A toda marcha... atrás

Rossana Rossanda

28/11/2005

NO ES SORPRENDENTE que Camillo Ruini, el más autorizado de nuestros obispos, se manifieste tan frecuentemente sobre las decisiones del gobierno italiano. Lo que hay que preguntarse es por qué se permite hacerlo ahora. La jerarquía católica no ha aceptado nunca hasta el final la separación de campos entre el estado y la iglesia. No es una novedad. Con el famoso “non expedit”, los católicos sintieron el peso de la prohibición vaticana de participar en la esfera política, y fue un mérito de la democracia cristiana de De Gasperi lograr que esa prohibición se retirara de facto, dejando a la derecha o al desparpajo de Craxi el hacer de portavoces de los principios y de las necesidades otrora caros. El haber excomulgado en la postguerra a quien votara comunista acabó volviéndose contra la propia iglesia, rebelando a su propia grey. Ciertamente, el Vaticano II abrió un proceso de reflexión, si bien tras la muerte de Juan XXIII y del atormentado Montini ese proceso se ha ido cerrando lentamente. En cualquier caso, las relaciones entre el estado y la iglesia parecía haber finalmente entrado en una vía correcta. No es que Juan Pablo II no hiciera saber lo que pensaba de muchos aspectos de la modernidad, empezando por la controvertida cuestión de la libertad sexual; pero sus mensajes se dirigían al mundo entero, y no constituían –me parece— una intervención directa en el hacer cotidiano de las instituciones públicas.
Es con su ocaso que la iglesia ha empezado de nuevo a subrayar que el catolicismo no tiene que ver solamente con la consciencia del individuo, sino que es una opción obligada para la entera nación italiana. Y es ahora que la iglesia obtiene del gobierno, con la modesta corrección del jefe del estado, reverencias y nuevos privilegios (como la desfiscalización de su inmenso patrimonio inmobiliario) y recibe, no sólo de la Casa de las Libertades –viene de atrás la “especial convergencia” entre Berlusconi y Ratzinger—, sino también de la izquierda, un regalo que ni siquiera habría podido imaginar obtener.

Y es eso, no la convicción de la santa sede de detentar la verdad revelada y su pretensión de imponerla lo que mueve a escándalo. El escándalo viene todo de parte de la esfera estatal.

Comenzó antes de la muerte de Juan Pablo II, recibido por el parlamento más que como un huésped respetable, como el verdadero maestro del país, hasta el punto de que hoy una placa conmemora el ingreso de aquellos augustos pies en la sede del poder legislativo. Oscar Luigi Scalfaro, un creyente de verdad, jamás lo habría permitido. Se ha tratado, pues, de un proceso, de un giro completamente interno a la escena política. Tal vez pueda cifrarse el inicio en la cada vez más difusa definición del aquel pontífice como la máxima autoridad moral de nuestro tiempo –había empezado Massimo Cacciari, para quien el cristianismo parece en realidad todo—,  mas podía no tratarse sino de un homenaje desmesurado. Pero hace poco tiempo Giulano Amato lanzaba desde su posición de laico de izquierda un discurso en el que se reconocía a la iglesia de Roma un alto magisterio, proponiéndola en particular como modelo de tolerancia.

Una afirmación verdaderamente temeraria viniendo de un hombre tan culto, porque no es siquiera necesario remontarse a las cruzadas o a la inquisición para recordar que la tolerancia no ha sido precisamente la mayor virtud de la iglesia. Basta referirse a la postguerra, desde las presiones directas ejercidas sobre Dossetti, luego sobre la izquierda cristiana y sobre el mismo Franco Rodano, hasta el reciente gesto de fastidio con el que Juan Pablo II alejó de sí a Leonardo Boff cuando éste se le arrodilló. A la declaración de Amato siguieron unas declaraciones más torpes aún procedentes de la ex.izquierda. Dejemos de lado a Pera y a Casini, habiéndose éste último distinguido por una diferencia entre la laicidad –admitida—y el laicismo –condenado—. Piero Fassino sintió de golpe la necesidad de declarar que, habiendo sido educado por los jesuitas, no podía sino experimentar sentimientos de veneración por la iglesia. Le siguió rápidamente Fausto Bertinotti, que ha hecho saber a través de la prensa que tenía un problema de todo punto íntimo con Dios, y ha conversado con los obispos sobre la transcendencia, mientras que, ayer mismo, el otro declaraba al Corriere de la sera que solamente la iglesia puede en nuestros días ser un punto de referencia moral y que quien, como él, reflexiona especialmente sobre el hombre, no puede no reflexionar también sobre Dios. Al día siguiente,  Piero Sansonetti, en Liberazione, les contestaba de manera cortés con razonamientos completamente compartibles.

Yo no sé si esta improvisada onda de religiosidad tiene algo que ver con un modo poco elegante de buscar votos en el centro, como cándidamente confiesa Livia Turco, en un loable intento de quitárselos de nuevo a Berlusconi, o si más bien se trata de una enormidad que afecta a la cultura de nuestros dirigentes políticos, derecha e izquierda por una vez unidas en la confusión de ideas entre religiosidad, cristianismo, catolicismo e iglesia. Términos, sólo uno de los cuales posee una identidad histórica indiscutible, que es el de<cristianismo. La religiosidad es una inclinación psicológica. El catolicismo refleja sólo a una parte de los cristianos, siendo la iglesia de Roma solamente la expresión más temporal posible de éstos, con todos los terrestres, ¡ay!, conectados a la temporalidad.

Cualquiera que se la interpretación correcta, los dirigentes políticos de la izquierda o exizquierda anuncian que su revisionismo ha llegado mucho, pero mucho más lejos del punto en el que estaba hace sólo dos años. Ha llegado ahora al punto de persuadirse, los unos con preocupación, los otros con satisfacción, de que andan completamente desprovistos de una ética y son incapaces de lograrla. Ha llegado al punto de descubrir que siempre han andado desprovistos de ella, como si la fatal Ilustración, con la declaración de que el hombre es mortal y sólo a sí mismo debe toda la responsabilidad de lo que sucede o deja de suceder en la tierra, no hubiera sido una revolución de orden no sólo cultural sino moral en la historia europea. Como si las lanzadas a la modernidad, el ataque a las ilusiones de la razón frente a las razones no ya sólo del corazón sino de todas las vísceras hubiera ya desbordado ahora los límites de una reflexión crítica, para cobrar el carácter de una exorcización de todo lo que ha sucedido fuera de los palacios vaticanos desde Montaigne hasta nuestros días.

Francamente, más que de una crisis de la cultura, de lo que parece tratarse es de una crisis de ignorancia. Si no somos, y no lo somos, vulgarmente progresistas, estamos obligados a admitir que la historia no es toda un ir hacia delante, que las regresiones existen, y que la reducción pauperizadora de la política en nuestros días, particularmente en este país, la convierte en el más clamoroso vehículo de la marcha atrás.

Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març.

Fuente:
Il Manifesto, 20 noviembre 2005