EEUU: Los republicanos tienen un “caucus” insurreccional

Jordan Weissmann

10/01/2021

Después de que una turbamulta de partidarios de Donald Trump invadiera el edificio del Capitolio norteamericano para detener la certificación de los resultados de las elecciones de noviembre, destrozando ventanas y asaltando oficinas mientras obligaban a los legisladores a acurrucarse para esconderse, los republicanos han tenido que enfrentarse a una sencilla pregunta: ¿estaban con los insurrectos o contra ellos?

Para ese día, 14 senadores republicanos y más de cien miembros de la Cámara de Representantes habían anunciado que se opondrían al recuento del Colegio Electoral, sobre la premisa carente de base de que había cuestiones por aclarar acerca del fraude en el voto, contribuyendo a garantizar que un acontecimiento corrientemente ceremonial se convirtiera en otro foco de tensión en los frenéticos esfuerzos de Trump por conservar el poder.

Después del tumulto, algunos legisladores escarmentados se lo pensaron mejor, dándose cuenta de que sería preferible no dar más oxígeno a los delirios que habían desencadenado esos ataques. “Lo que hoy hemos visto es ilegal e inaceptable”, declaró en un comunicado la congresista Cathy McMorris Rodgers, que había planeado oponerse. “He decidido que votaré por mantener los resultados del Colegio Electoral, y animo a Donald Trump a condenar y poner fin a esta locura”. Senadores tales como Kelly Loeffler, de Georgia, que acababa de perder la segunda vuelta, y James Lankford, de Oklahoma, pronunciaron sumisas alocuciones anunciando que, pese a su inquietud, abandonarían su oposición a los resultados. “Los acontecimientos que han tenido hoy lugar me han forzado a una reconsideración, y no puedo, en conciencia, oponerme”, declaró Loeffler.

Mientras tanto, Mitt Romney, de Utah, que se ha convertido en la voz principal del nunca jamás conservador al trumpismo, dejó lo más claro posible el dilema al que se enfrentaban sus colegas:

“A quienes sigan apoyando su peligroso gambito al oponerse a los resultados de unas elecciones legítimas y democráticas se les considerará cómplices de un ataque sin precedentes contra nuestra democracia”, afirmó. “Se les recordará por su papel en este vergonzoso episodio en la historia norteamericana. Será ese su legado”.

Pero la mayoría de los opositores se encogieron de hombros y se ciñeron a su plan. Después incluso del allanamiento, ocho senadores y 139 congresistas republicanos— una sólida mayoría de representantes del Partido en la Cámara — votaron en última instancia en contra de certificar los resultados de Pensilvania o Arizona. Resulta difícil sobrestimar hasta qué punto resulta aterrador el resultado.

Hasta el momento en que se empezó a hacer trizas los cristales, se podía haber presentado una defensa —bien que endeble— según la cual oponerse al resultado del Colegio Electoral no sería más que un gesto simbólico de lealtad al presidente y a su base que, en última instancia, resultaría inocuo. Nada había que pudieran hacer realmente ellos mismos para darle la darle la vuelta al resultado de las elecciones presidenciales, puesto que desechar el Colegio Electoral de un estado habría requerido un voto mayoritario tanto en el Senado como en la Cámara controlada por los demócratas. Por ende, un pequeño número de demócratas había ya recurrido a artimañas semejantes en el pasado, oponiéndose a la confirmación de resultados tras ser derrotados en las elecciones de 2000, 2004 y 2016, y no es que la república se derrumbara precisamente como consecuencia de ello.

La evidente diferencia entre esas elecciones previas y ésta es que los demócratas que perdieron reconocieron de buen grado los resultados, mientras que Donald Trump, no. Por el contrario, ha pasado dos meses fustigando a sus seguidores hasta el frenesí con falsedades acerca de un robo electoral en un esfuerzo caótico y caricaturesco por agarrarse al cargo, para reunirlos luego en la avenida del National Mall a fin de manifestarse el día de confirmación de los resultados. El caos que siguió, en el que murieron al final cuatro personas, ha ilustrado en los términos más directos posibles que al avivar las llamas de las conspiraciones de fraude en el voto, los oponentes republicanos jugaban a un juego mortal con la democracia norteamericana.

Y sin embargo, la inmensa mayoría ha decidido seguir dándole pábulo. Los legisladores menearon los deditos por la conducta violenta de la turba, a la vez que negaban tener toda responsabilidad en haberla alentado. En una muestra particularmente desvergonzada de desfachatez, el senador por Misuri. Josh Hawley, que fue quien inició todo el esfuerzo de oposición en el Senado, vino a sugerir que el ataque había mostrado por qué debatir en el Congreso la validez de las elecciones era en principio una buena idea, puesto que sería una forma no violenta de resolver la inquietud preocupaciones acerca del fraude (sin que importe que políticos como Hawley ayudaran a que apareciese esa inquietud, para empezar). “Nuestra Constitución se creó y estableció para que, en palabras de Abraham Lincoln, no hubiera apelación de las urnas [“ballots”] a las “balas” [“bullets”], que es lo que vimos que ayer se intentó”, declaró Hawley de modo grandilocuente. “Y esa es la razón por la que declaro ante mis colegas que lo que estamos haciendo hoy aquí esta noche es en realidad muy importante”. Otros republicanos, como los congresistas Matt Gaetz y Paul Gosar, tomaron directamente la vía más lunática, repitiendo la teoría conspirativa, de rápida metástasis, según la cual la gente que asaltó el Capitolio eran en realidad “antifas” izquierdistas que se hacían pasar por partidarios de Trump. De una manera o de otra, los legisladores encontraron la manera de justificarse.

En última instancia, la votación del miércoles por la noche fue otra demostración de la forma en que Trump ha reconfigurado buena parte del Partido Republicano a su imagen y semejanza. Sí, su intento de llevar a cabo el autogolpe más tonto de la historia ha terminado por provocar que se rajen algunos de sus aliados y que dimitan miembros de su personal, además de haber ocasionado la repulsa de algunos como el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell y el antiguo compi del golf Lindsey Graham, que aparentemente declaró su independencia del presidente (“Que no cuenten conmigo, ya ha sido suficiente”, afirmó). Pero la mayoría del “caucus” [reunión de cargos electos de un partido] de la Cámara se compone hoy de miembros que, o bien están aterrados por la posibilidad de que en algunas primarias aparezca por la derecha algún aspirante más trumpiano que ellos, o que directamente comparten sus fantasías lunáticas. Los senadores ambiciosos con los ojos puestos en 2024 saben que, para una buena porción de los votantes de las primarias, puede que la cualificación más importante sea la lealtad al actual presidente. El resultado es un grupo de legisladores , que, después de ser testigos de primera mano de la peligrosa furia que ha desatado la retórica de su partido, decidieron que era mejor seguir más o menos la corriente. En sus filas se cuentan no sólo diputados corrientes y molientes, de poca monta, más la nueva clase de reaccionarios que hacen guiños a [grupos conspirativos como] Qanon, sino también dirigentes como el líder de la minoría en la Cámara, Kevin McCarthy. Para más inri, parece probable que sus filas no hagan otra cosa que crecer tras el rediseño [de los distritos electores] de este año, que permitirá a los parlamentos de los estados republicanos crear una nueva tanda de escaños seguros, trumpificados y de su partido. El “caucus” insurreccional del Partido Republicano va a seguir con nosotros en los años por venir.

responsable de Economía de la revista digital Slate, estudió periodismo en la Northwestern University, realizó sus primeras prácticas en The Birmingham News, Cape Times, Milwaukee Jornal Sentinel y The Washington Post, y ha trabajado en medios como The Atlantic.
Fuente:
Slate, 7 de enero de 2021
Temática: 
Traducción:
Lucas Antón