortífero.

Frente a un identitarismo “occidentalista”, nacionalista, xenófobo y etnicista entienden vestirse con un identitarismo modificado, de naturaleza religiosa, que se proclama “descolonizado”. Una de sus peores expresiones es el Partido de los indígenas de la República, que empujará esta lógica hasta el racismo y el antisemitismo. Su portavoz, Houria Bouteldja, por ejemplo, no duda en escribir: “Pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi raza, a Argelia, al islam” (en “Les Blancs, Les Juifs et nous”, La Fabrique, 2016)

En nombre de un pretendido antiracismo, que se tiene por “político”, digamos “radical”, opuesto a un antiracismo denunciado como simplemente “moral”, dado  que reivindica el universalismo, este movimiento viene a retomar un discurso racial. La rehabilitación astuta del concepto de “raza” se efectúa a contrapelo de la acción de generaciones enteras de investigadores e intelectuales progresistas (evidentemente es imposible en esta nota, entrar en la complejidad de los debates a que estas reflexiones han dado lugar).

Las figuras centrales del movimiento “descolonizante”, quieren en adelante hacer realidad estructurante un antagonismo que tratan de establecer entre “racializados” y “blancos”, por definición, supuestos detentadores del poder. En su blog, Hourya Bentouhmi llega incluso a demonizar el llamado “antiracismo moral”, acusando a éste de “repetir el principio universal de la igualdad de los seres humanos, (y de) afirmar la descalificación científica del concepto de raza biológica”. Acaba, muy incisivamente, por hacer suya la frase famosa de Jean Jaurès, emblemática de los compromisos del movimiento obrero de los siglos XIX y XX, contra el racismo y el antisemitismo, que por tanto estaban unidos al rechazo de las expansiones coloniales e imperialistas de la época: “No hay más que una sola raza: la humanidad”.

Daños políticos insospechados

Se impone la mayor lucidez sobre los peligros de esta pereza ideológica, inspirada en los potcolonial studies, nacidos en ultramar, que han provocado considerables daños políticos. Ante todo, tiende a dar esencia a grupos humanos a quienes no se quiere dejar otra existencia que la asignada por teorizaciones más que dudosas. Dicho de otro modo, cada persona se encuentra encerrada en una identidad única y comprendida de la forma más exclusiva (mientras que cada individuo se caracteriza, como sabemos, por una pluralidad de identidades).

Consecuentemente, desde el momento en que los hombres y mujeres concernidos se ven obligados a replegarse en su comunidad de origen, de “raza” o de religión, se les empuja a separarse de todo compromiso de alcance general y colectivo. En efecto ¿cómo puede conciliarse esta deriva con las luchas para conquistar nuevos derechos sociales, la igualdad ciudadana o la justicia climática?

Por lo mismo, con la fetichización de las identidades originales y de pertenencia a grupos cerrados sobre sí mismos, no solo se estimulan los procesos de individualización exacerbados por el neoliberalismo, sino que es el “nosotros democrático universal” el socavado, en tanto, que siempre fue un fermento de politización entre pueblos así como la base de solidaridades políticas y sociales.

Finalmente, a partir del momento en que se recuperan categorías desde siempre utilizadas por la extrema derecha, quien habrá triunfado, es la legitimación de la coherencia de esta última. Con esta última concreción proveniente de los 70 -que acentúa aún más la peligrosidad de los conceptos racializados de nuestros “descolonizadores”- bajo la influencia de la Agrupación de Investigación y estudios sobre la Civilización Europea habrá sabido retomar al terreno de las ideas partiendo de un racismo que se esfuerza por hacerse presentable redefinido ahora con criterios supuestamente «culturales», más que biológicos como era el caso antes.

Lo que le ha sucedido a la izquierda intelectual norteamericana, permitiendo a la ultraderecha conservadora ganar la batalla de la conciencia entre una gran parte de la clase obrera y las clases populares “blancas”, nos ha de hacer reflexionar. En este último aspecto, incluso si su ultima aportación puede (y debe) ser fuertemente criticada en numerosos puntos, el académico norteamericano Marc Lilla no deja de apuntar al punto álgido: “No puede haber política de izquierdas sin la noción de ‘nosotros’(…) Hemos de aprender a hablarles a los ciudadanos como ciudadanos, y a presentar nuestra ideas -incluyendo las destinadas a mejorar la vida de ciertos grupos- de forma que todo el mundo pueda apoyarlas” (en La Gauche identitaire, Stock, 2018).

En consecuencia, se trata de decir las cosas sin rebozo: estamos ante un movimiento político e ideológico profundamente reaccionario. Rompiendo con aportaciones de pensadores del anticolonialismo histórico, que inscribieron las liberaciones nacionales del siglo XX en una perspectiva claramente universal. La filósofa y psicoanalista, Elisabeth Roudinesco tiene, en este punto, toda la razón en señalar una profunda divergencia de criterios: “Tanto tenía razón (Aimé) Césaire en blandir el término ‘negro’ para sacarlo de las bodegas de los barcos negreros, como el adjetivo ‘racializado’ reintroduce la idea racialista” (L’Obs, 25 de febrero de 2021).

Igual ruptura se deriva igualmente de los aportes de los combates antiracistas de la postguerra. En Estados Unidos, el alza del identitarismo coge hoy a contrapié al movimiento de los derechos ciudadanos que luchaba por una  ciudadanía igualitaria.  Y en Francia, el “descolonialismo” se asienta abiertamente reaccionando contra las movilizaciones a favor de la igualdad de derechos de los años 1970-90, dirigidas en principio por organizaciones como el MRAP, y después por toda una serie de asociaciones democráticas,  así como por organizaciones englobando diferentes nacionalidades presentes en la inmigración, antes de que arrastren a la juventud de los barrios populares en las “marchas” de 1983 y 1984.

Las Luces, ¿fianza del colonialismo y del racismo?

En la base de esta extraña marcha atrás total, descansa una crítica virulenta al legado de las Luces, a la aproximación universalista que ellas aportaron, por tanto a los principios sobre los que nuestra Gran Revolución erigió su concepción original de la República.

A consecuencia de numerosos trabajos publicados en los últimos tiempos, que provocarían tristes polémicas respecto al “islamo-izquierdismo”, este patrimonio se haría indisociable, por ciega creencia en el progreso y porque se atascaría en la defensa de una mistificadora misión civilizatoria de Occidente, con los horrores de la colonización; de las masacres en masa y de los crímenes contra la humanidad que han jalonado la historia contemporánea; del aplastamiento de culturas y tradiciones de los pueblos dominados; de discriminaciones enquistadas en el mismo centro de las metrópolis imperiales.

En la obra, ampliamente citada en mi última nota (¿La izquierda contra las Luces?, Fayard, 2020). Stéphanie Roza, sitúa tales teorizaciones en el largo período de las reflexiones filosóficas elaboradas, a la salida de la II Guerra Mundial, por una parte de la “Escuela de Frankfurt”, e incluso posteriormente por Michel Foucault.

Sin duda, no son falsas las críticas formuladas respecto a las Luces. Surgiendo en un momento de transición histórica en las sociedades europeas, mientras el capitalismo tomaba impulso y una burguesía ascendente estaba a punto de derruir los viejos sistemas feudales, vinieron a recubrir con nuevas formas la explotación de la naturaleza y del trabajo humano, hasta las empresas de expansión, de conquista y de sometimiento perpetradas a escala de todo el globo.

Así pues, y más fundamentalmente, originaron revoluciones que barrieron los antiguos órdenes de privilegios que se suponían emanados de la supremacía divina. E hicieron emerger, aunque fuese de forma embrionaria y contradictoria, las nociones fundamentales del humanismo moderno: el ser humano puede y debe liberarse de las servidumbres; de los determinismos naturales y del peso del oscurantismo mediante la razón, a quien deben acompañar la educación y la política.

Nada estará, en este aspecto, más alejado de las Luces, que el racismo, contra el cual un Rousseau, autor del célebre Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, quería tercamente resaltar. Me uno aquí al difunto Zeev Sternhell, uno de los más eruditos expertos de nuestra historia política e intelectual (como no es inútil recordarlo, de la estirpe francesa del fascismo) cuando escribía: “Este humanismo es la razón del odio por el que Kant, en este aspecto discípulo de Rousseau, y el propio Rousseau, fueron perseguidos durante dos siglos. Por otra parte, conviene añadir aquí que Rousseau, había rechazado de antemano la idea de que el concepto de naturaleza humana presente en todos los hombres, pudiera conducir a una tiranía de lo universal. Los reproches dirigidos a la filosofía universalista moderna por no haber denunciado la esclavitud tienden a olvidar, no sólo a Rousseau, sino también a Montesquieu y Voltaire; a los Enciclopedistas y los hombres de las Luces ingleses; pero, sobre todo, es la Revolución la olvidada. En efecto, la esclavitud fue abolida por la Revolución francesa. Los esclavos, como los judíos, fueron liberados y por primera vez en la historia, todos los Hombres viviendo dentro de las fronteras de un mismo país, Francia, estaban sometidos a las mismas leyes y convertidos en ciudadanos libres e iguales en derechos. Para Kant, Para Rousseau antes que él, todos los Hombres, cualesquiera que sean, pertenecen a este mundo humano que es la historia concebida como perfectibilidad” (en Les Anti-Lumières, une tradition du XVIIIe siècle à la Guerre froide, Fayard, 2006)

He aquí porque no me sumaré nunca a las tesis de quienes, por llamarse adversarios de un “abstracto universal”, se empeñan en ignorar el excelente punto de apoyo que representa, para la igualdad concreta, adherirse a la universalidad de los derechos humanos. No, al revés de los que pretenden, como Edwy Plenel entre otros, el universalismo no se asemeja en absoluto a una actitud “que no admite al judío, al negro, al árabe, a no ser que se desprenda de su historia y su memoria” (en Pour les Musulmans, La Découverte, 2014).

Ampliando el hallazgo de Sternhell, se puede decir, que es, en el mejor de los casos un malentendido, y en el peor, un deseo de reescribir la historia, no distinguir que las Repúblicas establecidas con fuertes fundamentos desde 1830 y 1848, lo repitieron mediante huelgas revolucionarias y poderosos movimientos populares terminando por imponerlo incluso en el preámbulo de la Constitución de la Liberación.

Al amparo de formas republicanas instituidas, que reflejan muy a menudo relaciones de fuerza desfavorables para “los de abajo”, las clases poseedoras se emplearon a fondo en perpetuar la explotación feroz de la fuerza de trabajo, y al mismo tiempo lo hicieron con denuedo en someter, mediante la violencia más extrema a los pueblos colonizados. Ello no quita para que este conjunto de reglas establecidas, a lo largo del tiempo, hayan establecido la relación tan particular de nuestro pueblo con la República.

En la igualdad proclamada entre seres humanos, en la soberanía popular entendida como origen de toda legitimidad; en la búsqueda del interés general opuesto a los privilegios de un puñado de poseedores; en el laicismo que separa totalmente la religión del Estado; en el contrato social en que se basa la vida colectiva; en el concepto de nación como comunidad política de ciudadanos cuyos orígenes y religiones no pueden distinguirse, no resulta extraño que el movimiento socialista inicial convoque a la clase obrera a empujar “hasta el fondo” dichos valores, para diseñar un post-capitalismo.

Los efectos de una desagregación ideológica

La izquierda, o al menos una parte de ella, ha mostrado totalmente su desconocimiento de un fenómeno en crecimiento o, aún peor, se ha vuelto cómplice de él. No ha sabido zafarse de la focalización del enfrentamiento entre, de un lado, las corrientes que han asaltado profesiones de fe “republicanas”, callándose la realidad de la opresión racista sufrida por millones de hombres y mujeres; por otro, corrientes que se consideran anti-racistas, pero que impulsan proyectos políticos o político-religiosos de tipo totalmente reaccionario.

El precio pagado fue el abandono por algunos de lo que fue el núcleo de dos siglos de luchas por la emancipación individual y colectiva, por la liberación de la explotación capitalista. Hasta en las diversas expresiones difundidas, se puede comprobar esta impotencia o renuncia a combatir esta grave deriva. Incluso se ha llegado a usar (o abusar) de un vocabulario que estimula la diferenciación más que buscar lo que une; a saber, el objetivo de una ciudadanía plenamente ejerciente del Estado en la empresa y de una unidad de clase que tenga como objetivo hacer de los asalariados la fuerza motriz de la transformación de la sociedad.

Tomemos el concepto de “islamofobia”, del que he tenido ya ocasión de hablar en este blog. Evidentemente es innegable que las personas procedentes del mundo musulmán son concretamente objetivo de campañas de rechazo que les responsabilizan de la crisis de la nación francesa, del desarraigo social, del terrorismo o de fenómenos de rechazo comunitario que afecta a ciertos barrios populares. Incluso es en nombre del laicismo como quienes han rechazado siempre las reglas, la extrema derecha y asimismo la derecha clerical u “occidentalista”, rechazan una religión decretada como inasimilable a la realidad francesa e incompatible con la República. Esta retórica, aprovechando un contexto internacional convulso y expulsando miedos, no deja de ser el disfraz de un racismo enraizado en lo más profundo de nuestra historia: el que contempla a los pueblos salidos de las antiguas colonias francesas, en concreto del Magreb, y más en general del mundo árabe.

No obstante, no se puede ignorar el nauseabundo clima empleado deliberadamente por corrientes relevantes del integrismo islámico, que por su parte lo utilizan para desplegar una estrategia pensada y construida para ampliar su influencia. Estos confunden deliberadamente el racismo, dirigido a personas y grupos humanos, suponiendo que son de cultura o confesión musulmana, con cualquier crítica concreta de la religión. Ahora bien, ésta, tanto como para cualquier otra confesión, no se basa en reivindicar un derecho particular que elimine la crítica a sus dogmas, crítica que no ha de confundirse con llamadas al odio, la discriminación o la muerte. En este sentido, la fórmula de Marx no ha envejecido: “La crítica de la religión es la condición previa de toda crítica” (en Contribution à la critique de la philosophie du droit de Hegel, Éditions sociales, 1975)

Tras la designación obsesiva de “islamofobia”, concepto que sirve en realidad para reinterpretar el conjunto de los retos del período según la visión de los fundamentalistas, se esconde ante todo, cada quien ha de asumir su culpa, un ataque frontal contra el feminismo y sus batallas por la igualdad. Este último se ve estigmatizado en virtud de otro “feminismo”, que se presenta como “islámico” o “descolonizado”.

Tariq Ramadan fue el primero en abrir brecha, explotando la comprensión que durante mucho tiempo benefició parcialmente a algunos, que veían en él la expresión de una cierta “Teología de la liberación” aplicada al islam. En una de sus obras, en nombre de un “movimiento de liberación en y por el islam”, para quien reivindicaba una diferencia a lograr, se oponía de los valores feministas universales que consideraba encarnaban “el modelo clásico de la ‘mujer occidental liberada’”; el velo se veía así apartado de su función opresiva y segregadora, para convertirse en “otra forma de ser libre”; y añadía: “qué habrá de respetarse en Occidente” (en Les Musulmans d’Occident et l’avenir de l’islam, Actes Sud, 2003). Actualmente vemos como hay asociaciones contrarias a las disposiciones adoptadas contra el acoso callejero, considerando que estas conducirían a estigmatizar a “una población de hombres de las clases populares o racializados”. El sociólogo, Phillippe Corcuff tiene perfecto derecho en considerar que “entre lucha descolonizadora y lucha antipatriarcal, es perfectamente claro priorizar la primera sobre la segunda”.

Lo mismo ocurre con esta otra noción consistente en definir “racializados”. Que pueda retomarse por la izquierda y los movimientos sociales revela en sí mismo un problema serio. No es porque la huella colonial no siga dejando rastro en un sociedad como la nuestra, reproduciendo fracturas étnicas y discriminaciones culturales, situación que se agrava por la profunda insuficiencia de un trabajo de memoria respecto a las consecuencias de la colonización, que siempre se ha frenado por los sucesivos poderes políticos. También en la medida en que tiende a encerrar a las personas afectadas en su identidad  “post-colonial” y se confunde crecientement con la denuncia del poder de “los blancos”; de la dominación heteropatriarcal blanca”, o incluso de la “blanquedad”.

Por otra parte el concepto de “racializados”, puede asociarse al de “interseccionalidad”, también llegado de Estados Unidos. Oficialmente esto trata de definir la articulación de las diferentes formas de dominación, vinculadas al color de la piel, al género, a la orientación sexual o la pertenencia social. En realidad comporta una concepción de la vida social superpuesta a determinaciones identitarias, destinadas a renunciar a la búsqueda del impulso que permitiría superarlas.

Esto interpela a la izquierda en una dimensión primordial. Oponiéndose voluntariamente a la idea de centralidad del enfrentamiento entre capital y trabajo, en la base del proyecto llevado desde siempre por el movimiento obrero, esta noción de «interseccionalidad» elimina de facto el objetivo estratégico de la superación del capitalismo. Éste último trata de otro modelo de desarrollo que sitúa lo humano y el planeta por encima de cualquier otra consideración; la consecución de las más hermosas aspiraciones de bienestar y de justicia; la apropiación por la sociedad de los bienes comunes; la igualdad real tanto en el ámbito político como en el social; la conquista de nuevos poderes y de una nueva democracia para los trabajadores y los ciudadanos en los territorios y las empresas y hasta en el Estado. Una perspectiva a la que la fusión de las revueltas contra las opresiones no puede lograr por sí sola con su dinámica, aunque estos terrenos de compromiso no deben en modo alguno reducirse, ya que todos ellos pertenecen al movimiento de liberación global que es el comunismo.

En una obra recentísima, donde se cruzan sus visiones de sociólogo e historiador, por tanto con su respectivo lenguaje, Stéphane Beaud y Gerard Noiriel señala, y yo mejor no podría hacerlo, el atolladero a que nos lleva esta “interseccionalidad”. “Cuando se miran con atención los trabajos bajo la enseña de la interseccionalidad, escriben, comprobamos que el criterio de clase es el más a menudo ignorado o marginado. Esta ‘social blindness’ explica porque las reflexiones de Bourdieu sobre el ‘racismo de clase’ se han olvidado”. Añadiendo: “No se puede entender nada del mundo en que vivimos, si se olvida que la clase social de pertenencia(…) permanece, como quiera que se diga, como factor determinante a cuyo alrededor se sustentan las otras dimensiones de la identidad de las personas”. Lo que les lleva a esta afirmación: “La historia ha mostrado que cuando el antirracismo se desconecta de las luchas contra las injusticias económicas y sociales, acaba por tornarse vacuo, que le lleva a llamar en su ayuda al vocabulario racial en los problemas que tienen su raíz en las relaciones sociales (,,,) Esta forma de denunciar el racismo contribuye a despachar de sus propias responsabilidades a quienes detentan el poder económico, político o mediático y en mayor medida, a todos los miembros de las clases superiores” (en Race et sciences sociales, Essai sur les usages publics d’une catégorie, Agone, 2021).

Además del carácter pernicioso de estas nuevas líneas divisorias, que ahora pretenden colocarse en el debate público y la reflexión intelectual, se deriva una estrategia de manipulación de una parte del movimiento sindical y asociativo, así como de los partidos de izquierda. En ocasiones se lee, con la pluma de dirigentes del movimiento “indigenista”, que, “para vencer, para convertirse en hegemónico”, frente “al poder blanco”, convendría unir las “fuerzas no blancas”, tejiendo “una red militante entre las fuerzas clásicas del movimiento social”. Esto explica hasta que punto se necesita vigilancia.

Sobre todo porque, estas derivas y las confusiones ideológicas que las acompañan, ya implican calamitosas consecuencia prácticas. Tal es el caso cuando cierto número de organizaciones y de personajes consideran correcto expresar su compromiso político apartándose de alianzas unitarias contra el antisemitismo, en nombre del reivindicado “antisionismo”, llegando a relativizar la importancia del actual odio anti-judío, considerando que podría sustituirse más adelante por la “islamofobia”...Cuando en algunas organizaciones sindicales, se convocan reuniones de “racializados”, traicionando en la práctica la misión del sindicalismo, que es la de unir a sus miembros por encima de sus orígenes o sus convicciones filosóficas o religiosas…Cuando detractores (claramente antirracistas) de las posiciones  racializadas o islamistas se ven sometidos a furiosos linchamientos mediáticos, o comienzan a surgir, siguiendo teorizaciones citadas anteriormente, consideraciones de orden moral que atacan “el imperialismo gay”…

Por no hablar, aunque son muy serios, de esos movimientos que, en la universidad, se movilizan para prohibir representaciones teatrales, por ejemplo una adaptación de Las Suplicantes de Esquilo, forma renovada de una censura que ayer era prerrogativa de la extrema derecha (a raíz de la guerra de Argelia, la izquierda tuvo que oponerse físicamente a los comandos nostálgicos de la OAS que trataron de impedir, en París, la obra anticolonialista de Jean Genêt, Los biombos)...En su época, un André Breton, un Diego Rivera y sus compañeros surrealistas, en un célebre manifiesto titulado, Por un arte revolucionario independiente que no ha perdido nada de actualidad, habían combatido con vigor esas pulsiones de intolerancia y de censura que acabaron por tomar como rehenes el arte y la cultura. “En materia de creación artística, habían creído oportuno advertir, importa esencialmente que la imaginación escape a toda coacción, que no permita con ningún pretexto que se le impongan sendas. A quienes nos inciten a consentir, ya sea para hoy, ya sea para mañana, que el arte se someta a una disciplina que consideramos incompatible radicalmente con sus medios, les oponemos una negativa sin apelación y nuestra voluntad deliberada de mantener la fórmula: toda libertad en el arte” (en André Breton, Oeuvres complètes. La Pléiade, 1988.

Volver a los principios

Como vemos, no solo afrontamos un adversario sino dos, de diversa importancia desde luego, pero de equivalente peligrosidad; sus teorías  se orientan ambas a dividir el campo de quienes tienen un interés común en encontrar una vía de felicidad en el vivir en común. La confusión sin embargo, alcanza su punto álgido en los “debates” iniciados a propósito de las cuestiones de identidad, y como algunos se han visto atrapados en ellas, sin que su buena fe pueda ponerse en duda, más vale precaverse de polémicas inútiles para volver a los principios fundamentales reivindicados desde su origen por el movimiento obrero, las formaciones adscritas a la democracia y las corrientes defensoras de la razón.

  • Primer principio, universalidad de los derechos humanos. Ninguna limitación puede admitirse, cualesquiera que sean las especificidades que traten de legitimar una diferencia de derechos. Pues eso engloba idénticos objetivos a lograr donde quiera que se plantee, y no sólo en las metrópolis “occidentales”, también en el mundo arabo-musulmán. El yihadismo sangriento trata de amordazar definitivamente la aspiración a la democracia y al pluralismo de opinión; a la posibilidad de organizarse sin trabas; a la separación de las confesiones religiosas y los poderes temporales, a la igualdad de todas las personas, ante todo en los países mayoritariamente musulmanes. No hay por lo tanto ningún relativismo posible en este aspecto.
  • Segundo principio, rechazo de cualquier discriminación. Puesto que la disputa religiosa ocupa un lugar tan importante en la confrontación pública, conviene afirmar que todas las creencias tienen vocación de integrarse en una colectividad republicana que garantice el ejercicio de todos los cultos, sin reconocer ni subvencionar ninguno. Lo que es cierto para las religiones surgidas del cristianismo o del judaísmo, también lo es para el islam. No obstante, si hemos de aplicar una tolerancia cero respecto a los actos anti-musulmanes, estos no han de borrar otras formas de racismo, empezando por el anti-semitismo del que vemos una recrudescencia alarmante, incluso entres los jóvenes de algunos barrios populares. Por lo mismo, no es admisible ninguna tolerancia con quienes pretendiendo expresarse siguiendo dogmas pretendidamente intocables, exigen poder derogar el derecho público, defendiendo la proclamación de prohibiciones contrarias a las permitidas por la vida colectiva, arrogándose la facultad de intervenir sobre los contenidos de la enseñanza o la prensa, tratando de imponer a las mujeres, obligaciones que hacen a una persona, independientemente de su sexo, igual a sus vecinos. Evidentemente, no se trata de señalar a las personas que, respetando las leyes en vigor, creen vivir su fe mostrándola con ostentación en el espacio público, como es el caso de algunas mujeres que llevan velo; sino ejercer una solidaridad vigilante hacia quienes rechazan la presión del entorno familiar o de las corrientes integristas, empezando por las mujeres que no aceptan ninguna práctica discriminatoria, atentos a que sus derechos sean respetados y garantizados.
  • Tercer principio, el laicismo. Engloba y consagra a los dos primeros. Su objetivo no es combatir las convicciones religiosas íntimas; el ejercicio de neutralidad solo se ejerce en el marco de actividades del entorno escolar, o en lo que se refiere a sus agentes, en los servicios públicos. No se limita a separar al Estado de las religiones, o a conjugar libertad de conciencia con libertad de culto; establece la ciudadanía liberándola de lo que le subordina a la influencia de una religión, etnia o tradición. Es decir, rechaza que el derecho de un individuo pueda verse limitado por otros derechos legislados por un grupo concreto, con el peligro de someterlo al fanatismo o a segregaciones devastadoras. En eso, no quiere ser ni “abierta” ni “apaciguada”; tampoco puede calificarse  de “laicizante”, expresión frecuente en las discusiones sobre él. Simplemente “de lucha” contra la intolerancia y por la fraternidad. Fueron precisos muchos años de un enfrentamiento sin tregua antes de que la jerarquía católica acabase por reconocer el dominio que ejercía en la educación, y más en general en la vida civil. Y se nota bien, como lo prueban las batallas a favor de la escuela pública, del “matrimonio para todos” o de las técnicas de reproducción asistida, que la lucha aún no ha acabado…
  • Cuarto principio, el pluralismo cultural como riqueza de Francia. Es totalmente legítimo que cualquier categoría de la población vea reconocida su contribución a la vida colectiva; que pueda aprender su lengua de origen si sus miembros lo desean; que vea protegida la difusión de sus tradiciones; que ocupe por completo su lugar en la nación. No obstante, eso no puede confundirse en diferencias de estatus político para las comunidades originarias, diferencias que supondrían alargar lógicas financieras y mercantiles dominantes, disolviendo los vínculos del civismo. En otras palabras, es la existencia de una ciudadanía que define la pertenencia del conjunto, sin más distinción, quien marca los límites del reconocimiento de particularismos. La indivisibilidad de la República, en este marco, es innegociable.
  • Quinto principio, la búsqueda de la unidad de clase, para hacer triunfar la igualdad. Mostrar claramente los principios precedentes permite a todas las víctimas de la explotación del trabajo, poder reencontrarse en un frente común por la justicia social, cualesquiera que sean sus diferencias o sus prácticas culturales, o sus afinidades comunitarias. En una sociedad como la nuestra,  quienes viven solo de su trabajo engloban una amplia mayoría de la población activa. Con todas las clases y categorías que soportan la absurda ley del capital que hace competir a los individuos y somete a todas las actividades a la lógica mercantil, representan un fuerza capaz, por la sinergia del conjunto, de cambiar práctica y duraderamente la vida de la mayoría. En otros términos, repetir reiteradamente condenas formales del dominio, es en vano, si al mismo tiempo no se ataca al poder de los dominantes, para pasar los centros de decisión a las manos de la mayoría; si no se trata de erradicar el desempleo masivo y de hacer retroceder la atomización del asalariado tanto como la exclusión que afecta a los barrios populares y periféricos urbanos; si no se pone coto a las segregaciones diarias que conducen a acentuar las rupturas en el conjunto de pueblos. Esta es la única manera de escapar del choque de las identidades rivales y del enfrentamiento sin fin de las religiones.

Por mi parte, escribiendo este apunte, he querido avisar. Otros lo han hecho por su lado, y les felicito por su valentía. Al punto que hemos llegado, callarse nos llevaría a un auténtico desastre. Los fenómenos de que hablamos nos llevan a una guerra de pobres contra pobres; a legitimar una acción política en nombre de la raza; a la derrota del combate por la ciudadanía; a la negación pura y simple de la lucha social. Por consiguiente, se ha iniciado una confrontación política e ideológica de gran amplitud, Llegó el momento, para la izquierda, de reapropiarse de la herencia de Jaurès, precursor de la lucha contra el racismo y el clericalismo. En defensa de la ley de separación, decía: “Es levantando contra estas Iglesias la gran asociación de los hombres que trabajan en el culto nuevo de la justicia social y de la humanidad renovada, es así, y no con cismas dudosos como haréis progresar este país de acuerdo con su genio” (Oeuvres de Jean Jaurès, Tome 10, Fayard, 2015).

histórico dirigente de la LCR francesa, fue candidato al parlamento Europeo por el Frente de Izquierdas. Su tendencia, Gauche Unitaire, defendió en el congreso de fundación del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), surgido de la LCR, la unidad electoral de la izquierda francesa con el Partido de la Izquierda (escisión del PS) y el PCF, que agrupase a todo el campo del NO a la Constitución europea. Al quedar en minoría, la tendencia Gauche Unitaire dejó de participar en el NPA y se sumó al Frente de Izquierdas.
Fuente:
http://christian-picquet.fr/2021/03/10/1399/
Traducción:
Ramón Sánchez Tabares