EEUU: Los republicanos andan metidos en un divorcio complicado con las grandes empresas del que los demócratas podrían sacar partido

Andrew Gawthorpe

25/04/2021

Uno de los hechos centrales de la política norteamericana moderna ha sido el sólido lazo entre el Partido Republicano y la élite de negocios del país. Hasta Donald Trump, que hizo brevemente campaña como populista económico en 2016, gobernó como el plutócrata que era. Las empresas podían fiarse de los republicanos en lo que respecta a recortes fiscales regresivos y una economía de oferta, cosas que ayudaban a sus resultados, y a las cuentas bancarias personales de sus ejecutivos. Los demócratas, mientras tanto, han ido derivando hacia la izquierda económicamente, adhiriéndose a impuestos mucho más elevados y a una nueva era de acoso a los trust. Si los republicanos son los capitalistas, entonces los demócratas son los socialistas.

Esa, al menos, es la historia convencional. Y describe bien algunas cosas. Pero le cuesta explicar lo que ha pasado en las últimas semanas, en las que grandes empresas como Delta y Coca-Cola se han manifestado en contra de la nueva legislación de supresión del voto del estado de Georgia. Los republicanos dieron una respuesta feroz, y el líder de la minoría [republicana] en el Senado, Mitch McConnell, que acusó al sector privado de comportarse como un “gobierno paralelo del activismo” y avisó de “graves consecuencias” si no cejaban en ello. Esta amenaza no es ociosa, hay esfuerzos en marcha para perjudicar a varias empresas en su cuenta de resultados, con los republicanos que votan para despojar a Delta de una lucrativa exención tributaria y Trump que apela al boicot de empresas como Coca-Cola. (¿quiere alguien una Freedom Pepsi?)

Resulta fácil desechar todo esto como una estratagema de relaciones públicas. Muchas de las empresas que se manifiestan en contra de la ley de Georgia lo han hecho sólo tardíamente y bajo presión, y muchos de los políticos republicanos que deploran el “capitalismo de activistas” no esperan otra cosa que ganar puntos ante su base. Pero el hecho mismo de que esas cosas estén pasando se debe a importantes cambios en el paisaje político norteamericano, cambios que pueden acabar convirtiéndose en sísmicos.

No es difícil ver por qué han aumentado las tensiones a medida que los republicanos se han adherido a un airado nacionalismo racista y a comportamientos antidemocráticos. Actuar de este modo les ha puesto en contra de los norteamericanos jóvenes y conscientes de sus valores que mueven las ventas de las mayores marcas norteamericanas. Las empresas que quieren atraer a los consumidores y empleados más jóvenes han flexionado su poder como respuesta a ello. Cuando Carolina del Norte aprobó en 2016 una ley que prohibía a la gente que utilizara los baños correspondientes a su identidad de género, los boicots y las cancelaciones en la expansión de negocios vinieron a costarle al estado cerca de 4.000 millones en doce años. El gobernador republicano del estado perdió posteriormente frente a un contendiente demócrata y la ley se revocó.

Por su parte, los republicanos se han apartado de sus tradicionales posiciones proempresariales sobre comercio, inmigración y globalización. Este desplazamiento se ha visto acompañado de un reajuste de prioridades intelectuales. Mientras que una generación anterior de republicanos priorizó la economía por encima de todo lo demás, las voces hoy más estridentes de la derecha coinciden con el senador Tom Cotton cuando declara que “no somos una economía con un país. Somos un país con una economía”. Las empresas que hablan contra la nueva agenda nacionalista se pueden encontrar en el punto de mira de los autoproclamados tribunos del país, como le pasó a Keurig [empresa de máquinas de preparación de café y otras bebidas] cuando decidió dejar de anunciarse en el programa de Sean Hannity en Fox News.


Resulta prematuro predecir un derrumbe a gran escala de la alianza del Partido Republicano con la gran empresa. Pero los hechos de años recientes presentan una enorme oportunidad de conseguir ganancias políticas. En 2020, los condados en los que ganó Joe Biden produjeron un ingente 71% del PIB norteamericano, comparado con un 29% solamente de los condados que votaron por Donald Trump, una brecha que es catorce puntos más ampla que en 2016. Los demócratas también representan cada vez más a los votantes con mayor formación que codicia la Norteamérica empresarial como consumidores y empleados, y que han huido del Partido Republicano trumpificado.


Los demócratas también representan los valores y la competencia que necesitan las empresas norteamericanas – y los trabajadores que dependen de ellos – para prosperar. Los recortes fiscales y la desvergüenza plutócratas de Trump a la hora de vaciar el Estado regulador podían haberle producido un subidón de azúcar a muchos negocios, pero su lamentable gestión de la pandemia y sus irreflexivas guerras comerciales las dañaron. No se puede confiar en el paranoide Partido Republicano de hoy, negador de la realidad, sectario, para elevar a figuras competentes a puestos clave en política y en planificación política. Como ha demostrado Trump, los costes de tener a un payaso al mando se pueden tolerar de manera general mientras la economía va como un tiro en tiempos normales, pero se vuelven catastróficos cuando surge un desafío serio.


Los demócratas, por otro lado, no sólo representan una mano firme en una crisis. Están fomentando además planes de infraestructuras, mayor gasto en   R&D y una transición a energías verdes, que son todas necesarias para la futura competitividad de la economía norteamericana. Esos planes conllevan ganadores y perdedores, pero en conjunto representan una enorme inversión en la economía que puede consolidar el atractivo del Partido para empresas, empleados y votantes.


Los demócratas progresistas llevan razón en ser precavidos con las apelaciones a que el Partido se identifique como pro-empresarial. Y es absolutamente correcto que los demócratas traten de reformar el capitalismo a la vez que se adhieren al mismo. Pero las tensiones republicanas con las grandes empresas les dan a los demócratas exactamente lo que necesitan para llevar eso a cabo; capacidad de presión.   A la vista de la alternativa, grupos como la Cámara de Comercio se han mostrado más abiertos a propuestas de los democrátas, como elevar el salario mínimo, que con administraciones anteriores. Su apoyo hace que sean más fáciles de aprobar esas medidas políticas y más probable que sean perdurables.


Hay algo todavía más importante en juego. Durante décadas, la Norteamérica empresarial ha constituido un pilar clave de la coalición republicana. Ese pilar está comenzando a agrietarse, lo que ofrece una oportunidad a los demócratas de debilitar a un partido peligrosamente extremista que plantea una amenaza existencial a la democracia norteamericana. A medida que las grandes empresas huyen de las ruinas del Partido Republicano, lo mejor que se puede hacer para el futuro del país es darles la bienvenida a la coalición demócrata… con condiciones.

profesor de Historia y Estudios Internacionales en la Universidad de Leiden (Holanda), es especialista en la historia de los Estados Unidos. Estudió en la Universidad de Cambridge y en el Kings College de Londres y es autor de “To Build As Well As Destroy”, un volumen centrado en los esfuerzos norteamericanos por afianzar políticamente a Vietnam del Sur.
Fuente:
The Guardian, 14 de abril de 202
Traducción:
Lucas Antón
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