100 años de librería Luque de Córdoba, volver a empezar

Paco Puche

13/04/2019

Nuestra propuesta es la vida, una nueva y amenazadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde sea cierto el amor y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra. Gabriel García Márquez.

En el año 1953, en pleno franquismo, había en calle Sevilla de Córdoba, junto a la plaza de las Tendillas, un Colegio de curas de origen francés, denominado La Salle. Allí pasé yo mi primer año de internado, en unas vetustas instalaciones que al año siguiente se trasladaron a la zona del Brillante, camino de las Ermitas.

Nunca pude explicarme por qué el Gran Capitán instalado en la Plaza, el de las gruesas cuentas (aquello de que “en picos, palas y azadones, cien millones”), tenía la cabeza blanca y el resto del cuerpo gris. Más bien debería tenerla roja de vergüenza. Muy cerca de allí, en calle Gondomar, dando a las Tendillas, los propietarios de la librería Luque tampoco se lo explicaban. Lo he sabido más por intuición que por otra cosa, porque  estando tan cerca no conocí la librería por esos años. Una librería de esa época que, por muy plegada que aparentemente estuviera al Régimen, no dejaba de introducir de matute libros perniciosos, a la consideración de las gentes afines a la Dictadura. Los curas, obviamente, eran reticentes hacia esos modestos establecimientos, denominadas librerías papelerías, que podían expandir ideas irreverentes. A los internos nos llevaban en fila a visitar la tumba de Manolete, pero nunca fuimos de librerías. De todos modos, las visitas a los restos del torero hierático y estatutario fueron para mí las primeras clases de antitaurinismo. Como estarán pensando, tampoco visitamos el museo de Julio Romero de Torres, pues había el peligro pedagógico de que aquellos adolescentes masculinos que éramos confundiéramos para siempre las naranjas y los limones con esas otras fuentes de abastecimiento.

Una librería entonces era un peligro. Y en esas estaba uno de los últimos ajusticiados de la Santa Inquisición, que en esa época ya no era más que una especie de comisión para la censura de libros, que al parecer fue un librero de Córdoba que se llevó a cabo en el siglo XIX. El que los historiadores señalan como el último, fue un maestro de Valencia en 1826. Ambos propalaban ideas perniciosas. Y entre ellas los esplendores musulmanes del Califato. A los moros ni agua.

Ya instalado en el Colegio de la Sierra, en años posteriores, fui vecino de esos personajes tan extraños que eran los ermitaños. Los conocí en persona y entre ellos no se hablaban salvo para decirse al encontrarse: uno, “morir tenemos”, y respondía el otro, “ya lo sabemos”. Trabajaban la huerta, rezaban sus horas y dormían sobre tablas en celdas estrechas. No duraron muchos años más. Una lástima, porque era el mejor alegato que se podría invocar contra el consumismo y la charlatanería que vendría.Principio del formulario

Aunque fue fundada en 1.919 por Don Rogelio Luque, quien verdaderamente tuvo el coraje de que la librería subsistiese en esos tiempos difíciles, según se cuenta, se debió a la que hoy sería una bisabuela. Un coraje insospechado de una mujer en aquella época, que debería cumplir con todos sus deberes de cuidadora universal de su hogar y hacerlos compatible con la tarea de llevar adelante la librería, aunque en la sombra. ¡Cuántas historias como ésta fuera del imaginario colectivo de entonces y hasta nuestros días! La librería Luque cuenta ya con esa honra en sus primeros pasos.

Pasar la Gran Depresión, la Guerra Civil, la segunda Guerra Mundial y la interminable Dictadura, manejando libros casi siempre peligrosos, no fue tarea fácil. Es una segunda medalla al mérito de la resistencia que colgamos a Librería Luque.

Conocí a los hermanos Luque de la tercera generación, los dueños de la Librería allá por los años setenta, en esas reuniones nacionales de libreros que algunos convertíamos en protestas contra la dictadura, y ellos, más mayores, estando muy advertidos por el franquismo no dejaban de sorprenderse de nuestras osadías. Aun así, reunieron a unos pocos notables libreros de la época, la élite diríamos hoy, y se dieron en llamar “quijotes”. No pudieron haber elegido mejor nombre: como homenaje a Cervantes y como gentes que ejercían esa loca profesión que seguimos llamando de libreros.

El tiempo seguía pasando y esta tercera generación fue desapareciendo. Nos acercábamos al centenario de la librería que soportó la bisabuela heroína. Según dicen los expertos en emprendedurismo, de la tercera generación las empresas familiares no pasan. No hay apenas casos. Y en esa estábamos.

Pero si como de un enunciado performativo se tratase, lo “luque” empuja a hacer “luquerías”, término inventado pero que puede ser sinónimo de quijotadas. Y rizando el rizo, procedería de una mezcla de “locus” y “loco”.

Un lugar , Córdoba, cuya aura, que es esa nube de historias romanas, musulmanas, califales, cristianas y fluviales, o sea, lugar  de Medina Azahara, La Mezquita, el Puente Romano, el San Rafael vigilante, el río Guadalquivir y Sierra Morena; patria de Séneca, Averroes, Maimónides, Góngora, el grupo Cántico y tantos otros notables; digo que esa aura, y he modestamente descrito parte de su sustancia, no dejará que instituciones tan notables también como las librerías empujara,  como un destino, a realizar la cuarta generación, contra toda literatura empresarial y pronóstico. No en vano los de la librería Luque son especialistas en Cartografía. Lo de la Tauromaquia es un pecadillo de adolescentes.

Y así ha sido. Si preguntamos a Javier Luque, de la cuarta, caracterizado por su sabiduría de cuidados, él no sabe cómo ha llegado a rescatar esa empresa. Como dice, se dedicaba a una profesión tranquila y sin sobresaltos “que le permitía tener una moto de postín” y, de pronto, se encontró que el destino lo llamaba a continuar la tradición familiar, en esa otra profesión en la que no se saca ni para poder llegar en bicicleta al trabajo.

Ni los vientos arrasadores de estos tiempos, que ya no son la censura ni la Santa Inquisición propiamente dicha, ni esas fuerzas amazónicas aparentemente imparables, le han hecho torcer su propósito de llegar a cumplir su destino, eso sí con un escepticismo senequista acerca de la brevedad de la vida.  Él, como Juan de la Cruz, nuestro místico insigne, no para de repetirse aquello que decía el poeta: “Entreme donde no supe, /y quedeme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”.

Pero sabe el camino. Su paisano Góngora ya se lo había señalado en aquel poema que recuerda bien: “Con pocos libros libres (libres, digo/de expurgaciones) paso y me paseo, / ya que el tiempo me pasa como higo”.

Yo leo en su logo una historia muy grata para mí. Un homenaje a las bacterias. De su imagen se deduce que conocen bien lo que deberíamos llamar la fotosíntesis del alma. Sí, es un árbol que despliega sus hojas ya cosidas, como frutos maduros, en forma de códices, y son unas ramas que se convierten, en su ascenso a la búsqueda del sol, en manos gozosamente abiertas. Una metamorfosis como en el Apolo y Dafne de Bernini, que podemos contemplar en Roma en el Museo Borghese.

El milagro de la fotosíntesis se lo debemos a las bacterias, esos seres vivos maravillosos a los que solo los conocemos como miasmas. Ellas, hace más de tres mil millones de años (sic), entraron en simbiosis con otro tipo de bacterias y dieron lugar a células eucariotas, de las que proceden las Plantas. Son los cloroplastos, procedentes de bacterias fotosintetizadores, que llevan necesariamente todas las células pertenecientes al Reino de las Plantas, las que propician esa fotosíntesis alimenticia. Con el sol, el CO2 , el agua y el suelo fértil, se produce el milagro de suministrar alimento a todos los herbívoros, cuya energía las traspasan a los carnívoros y a nuestra especie entre esas otras. Nos dan de comer, ni más ni menos. Las librerías también, pero no para comprar un Cadillac sino para alimentar la psique, la conciencia, el alma. Para entendernos. Para fraternizar. Para gozar con sus historias y quijotadas.

Lo siento, de “luque” se deriva “luquear”, que ya hemos dicho que es ese verbo que conecta con ese lugar mágico llamado Córdoba y con esos afanes y quebrantos que nos dejó escrito Cervantes. Es un destino.

Con García Márquez, otro de los autores que hemos tenido el placer de lanzar con nuestra manos-ramas de libreros al viento, y con el que hemos abierto estas especulaciones, yo le auguro y les deseo a los “luqueros” performativos que las “estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Es un volver a empezar.

Amén.

Amigo y colaborador de Sin Permiso, es ingeniero, economista y librero jubilado. Ecologista.
Fuente:
www.sinpermiso.info,12 de abril 2019