¿Es culpa de los Estados Unidos la invasión rusa de Ucrania?

Eric Levitz

20/03/2022

Tropas norteamericanas en Polonia. Photo: Beata Zawrzel/NurPhoto (Getty Images)

Explicar el mal comportamiento de alguien no supone justificarlo.

En contextos prosaicos, a pocas personas les cuesta entender este extremo. Por ejemplo, si un pariente alcohólico acude a la cena de Acción de Gracias y se comporta de forma encantadora y amistosa hasta que se termina su octava cerveza, momento en el que somete a su sobrino preadolescente a un relato pornográfico de su viaje de mochilero por Europa alrededor de 1996, declara: “Doy gracias por el ataque cardiaco de mi ex mujer” y llora luego sobre su puré de patatas, mientras se queja de que es incapaz de amar, la mayoría diría que la embriaguez de este pariente explica su conducta, aunque no la justifique. Si el tío Walter no hubiera bebido, no habría arruinado el Día de Acción de Gracias. Pero el hecho de que Walter anduviera bebiendo no hace que esté bien que estropee la fiesta.

Ahora bien, supongamos que el tío Walter no hubiera llevado él mismo la cerveza a las festividades, sino que se hubiese encontrado sencillamente con la cerveza que hubiera comprado la tía Rachel. En esas circunstancias, podríamos reconocer que la decisión de Rachel de llevar cerveza consiguió arruinar el Día de Acción de Gracias, aunque la tía Rachel no sea moralmente culpable de ese triste resultado. Por lo tanto, aunque los miembros de la familia de Walter no sean culpables de su conducta, pueden decidir, no obstante, que sería prudente modificar su propio comportamiento para evitar ese tipo de escenas incómodas en el futuro, estableciendo, por ejemplo, una norma del estilo de “Nada de alcohol en Acción de Gracias”.

Este modo de razonamiento no resulta terriblemente controvertido cuando se aplica a asuntos cotidianos. Sin embargo, cuando se aplica a los asuntos exteriores, tiende a levantar ampollas. Después del 11-S, quienes argumentaron que las motivaciones confesas de Osama Bin Laden sobre los ataques podían ser auténticas –y que, por tanto, las intervenciones militares norteamericanas en Oriente Medio habían desempeñado un papel causal en la atrocidad– se vieron sistemáticamente denunciados por justificar la violencia de Bin Laden y/o culpar a Estados Unidos de su propia tragedia nacional.

Esta tendencia a confundir explicación y justificación ha vuelto a surgir en los debates actuales sobre la invasión rusa de Ucrania.

Algunos comentaristas sostienen que la política exterior norteamericana ha contribuido a provocar la crisis actual. Su argumento es más o menos el siguiente: las acciones destructivas de Vladimir Putin son una consecuencia previsible de las decisiones de los Estados Unidos de ampliar la OTAN al Este y animar a Ucrania a alinearse con la Unión Europea, en lugar de que se alinee con Rusia. A lo largo de decenios, el Kremlin le dejó claro a Occidente que consideraba que la expansión de la OTAN y una Ucrania occidentalizada eran contrarias a los intereses fundamentales de seguridad de Rusia. Sin embargo, los Estados Unidos animaron a Ucrania a integrarse en Europa y se negaron a descartar su admisión en la alianza militar de la OTAN. Los Estados Unidos hicieron esto a sabiendas de (1) que existía un alto riesgo de que Putin defendiera militarmente su concepción de los intereses de Rusia en Ucrania, (2) que Estados Unidos no estaba dispuesto a sacrificar vidas estadounidenses o arriesgarse a una guerra nuclear en defensa de la soberanía ucraniana, y (3) que Ucrania sería incapaz de derrotar militarmente una invasión rusa sin la ayuda de un ejército extranjero.

Teniendo en cuenta este conocimiento, continúa el argumento, el apoyo de Estados Unidos a las afirmaciones de Ucrania sobre su independencia de Rusia fue, de hecho, una traición. El camino óptimo para maximizar la autonomía y el bienestar de los ucranianos, dadas las limitaciones impuestas por la fuerza de Rusia y la falta de voluntad de Occidente para luchar, era que Ucrania renunciara a ser miembro de la OTAN y prometiera neutralidad entre Rusia y Europa. El curso alternativo estaba destinado a llevar a Ucrania a una catástrofe. Tal como señaló en 2015 John Mearsheimer, el especialista académico “realista” de las relaciones internacionales, “lo que está pasando aquí es que Occidente se está llevando al huerto a Ucrania, y el resultado final es que Ucrania va acabar hecha pedazos”.

Hoy en día, este análisis se limita en gran medida a los estudiosos de la política exterior contraria al “establishment” y a los disidentes de izquierdas. Pero como señala Peter Beinart, sus premisas básicas fueron en su día de sentido común entre la élite de la seguridad nacional estadounidense:

George Kennan, la leyenda viva que engendró la política estadounidense de contención contra la Unión Soviética, calificó la expansión de la OTAN como “un error estratégico de proporciones potencialmente colosales”. Thomas Friedman, el columnista de política exterior más destacado de los Estados Unidos, declaró que era el “proyecto peor concebido de la era posterior a la Guerra Fría”.

...En 2014, Henry Kissinger, personificación del “establishment” de la política exterior estadounidense, arguyó: “Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania no puede nunca ser tan sólo un país extranjero”. Si “Ucrania ha de sobrevivir y prosperar”, declaró, “no debe convertirse en puesto de avanzada de ninguna de las partes contra la otra: debe funcionar como un puente entre ellas”. En lugar de ingresar en la OTAN, Ucrania “debería adoptar una postura comparable a la de Finlandia”, en la que “cooperar con Occidente en la mayoría de los campos, pero evitando cuidadosamente la hostilidad institucional hacia Rusia”. Zbigniew Brzezinski, que en su época de asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter era conocido como un halcón de la Guerra Fría, se adhirió también, sin embargo, al modelo de Finlandia. Ucrania, insistió, no podía “participar en ninguna alianza militar que Moscú considerara dirigida en su contra”.

Se pueden plantear muchas objeciones a este análisis. En primer lugar, gran parte del mismo se basa en la presunción de que Putin se habría avenido a una Ucrania realmente neutral, en lugar de una Ucrania alineada con los intereses de Rusia. Considerando que Putin declaró que Ucrania era “parte inalienable” del “espacio espiritual” de Rusia al justificar su invasión, no es evidente que sea éste el caso. En cualquier caso, argumentar que la invasión de Ucrania por parte de Putin era una respuesta previsible a las decisiones políticas de Estados Unidos no significa que fuera una respuesta justificada a esas decisiones. Con demasiada frecuencia en estos últimos días, las personas que intentan formular el primer argumento se han visto denunciadas por formular el segundo.

Dicho esto, el deslizamiento entre explicación y justificación se está produciendo en ambos lados del debate sobre los motivos de Putin. Una pequeña minoría de la izquierda en los Estados Unidos está tan obsesionada con su desprecio por el imperialismo estadounidense que sugiere que Rusia está justificada al ver una Ucrania alineada con Occidente como una afrenta a su seguridad. Desde este punto de vista, el apoyo norteamericano a la integración de Ucrania con Europa no fue algo simplemente imprudente, sino inmoral: apoyar la afirmación de la independencia de Ucrania con respecto a Moscú constituyó un acto imperial de agresión contra Rusia, como si tuviera derecho Putin a vetar la política exterior ucraniana como una cuestión de derecho.

Realistas como John Mearsheimer suelen hablar, por su parte, como si no hubiera diferencia entre las acciones previsibles de una gran potencia y las justificadas. De hecho, según Mearsheimer, una Ucrania totalmente independiente no sólo supone una amenaza fundamental para la seguridad rusa en la mente de Putin, sino que lo es de hecho. Y ello pese a que el ingente arsenal de armas nucleares de Moscú hace impensable una incursión occidental en Rusia. Al fin y al cabo, como han puesto de manifiesto los últimos acontecimientos, las potencias occidentales están tan aterradas (con razón) por la perspectiva de una guerra nuclear con Rusia que ni siquiera están dispuestas a combatir directamente al ejército ruso cuando éste se lance a una guerra de agresión.

La ecuación de explicación y justificación de Mearsheimer sale a relucir en su reciente entrevista con Isaac Chotiner, del semanario The New Yorker. Mearsheimer le dice a Chotiner que los Estados Unidos maquinaron el conflicto con Rusia al animar a Ucrania a unirse a la OTAN y a la UE, “convirtiendo a Ucrania en una democracia liberal pro-americana”. Chotiner sugiere que Ucrania se convirtió por sí misma en una democracia liberal y que Rusia no tiene derecho a decirle a Ucrania qué tipo de gobierno puede tener o cuál debe ser su política exterior. Mearsheimer replica que, como gran potencia, Rusia sí tiene ese derecho. Rusia está actuando exactamente igual que “nosotros” (el gobierno de los Estados Unidos) en su posición. Esto lleva al siguiente intercambio:

Chotiner: Decir que Estados Unidos no permitirá que los países del hemisferio occidental, la mayoría de ellos democráticos, decidan qué tipo de política exterior tienen, se puede afirmar que es bueno o malo, pero eso es imperialismo, ¿no? En lo esencial estamos afirmando que tenemos voz de algún modo sobre cómo dirigen los países democráticos sus asuntos.

Mearsheimer: Tenemos esa opinión y, de hecho, durante la Guerra Fría derrocamos a líderes elegidos democráticamente en el hemisferio occidental porque no estábamos satisfechos con sus políticas. Así se comportan las grandes potencias.

Chotiner: Por supuesto que obramos de ese modo, pero me pregunto si deberíamos comportarnos así. Cuando pensamos en política exterior, ¿deberíamos pensar en intentar crear un mundo en el que ni los Estados Unidos ni Rusia se comporten de esa manera?

Mearsheimer: El mundo no funciona así. Cuando intentas crear un mundo que se parezca a eso, acabas en esas desastrosas políticas que los Estados Unidos llevaron a cabo durante el momento unipolar. Recorrimos el mundo tratando de crear democracias liberales. Nuestro principal objetivo, por supuesto, se centraba en Oriente Medio en sentido amplio, y ya hemos visto lo bien que funcionó. No demasiado bien.

En ningún momento de la entrevista articula Mearsheimer el contenido normativo de su visión del mundo. Una política “desastrosa” es, implícitamente, aquella que erosiona el poder global de los Estados Unidos. Por qué, como seres humanos, debería importarnos que los Estados Unidos sean más poderosos que China, dado que, según Mearsheimer, ambas naciones gobernarán como tiranos sobre las naciones más débiles del mundo si se les da la oportunidad, es algo que nunca se explica.

Como observa Chotiner, Mearsheimer expresa ocasionalmente objeciones morales a la política exterior de Estados Unidos. Ha lamentado la complicidad de los Estados Unidos en “los crímenes perpetrados contra los palestinos”. El objetivo de gran parte de su análisis “realista” de las relaciones internacionales consiste en ayudar a los Estados Unidos a evitar guerras innecesarias. Sin embargo, insiste en naturalizar la agresión de los estados poderosos, como si la decisión de Estados Unidos de derrocar al gobierno de Jacobo Árbenz  [en 1954 en Guatemala] hubiera sido equivalente a una reacción química y no a un crimen contingente perpetrado por amigos bien relacionados de la United Fruit Company.

Esto no sólo hace que el análisis de Mearsheimer sea algo moralmente deficiente, sino también intelectualmente incoherente. Las naciones no tienen intereses unificados y objetivos. Las políticas exteriores que mejor servicio prestarían al poder norteamericano no son necesariamente las que más le servirían a la burocracia del Pentágono, que no son necesariamente las que mejor servirían a las probabilidades de reelección de un presidente en ejercicio, que no son necesariamente las que más halagarían las convicciones ideológicas de su Consejo de Seguridad Nacional, que no son necesariamente las que más complacerían a los principales donantes de su partido. Del mismo modo, las políticas que maximizarían la seguridad nacional de Rusia no son necesariamente las mismas que las que maximizarían la estabilidad política del régimen de Putin. Y, en cualquier caso, el presidente ruso no es necesariamente capaz de identificar con precisión ninguna de ellas. Resulta extraño sugerir que las acciones de Rusia en Ucrania fueron dictadas por sus intereses objetivos de seguridad cuando, prácticamente de acuerdo con cualquier estimación, la invasión de Putin ya ha socavado esos intereses.

La naturaleza anárquica de las relaciones internacionales puede ofrecer a Rusia un incentivo para intimidar a Ucrania. Sin embargo, tal como han dejado claro las sanciones de esta semana, Rusia tenía también muchos incentivos para renunciar a una guerra de conquista. A fecha de 15 de febrero de este año, el propio Mearsheimer consideraba que ese incentivo era tan abrumador que impedía a un actor racional como Putin invadir Ucrania (a pesar de sus justificadas quejas sobre la expansión de la OTAN). Putin no tenía “ninguna intención de invadir Ucrania”, le aseguró  Mearsheimer a un grupo de estudiantes del King's College, en parte porque “si invade Ucrania, hemos dejado claro en Occidente que haremos todo lo posible por paralizar la economía rusa”.

Los gobernantes de las naciones poderosas tienen capacidad de acción.  Como ha lamentado Mearsheimer durante mucho tiempo (irónicamente), los líderes de los Estados Unidos adoptan habitualmente políticas que socavan la posición de su propia nación en la competencia de las grandes potencias. Podrían decidir con la misma facilidad que los intereses de su nación se verían favorecidos por la cooperación entre grandes potencias.   

La invasión de Ucrania por parte de Putin fue una elección libre. Y sea cual fuere el papel que haya desempeñado la política estadounidense en la decisión de Putin, no le forzó a ello. Los críticos de la expansión de la OTAN harían bien en estipular este punto, ya que si no lo hicieran, su análisis causal sería más fácil de estigmatizar.

 

es periodista del "New York Magazine" y responsable de su sección "Intelligencer", ha sido colaborador de medios como "Salon.com", "heavy.com" y la emisora "MSNBC".
Fuente:
Intelligencer - The New York Magazine, 3 de marzo de 2022
Temática: 
Traducción:
Lucas Antón