Marieme Hélie-Lucas
10/12/2021
Marieme Hélie-Lucas, socióloga argelina y luchadora por la libertad, fundadora de las redes de solidaridad “Mujeres que viven bajo leyes musulmanas” y “El laicismo es asunto de mujeres”, defiende que las raíces del asesinato de Samuel Paty se remontan a los años 90 y a la experiencia de los argelinos en la "guerra contra los civiles". En esta artículo, publicado en octubre de 2020 en la revista digital Feminist Dissent, sostiene que debemos "dar la cara y hacernos oír". SP
Los asesinatos por decapitación o con la espada -que son enormemente simbólicos de todas las organizaciones musulmanas de extrema derecha (Al Qaeda, los talibán, el GIA, Shabab, el Daesh, Boko Haram, etc...)- no constituyen un fenómeno nuevo en Francia. Ya se han producido varios casos en los últimos años. La voluntad del patrocinador no consiste sólo en “ejecutar” a la víctima por sus “crímenes”, sino también en provocar un escalofrío en las siguientes víctimas potenciales, en este caso en cualquiera que se atreva a volver a publicar los “dibujos de Mahoma”. Por eso, filmar las decapitaciones o fotografiar la cabeza del profesor francés Samuel Paty separada de su cuerpo supone un paso crucial. ¿Quién se atreverá a enseñar libertad de expresión en las escuelas francesas después de las vacaciones escolares? Que dé la cara y se haga oír...
También en Argelia, mucho antes de los “sangrientos años 90” y de la “guerra contra los civiles”, como la llamábamos entonces, fuimos testigos de algunos de estos aterradores crímenes de guerra islamistas en público: la primera “ejecución”, a principios de los años 70, fue la de un estudiante comunista, que se enfrentó a un tribunal islamista al efecto dentro del recinto de la Universidad de Argel, donde yo enseñaba entonces, y fue "ejecutado" con una espada allí mismo.
Pues es importante entender que el mismo escenario que se desarrolló en Argelia justo después de la independencia, y que culminó en los años 90, se está reproduciendo en Europa: se fue produciendo gradualmente un control fundamentalista sobre las mujeres, su vestimenta, su comportamiento, su espacio de elección, etc.; había un "castigo islámico", como ellos lo llaman, para los “kofr” (infieles) -por lo general la pena de muerte- o para el “comportamiento no islámico”, como fumar, beber, no rezar cinco veces al día, no ayunar durante el Ramzán/ Ramadán, etc.
Pero ¿a quién le importaban las mujeres que no se conformaban, los borrachos o los homosexuales y los infieles? Desde luego, el Estado no iba a poner en peligro la “paz social” por estos ciudadanos sin importancia. El Estado francés no actuó mejor cuando las primeras víctimas habido en su suelo fueron mujeres jóvenes o intelectuales aislados, décadas antes del asesinato de un profesor [Samuel Paty] que tuvo lugar hace un par de días. Y hasta ahora, Francia no ha aprendido de lo que pasó a continuación en Argelia.
Durante tres décadas, de los 60 a los 80, la violencia fue en aumento en Argelia, hasta que en los 90 los fundamentalistas consideraron “kofr” a cualquier ciudadano que tuviera algo que ver con el “Estado kofr”, como, por ejemplo, enviar a los niños a la escuela, recibir tratamiento en los hospitales del gobierno, o acudir a cualquier oficina gubernamental para obtener un documento de identidad, etc. Para todos los que critican al gobierno de aquella época, permítanme recordar a los lectores que, en Argelia, la educación era totalmente gratuita, tanto para los niños como para las niñas, al igual que el acceso a los hospitales para todos los ciudadanos (no son muchos los países europeos o americanos del Norte que puedan decir lo mismo, cuando los pobres siguen muriendo a las puertas de los hospitales, por falta de recursos para pagar su tratamiento). En otras palabras, en Argelia, no tener nada que ver con el “Estado kofr” era un mandato fundamentalista imposible de cumplir, en un país donde todo estaba controlado por el Estado. El número de víctimas que recibieron su “castigo” por parte de los grupos armados islamistas de extrema derecha se disparó; la cifra estimada es de 200.000 víctimas en la década de los 90.
En Francia, los refugiados argelinos de los años 90, que ya habían vivido todo este proceso, no dejaron de advertir sobre acontecimientos similares en Francia. Nunca se nos escuchó. Además, se nos consideraba antiislámicos, como si los grupos islamistas armados fueran los únicos y verdaderos representantes del Islam; o se nos consideraba secuaces del gobierno argelino, cuando la mayoría de nosotros ya habíamos sido perseguidos por el Estado por formar parte de la oposición progresista.
Las organizaciones internacionales de derechos humanos se pusieron al frente a la hora de acoger a los islamistas como víctimas del Estado y rechazarnos como "islamófobos", un concepto rápidamente acuñado por la extrema derecha musulmana, que ahora se ha extendido por todo el mundo. Las organizaciones de derechos humanos cargarán con el estigma de su inhumana opción política: estoy convencida de que la historia las juzgará.
A lo largo de los noventa, cuando los ciudadanos de a pie intentaban huir de la violencia de la extrema derecha islamista, se les negaba el visado para entrar en Francia con el argumento de que no eran perseguidos por el gobierno, sino por agentes no estatales. Todos recordamos eso con amargura y sabemos de multitud de casos al respecto, mientras que hubo destacados islamistas, algunos de ellos con las manos manchadas de sangre, a los que se acogió como refugiados políticos en toda Europa y Norteamérica.
En cierto modo, la deliberada política de Francia de acoger a opositores islamistas de extrema derecha al Estado argelino da ahora sus frutos. Ahora se han convertido en una fuerza política de pleno derecho dentro de Francia, que muestra su fuerza para hacer que se dobleguen las leyes y principios democráticos a su propia ideología teocrática.
Desde los años noventa, ha habido en Francia muchas señales de advertencia sobre el surgimiento de una extrema derecha musulmana (como es claramente el caso en el Reino Unido, así como en otros países europeos); diversos intentos, por ejemplo, por parte de los fundamentalistas musulmanes de cambiar las leyes, o los hábitos culturales: el intento, pongamos por caso, de incluir en la ley una cláusula sobre la virginidad de la novia como condición previa a la validez de un matrimonio, intentos varios de legalizar la separación total de los sexos (en la educación, en los hospitales, en las piscinas, etc...), intentos varios de cambiar el plan de estudios en las escuelas (nada de clases de arte, nada de gimnasia para las niñas, nada de clases de biología, a menos que se enseñe creacionismo en lugar de darwinismo, etc...). En Francia, desde los años 90, muchas niñas y mujeres jóvenes han sufrido agresiones y algunas de ellas han sido asesinadas por “comportamiento no islámico”.
Se ignoraron estas señales de advertencia, a pesar de los intentos de los refugiados argelinos antifundamentalistas de alertar a las autoridades y a los medios de comunicación, y también a las organizaciones de derechos humanos. En vano.
Curiosamente, las personas progresistas y las organizaciones de derechos humanos de Europa explican los crímenes y violaciones cometidos por la extrema derecha musulmana por el racismo al que se enfrentan en Europa (en el caso de los periodistas y caricaturistas de Charlie Hebdo, mucha gente de la izquierda y de círculos de derechos humanos justifica realmente los asesinatos, declarando descaradamente que merecían ese destino por insultar a los “musulmanes”). Efectivamente, hay racismo en Francia (o en el Reino Unido) y hay una clara discriminación a nivel de vivienda y empleo; pero también hay organizaciones antirracistas para defender a las víctimas. Y el propio Estado no es racista: no hay leyes discriminatorias (la educación y la sanidad gratuitas benefician a todos). Las prácticas discriminatorias que, por supuesto, existen desgraciadamente a escala individual, son condenadas en los tribunales. Esto es más de lo que podemos ofrecer a los extranjeros en nuestros propios países de origen, como se puede ver con las oleadas de migrantes que son terriblemente maltratados cuando, en su camino a Europa, cruzan el norte de África, donde ser negro todavía se equipara a ser infrahumano.
En muchos sentidos, quienes venimos de los llamados países musulmanes somos privilegiados: nos ahorramos la justificación de los crímenes de la extrema derecha musulmana a través del racismo, y sabemos con certeza que la religión per se no está en juego. Por ejemplo, en Argelia, donde prácticamente el 99% de las personas se declara oficialmente musulmana por haber nacido en un país de mayoría musulmana, en el seno de una familia musulmana; donde la etnia (sólo árabe, hasta hace poco), la religión (el Islam) y la ciudadanía (argelina) se confunden y son prácticamente sinónimos. Al igual que en otros países del sur de Asia, de Oriente Medio o del África subsahariana, son los “musulmanes” los que matan a los “musulmanes”. La religión es la tapadera de las fuerzas políticas de extrema derecha; al igual que los nazis con la “raza” aria, la extrema derecha musulmana cree pertenecer a la religión superior del mundo; al igual que los fascistas italianos que invocan el pasado glorioso de Roma, justifican su autoproclamado estatus superior con referencias a un pasado mitificado: la Edad de Oro del Islam. Al igual que los fascistas y los nazis, creen que esta superioridad les otorga el derecho y el deber de eliminar físicamente a los "untermensch" (los infrahumanos), lo cuales, curiosamente, parecen bastante similares, desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora: Judíos y otras “razas inferiores”, comunistas, etc. a los que nuestra marca casera de fascistas y nazis añaden los “kofrs”. Entre otras muchas semejanzas, todos ellos asignan a la mujer su lugar: la cocina, la cuna y la Iglesia (en nuestro caso, la mezquita).
Uno de los muchos problemas en el análisis de crímenes como el cometido anteayer en Francia contra un profesor de Historia, cuyo único delito fue enseñar el programa oficial sobre libertad de expresión, es la falta de un vocabulario adecuado para nombrar a los autores. Hay que calificarlos en términos políticos, no en términos religiosos como se hace actualmente en Francia.
Los crímenes y las violaciones que presenciamos en Argelia durante los años 90, y que siguen perpetrándose hoy en día en tantos países predominantemente “musulmanes”, no podrían definirse como algo perpetrado por “musulmanes” en nuestros contextos; nos vemos obligados a identificarlos como fuerzas políticas de extrema derecha.
Dar nombre a estas fuerzas políticas es esencial. Esta es la aprobación conceptual que deseo para Francia y para Europa, si no queremos enfrentarnos aquí como lo hicimos en Argelia, a otra “guerra contra los civiles”. Por eso digo que tenemos que dar la cara y hacernos oír ya.

