Después del 14F: Contra el triunfalismo de la izquierda catalana

Ferran de Vargas

05/03/2021

Los resultados de las elecciones catalanas del 14F han dado 8 escaños a los Comuns y 9 a la CUP. Dicho de otra forma, 8 escaños a la socialdemocracia y 9 al anticapitalismo. En total, 17 escaños nítidamente de izquierdas. No es mucho, teniendo en cuenta que Cataluña atraviesa una grave crisis social y necesita, pues, una izquierda fuerte que dispute el poder y pueda implementar un programa de choque. No es mucho, pero se respira cierto alivio, cuando no directamente triunfalismo, en ambos espacios políticos.

La decadencia de los Comuns

Por lo que respecta a los Comuns, han salvado los muebles al no perder ningún escaño respecto a las anteriores elecciones. Esto les ha infundido la sensación de que el barco no se les hunde. Nada más lejos de la realidad. Los Comuns habían tocado fondo en las elecciones del 21D de 2017 (habían pasado de 11 a 8 escaños), pero el diagnóstico (correcto en parte) de aquel mal resultado era claro: un partido que no se posicionaba claramente a favor o en contra de la independencia de Cataluña no podía recibir muchos apoyos electorales en el momento de máxima polarización del eje nacional. El problema es que las últimas elecciones se han celebrado en un contexto en el que el eje nacional está mucho más destensado que en 2017, y pese a ello el resultado de los Comuns ha sido similar al obtenido entonces. Eso significa que, si los Comuns no son capaces de sacar mejores resultados en medio de las condiciones que supuestamente tendrían que favorecerles, están inmersos en un proceso de decadencia profundo.

La culpa de este proceso de decadencia de los Comuns la tiene su estrategia suicida de blanqueamiento del PSOE, es decir, de colocarle constantemente la etiqueta de «izquierda» para no tener que asumir que prácticamente la única izquierda a nivel español son ellos mismos y que por lo tanto el Estado español es irreformable, al menos en la profundidad que haría falta reformarlo. Pero esta estrategia no es sólo suicida por el hecho de que el PSOE no es de izquierdas, sino porque además es un pilar sobre el que se aguanta el Régimen del 78. Lo que hizo crecer al espacio de Podemos en su día era precisamente la impugnación del régimen, y lógicamente lo que le está haciendo hundirse es el apoyo a uno de los pilares fundamentales de ese mismo régimen.

No es que la alianza con el PSOE dificulte a Podemos y sus confluencias ver que el Estado es irreformable y que se necesita una ruptura, como propone el independentismo. Es más bien a la inversa: el hecho de no querer ver que el Estado español es en última instancia irreformable conduce a Podemos y sus confluencias a un pacto con un partido del régimen como el PSOE, para lo cual es necesario blanquearlo y al mismo tiempo estigmatizar el proyecto independentista a través de la demonización de Junts per Cat (JxC). Cuando ya ni el PDeCAT, el heredero directo de CiU, forma parte del mapa político independentista, se buscan excusas hasta debajo de las piedras para deslegitimar al independentismo e inculcar la falsa necesidad de un pacto con los socialistas. Ahora resulta que en JxC hay gente muy de derechas con quien no se puede pactar según los Comuns, pero en cambio Ramon Espadaler, proveniente de Unió (la «U» de CiU) y figura profundamente conservadora, no convierte al PSC en un partido de derechas pese a ocupar este político el número 3 en su lista electoral.

El problema es de dogmatismo, de mero etiquetaje y falta de profundidad o tal vez honestidad política: etiquetar esquemáticamente al PSOE de «izquierda» y a JxC de «derecha» o «burgués» es simplista e interesado. Puede que JxC esté en contra del impuesto de sucesiones o, si más no, internamente dividido en esta cuestión, pero a parte de esto, ¿en qué es más de derechas que el PSOE? El PSOE ha indultado a corruptos y torturadores, defiende con uñas y dientes la monarquía y la ayuda a escapar del escrutinio público, se posiciona a favor de golpes de Estado en América Latina mientras se niega a condenar a petrodictaduras salvajes como la saudí, se dispone a repartir los Fondos Europeos centralizadamente a las grandes empresas del Ibex 35, no ha derogado la ley mordaza, no ha derogado la reforma laboral, no ha prohibido los desahucios, está en contra del derecho de las naciones a la autodeterminación, comanda una fiscalía que pide el encarcelamiento de Pablo Hasel o se querella contra Roger Torrent por permitir debates en el Parlament mientras al mismo tiempo solicita la excarcelación de Villarejo, ha intentado pactar con Ciudadanos prioritariamente hasta que no le ha quedado más remedio que hacerlo con Podemos. Incluso en la cuestión de la vivienda, en Cataluña la coyuntura política ha permitido arrastrar a JxC al campo de la izquierda, pero el PSC votó en contra de limitar los alquileres, y hace poco ha aparecido el ministro Ábalos para confirmar que ni los alquileres se pueden tocar con el PSOE.

La ecuación es en realidad muy simple. Puede que JxC no sea de izquierdas, pero es que el PSOE tampoco (en algunas cuestiones lo es incluso menos). En cambio, JxC juega en contra del Régimen del 78, mientras que el PSOE lo defiende. La elección parecería clara, si no fuese por el dogmatismo que antepone el marco estatal español a cualquier proceso de transformación política profunda. Este dogmatismo, no obstante, no sale gratis. Ya está evidenciando sus resultados negativos a nivel electoral para Podemos y sus confluencias.

Un sorpasso del que han de extraerse las conclusiones correctas

El sorpasso de la CUP a los Comuns el pasado 14F es indicativo de esta tendencia. Pero el punto de referencia del éxito o fracaso de la CUP no debería ser la izquierda en decadencia de los Comuns, sino la izquierda socioliberal de ERC, que ha obtenido 33 escaños. La lectura de la CUP a los 9 escaños obtenidos quizá no tendría que ser «hemos conseguido el sorpasso a los Comuns» sino: «Si hemos conseguido esta subida pese a la campaña poco brillante que hemos hecho (llena de contradicciones y con un perfil bastante bajo), imaginemos qué lejos podríamos llegar con un verdadero liderazgo.»

A diferencia de lo que sucede con los Comuns, los problemas de la CUP no son de principios; no parte de una lectura alejada de la realidad, y por lo tanto este espacio político tiene una base sobre la que se puede construir un proyecto ganador. En estas últimas elecciones la CUP se ha beneficiado del aumento de la abstención, al tener un electorado más movilizado y joven que otros partidos. Pero si bien es cierto que esto debería alejar a los anticapitalistas del triunfalismo, no significa que los haya de conducir a desmerecer el punto fuerte que al mismo tiempo se ha evidenciado en estos resultados electorales: que la CUP tiene una base estable, fiel y bien asentada en el territorio.

La CUP, pues, cuenta con unos fundamentos de gran potencialidad, pero demuestra poca capacidad de aprovechar estos fundamentos para convertirse en un partido con apoyos masivos. Para ello quizá haría falta crear los mecanismos para que se generase un liderazgo fuerte, que pueda liderar y canalizar toda esta energía política de forma bien focalizada y dirigida. Más allá de la inmediatez de las posibles alianzas y tácticas poselectorales, quizá será necesario a medio plazo combinar el asamblearismo que caracteriza a la CUP con un modelo más clásico de partido. Ha de haber contrapesos, pero al mismo tiempo dirección política. El liderazgo de una organización ha de poder dedicar muchas más energías a lidiar con los adversarios externos que con los contrapesos internos. El asamblearismo puro con el que nació la CUP fue fruto de un proceso y una sensibilidad políticas pos-15M que no son los de ahora. En aquel momento el lema de la CUP era «vamos lentos porque vamos lejos», pero si se sigue a este ritmo puede que no se llegue a ninguna parte: la pobreza, el fascismo y el calentamiento global avanzan mucho más deprisa. Se necesita un arma política de la máxima eficacia a la altura de la situación de emergencia que se deja entrever. Si esta arma no es la izquierda, será la derecha.

Una izquierda anticapitalista en el cruce de caminos

En momentos de crisis socioeconómica, cuando el capitalismo fracasa a la hora de proporcionar los medios más básicos para el sustento de una vida digna, la sociedad se polariza y mira a los extremos. Esta consecuencia no es mala de por sí, porque es fruto de la incapacidad cada vez mayor de camuflar la verdadera naturaleza injusta del sistema capitalista. El problema es a cuál de los dos extremos mira la gente. En estos contextos de polarización, el papel histórico de la extrema derecha consiste fundamentalmente en señalar como culpables de la crisis a los de más abajo (y en menor medida a las élites cosmopolitas), y el de la extrema izquierda en señalar a los de más arriba. El problema actual es que la extrema derecha, mejor organizada (y con mejores canales mediáticos), está cumpliendo mejor su rol histórico que la izquierda radical.

Un fortalecimiento del liderazgo quizá deba ir de la mano de una estrategia comunicativa más populista, que no se ha de confundir con «manipuladora» ni «demagógica». La gente, además de ver a los anticapitalistas como alternativa real, tendría que visualizar claramente cuál es el enemigo a abatir, el enemigo que hace que nuestras vidas sean peores y sin el cual viviríamos más dignamente. Con insistencia pero sin histrionismos, se ha de transmitir el mensaje de que los ricos nos empobrecen, y que luchando contra los ricos dejaremos de ser pobres. La complejidad discursiva interna de la organización no ha de ser la misma que la complejidad discursiva externa, la que se transmite a la población. No vale sólo con comunicar en términos de «capitalismo», «privatizaciones», «recortes», «neoliberalismo», etc. El capitalismo es el rico. Las privatizaciones son el rico. Los recortes son el rico. El neoliberalismo es el rico. Son Amancio Ortega, Ana Botín, Florentino Pérez. De la misma forma que para la extrema derecha el paro es el inmigrante, los sueldos bajos son el inmigrante y la delincuencia es el inmigrante. Pero a diferencia del discurso de la extrema derecha, el discurso de la izquierda no se basa en la mentira y por lo tanto extremarlo no comporta un dilema moral.

Puede que la izquierda catalana necesite a alguien que se quite una sandalia y trate a los ricos y poderosos de mafiosos y gánsteres, como hizo David Fernández con Rodrigo Rato en 2013. Sin embargo, no se debería confundir este rol con el del «anti-todo» que, votando en contra incluso de otorgarle una medalla de honor a alguien como Johan Cruyff o de preguntar a la ciudadanía por la municipalización del agua, se aleja de la población y relega a la organización a la marginalidad, como sucedió con la CUP en las últimas municipales de Barcelona. Encontrar el punto de equilibrio es importante: la CUP ha de ser vista como una organización rebelde pero seria, con convicciones fuertes pero con lazos no menos fuertes con la gente de la calle.

Podemos contaba con el liderazgo fuerte y los elementos discursivos populistas necesarios para ganar apoyos masivos en un momento de crisis. Sus enemigos eran «la casta» o «los de arriba» así como la UE personalizada en la Alemania financiera de Merkel. Pero a pesar de impugnar en un principio el Régimen del 78 discursivamente, el espacio de Podemos nunca llegó a cuestionar el marco nacional español, nunca tuvo una estrategia soberanista consecuente («Yo si fuera catalán, no participaría en ese referéndum», epitomizaba Pablo Iglesias en 2017) y pareció creer que haciéndose con el gabinete del gobierno podría reformar las osificadas estructuras estatales. Ahora ya no cree ni eso, y se agarra al gabinete como a un flotador, sin parecer darse cuenta de que ese flotador es precisamente lo que lo va a acabar de hundir. Además, el liderazgo fuerte y los elementos populistas con que contaba el espacio de Podemos se sostenían sobre una base más bien arenosa propicia para el burocratismo y el personalismo. Le faltaba la solidez organizacional y el arraigo territorial con que en cambio cuenta ahora la CUP, con la larga y no apresurada historia de la Izquierda Independentista a sus espaldas. Pero quizá, ahora sí, le haya llegado a la CUP el momento de apresurarse.

La deriva objetiva a la que se dirige Cataluña, de profundización tanto de la crisis socioeconómica como la nacional, sitúa a la CUP en una posición central. Una centralidad que quizá no deba contentarse con el condicionamiento de las políticas de otros, sino que puede aspirar a la hegemonía de la izquierda y la dirección política de Cataluña. La CUP no tiene por qué contentarse con hacer el sorpasso a los Comuns o salvar los muebles. Porque la situación de emergencia que se entrevé requiere más que nunca de una izquierda socialista, independentista y feminista que no sólo afirme que «lo queremos todo», como reza el lema de la CUP, sino que crea que todo es posible.

(Una versión en catalán de este artículo se publicó en https://catarsimagazin.cat/algunes-llicons-post-14f-contra-el-triomfalis...)

Politólogo y doctor en Traducción y Estudios Interculturales. Investigador asociado del grupo de investigación GREGAL (Circulación Cultural Japón-Corea-Cataluña/España). Autor del libro "Izquierda y revolución. Una historia política del Japón de posguerra (1945-1972)" (Edicions Bellaterra).
Fuente:
https://catarsimagazin.cat/algunes-llicons-post-14f-contra-el-triomfalisme-de-lesquerra-a-catalunya/
Traducción:
Ferran de Vargas