Una vida no se suplica

David Casassas

25/08/2018

Un curro, el que sea; si nos atrevemos, uno que vaya un poco más con nosotros; un salario superior al umbral de la pobreza; si nos atrevemos, uno que se sitúe algo más allá; y si no, un salario y santas pascuas -que sea lo que Dios quiera-; una reducción de la jornada; una baja; un papel que diga “concedida”; un subsidio; un expediente administrativo favorable; una beca; una línea de crédito; un techo; luz, gas y agua; un trato digno en casa; un rato para nosotros -para hacer política, para cuidar a los demás, para perder el tiempo siguiendo el vuelo de la golondrina o vaciando la cabeza con la mirada fija en un principio de grieta en la pared de la habitación-: he aquí todo aquello, que es mucho más todavía, que las grandes mayorías sociales, desposeídas de los medios necesarios para una existencia autónoma, mendigan día tras día. Y esto no es vida. Porque una vida no se mendiga, una vida no se suplica: instalados en la súplica, bajamos la cabeza y dejamos de ser nosotros.

Centrémonos en el trabajo asalariado. El grueso de la tradición republicana, desde Grecia hasta nuestros días, lo ha visto como algo incompatible con la libertad. ¿Por qué? Cuando firmamos un contrato de trabajo “con el frenesí de los desesperados”, decía Adam Smith, desde la urgencia de quien debe salvar la vida porque previamente ha sido desposeído, transferimos el derecho a decidir nuestra propia existencia a instancias ajenas a nosotros mismos: ¿cómo, con quién, cuándo, a qué ritmo, por qué, para qué trabajamos en lo que trabajamos? Desde la desposesión, estas preguntas no las respondemos nosotros. “Esclavitud salarial”, lo llamaba Marx. “Esclavitud a tiempo parcial” -porque “sólo” estamos unas horas al día-, lo llamaba Aristóteles.

Hubo un tiempo en el que las tradiciones emancipatorias que ayudaron a conformar el mundo contemporáneo también lo vieron así. Pero bien entrado el siglo XX, la pintura se desdibuja: digno o indigno, el trabajo asalariado nos permite ganar unas habichuelas, y ello no es poco. El pacto social que siguió a la Segunda Guerra Mundial, hoy hecho añicos, supuso la aceptación de la esclavitud salarial, la renuncia a la soberanía y a la democracia económicas por parte de unas clases trabajadoras que, eso sí, ganaban cierta seguridad en la continuidad de sus ingresos y, también, cierta protección social. Pero este pacto ha sido brutalmente roto por parte de una oligarquía económica global cada vez más ahogada en el lodazal de su propia parálisis rentista y, por lo tanto, cada vez menos dispuesta a seguir contribuyendo a que la gente trabajadora pueda coger un poco de aire. ¿Qué hacer?

Lo contrario de la súplica es una vida en libertad. Y una vida en libertad exige el goce incondicional de recursos. Cuando percibimos recursos -un subsidio de paro, una renta para pobres, etc.- a condición de que nos hallemos bajo determinadas circunstancias -el paro, la pobreza, etc.-, se nos obliga a interactuar, lo queramos o no, con el estatus quo vigente, empezando por los mercados de trabajo capitalistas, que nos rompen en mil pedazos y nos convierten en entidades extrañas a nosotros mismos, y, en caso de que salgamos mal parados de todo ello -es decir, en caso de que perdamos el empleo y caigamos en la pobreza-, posteriormente se nos asiste. En cambio, la percepción incondicional de recursos nos permite mirar de frente el estatus quo en cuestión y pronunciar, si así lo deseamos, un inmenso e insumiso “así no” que abre las puertas a muchos “síes” a formas de trabajo y de convivencia que hoy no podemos practicar porque nos encontramos abrazados al hierro ardiente de la tabla salvavidas que se nos ha “ofrecido” en el mercado de trabajo o en las muchas ventanillas donde se gestiona la pobreza.

Por todo ello, la renta básica -una prestación monetaria establecida como mínimo en el umbral de la pobreza y que toda persona percibiría con independencia de cualquier circunstancia que la acompañe-, junto con políticas en especie -sanidad, educación, vivienda, cuidados, cultura, etc.- concebidas también de forma incondicional, como derechos de ciudadanía que nos equipen “de la cuna a la tumba”, permite un reparto de la riqueza disponible, que es siempre un producto social resultante de todo tipo de esfuerzos individuales y colectivos entrecruzados, que nos ha de capacitar, a todos y a todas, sin exclusiones, para decir “esta es nuestra vida” y para hacer circular dicha vida en los espacios que hacemos y sentimos como propios. Bien mirado, en esto consiste una república plenamente democrática. Mientras que la tradición liberal equipara libertad a mera igualdad ante la ley -y esto no es poco-, la tradición republicana se preocupa también por las condiciones materiales de aquellos y aquellas que viven en el mundo regido por esta ley, y establece la necesidad de que se dispongan recursos de manera universal e incondicional para que todos y todas gocemos del poder de negociación necesario para administrar los “noes” y los “síes” que una vida digna de ser vivida ha de poder acoger.

¿Podremos aprovechar los procesos de robotización para deshacernos de las actividades más monótonas y repetitivas y conquistar trabajos, remunerados o no, con sentido y consentidos? ¿Podremos repartirnos libremente y sin angustias, corresponsabilizándonos de verdad, los trabajos de cuidados que, hoy, las mujeres han de asumir irremediablemente y con respecto a los cuales los hombres se ven desvinculados de un modo demasiado abrupto? Necesitamos recursos incondicionalmente conferidos porque, en definitiva, dignifica el trabajo que dignifica, y el que no dignifica, sencillamente, no dignifica. ¿Podemos atrevernos a abolir la “esclavitud a tiempo parcial”, haciendo del trabajo asalariado sólo otra opción, junto con el cooperativismo, la autogestión y otras formas de emprender caminos propios? ¿Podemos atrevernos a hacer de la opción que escojamos, sea la que sea, una opción cuya naturaleza podamos co-determinar en igualdad de condiciones con respecto a todos cuantos participen en ella?

es profesor de teoría social en la Universidad de Barcelona. Miembro del Comité de Redacción de SinPermiso, es vicepresidente de la Red Renta Básica. Forma parte de la Junta Directiva del Observatorio de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC). Su último libro es "Libertad incondicional. La renta básica en la revolución democrática" (Paidós, 2018)”.
Fuente:
https://www.ara.cat/opinio/David-Casassas-vida-no-es-suplica_0_2073992690.html