De nuevo con Lynn Margulis

Paco Puche

16/04/2021

En unos meses se cumple el décimo aniversario de la muerte de Lynn Margulis, cuando iba en bici, desde el laboratorio de la Universidad de Washington a su casa y venía de investigar las espiroquetas, unas bacterias que necesitaba para culminar el magno edificio teórico que había levantado para explicar la vida. Incansable. Traerla al recuerdo en primavera viene como anillo al dedo: es el despliegue de la vida, de sus orígenes, como un fenómeno simbiótico permanente, desde las primeras bacterias procariotas a la complejidad de los seres vivos restantes: protoctistas, animales, hongos y plantas, por sucesivas simbiosis.

Gaia es la visión de un planeta simbiótico que construyen las bacterias y que culmina la simbiosis de la biosfera con el planeta tierra. De ambos fenómenos, surge una entidad autopoyética y homeostática que en un proceso de reajustes produce los cambios ambientales que hacen que la vida no se detenga y se reformule autoconstructivamente. Gaia es la propiedad emergente que hace que la biota siga su curso sin solución de continuidad y de pararse tras determinantes como liberar O2 de la atmósfera (hasta estabilizarlo en el imprescindible 21%), o de mantener las temperaturas medias del planeta Tierra, durante 3.9000 millones años, en un intervalo que siempre hace posible la vida.

Tras el descubrimiento de Gaia en 1969, la importancia de las bacterias y el planeta simbiótico de Margulis en 1967 resultó un descubrimiento para la biología lo mismo que para la física el descubrimiento de Max Planck (1900) y la relatividad especial y general de Einstein (1905-1915). Unos descubrimientos esenciales que en este caso pudieron darse por la existencia del microscopio electrónico y de los telescopios, que se pusieron en marcha para ver si había vida o no en Marte.

No pudo ser antes, estamos ante una revolución esencial en la biología que está llamada a cambiar nuestra cosmovisión del mundo y de nosotros mismos como especie. Por eso yo digo que para mí ha sido como una caída del caballo paulino que ha supuesto una revelación, y por ende una conversión.

Por eso me he lanzado a difundir la buena nueva.

Carlos de Castro, uno de los sabios de Gaia, la formula sintéticamente como sigue: la Biosfera es un organismo formado por simbiosis coordinada de todos los vivientes. Gaia, la Madre Tierra, es un sistema homeostático que emerge de la interacción entre la Tierra y Biosfera, cuyo resultado son estados que permiten la permanencia de la vida. La base de esta emergencia es la teoría de Margulis sobre el mundo de las bacterias: un mundo hegemónico para la vida, en su origen, historia, actualidad y futuro y un mundo simbiótico. Continúa Carlos “es posible que estemos ante un cambio de paradigma de mayor calado del que supusieron Lamarck y Darwin” en el siglo XIX. No cabe la menor duda.

Las tareas que realizan los equipos de bacterias son, nada menos, que el acondicionamiento del planeta entero (planeta simbiótico). Son ellas las que evitan que la materia viva acabe convirtiéndose en polvo (entropía). Convierten unos organismos en alimento para otros. Mantienen los elementos orgánicos e inorgánicos en el ciclo de la biosfera. Purifican el agua de la Tierra y hacen los suelos fértiles. Perpetúan la anomalía química que es nuestra atmósfera. Con Lovelock, Margulis mantienen que los gases producidos por microbios actúan como un sistema de control para estabilizar el medio ambiente vivo (hipótesis Gaia)

El microscopio (electrónico) ha ido mostrando gradualmente la inmensidad del microcosmos y ahora nos proporciona una visión sobrecogedora de nuestro verdadero lugar en la naturaleza. Ahora parece ser que los microbios, además de ser los cimientos de la Tierra, ocupan un lugar indispensable en toda estructura viva y son necesarios para la supervivencia. Los microorganismos, lejos haberse quedado en un peldaño inferior de la escala evolutiva, forman parte de nuestro entorno, de nuestro propio organismo. Tras haber sobrevivido a lo largo de una línea ininterrumpida desde los comienzos de la vida, todos los organismos han alcanzado en la actualidad un mismo nivel de evolución. Esta constatación revela claramente el engreimiento y la presunción de tratar de medir la evolución por una progresión rectilínea desde lo más simple (llamado “inferior”) a los más complejo (con el ser humano como forma “superior” absoluta, en lo más alto de la jerarquía).

Además, la visión de la evolución como una lucha crónica y encarnizada entre individuos y especies, se desvanece con la nueva imagen de cooperación continua, estrecha interacción y mutua dependencia entre formas de vida (simbiosis).

- La completa historia de la humanidad desde las cavernas hasta hoy, representa menos del uno por ciento de la historia de la vida. Sin embargo, durante sus dos primeros 2.000 millones de años sus únicos habitantes fueron exclusivamente bacterias.

 - Tan importante son las bacterias que la división fundamental de los seres vivos en la Tierra no es la tradicionalmente supuesta entre plantas y animales, sino entre las procariotas (las bacterias) y las eucariotas (los cuatro reinos restantes). En sus primeros 2.000 millones de años fueron las inventoras de todos los sistemas químicos esenciales para la vida: la fermentación, la fotosíntesis, la utilización del oxígeno en la respiración y la fijación del nitrógeno atmosférico en el suelo - Los procariotas transfieren de manera rutinaria y rápida distintos fragmentos de su material genético de unos individuos a otros. Todas las bacterias tienen acceso a la 54 reserva de genes de todo el reino bacteriano y a sus mecanismos adaptativos.

La velocidad de recombinación es superior a la de mutación de los organismos superiores, estos podrían tardar un millón de años en adaptarse a un cambio a escala mundial, cuando las bacterias podrían conseguirlo en unos pocos años. Por medio de constantes y rápidas adaptaciones a las condiciones ambientales, los organismos del microcosmos son el pilar en que se apoya la biota entera, ya que su red de intercambio global afecta, en última instancia, a todos los seres vivos.

 - El resultado es un planeta que ha llegado a ser fértil y habitable para formas de vida de mayor tamaño gracias a una supraorganización de bacterias que han actuado comunicándose y cooperando a escala global

 - Nuestro ADN proviene, a través de una secuencia ininterrumpida, de las mismas moléculas que estaban presentes en las células primitivas que se formaron en las orillas de los primeros océanos de aguas cálidas y poco profundas. Nuestros cuerpos, como todos los seres vivos, conservan el medio ambiente de la Tierra primitiva. Coexistimos con microorganismos actuales y albergamos, incluidos de manera simbiótica en nuestras propias células, restos de otros. Es así como el microcosmos vive en nosotros y nosotros vivimos en él. Esta realidad, además de hacer saltar por los aires nuestra presunción de soberanía sobre el resto de la naturaleza, representa un reto para nuestra concepción de individualidad, unicidad

No existen pruebas de que el ser humano sea el supremo administrador de la vida en la Tierra, pero en cambio, hay pruebas para demostrar que somos el resultado de una recombinación de poderosas comunidades de bacterias con una historia de miles de millones de años. Igualmente, plantas, hongos y animales surgieron todos del microcosmos Por debajo de nuestras diferencias superficiales, todos somos comunidades andantes de bacterias

 - Las bacterias son el principal almacén de diversidad evolutiva.

- Los científicos han descubierto que las bacterias, además de ser las unidades básicas estructurales de la vida, también se encuentras en todos los demás seres que existen en la Tierra, para los que son indispensables. Sin ella, no tendríamos aire para respirar, nuestro alimento carecería de nitrógeno y no habría suelos donde cultivar nuestras cosechas. Sin los microorganismos, los procesos esenciales para la vida se pararían lentamente y la Tierra sería tan estéril como Venus y Marte. Los microorganismos no han quedado rezagados en la historia de la vida, al contrario, nos rodean por todas partes y forman parte de nosotros. Además, el nuevo conocimiento de la biología altera la visión de nuestra evolución como una competición continuada y sanguinaria entre individuos y especies. La vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más completas asociándose a otras no matándolas, como sostiene Margulis.

Definitivamente, el mundo vivo es bacteriocéntrico. La especie humana queda muy por debajo en importancia y centralidad respecto a las bacterias. La humildad profunda se nos impone.

La cosmovisión gaiana hace prescindible el constructo religioso, y la correspondiente hybris teísta que lo ha acompañado y antecedido, y nos inserta a la propia especie, con toda modestia, en un todo superior que nos permite la resurrección permanente. Nada en Gaia muere del todo, es más todo pasa a formar parte necesaria de los ciclos siguientes de regeneración autopoiética de la vida. Es más, en el sistema Gaia, la muerte está programada (apoptosis), sin ella tanto la continuidad de la vida individual como macro organísmica, estaría comprometida. La resurrección paulina, por ejemplo, en la que se sostiene la consistencia de la fe cristiana, no tiene fundamento propio alguno (Carta a los Corintios, 15). La resurrección gaiana es parte de la vida de Gaia, y de cada una de las individualidades que contiene, pero sin fantasías milagrosas. La muerte deja de ser una tragedia y se convierte en parte de la vida gaiana. Como dice el poeta malagueño Alfonso Canales en su Canto de la Tierra: “No acabamos en esto/ que sucedió y sucede. Nada se descompone/ sino para ser algo/ nuevo: de alguna forma en todo lo que ocurra/ estaremos presente”.

Con esta cosmovisión, tan revolucionaria y novedosa, nuestro puesto en el cosmos es mucho más próximo al humus que a la estratosfera celestial.

Gaia será nuestro nuevo sujeto de devoción y sacralidad, con todas sus consecuencias. Nuestra alegría de vivir.

Finalmente, Margulis nos consuela y nos advierte que “recuperado del ataque copernicano y de la agresión darwiniana, el antropocentrismo ha sido barrido por el soplo de Gaia. Este soplo, sin embargo, no debería enviarnos a nuevos abismos de desilusión o desesperación existenciales. Antes, al contrario, regocijarnos por las nuevas verdades de nuestra pertenencia esencial, de nuestra relativa escasa importancia, y de nuestra completa dependencia de una biosfera que ha tenido una vida siempre enteramente propia[i].

He aquí la buena nueva.

Bibliografía fundamental:

Paco Puche. La Simbiosis, una tendencia universal en el mundo de la vida. La cosmovisión de Lynn Margulis. Ediciones del Genal. Málaga, 2019

Notas:

[i] Margulis, L. (2002): Una revolución en la revolución. Publicaciones de la Universitat de Valencia. P 273.

Recogido en el capítulo  “Gaia and Phlilosophy”, en Slanted Truths. Essays on Gaia,  Symbiosis, and Evolution, Springer Verlag. NY 1997 pp 145-157

 

Amigo y colaborador de Sin Permiso, es Ingeniero, economista y librero jubilado. Ecologista.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 15 de abril 2021