Chloé Delaume
11/12/2017
Para el acalorado debate sobre la posibilidad de hacer menos sexistas los usos de la lengua francesa a través de normas más inclusivas, la revista francesa L´Obs pidió su opinión a una serie de profesionales de la escritura. La novelista Chloé Delaume respondió escarneciendo a la Academia Francesa, institución que ha calificado estos intentos de «aberración» y «peligro mortal».
Lo que no se nombra no existe: la invisibilización de las mujeres pasa en primer lugar por la lengua. Ahora bien, desde hace algún tiempo, las suyas, por todas partes, se desatan. A menudo, liberándose, su palabra salpica las conciencias de grasa de cerdo, una náusea colectiva. La posibilidad de que lo real se modifique, de que los comportamientos dejen de remojarse en aceite. Para describir esas violencias, sus formas y sus manifestaciones tanto implícitas, hay un montón de palabras en el diccionario. Circulan desde hace mucho tiempo, hasta ahora en privado, no en el espacio público.
El espacio público, en Francia, el buen espíritu del chiste verde, la posesión por derecho de pernada, la invocación de la obra de Rabelais y de la truculencia nacional para palpar tranquilamente el conejito de la vecina: adelante, a por el exorcismo. En esto, regocijémonos. Y aprovechemos, sobre todo, este momento propicio para imponer sobre la marcha una reforma de la lengua francesa y la anexión de la Academia Francesa por la secretaría de Estado encargada de la Igualdad hombres-mujeres.
Desde 1634, la gramática y el Diccionario, la evolución de la lengua, están bajo la protección de la Academia Francesa, que es la única con poder para tomar decisiones. Cuarenta sillones, la primera mujer, Marguerite Yourcenar, 1980. Pronto, cinco siglos, 729 miembros, 8 mujeres. Entonces, evidentemente. La lengua francesa viva, pero las bocas que la hablan, los labios que la hacen, siguen mudas, invisibles, nunca representadas. Nicolas Beauzée, gramático, 1767: «El género masculino se reputa más noble que el fémenino a causa de la superioridad del macho sobre la hembra». La lengua es un órgano compuesto de diecisiete músculos, cuando la tuya es francesa y eres mujer, quedan anestesiadas. En la medicina china el corazón está unido a la lengua. En francés en el texto la lengua sigue, por su parte, ligada a la verga.
La regla de proximidad puede cambiar las mentalidades, la sintaxis social se escribe en el fondo de las cabezas, los gestos se verbalizan y conjugan de otro modo, ponerse de acuerdo es posible. Hará falta insistir justamente en la Academia. La modificación de lo real, la obsolescencia de la superioridad del género masculino, cuya reputación se ha desteñido notablemente desde 1767, no se toma allí en cuenta. La feminización de los nombres de los oficios, de los grados, de los títulos y de las funciones no siempre es reconocida por los guardianes del uso, el falocentrismo para ellos: un tesoro nacional. Simone Veil, un colega. El masculino no es neutro, aureola de gracia, gratuito como un regalo, el masculino corrige entre las mujeres que lo merecen su envidia del falo. El influjo del freudianismo sobre las personas mayores todavía hace estragos.
En el 23, quai de Conti, las sesiones a puerta cerrada de la Academia Francesa. En el centro, no hay un atril sino una mesa de acero, encima el Diccionario mantenido bajo la cúpula, examen previo al ritual de pureza; en círculo los trajes verdes de ceremonia, el bicornio y la espada. Bajo las lentes de cristal, el Diccionario palpita, lo real rezuma en sus páginas, la feminización, las «e», las «trices», las «esses» [terminaciones femeninas en francés], que se abren en exceso, tan extraña al oído, frecuencias inéditas que chamuscan los sonotone, un poco de sangre en la habitación y algunos inmortales inmediatamente evacuados. Al no poder nombrarse, lo real se pierde de vista. La igualdad no existe, la igualdad no es concebible, a eso es lo que nos remite, secuestrando la lengua, cada día la Academia.
El punto medio [usado para incluir ambas terminaciones, masculina y femenina, en final de palabra] es un estigma: al no haber dejado feminizarse la lengua, al haberla mantenido fuera del alcance de lo real, las reivindicaciones explotan y las medidas gráficas son radicales. El punto medio es adaptado y practicable en numerosos lugares y registros, pero es difícil para mí en el terreno literario. Es complicado hacer malabares con ello. «Yo» contra la genuflexión por la doble flexión, «las y los que» privilegia los epicenos; aplica en mis correos la regla según la cual, en caso de superioridad numérica, el femenino prevalece sobre el masculino. El punto medio es un síntoma, la manifestación de una carencia. El debate en torno a la escritura inclusiva podría ser ocasión para un golpe de Estado en el 23 del quai de Conti.

