Bill Quigley
04/01/2009
Los EEUU han asignado hasta el momento cerca de tres billones de dólares para el rescate financiero. La Reserva Federal ha colocado más de 2 billones en préstamos de emergencia y otros 700.000 millones han sido donados por medio del Congreso. Hay mucho más dinero por venir.
¿Las cosas fueron mejor para su comunidad? No lo creo.
Bienvenido al mundo de Katrina. A despecho de las promesas de 100.000.000.000 de dólares nosotros estamos aún sumidos en un profundo martirio a lo largo de la costa del golfo. ¿Qué sucedió?
A no ser que la ciudadanía esté vigilante y reivindicativa, el conjunto de los EEUU estarán sujetos a las mismas fuerzas que barrieron la costa del golfo después del Katrina, gastando enormes cantidades de dinero y dejando a su paso un segundo desastre.
A pesar de las promesas de sacos de dólares, Nueva Orleans aún tiene sesenta mil casas abandonadas. Los informes de los medios de comunicación afirman el 75% de los edificios abandonados tienen gente sin techo durmiendo a su amparo. La sanidad, la educación y la vivienda públicas son menos disponibles y están siendo completamente privatizadas. El crimen está disparándose aunque aún tenemos a 100 miembros de la Guardia Nacional patrullando nuestras calles.
Así que ¿cuántas lecciones podemos aprender del mundo Katrina para aplicar al rescate financiero?
En primer lugar, la exigencia de transparencia. Insistir en conocer cuánto dinero se está gastando, quién lo gasta, quién lo recibe y por qué razones. La agencia de noticias Bloomberg demandó a la Reserva Federal en noviembre para intentar descubrir quién había recibido el dinero de más de 2 billones de dólares en los préstamos de emergencia. El gobierno no soltó prenda sobre esta información básica. Un ultraje de esta calaña no puede permitirse.
En segundo lugar, mantener una vigilancia constante sobre los depredadores. Muchos intereses hacen su agosto del sufrimiento de otros. Cuando los desastres golpean, algunos ven una oportunidad para sus intereses privados. Lo que Noemi Klein llama capitalismo del desastre se activa el embrague, y mucha pasta empieza a salir a flote al margen de las necesidades reales. Aquellos buitres que todavía no han elegido los huesos vuelan en círculo. Nos corresponde a nosotros ahuyentarlos muy lejos.
Tercero, la gente debe participar en las decisiones. En los momentos inmediatos y posteriores de un desastre hay un vacío de liderazgo y aquellos con mayores recursos a menudo se dan mucha prisa, declaran una emergencia, y entonces siguen tomando decisiones acerca de lo que debe hacerse. No sorprende que estos tipos se centren en cuidar sus propios intereses en primer lugar, y a menudo en segundo y tercer lugar también. No podemos dejar que las emergencias sean la excusa para evitar tomar decisiones democráticas.
Cuarto, los derechos humanos de los más débiles deben tener una prioridad consciente. Es decir, lo contrario de lo que ocurre. El derecho humano a la vivienda, la tierra, la vida y a la no discriminación debe guiar la respuesta a la emergencia. La teología de la liberación llama a eso la opción preferente por los pobres. ¿Los extras de fin de año continúan mientras las exclusiones incrementan? Las necesidades de los pobres deben priorizarse sobre las voluntades de los ricos.
Y en quinto lugar, insistir en la equidad de género. Las experiencias muestran una violación sistemática de los derechos de las mujeres en cada fase de los desastres. La presencia, participación y valoración del papel de las mujeres han sido muy inadecuadas. Las mujeres sufren una carga desproporcionada de los efectos de la pobreza. Los derechos humanos de las mujeres deben ser respetados inmediatamente ya que sus sufrimientos y falta de consideración continúan hoy en día.
Si nuestros ciudadanos y organizaciones exigen que estos cinco principios sean respetados y seguidos, hay una oportunidad de que el entorno del post-rescate no acabe como el paisaje posterior al Katrina de Nueva Orleans y la costa del golfo. Porque hay una ley de hierro de respuesta al desastre: cuando el dinero se va, no vuelve.
Bill Quigley es abogado especialista en derechos humanos y profesor de derecho en la Loyola University de Nueva Orleans.

