No dar mala fama a las buenas intenciones: Zohran Mamdani y el caso de John Lindsay

Daniel Wortel-London

14/02/2026

Para un político progresistas, hay muchas formas de fracasar. Puede fracasar en su intento de ser elegido. Puede fracasar en el cumplimiento de su programa una vez en el cargo. Y también puede fracasar a la hora de acumular poder para la izquierda de una forma que perdure más allá de su administración.

Esta tercera posibilidad se ha pasado a menudo por alto en los comentarios sobre la elección de Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, este escenario encaja perfectamente con el mandato de John Vliet Lindsay: un alcalde de Nueva York que, entre 1966 y 1973, aprobó una legislación progresista con la que soñaría hoy día la gente de izquierdas, pero cuya administración fue testigo, no obstante, de una erosión del poder de la clase trabajadora.

Debido a este fracaso, las buenas intenciones y los logros de Lindsay fueron en buena medida en vano. A finales de la década de 1970, su legado quedó prácticamente deshecho y el propio exalcalde se convirtió, en palabras del New York Times, en un «exiliado en su propia ciudad».

Para evitar este melancólico destino, Mamdani debe hacer algo más que aplicar buenas medidas políticas en nombre de los que en la ciudad se encuentran más marginados. También debe construir un poder duradero entre la clase trabajadora de Nueva York a través de sus organizaciones políticas, de sus coaliciones y su enfoque en lo que respecta a la economía política de la ciudad. Si Mamdani aprende de Lindsay, podrá establecer un legado progresista que perdure y sirva de base para el futuro. Si no lo hace, se convertirá en lo que un periodista dijo una vez de Lindsay: alguien que «dio mala fama a las buenas intenciones».

Un triunfo progresista

Lindsay, al igual que Fiorello La Guardia, ganó las elecciones a la alcaldía de 1965 con el Partido Republicano. Esta no es la única diferencia entre él y Mamdani. Lindsay provenía de una familia WASP [blanca, anglosajona, protestante] de impecable sangre azul. Alcanzó fama a escala nacional, más que en el estado [de Nueva York]. Y no tenía ningún interés en difundir el socialismo.

Sin embargo, un vistazo a su cartelería de campaña para la alcaldía en 1965 , en el que figuraban consignas como «matrículas universitarias gratuitas», «control estricto de los alquileres» y «mejores viviendas públicas», da una idea de las similitudes entre Lindsay y Mamdani. Al igual que Mamdani, Lindsay llegó al poder gracias a la división de la oposición y al apoyo de profesionales con estudios universitarios y de grupos que llevaban mucho tiempo marginados por la estructura de poder establecida en la ciudad, sobre todo neoyorquinos negros y puertorriqueños.

Al igual que Mamdani, Lindsay consideraba que el gobierno municipal era una herramienta para la justicia social. Su programa electoral abogaba por una política orientada a los barrios, un aumento del gasto social y medidas antidiscriminatorias contundentes. De hecho, en muchos sentidos, su programa incorporaba elementos tanto de la radical Declaración de Port Huron de los SDS [Estudiantes por una Sociedad Democrática] como de la iniciativa liberal de la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson. Tal como puede leerse en un informe municipal, su administración buscaba «la participación más plena en la determinación de la política gubernamental por parte de los ciudadanos afectados por dicha política, al tiempo que se conseguían economías de escala y el uso coordinado y coherente de los recursos de toda la ciudad».

Y es que, en muchos sentidos, Lindsay cumplió. Bajo su mandato, el número de sindicatos municipales de la ciudad aumentó considerablemente. El gasto en bienestar social se multiplicó por cinco, el gasto en sanidad se cuadruplicó y se duplicó el presupuesto para educación. Lindsay incorporó políticas antidiscriminatorias en toda su administración, inauguró grandes «be-ins» [reuniones públicas], concebidas para reavivar el espíritu cívico, y puso en marcha experimentos de descentralización en la elaboración de medidas políticas en los ámbitos de la educación, la planificación y la lucha contra la pobreza.

Sin embargo, no es por estos éxitos progresistas por lo que se recuerda a Lindsay. Por el contrario, se le considera en gran medida un fracaso. Esto se debe en parte a fuerzas que escapaban a su control: las numerosas desgracias que azotaron la década de 1970, desde la estanflación hasta las crisis fiscales urbanas, habrían supuesto un reto para cualquier administración local. Pero las decisiones de Lindsay como alcalde dejaron a Nueva York sin el poder político necesario para asegurar y promover sus logros ante estas crisis.

Un ayuntamiento sin base

Lindsay y su equipo de idealistas buscaban hacer que el ayuntamiento fuera accesible y eficiente. Lo que logró en la práctica fue fragmentar la coalición progresista y alejar a la clase trabajadora de la ciudad de su administración liberal y del liberalismo en general.

Para comprender cómo pudo suceder esto, debemos comparar el compromiso cívico de clase media de Lindsay con el de los líderes tradicionales de la «maquinaria». Estos líderes habían crecido en los barrios que representaban, pertenecían a las mismas asociaciones cívicas locales a las que se afiliaban los votantes y establecieron sus clubes políticos en los distritos donde vivían los votantes. Los votantes acudían a estos clubes en busca de ayuda material: un trabajo en el puerto, una licencia comercial, ayuda para navegar por la burocracia de la ciudad. Y los líderes de la maquinaria, cuya subsistencia material dependía de su reelección gracias a los votos locales, estaban más que dispuestos a complacerlos.

Pero la base profesional de Lindsay no tenía ni la necesidad ni la inclinación por ese tipo de política vecinal. No necesitaba el patrocinio público para su propio sustento, dados sus salarios profesionales, y su idealismo se oponía a dispensar «patrocinio» a cambio de votos. Para ellos, la política era una cuestión de ideales y temas, no de intercambios materiales. Los votantes de clase trabajadora que visitaban la sede del club Reform eran más propensos a encontrarse con jóvenes profesionales que discutían asuntos importantes de política exterior que con temas locales como el pavimentado de las calles. Y al funcionar de forma voluntaria, estos reformistas excluían a los residentes que no tenían ni tiempo ni recursos para participar plenamente.

El resultado fue una división fundamental entre los reformistas y el electorado más general de la ciudad. Tal como se quejaba un reformista: «El movimiento reformista...se compone principalmente de graduados universitarios y ricos, que se preocupan por las condiciones de los trabajadores. Desgraciadamente, son los propios trabajadores, quienes tienen problemas económicos, los que votan en contra nuestra».

Cuestiones similares surgieron cuando ya ocupaba Lindsay el cargo. Hay que reconocer que el alcalde construyó de diversas maneras una red de clientelismo con base material. Sus experimentos para descentralizar los esfuerzos contra la pobreza y transferirlos a grupos de defensa locales socavaron la base de las maquinarias locales, al tiempo que recompensaban a los grupos alineados con el alcalde. Estos esfuerzos repercutieron de alguna manera en la ventaja electoral de Lindsay: su reelección en 1969, por ejemplo, se vio impulsada tanto por los reformistas neoyorquinos de altos ingresos como por las minorías raciales de bajos ingresos que se beneficiaron de sus programas contra la pobreza.

Sin embargo, al pasar por la alcaldía y las organizaciones sin ánimo de lucro, en lugar de hacerlo por los clubes locales, las medidas políticas de Lindsay alejaron a los partidos políticos de la ciudad de su administración. Su esfuerzo por crear una red de ayuntamientos locales que actuaran como centros multiservicio, por ejemplo, la vieron los representantes de los barrios como una competencia con su propia autoridad, y fue debidamente rechazado por el consejo municipal. En la década de 1970, muchas de las políticas de Lindsay estaban más vinculadas a su cargo y a su personalidad que a su partido, por lo que fueron fácilmente descartadas tras el cambio de ejecutivo. Y, en un plano más amplio, Lindsay aceleró el crecimiento de las «organizaciones sin ánimo de lucro», organizaciones sin afiliación que prestan servicios para, pero no por el público en general al que aparentemente sirven.

Todo ello serviría para reducir la capacidad política de los trabajadores de Nueva York, volviéndolos vulnerables al revanchismo que pronto se avecinaría.

La coalición que se desintegró

La alcaldía de Lindsay también aumentó las tensiones entre algunos sectores de la clase trabajadora de la ciudad. Esto no era algo previsible. Lindsay fue elegido inicialmente gracias a una amplia coalición:  republicanos opulentos de Manhattan, la élite empresarial de la ciudad, propietarios católicos blancos de clase media y media-baja de los barrios periféricos, reformistas liberales de Manhattan, judíos de clase media de los barrios periféricos y muchos afroamericanos y puertorriqueños. Lo que unía a estos grupos era la sensación compartida de que estaba decayendo la calidad de vida de la ciudad y que los partidos establecidos no estaban dispuestos o no eran capaces de detener ese declive.

Sin embargo, como alcalde, Lindsay dedicó la mayor parte de su energía retórica y reformista a apoyar a determinados sectores de esta coalición, en particular a los afroamericanos y puertorriqueños de bajos ingresos.

Por supuesto, esto era correcto y necesario en muchos sentidos, y las medidas políticas de Lindsay (y el crecimiento generalizado de los sindicatos del sector público) contribuyeron a lograr enormes avances para las minorías raciales de la ciudad.

Pero encuadrar los problemas de la ciudad únicamente en términos de raza y pobreza ocultaba una amplia gama de cuestiones a las que se enfrentaba la clase trabajadora de la ciudad. El coste de la vida en Nueva York, por ejemplo, fue el que más rápido creció en todo el país durante la mayor parte de su alcaldía. La inflación estaba aumentando. Y mientras los sindicatos del sector público se expandían, los del sector privado comenzaban a atrofiarse.

Pero Lindsay prestaba poca atención a estos acontecimientos, en comparación con los problemas de la pobreza racializada. En parte, esto se debió a que Lindsay y sus partidarios de clase profesional tenían poco respeto por los blancos étnicos que constituían la mayoría de la clase trabajadora sindicalizada de la ciudad o por sus preocupaciones «provincianas» por la reducción de impuestos o la mejora del pavimento de las calles. Esta falta de preocupación quedó patente durante las tormentas de nieve de 1969, cuando el alcalde dejó las calles de Queens sin limpiar una semana después de que las calles de Manhattan fueran cuidadosamente barridas. Tal como afirmó un crítico: «Los colaboradores de Lindsay no sabían lo que era un barrio. Si no vivías en Central Park West, eras una especie de ser inferior [para ellos]».

También es cierto que los colaboradores de Lindsay, muchos de los cuales se habían empapado de teoría económica neoclásica, mostraban poco interés por el tipo de políticas antiinflacionistas, industriales o de control de precios públicos que podrían haber abordado las preocupaciones materiales más generalizadas de la clase trabajadora de la ciudad. Por lo tanto, Lindsay hizo poco por abordar las crecientes fuentes de inestabilidad económica que estallarían en la década de 1970. Tal como afirmó un taxista acerca de Lindsay: «Se ha enajenado a casi todos los hombres de todos los sindicatos de esta ciudad».

La política racial influyó en todo este desarrollo: cualquier atención que Lindsay prestara a rectificar la discriminación racial y la desigualdad podían considerarla los trabajadores blancos como un ataque. Sin embargo, un alcalde más hábil podría haber encontrado formas de manejar este dilema sin perder excesivamente el apoyo de la clase trabajadora blanca, cuya población constituía la mayor parte del sector sindicalizado privado de la ciudad. Pero Lindsay se opuso a este enfoque. Tal como dijo en cierta ocasión sobre la clase trabajadora blanca: «Entiendo cómo se sienten y no les guardo rencor. Pero este tenía que ser el año de los pobres en Nueva York».

Políticamente, esta estrategia resultó contraproducente para el alcalde y, en última instancia, para sus seguidores más vulnerables. Es cierto que la coalición de Lindsay, formada por «liberales de limusina» y minorías raciales, le propulsó a la reelección en 1969. Pero esta coalición no ha sido, ni será nunca, suficiente para impulsar a los progresistas hasta el poder de forma consistente. En cambio, tal como escribió un historiador, «la consecuencia más duradera de los años de Lindsay en el panorama político de la ciudad ha sido el auge de la sensibilidad étnica blanca», encarnada por el éxito posterior de Ed Koch, Rudy Giuliani y, en cierta medida, el propio Donald Trump.

De este modo, la administración de Lindsay supuso una oportunidad perdida para crear un frente popular de grupos contra la pobreza, organizaciones de derechos civiles y sindicatos que podría haber resistido mejor el ataque contra el progresismo en la década de 1970.

Apostar por el capital, perder a los sindicatos

Si las medidas políticas clientelistas y de coalición de Lindsay fueron perjudiciales para el progresismo en Nueva York, sus políticas económicas resultaron desastrosas.

Estas políticas estaban, en su mayor parte, destinadas para atraer a la ciudad a las empresas ricas y a sus empleadores. Lindsay esperaba que gravar a estos grupos ayudara a obtener los ingresos necesarios para financiar los programas sociales de la ciudad. Como afirmó el asesor financiero de Lindsay en 1968, «la concentración de necesidades en las ciudades centrales» debía «compensarse» con «la concentración de riqueza y capacidad tributaria en las ciudades».

Pero, visto retrospectivamente, la estrategia proempresarial de Lindsay socavó tanto la base política como la fiscal del progresismo en Nueva York. El enfoque económico de Lindsay adoptó muchas formas. Creó un Consejo de Desarrollo Económico compuesto en su mayor parte por bancos y empresas como vehículo para su estrategia económica. Avanzó en iniciativas que llevaban mucho tiempo promoviendo grupos como la Asociación de Planificación Regional de Nueva York y la Asociación del Centro y el Bajo Manhattan, como un nuevo centro de convenciones en Midtown y el complejo del World Trade Center. Y puso en marcha nuevas iniciativas en nombre de los trabajadores de cuello blanco de la ciudad, como exenciones fiscales para los apartamentos de altos ingresos, lo que un crítico denunció como «otro paso en el intento de Lindsay de subvencionar a los ricos».

Lindsay combinó esta estrategia con una actitud relativamente indiferente ante la continua desindustrialización de la ciudad y, en términos más generales, hacia la desindicalización. En un artículo del New York Times de 1967 titulado «El alcalde resta importancia a la pérdida de industria», el regidor descartaba un nuevo informe que indicaba la fuga de la industria manufacturera, señalando el «auge del crecimiento empresarial» de la ciudad como una señal de su buena salud económica. Un borrador inédito del plan maestro de la ciudad de 1969, en el que se comentaba la fuga de la industria manufacturera, argumentaba que «el desplazamiento de la actividad manufacturera es el complemento de la expansión de la construcción de oficinas, lo que da lugar a inversiones más elevadas... que las actividades manufactureras a las que substituyen».

La nueva economía corporativa (y las subvenciones en su nombre) no solo no salvó a la ciudad de la crisis fiscal, sino que la exacerbó. La fuga de puestos de trabajo manufactureros hizo aumentar los costes sociales de la ciudad. Tal como argumentó el periodista Robert Fitch, el «derrumbe financiero» de Nueva York fue consecuencia de su «estrategia de centro nacional», que «expulsa a la industria, requiere una enorme infraestructura y genera una deuda muy elevada».

Más allá de estos costes fiscales, la estrategia de Lindsay tuvo un coste político más amplio. Así, por ejemplo, al permitir la desindustrialización, debilitó los sindicatos del sector privado de la ciudad. Su enfoque en las medidas de bienestar social como patrón último del progresismo dejó a la ciudad mal equipada para proponer estrategias económicas alternativas necesarias para abordar su crisis fiscal. Y podría decirse que los ingresos fiscales que estas entidades corporativas aportaron al Estado del Bienestar de la ciudad se vieron superados por la pérdida de poder político que supusieron para los pobres de la ciudad. Como escribieron Richard Cloward y Frances Fox Piven en un artículo de 1969 para The Nation, «la situación económica [de los pobres] mejorará en cierta medida, sin duda, pero sus perspectivas económicas a largo plazo dependen de su potencial poder político, y este se verá mermado».

Esto, junto con la fragmentación de la clase trabajadora y las débiles raíces comunitarias del liberalismo de Lindsay, dejó a la ciudad incapaz de luchar contra la ola de medidas de austeridad neoliberales a las que se enfrentaba.

El resultado fue que, mientras que las crisis fiscales anteriores habían provocado oleadas de revueltas a nivel municipal contra las políticas económicas dominantes, Nueva York no fue testigo de tales revueltas en la década de 1970. Como escribió un especialista académico, la crisis fiscal de la ciudad —lo que un radical denominó «una oportunidad sin igual desde la guerra de Vietnam para organizar un movimiento amplio en favor del cambio económico»— había llegado y había pasado. Y mientras que su Estado de Bienestar social se desmanteló y degradó, su Estado de Bienestar corporativo sobrevivió y prosperó, contribuyendo a crear la metrópolis desigual que debe gobernar Mamdani.

Aprender de Lindsay

Afortunadamente, hay muchos indicios de que Mamdani no repetirá los errores de Lindsay. Los aliados de Mamdani ya se han comprometido a construir una infraestructura duradera capaz de desarrollar la capacidad política de su base. Pero ese aparato solo tendrá importancia si afronta —y, lo que es más importante, satisface— las necesidades materiales de esa base, al igual que lo hacían antiguamente las viejas máquinas: mediante la defensa legal de los inquilinos, los empleos públicos y las garantías de servicios en los barrios.

Mamdani entiende también que la «excelencia pública» no puede limitarse únicamente a la política de bienestar social, sino que debe extenderse a toda la gama de la gobernanza de la ciudad, de la educación a la limpieza de las calles. Sentar los fundamentos adecuados será esencial para mantener la confianza de la clase trabajadora en general.

Los primeros nombramientos del nuevo alcalde lo diferencian aún más del enfoque de Lindsay. Ha incorporado a su círculo de asesores a figuras vinculadas a la economía solidaria, como Lina Khan, Gianpaolo Baiocchi y Deyanira Del Río. La tarea que tiene por delante es garantizar que la política económica refuerce, en lugar de socavar, la capacidad política de la clase trabajadora. A diferencia de Lindsay, Mamdani debe tratar la estrategia económica no sólo como una herramienta de ingresos, sino también como la base de un poder democrático duradero.

La lección de los años de Lindsay no es que sea inútil la gobernanza progresista, sino que es frágil. Las medidas políticas promulgadas sin una organización duradera, sin amplias coaliciones de la clase trabajadora y una economía política que fortalezca el poder de la clase trabajadora no lograrán sobrevivir. Si Mamdani tiene éxito allí donde fracasó Lindsay, no será porque sus ideas sean más puras o sus intenciones más firmes, sino porque haya aprendido que gobernar desde la izquierda requiere algo más que la claridad moral de una sola administración progresista: requiere construir una infraestructura que prepare el terreno para la siguiente.

es profesor ayudante de Historia en el Bard College (estado de Nueva York). Se doctoró en la Universidad de Nueva York, donde formó parte del Urban Democracy Lab. Colaborador de medios como Metropole, Jacobin, Slate, y The Washington Post, la editorial de la Universiad de Chicago publicará próximamente su libro “The Menace of Prosperity: New York City and the Struggle for Economic Development, 1875–1981”.
Fuente:
The Nation, 1 de enero de 2026
Traducción:
Lucas Antón