Anatol Lieven
21/05/2023
El reciente ensayo de Anne Applebaum y Jeffrey Goldberg en The Atlantic, en el que piden el apoyo ilimitado de los Estados Unidos a la reconquista de Crimea por Ucrania, merece una respuesta; no por su calidad intelectual, sino porque presenta de forma convenientemente destilada la mayoría de los argumentos que se han esgrimido en apoyo de la victoria completa de Ucrania, incluida la reconquista de Crimea, frente a la búsqueda de un alto el fuego y de negociaciones de paz.
Algunas partes de su informe sobre Ucrania son precisas en la medida de lo posible. Gracias a mis propios viajes puedo dar fe de la alta moral y abnegación de los soldados ucranianos, y en particular de aquellos que se ofrecieron voluntarios para luchar -al principio sin ningún tipo de armamento pesado- al comienzo de la invasión rusa. Se trata de gente que realmente impresiona, sobre todo si se compara con los mercenarios criminales reclutados del lado ruso en el Grupo Wagner.
Buena parte del ensayo se basa en una entrevista de los autores con el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky. Nadie debería culpar al presidente Zelensky de sus exageraciones y evasivas. Es su deber. Como dijo Winston Churchill: "En tiempos de guerra, la verdad es tan valiosa que siempre debe ir acompañada de guardaespaldas de mentiras". Sin embargo, sí se puede culpar a los periodistas estadounidenses por publicar tales declaraciones sin ningún intento de comprobación.
Su argumentación se divide en tres partes. La primera, harto conocida de todos los conflictos en los que los Estados Unidos se han visto directa o indirectamente implicados, es que no se trata de una guerra por el territorio o el poder geopolítico, sino del bien absoluto contra el mal absoluto. Citan a Zelensky:
"Esta es una guerra por una definición fundamental de civilización... para mostrar a todos los demás, Rusia incluida, que deben respetar la soberanía, los derechos humanos, la integridad territorial; y respetar a las personas, no matar a las personas, no violar a las mujeres, no matar a los animales".
Hay un elemento de esto evidentemente cierto: que Rusia, al anexionarse ilegalmente territorio ucraniano, ha violado un derecho y una norma internacionales de crucial importancia. En esto, también Rusia ha ido más lejos que (por ejemplo) Turquía en su invasión y partición de Chipre en 1974; ya que mientras que Turquía (como Rusia en el Donbás de 2014 a 2022) creó un pequeño estado escindido no reconocido en el norte de Chipre, no se anexionó formalmente el territorio. Esto puede parecer una distinción académica, pero es importante. Sin embargo, lo que también importa es que Turquía era y sigue siendo miembro de la OTAN, por lo que es evidente que en este ámbito las líneas que dividen la "civilización" de la barbarie son bastante más borrosas de lo que sugieren Zelensky, Applebaum y Goldberg.
Lo mismo puede decirse de las atrocidades. Puedo confirmar, gracias a mis propias investigaciones en Bucha y otras ciudades al norte de Kiev, que se han producido ejecuciones extrajudiciales y saqueos a gran escala por parte de tropas rusas, además de algunas violaciones individuales. Sin embargo, no he oído nada que confirme las afirmaciones ucranianas sobre matanzas o campañas organizadas de violaciones masivas. Los investigadores internacionales tampoco han encontrado pruebas independientes (es decir, no procedentes de fuentes oficiales ucranianas) que respalden estas afirmaciones. Sobre la supuesta deportación de niños no puedo hacer comentarios basándome en mis propias investigaciones.
Además, en esta región se produjo lo que en realidad supuso una insurgencia civil contra la ocupación rusa, en la que se contaba con civiles que informaban directamente a las unidades de artillería ucranianas sobre la ubicación de las tropas rusas. Este comportamiento es una respuesta admirable y moralmente justificada a la invasión rusa, pero las tropas implicadas en la contrainsurgencia tienen una contundente y generalizada tendencia a la brutalidad contra los civiles de los que sospechan que ayudan a sus enemigos a matarlos. Las tropas norteamericanas difícilmente se han comportado de modo irreprochable en este tipo de conflictos.
Y como antiguo guardia israelí en un campo de prisioneros palestinos, el propio Goldberg debería saber que, cuando se trata de contrainsurgencia, las líneas entre democracias y dictaduras pueden ser realmente muy borrosas.
La segunda metáfora tediosamente familiar es la última versión de la Teoría del Dominó, según la cual un determinado conflicto no tiene que ver realmente con el lugar donde se produce, sino que forma parte de un plan de conquista mucho más amplio. De Acuerdo con Zelensky:
"Si no disponemos de armas suficientes, seremos débiles. Si somos débiles, seremos víctimas de su ocupación. Si completan la ocupación, llegarán hasta las fronteras de Moldavia y ocuparán Moldavia. Cuando hayan ocupado Moldavia, [atravesarán] Bielorrusia y ocuparán Letonia, Lituania y Estonia... [Serán] atacados por los rusos porque esa es la política de Rusia, recuperar todos los países que antes formaban parte de la Unión Soviética... Cuando ocupen países de la OTAN, y también estén en las fronteras de Polonia y quizá luchen con Polonia, la pregunta es: ¿enviarán a todos sus soldados con armas, a todos sus pilotos, a todos sus barcos? Porque si no lo hacen, no tendrán OTAN".
Esto es un error de principio a fin. Tanto el régimen de Yeltsin como el de Putin han sido hostiles a las políticas bálticas, pero la única ocasión en la que el gobierno ruso insinuó una invasión fue cuando Lituania amenazó parcialmente con cortar el acceso al exclave ruso de Kaliningrado. Rusia no ha mostrado deseo alguno de invadir la OTAN y, en cualquier caso, es evidente que no dispone de un ejército que pueda soñar con hacerlo. Rusia desea ejercer influencia sobre sus vecinos, pero no hay ninguna prueba de que exista un plan para "recuperar" los Estados Bálticos, Moldavia, el Cáucaso o las repúblicas de Asia Central.
Tal como declaró Putin: "Quien no lamente la desaparición de la Unión Soviética no tiene corazón. Quien quiera recuperarla, no tiene cerebro". Por razones históricas, culturales, étnicas y estratégicas que todo experto serio en la región conoce, la invasión de Ucrania tiene que ver con la relación entre Rusia y Ucrania.
Todo esto sirve para preparar el argumento favorable a la reconquista de Crimea. Applebaum y Goldberg habrían hecho mejor en omitir esa preparación, porque después de haber creado una imagen del gobierno ruso como algo locamente imprudente, brutal y megalómano, muestran seguidamente una encantadora despreocupación ante el peligro de que, frente a la posible pérdida de Crimea y la caída de su régimen, Putin iniciara una espiral de escalada hacia la guerra nuclear.
Esta despreocupación resulta tanto más sorprendente teniendo en cuento que afirman explícitamente que su objetivo de derrocar a Putin y debilitar a Rusia va mucho más allá de la "liberación" de Crimea (independientemente, por cierto, de los deseos de sus habitantes) y no digamos ya de la defensa de Ucrania:
"[El éxito ucraniano] puede apoyar y sostener un cambio de civilización. Rusia, tal y como está gobernada actualmente, es una fuente de inestabilidad, no sólo en Ucrania, sino en todo el mundo... Las inversiones de las empresas rusas mantienen a dictadores en el poder en Minsk, en Caracas, en Teherán... Una victoria ucraniana serviría inmediatamente de inspiración a las personas que luchan por los derechos humanos y el Estado de derecho, allá donde estén."
¿Ah, sí, de veras? ¿En Palestina, en Egipto, Arabia Saudí, Túnez, Azerbaiyán, Cachemira? En esto se transparente la hipocresía. Lo que Applebaum y Goldberg quieren decir es que el derrocamiento del régimen de Putin y la destrucción de Rusia como gran potencia (o incluso como Estado unificado) debilitará a los opositores de los Estados Unidos e Israel y reforzará la hegemonía mundial norteamericana.
Bajo su fachada de compromiso con la democracia global, Applebaum y Goldberg muestran el característico desprecio típico por las opiniones reales de la gente de todo el mundo no occidental, incluso en democracias como Brasil, India y Sudáfrica.
No es que la gente de estos países apruebe la invasión rusa de Ucrania. Es que no perciben una diferencia tan grande entre las ambiciones hegemónicas regionales y las acciones criminales de Rusia y aquellas globales de los Estados Unidos; y están completamente hartos de que Washington ignore sus opiniones e intereses en nombre de una superioridad moral norteamericana que han desmentio repetidamente las políticas reales de los Estados Unidos en esas partes suyas del mundo. Ni el contenido ni el tono de los ensayos de Applebaum y Goldberg les harán cambiar de opinión.

