David Runciman
29/01/2021
Las tres palabras que destacaban en el elocuente discurso de toma de posesión de Joe Biden, aunque no fuese más que por el número de veces que recurrió a ellas, fueron “democracia”, “unidad” y “verdad”. Pero fue la democracia la que copó el centro del escenario. “Es este el día de la democracia”, declaró, en su primer comunicado después de prestar juramento. “Se ha escuchado la voluntad del pueblo…Ha prevalecido la democracia”.
¿Basta esta aparente revindicación de la democracia para que prevalezcan también la unidad y la verdad? Los padres fundadores de la república norteamericana, cuya historia e instituciones invocó Biden repetidas veces, podrían haberse sorprendido al oírle mencionar las tres conjuntamente. Ellos creían que fundaban un estado destinado a mantener la democracia a raya. James Madison, uno de los autores de los Federalist Papers y luego presidente, declaró que la Constitución norteamericana que contribuyó a redactar significaría “la total exclusión del pueblo, en su capacidad colectiva, de cualquier participación [en el gobierno]”.
Los fundadores eran tan entusiastas de la unidad y la verdad como Biden. Pero pensaban que demasiada democracia les pondría en peligro. Consideraban que el público votante era manifiestamente díscolo y proclive a crerse toda clase de insensateces. El quid de establecer una república antes que una democracia consistía en asegurarse de que hubiera salvaguardias contra el populismo en todas sus formas.
Está claro que Biden entendía por democracia algo diferente de la gente enloquecida. Invocaba una tradición distinta y muy posterior, que contempla la democracia como algo definido por el traspaso pacífico del poder. En círculos académicos a esto se le llama a veces teoría minimalista de la democracia. Afirma que para una democracia es suficiente que quienes están en el ejercicio de sus cargos, quienes controlan las fuerzas armadas, entreguen ese control a la gente que les ha derrotado en las urnas. Las armas cambian de manos cuando los votantes cambian de bando.
El problema de este punto de vista es que resulta tan mínimo que la unidad y la verdad son extras optativos. Hay en todo el mundo muchos lugares en los que la democracia ha fracasado hasta en esta prueba y en los que los derrotados que estaban en el poder se han negado a marcharse, lo que ha llevado a la dictadura y a la guerra. Pero cuando se supera la prueba, deja sin resolver la mayoría de las cuestiones sobre cómo llevar a cabo una política mejor.
Al producirse sólo dos semanas después del intento de asaltar el Capitolio y de impedir la certificación del resultado electoral, la toma de posesión de Biden tuvo lugar a la sombra de la más grave amenaza a esta mínima definición de democracia en la historia norteamericana reciente. El país había quedado peligrosamente cerca de suspender en la prueba. Lo que podía haber dicho también Biden, pero no dijo, fue que los padres fundadores fueron en parte culpables de ello.
La ira de los partidarios de Trump se vio atizada por las instituciones concebidas para mantener apartado al pueblo de las decisiones más importantes. En términos de estricta mayoría, Biden ganó cómodamente las elecciones por un margen nacional de más de siete millones de votos. Pero el Colegio Electoral hizo que pareciera un margen mucho más estrecho, y le permitió al presidente derrotado buscar unos miles de votos aquí o allí que pudieran marcar la diferencia. Es mucho más difícil conjurar millones de votantes de la nada.
La resistencia de Trump a las realidades democráticas hacía descansar también sus esperanzas en las demás instituciones de la república destinadas a mantener al pueblo fuera. Creyó que el Tribunal Supremo, con tres personas designadas por él, le salvaría. Volvió la vista al Senado, que otorga una influencia desproporcionada a estados rurales esacasamente poblados, para obtener su respaldo. El hecho de que se extraviasen esas esperanzas – y que el Senado pueda todavía condenarle en un juicio por “impeachment” – no significa que la democracia se viese vindicada. Las instituciones que aplacaron la resistencia popular a los resultados electorales fueron las mismas que la enardecieron.
Esto sugiere que no basta con que Biden se retrotraiga a la larga historia de la democracia norteamericana para defender su argumentación de lo que debería suceder seguidamente. El pacífico traspaso de poderes obscurece las formas en las que la democracia norteamericana no concuerda con las instituciones que lo lograron.
Aquí no se puede elegir. Se podría mejorar la democracia, y reformar instituciones tales como el Colegio Electoral y el Senado para reflejar la actual demografía en lugar de la historia antigua. Pero es probable que eso se consiga a expensas de la unidad. Los republicanos se resistirían ferozmente. La verdad sufriría también probablemente, sólo fuera porque hemos aprendido que en estos tiempos la resistencia tiende a aparecer como un ataque a los hechos. Cualquier intento de cambiar la Constitución se vería puesto en tela de juicio, no sólo como antipatriótico, sino probablemente como una conspiración extranjera.
La alternativa consiste en pegarse al status quo y tener la esperanza de que eso baste para poner parches. En ese caso, se habría priorizado la unidad por encima de la democracia. Probablemente, es el camino más fácil y puede pensar Biden que tiene mejores cosas que hacer que dedicarse a la pelea de la reforma institucional democrática. Es improbable que sobreviva cualquier consenso bipartidista a cambios que dejen peor a un partido en términos electorales. Llevar a la práctica la voluntad del pueblo puede ser una empresa profundamente divisiva.
Una tentación – y Biden apenas sería el primer presidente en sucumbir a ella – consiste en utilizar la palabra democracia como término multifuncional al tiempo que se eviten estas difíciles opciones. A corto plazo, podría permitirle concentrarse en habérselas con los desafíos inmediatos a las que se enfrenta el país, de la pandemia a la economía. Pero eso también significa que la frustración con las élites políticas seguirá creciendo.
Invocar la voluntad del pueblo, a la vez que se atiene uno a instituciones diseñadas para sofocarla no constituye una receta para la estabilidad a largo plazo. Pero no hacer nada respecto a eso pone en riesgo la unidad que Biden simboliza. Trata la democracia como si fuera una panacea, cuando en verdad se trata siempre de una lucha.
El día de la toma de posesión de Biden, el pueblo se vio sin duda excluido, pero no de la manera que tenían pensada los fundadores. Por el contrario, debido a la amenaza de los extremistas, se mantuvo apartadas a las multitudes y se las substituyó por personal militar en torno al estrado y con banderas a lo largo del Mall. Para estar a tono con la ocasión, rindió vano homenaje a una idea cuya realidad es mucho más conflictiva.
El traspaso pacífico del poder, sobre todo si se logra a un precio tan alto, no es más que el mínimo de lo que hay que hacer para que la democracia prevalezca. El resto es mucho menos seguro y conlleva muchos riesgos.
Era lo arriesgado de la democracia lo que ponía nerviosos a los fundadores, pero ese es el quid: el dinamismo de la política popular ha conllevado siempre una peligrosa imprevisibilidad. Pero existen también otros riesgos. Mantener a raya la democracia por el bien de la unidad no garantiza una vida en paz. El peligro es que llega a parecer menos una democracia lograda, y más una democracia perpetuamente aplazada.

