Pau Casanellas
18/02/2022
De todas las formas de represión, probablemente sea la tortura una de las más complicadas de abordar. De entrada, por la dificultad de documentarla. Pero, sobre todo, por las heridas que deja, siempre difíciles de afrontar y de larga, muy larga duración. Es por ello por lo que la presencia en el corazón de Barcelona de la jefatura de policía de Via Laietana, uno de los más emblemáticos símbolos de la brutalidad franquista, exige una resignificación.
Las marcas de la herida
En el conmovedor documental La cigüeña de Burgos (2021), por medio del que Joana Conill se acerca a la vida política de su padre, Jordi Conill, la cámara se pasea repetidamente por delante de la comisaría de Via Laietana. Las dudas, los miedos del objetivo ante el reto de adentrarse en uno de los episodios centrales de la trayectoria política de Conill (su detención en 1962, como integrante de las Juventudes Libertarias) ejemplifican a la perfección las dificultades de poner palabras —o imágenes— a la herida que deja la tortura. Una herida con la que, como cuenta Clara Valverde Gefaell en el libro Desenterrar las palabras. Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español, no sólo convive quien la padeció, sino que se transmite —individual y socialmente— de generación en generación: a través de silencios, de evasivas, de miedos o de la necesidad de venganza o de polarización.
Las huellas son difíciles de rastrear; a menudo, casi invisibles. Pero ahí están, y una generación entera de militantes las lleva marcadas —a veces, incluso físicamente— para dar testigo de ello. Hasta ahora, no les hemos prestado la atención debida. Habitualmente, la tortura se ha asumido como una vertiente más de la represión franquista; un elemento dado, casi auxiliar. Son más espectaculares las cifras de fusilados, las fosas por abrir, algunos capítulos y nombres emblemáticos.
Con todo, cuando las víctimas han tomado la palabra —en biografías o autobiografías, en charlas, en entrevistas—, su testigo hiela la sangre. Tras décadas de haber pasado por Via Laietana —o por algún otro centro de detención de la dictadura—, todavía hay algún momento de voz quebrada; algún silencio demasiado prolongado; alguna evasiva; alguna lágrima a media mejilla. Y, a veces, cuando el micrófono ya no está, cuando se ha apagado la grabadora, surge la anécdota que no ha aparecido en público: como la de la angustiante pesadilla que vuelve de forma recurrente, o la del sobresalto cada vez que el ascensor se para en tu piso. Décadas después, la herida sigue abierta.
Más que víctimas…
Tras escuchar atentamente el testigo de una víctima de torturas (diecinueve días de detención), una alumna levanta la mano: “¿Nunca te planteaste confesarlo todo para que te dejaran en paz?” La reacción es inmediata, sin atisbo de duda: nunca. Una clave para entender la respuesta la encontramos en las páginas de La revolución y el deseo, las memorias del militante comunista Miguel Núñez, él mismo víctima del terror en Via Laietana. Como encargado de recibir en la cárcel de Burgos a los compañeros de organización víctimas de tortura, y a partir de las horas de conversaciones con todos ellos, Núñez empezó a plantear a quienes habían dado información a la policía la siguiente situación: si, en la habitación donde habían sido sometidos a tortura, una de las paredes hubiera estado abierta a un patio de butacas lleno de compañeros de militancia, de trabajo, del barrio, de familiares…, al ser preguntados por alguna de estas personas, y ante su atenta mirada, ¿la habrían delatado?
La respuesta de los interpelados, siempre negativa, nos dice algo sobre el mecanismo que permitió a muchos de estos militantes resistir ante la brutalidad sufrida en comisaría: el sentimiento de pertenencia a un colectivo, la defensa de una causa común. Y es ello, también, lo que explica que muchos consiguieran afrontar largas condenas de prisión sin caer en el abatimiento. La organización en comuna, típica de los presos políticos del franquismo, les permitía no únicamente protegerse mejor ante las arbitrariedades de las autoridades penitenciarias, sino también amortiguar el golpe moral de la privación de libertad. Dan algunas pistas de ello las voces reunidas por Pere Portabella en El sopar (1974): la intensidad y la realización de la vida detrás de los barrotes, a pesar de su dureza, no se entienden sin los lazos establecidos entre los compañeros de encierro. No se trata sólo de víctimas, sino también de luchadores.
…y más allá de los victimarios
En el otro lado de la historia, pero igualmente dentro de la sala de interrogatorios, están los responsables de las torturas en los calabozos de Via Laietana. Sus nombres son bien conocidos: Eduardo Quintela, Pedro Polo, los hermanos Creix (Antonio y Vicente), Genuino Navales… Si difícil resulta aproximarse a las heridas de las víctimas, también lo es traducir en palabras el sadismo de los victimarios. Un intento muy logrado lo encontramos en el cómic Miguel Núñez. Mil vidas más, escrito a cuatro manos entre el dibujante Alfonso López y el guionista Pepe Gálvez, este último, víctima él mismo de tortura durante el franquismo. A veces son iniciativas de este tipo, alejadas del academicismo, las que consiguen transmitir de forma más nítida la naturaleza del horror.

Los hermanos Antonio y Vicente Creix perpetraron durante el franquismo numerosas torturas en los calabozos de la vía Laietana. Antonio Juan Creix estuvo en activo hasta el año 1985. Foto: Archivo
Conociendo como conocemos los nombres de buena parte de los responsables de las torturas, resulta tentador hacer recaer en ellos todo el peso de nuestra condena. Pero sería un error focalizarlo todo en los “profesionales de la humillación”, como los caracterizó una de sus víctimas, Manuel Vázquez Montalbán. La tortura no fue —únicamente— un producto de su inhumanidad, sino una práctica institucionalizada, sistémica, inherente a la dictadura. Una herramienta imprescindible en la obsesión del franquismo por impedir cualquier expresión de disentimiento, por tímida que fuera.
Un régimen de control total (y larga duración)
También nos equivocaríamos si situáramos su ejercicio como un producto principalmente circunscrito a la posguerra. Nunca a lo largo de la dictadura —y especialmente desde finales de los años sesenta— las formas más salvajes de tortura dejaron de formar parte del repertorio de actuación de la policía del régimen. Y, si algunas de estas prácticas, como la aplicación de electrodos, no tuvieron más continuidad, fue porque la denuncia de la sociedad civil internacional consiguió poner el foco en su utilización.
Asimismo, es importante situar Via Laietana en el marco del engranaje que hizo del franquismo un sistema de control total, que poco difirió de sus homólogos fascistas de entreguerras. Si, en el caso de Barcelona y las grandes ciudades, la siempre citada Brigada de Investigación Social (popularmente conocida como político-social) fue esencial, un papel equivalente ejerció, más allá de las áreas urbanas, la Guardia Civil, especialmente por medio de su Servicio de Información. Y no hay que olvidar tampoco el trascendental papel de la red de confidentes e infiltrados policiales, difícil de cuantificar, pero mucho más amplia de lo que habitualmente se presupone.
Dejar hablar (y llorar) a los “héroes”
En una escena particularmente emotiva de La cigüeña de Burgos, Asun Amelivia Rodríguez describe de forma especialmente precisa la dificultad de gestionar las heridas producidas por la represión. Hablando de quien durante muchos años fue su pareja, Jordi Conill, Amelivia se lamenta de que tal vez no lo dejaran llorar suficientemente cuando salió de la cárcel: “Dábamos todo por sabido y por superado, y quizá no estaba superado.” Como él, nos recuerda la voz de Asun, muchos hombres y mujeres que sufrieron en primera persona la tortura o la prisión fueron recibidos como héroes, pero nadie les ofreció el hombro para que lloraran.

Jordi Conill ya no está, pero muchos otros que pasaron por experiencias semejantes todavía se encuentran entre nosotros. Es momento de darles la palabra para que nos lo cuenten. Para que lloren, si es necesario. Y para que lo hagan no sólo desde los altavoces de las entidades memorialistas (los de la Associació Catalana d’Expresos Polítics del Franquisme, los del Ateneu de Memòria Popular, entro otros), sino también desde espacios museizados permanentes. Como escenario privilegiado de la represión franquista, la comisaría de Via Laietana debe convertirse en uno de estos espacios; en uno central. Son principalmente las víctimas quienes los piden. Porque, transcurrido tanto tiempo, no se han cansado de ser, a la vez, luchadores.

