Debates sobre la democracia. Acerca de "Los pocos y los mejores" de J. L. Moreno Pestaña

Emmanuel Rodriguez

José Luis Moreno Pestaña

25/03/2021

La degeneración democrática. Veneno y antídoto

Emmanuel Rodríguez

[Reseña de José Luis Moreno Pestaña, Los pocos y los mejores. Localización y crítica del fetichismo político, Madrid, Akal, 2021].

Moreno Pestaña acaba de publicar un nuevo libro, un ensayo corto, a la vez denso e inteligente. Lleva por título Los pocos y los mejores. El trabajo resulta pertinente a la hora de retomar el intercambio (esta sería la tercera entrega tras «Estado, derecho y comunidad, política» [https://www.sinpermiso.info/textos/estado-derecho-comunidad-politica] y «Política y democracia» [https://www.sinpermiso.info/textos/politica-y-democracia] sobre las condiciones de la política hoy: esto es, pasados diez años de la explosión del 15M, otros siete del surgimiento de Podemos y al menos tres de lo que parece una suerte de restauración de la democracia en sus viejas formas oligárquicas. De hecho, es de eso de lo que habla el libro de Moreno Pestaña, concretamente de lo que podríamos llamar la «degeneración oligárquica» de la democracia, y también de su remedio.

Merece la pena considerar las condiciones de elaboración y escritura de este ensayo. Los pocos y los mejores está escrito en los meses de pandemia. Un tiempo de excepción, no solo por el dramatismo de las vidas perdidas, de una sociedad enfrentada a una fragilidad imprevista, que observa como sus deteriorados sistemas públicos colapsan, al tiempo que los gobiernos improvisan soluciones. En esos meses, y todavía hoy, nos hemos visto tentados por la idea de un gobierno de expertos, de médicos, virólogos, epidemiólogos, pero también de todos aquellos que tenían algo que ofrecer para contener la pandemia: físicos, matemáticos, sociólogos, psicólogos, etc.

Los pocos y los muchos está presidido por la crítica de lo que Moreno Pestaña llama el fetichismo político. Marx y su conocido epígrafe sobre «El carácter fetichista de la mercancía y su secreto» sirve aquí de método: la forma mercancía y el intercambio que pasa por ser una relación entre cosas en lugar de una relación entre personas. El «carácter fetichista de la mercancía» oculta y vuelve impenetrables las relaciones de producción: en la sociedad de consumidores el cómo y el dónde se trabaja —con las infinitas secuelas de explotación y destrucción medioambiental— quedan sepultados por el fulgor de la mercancía. De forma parecida, el capital aparece como una sustancia que se reproduce a sí misma, y crea riqueza, sin mediación de trabajo alguno.

En esta transpolación a la esfera política del concepto de Marx, Moreno Pestaña nos habla de un fetichismo por el que las formas políticas son tomadas como dadas y autosuficientes. La democracia representativa aparece necesariamente como la única forma de democracia eficaz y posible; y las formas políticas se naturalizan hasta el punto de neutralizar la crítica. En la estela Bourdieu y su escuela, Moreno Pestaña habla también de «capital político» y «capital militante». Explica: el capital político no es exactamente el «conocimiento político», sino la «valorización» de determinado conocimiento y de determinada representación del mismo, que genera autoridad y reconocimiento. El capital político, como en la mercancía, está unido a un «olvido», cuando los individuos ya no reconocen que la autoridad procede de una donación colectiva. Este es también el núcleo del fetichismo político, cuando este capital y su acumulación o concentración en determinados individuos o capas políticas se muestra como el único medio eficaz para organizar la política.

Con la reciente experiencia de Podemos en mente, Moreno Pestaña advierte de que el «capitalista político» se comporta como un maximizador de los beneficios que otorga esta forma de capital. Esta posición maximizante del capitalista político es, sin embargo, del todo contraria al compromiso con las instituciones que se quieren representar, promover o gobernar. El problema de la acumulación política es que genera comportamientos sin ética ni responsabilidad, actitudes propiamente parasitarias, dirigidas únicamente a la acumulación y valorización del capital político propio.
Sobre estos mimbres, Moreno Pestaña presenta su crítica a la democracia electiva. En términos clásicos, pero actualizados de la mano de Castoriadis y Bernard Manin, el autor muestra como la democracia representativa es un mecanismo de mercado electoral tendente a degenerar en una oligarquía política. Y lo hace, primero, porque esta misma democracia es un procedimiento para la selección de élites, en el que solo unos pocos tienen realmente la posibilidad de ser elegidos; pero también porque esta selección no es posible sin el concurso de otras formas de poder social (económico y mediático) que promocionan, por no decir producen, el cuerpo de representantes en tanto productos electorales en competencia.

En términos más amplios, Moreno Pestaña presenta aquí un problema conocido, que atraviesa todos los proyectos de transformación social y política. Este podría nombrarse como el «problema de la mediación política», esto es, de los distintos medios e instituciones que disponemos para organizar la cooperación social, y que constituyen siempre el meollo de lo político. Pero también el problema de cómo escapar a la fetichización de la mediación política. (En la tradición de la autonomía obrera el problema de la mediación política era el problema de la autonomización de la política.)

Volviendo a la cuestión de la democracia, a su «degeneración» que genera por un lado una oligarquía ineficaz y rapaz y de otro una masa de «consumidores» cada vez más apáticos, hay dos respuestas que Moreno Pestaña somete a examen.

La primera es lo que podríamos llamar la antipolítica liberal. No es algo que Moreno Pestaña desarrolle ampliamente, pero quizás merezca escribir unas notas, dado que esta antipolítica tiene cierto rango de proyecto de época. Hayek, todavía el gran referente intelectual del neoliberalismo (y en buena medida del neoconservadurismo), fue explícito en sus prevenciones respecto de la democracia. En su obra mayor, los tres volúmenes de Derecho, legislación y libertad, destaca la necesidad de «derribar a la política de su pedestal» y de «abandonar toda ilusión en cuanto a que queda al alcance de la humanidad la posibilidad de "crear su propio futuro"». Su crítica a la democracia apuntaba a como esta se convertía en presa de intereses sectarios (corporativos, sindicales, minoritarios), pero sobre todo a la idea de lo que llamaba «constructivismo social», esto es, los proyectos de «mejora social», que son en realidad formas imperfectas de ingeniería social.

La respuesta imaginada por Hayek a la deficiencia de la democracia era distinta de la del gobierno experto, y sobre todo de la del gobierno extenso. Consideraba que la mayor parte de las interacciones humanas estaban mejor garantizadas por los mecanismos automáticos y autorregulados del mercado, y que las instituciones políticas eran también el resultado de una suerte de selectividad evolucionista, lenta y progresiva, que no requería de proyectos voluntaristas y menos de cambios bruscos. El gobierno limitado era solo un garante de este doble movimiento automático, y la única ley necesaria era la propia ley moral que gobernaba las interacciones humanas. En Hayek y en general en la teoría neoliberal —que no en su práctica, organizada por un proyecto de intervención política masiva y partidaria—, no hay lugar para la política, y desde luego no hay lugar para la democracia. Hayek mismo apostó por abandonar el término democracia, en favor de otro más descafeinado y limitado al que dio el nombre de demiarquía.

La segunda respuesta, convertida en uno de los principales blancos de Moreno Pestaña, es la epistocracia. La expertocracia o epistocracia es el gobierno de los especialistas y los expertos, versión moderna y tecnocrática del filósofo rey, en una sociedad organizada por sistemas complejos y altamente tecnificados. El argumento a favor de la epistocracia es muy antiguo, y está en el origen de la democracia moderna en su versión censitaria: no deben gobernar (y quizás tampoco deban tener derecho político alguno, incluido el voto), quienes no saben, los profanos, los incapaces. En esta dirección han apuntado también los regímenes del socialismo real, tanto en la versión burocrática estalinista y postestalinista, como en la maoísta-confuncional. En una versión propiamente capitalista la epistocracia podría verse realizada si el gobierno reuniera a los expertos de todas las ramas específicas de la técnica y el saber político. No hace falta incidir en las aberraciones a las que ha conducido y podría conducir tal sueño.

Pero el remedio a la degeneración oligárquica que Moreno Pestaña nos propone es paradójicamente más democracia. Y el método consiste, al menos parcialmente, en recuperar la vieja idea del sorteo, que cumplió tan importante papel en la democracia ateniense. Efectivamente, en la Atenas clásica el sorteo era un método democrático de corrección oligárquica. La asamblea de la polis, y la tendencia a consolidar liderazgos carismáticos, estaba corregida por distintas instituciones elegidas por sorteo. Estas organizaban las propuestas para el orden del día de la asamblea, validaban sus decisiones y legislaban de facto. Pero el valor del sorteo es todavía más amplio: reside en su capacidad para regular, y en cierto modo neutralizar, las luchas fraccionales, características de la política competitiva y de la política oligárquica. En tanto los elegidos por sorteo suelen ser ciudadanos corrientes sin adscripción política y normalmente sin vocación política partidista, es improbable que estos se vean sometidos a lógica de las luchas fraccionales.

La defensa del sorteo descansa además en su «virtud epistémica». En varias ocasiones, Moreno Pestaña recurre a la imagen del regateo para entender la política democrática. A diferencia del intercambio monetario, donde el precio es fijo y por medio de la competencia remite a un valor-trabajo más o menos definido en unas condiciones dadas (aun cuando sea del todo discutible la vigencia de la ley valor trabajo hoy), en el regateo como en la política no hay un precio claro, ni una idea clara del trabajo que está incorporado a ese precio o, por ejemplo, del valor de una determinada idea política. El regateo opera así por aproximación entre las partes. En otro orden, pero que guarda relaciones con la imagen del regateo, el sorteo permite incorporar agentes distintos y singulares en la valoración de las propuestas políticas. Su ventaja epistémica, siguiendo aquí a Heléne Landemore, reside en que el sorteo, frente a los mecanismos selectivos que producen una capa política unificada por su privilegio y también por su origen social, produce diversidad cognitiva. En otras palabras: diversas perspectivas del mundo, distintos modos de interpretación, modos diferentes de resolución de problemas, etc. El sorteo refleja mejor la heterogeneidad de la sociedad. Con el sorteo, los filtros de acceso a la participación política se pueden reducir, caso de que se consideren las debidas medidas, incluido el salario público, que hacen viable la integración en estos órganos colegiados de sectores sociales con escasa presencia pública hoy en día: minorías, clases populares, especialmente mujeres de clases populares, etc.

El sorteo y la rotación en el cargo, añadidos a las pertinentes reformas dirigidas a abaratar los costes de acceso a la escena política, se podrían convertir, como lo fueron en la polis griega, en un mecanismo activo de producción de una nueva ciudadanía democrática. De hecho, la democracia imaginada por Moreno Pestaña consiste en una «pedagogía» ciudadana, capaz de generar esa «mediocridad política general» que constituía a la Atenas clásica y que tan poco se parece a la ciudadanía pasiva de los electores consumidores. En la perspectiva del autor, la participación política produce la ciudadanía, el conocimiento y la responsabilidad respecto de los asuntos comunes, lo que citando a Negri amplia la «consistencia ontológica de la democracia».

Moreno Pestaña es consciente de que su propuesta es relativamente endeble frente a la acusación de una mera proyección «procedimentalista» de una democracia corregida. En este sentido, incide en los efectos de activación de la participación política, de rebajar los costes de la misma y de producir una ciudadanía activa, en otras palabras, de repartir el poder. También señala que el sorteo es susceptible, en determinadas situaciones, de otras formas de degeneración «clientelar». No obstante, y dado que esto es un intercambio crítico y no un simple ejercicio descriptivo, se pueden plantear a Moreno Pestaña tres cuestiones que pueden estimular la discusión:

1. En su propuesta, se entiende el ejercicio virtuoso de gobierno y el de la constitución que le acompaña como una suerte de búsqueda optimizada del «bien común». La insistencia en la búsqueda de eficacia, la virtud epistémica, y algunas otras apreciaciones más de su obra apuntan en esa dirección: el «bien común» como objeto/objetivo de gobierno. Sin embargo, en la política moderna, y seguramente la política en la Grecia clásica, el «bien común» es solo un resultado que sigue a la «guerra civil». En el principio, por así decir tenemos la división de clases, la división social, los sistemas de dominación y ese gigantesco monopolista de lo político, la violencia y el orden simbólico que es el Estado. El «bien común» no es así algo dado, sino un acuerdo temporal y cambiante entre intereses en conflicto. De alguna forma, la «organización en partidos» o fracciones políticas está inscrita en las sociedades divididas. Y si esto no es patente hoy en Europa, es porque durante mucho tiempo pudimos sostener la ficción de una clase media mayoritaria, que negaba la existencia de las clases como hechos políticos, o en otras palabras, por la prosperidad heredada y el drenaje de rentas que descansa en una posición privilegiada en la economía mundo. Los procesos de dualización política y el retorno de los «populismos» nos enfrentan a una nueva política de bloques sociales, que no coincide con la de burgueses y proletarios, pero si con articulaciones complejas de distintas condiciones sociales: metropolitanos/periféricos, nacionales/extranjeros, alto/bajo capital educativo, sectores patrimonializados / proletarizados, etc. En este aspecto, la democracia es un acuerdo, algo así como un medio de civilizar o neutralizar lo peor de la guerra civil. Pero tiene poco que ver con la virtud-eficacia del gobierno.

2. Moreno Pestaña señala en numerosas ocasiones que los proyectos políticos alternativos y sus organizaciones no escapan a la degeneración oligárquica, a la formación de élites autonomizadas de aquello que en origen representaban. De ahí su crítica a la asamblea, a las organizaciones formalmente democráticas, a la acumulación de «capital militante».  Recupera aquí viejas críticas libertarias a la «izquierda autoritaria», o también a la incapacidad del marxismo organizado para hacer crítica marxista (no aquella de la autocrítica estalinista o maoísta) sobre la propia forma partido y su particular composición social dominada por intelectuales de origen «pequeño burgués». Esta crítica es siempre pertinente y encontrará un campo susceptible de aplicarse en cualquier tipo de agrupación política, incluso las formalmente más democráticas. No obstante, esta crítica puede escamotear, y de hecho escamotea en las visiones más paranoicas preocupadas por la localización del poder dentro de las organizaciones más minúsculas, la cuestión de cómo luchar, esto es, de cómo hacerlo de una forma que permita extender la organización, las prácticas, las formas de lucha. En una perspectiva, que comparto, que medios y fines vayan de la mano, la democracia interna, es un requisito innegociable, pero insuficiente. La pregunta sobre la organización del partido plebeyo (por retomar con ironía la terminología podemita) no es solo una pregunta sobre la democracia, sino sobre la capacidad de lucha. Y ahí es donde, paradójicamente, todo se vuelve a complicar, y donde por la puerta de atrás vuelve la tentación arsitocratizante de las vanguardias. Cómo luchar y cómo hacerlo sin traicionar la democracia interna: la tradición obrera y de algunos movimientos sociales recientes está repleta de ejemplos. 

3. Muy relacionado con el primer punto se nos presenta la cuestión de lo que podríamos llamar el «proceso de democratización». Los ejemplos de Moreno Pestaña se refieren en ocasiones a las reformas de Clístenes, la figura del legislador que crea las bases de una organización política que garantice la participación igual por encima de las filiaciones patrimoniales y de lugar. Pero la remisión al legislador, es quizás solo el último paso de un proceso social molecular, por lo general conflictivo, de creación por abajo de instituciones democráticas. En cierto modo, es inconcebible una reforma democrática sin instituciones democrática (populares) que ya la practiquen de un modo u otro. Esta ha sido la esperanza del «comunismo de los consejos» y de las posibilidades contenidas en la Revolución rusa, caso de tomar por principio los soviets y no la «voluntad de clase» representada en el partido comunista. En cierto modo, esta es también la historia de Europa occidental, de la ampliación del sufragio por medio de la presión del movimiento obrero y de las sufragistas, pero también de la inclusión en la legislación del Estado del derecho laboral, que nace no en la voluntad del legislador cuanto en la economía moral de la clase obrera. También es, por ejemplo, la historia de la Transición a la democracia en España, donde los principales logros democráticos (como las libertades civiles, el derecho de reunión, manifestación o huelga) son masivamente practicados por los movimientos de la época en condiciones de clandestinidad, ilegalidad o alegalidad. En otras palabras, cualquier proyecto de democratización política tiene que estar ya contenido en prácticas políticas actuales, en formas institucionales que seguramente crezcan al margen o en la periferia del Estado, muchas veces en condiciones de conflicto social agudo, cuando no explosivo. Saber respetar y hacer crecer esas instituciones, no subordinarlas inmediatamente al gran proyecto, al partido, a la reforma legal; saber que en ellas se contiene la democracia posible, supone una transformación cualitativa de toda la política moderna, construida sobre ese paradigma epistemocrático del que habla Moreno Pestaña.

 

Democracia, militancia, conflicto

José Luis Moreno Pestaña

Agradezco muy de veras a Emmanuel Rodríguez su cuidadosa lectura de Los pocos y los mejores. Antes de comentar sucintamente sus interesantes cuestiones, que darían para debatirlas en un libro, quisiera referirme a dos aspectos de su reseña.

Uno, el que se refiere al capital político. El término procede del vocabulario de Bourdieu aunque en la obra se encuentra conceptualizado de otro modo y con la ayuda de Marx. A la vez, esto supone extender el modelo del capital a ámbitos donde Marx no los trabajó –y en ese sentido, hay un modelo inspirado en Bourdieu que considero fértil. Frente a la idea de que cualquier recurso es un valor o un capital, ahora se le explora dentro de una secuencia de capitalización. Un intercambio político puede proporcionar bienes que necesita cada una de las partes sin que exista explotación alguna. Un proceso de capitalización política, por el contrario, permite la desigual acumulación de prestigio. De algún modo, conlleva la explotación de una de las partes. Los protocolos de análisis de qué es un capital son así específicos. Evidentemente, esto no está escrito, como cree Emmanuel Rodríguez, con Podemos en la cabeza. Relaciones de explotación similares se encuentran en cualquier entorno político.

Dos, creo que en la lectura no se aprecia bien mi crítica de ciertas visiones del sorteo. Y quizá el problema se encuentre en cómo lo expreso porque la contundencia polémica no sea mi fuerte (ver pp. 97-98). No, no existe ningún privilegio epistémico del sorteo, el cual sirve para evitar unos peligros pero puede caer en otros (ver pp. 125-126). La idea de que cabe encontrar un punto arquimédico desde el que pensar la buena política es ajena a la visión que defiendo de la democracia. No existe un lugar donde nuestros problemas de conocimiento y juicio acabarían. Y que Castoriadis, allí donde esté, me fulmine con un rayo si alguna vez pienso algo similar. En todo mi libro defiendo las razones de la designación de expertos, de la elección y del sorteo: los tres procedimientos forman parte del repertorio de la democracia, los tres permiten responder a desafíos circunstanciados y los tres pueden llevarnos a callejones sin salida. Tuerzo el bastón en defensa del sorteo porque en nuestro tiempo la elección tiende a identificarse abusivamente con la idea misma de procedimiento democrático. Mas en el libro explico qué hace virtuoso al procedimiento electoral (pp. 115-116). 

Con esta cuestión en mente paso al primero de los interrogantes. Hay situaciones en las que es necesario el endurecimiento militante (p. 115) y los sistemas de competencia electoral son el mejor modo de arbitrar una relación de fuerzas. Sencillamente, existen intereses diferentes en liza y no veo cómo podríamos establecer una función de utilidad que nos otorgara el bien común. Dicho lo cual, no comparto la idea de la guerra civil como principio de nada, algo que me parece tan gratuito como suponer que a la base de cualquier sociedad se encuentra, por decir algo, el contrato social. Foucault, en Hay que defender la sociedad, habló del discurso de la guerra como un instrumento histórico de oposición a la dominación oculta bajo el derecho. Pero anunció como ese discurso, en la época de la gestión masiva de poblaciones, pudo ser cooptado por el delirio nazi de la guerra contra el enemigo biológico o el estalinista de la eliminación de la clase parasitaria. Lo malo no es solo que sea un discurso mitológico, sino que es una mitología con virtualidades terroríficas. Puestos a mitologías prefiero la de Solón marchándose de Atenas para que los atenienses aprendieran a gobernarse, o el de Protágoras narrando como Hermes, siguiendo el mandato de Zeus, repartió las capacidades cívicas entre el conjunto de los individuos.  Pero, ¿para qué recurrir a mitos?

La guerra civil no es el principio de nada pero los conflictos existen y hay que hacerles frente. La democracia me parece un principio de civilización del conflicto político. Y el sorteo, en la medida que da entrada a la opinión común, puede ayudar a sacar el debate de la polarización artificiosa de un campo político en el que existir es distinguirse; a toda costa, respecto de los propios y los demás, independientemente de si así se cultivan o no valores de uso políticos, es decir, de si se realizan actividades que sirven para algo más que para la propia promoción. A veces el conflicto no se puede civilizar y hace falta luchar, prepararse para responder con el propio cuerpo para soportar la violencia física y simbólica, arrostrar consecuencias negativas por la misma. Estoy completamente de acuerdo con Emmanuel Rodríguez en este punto.

Ahora bien, la guerra tiene un enorme coste: quien se lanza a ella debe integrar en su cálculo estratégico la transformación que impondrá la guerra, o el conflicto violento, en su victoria y en su derrota. Las reflexiones de Erik Olin Wright en Construyendo utopías reales y Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI me resultan básicas. El conflicto prolongado rebaja tanto el bienestar que acaba horadando las bases de las mejores y más leales fuerzas revolucionarias. Lo cual me resulta cierto también para las estrategias de conflicto que exigen sacrificios muy fuertes. Curiosamente, quienes los aplauden no siempre nos hablan sobre cómo van a cuidar a quienes los arrostran. Emmanuel Rodríguez y yo hablamos un día respecto del movimiento de insumisión al servicio militar y de los efectos que tuvo en algunos de quienes participaron en él –poca gente habla de ellos, por no decir nadie. Gracias al feminismo y a la extensión de la ética de los cuidados deberíamos integrar estar cuestiones en el centro de nuestra reflexión.

La segunda cuestión plantea algo en lo que estoy de acuerdo. Una organización política debe ser eficaz. Si rescato de la tradición marxista la idea de las mediaciones primarias es porque creo en una visión materialista de la política. Hacer política supone abrir debates, cerrarlos, permanecer unidos en una comunidad pese a las diferencias, proporcionarse, en suma, instrumentos que eviten el problema de los costos de transacción elevadísimos que se derivan del debate democrático. Tal es la tesis primera de lo que llamo democracia como principio antioligárquico: existe un equilibrio inestable entre costos de transacción, derivados de la práctica democrática, y costos sociales producidos por los efectos de que las élites, a menudo necesarias, se encierren sobre sí mismas. Una mediación primaria básica exige diferenciar entre actividad necesaria y ocio, entre tiempo dedicado a las diferentes acciones que se consideran necesarias y entre la compatibilidad de las mismas. Robinson, en la lectura que propongo del fragmente de Marx sobre fetichismo de la mercancía, representa la condición de toda actividad económica, la mediación primaria. Pero sus exigencias de economía de esfuerzos se encuentran en la base de cualquier actividad política, porque la economía y la política son formas de vida compartida. Luego el debate empieza en saber cuáles son las formas posibles y deseables, esto es, las mediaciones secundarias entre las que podemos elegir.

El tercer punto que plantea Emmanuel Rodríguez comienza con la misteriosa figura de Clístenes. De la misma simplemente rescato lo que enseña Castoriadis: sin remover los vínculos sociales de servidumbre, esto es, sin alterar las relaciones de dominación cotidianas, no funciona ninguna democracia. Por tanto, cualquier democracia, a cualquier escala en la que se realice, debe producir una comunidad política que se superponga y contradiga a veces a la comunidad espontánea. Con Clístenes no pienso en un legislador, sino en el conflicto entre el principio político y el principio comunitario. Aunque Engels no se apercibe de procesos básicos en la reordenación del territorio ático, sí vio bien que Clístenes daba la puntilla a la nobleza. Como él pienso que en Atenas brota “un Estado de una forma muy perfeccionada, la república democrática”, Clístenes representa el conflicto de la política democrática con la espontaneidad comunitaria. Hasta aquí mi uso del referente sobre el que me extendí más en Retorno a Atenas.

Y eso tiene interés para ver cómo se organizan las comunidades de conflicto y de resistencia. El principio de eficacia reclama la reducción de los costes de coordinación. La idea de que, como escribe Emmanuel Rodríguez, “cualquier proyecto de democratización política tiene que estar ya contenido en prácticas políticas actuales” exige que en nuestros considerandos tengamos una visión compleja de la eficacia: uno de los logros con los que se mide es el de cómo reparte competencias democráticas entre quienes luchan. Quienes privilegian el conflicto suelen caer en modos de exhibición de capital guerrero, una versión militarista del arrojo político. También en el mundo militante debe suceder algo a lo que Ryan K. Balot explica que pasó en Atenas: se democratizaron y transformaron las virtudes de los héroes. Yo apostaría: hasta que la propia categoría de héroe se considere incompatible con cualquier política democrática.

 

Emmanuel Rodríguez es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y miembro de la Fundación de los Comunes
Profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Granada y miembro asociado extranjero del Centre de Sociologie Européenne. Recientemente publicó "Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico" (Siglo XXI, Madrid, 2019) y acaba de publicar "Los pocos y los mejores. Localización y crítica del fetichismo político" (Akal, Madrid, 2021).
Fuente:
Sin Permiso, 25 de marzo 2021