Una crítica de "Por qué no soy feminista", de Jessa Crispin

Stephanie Convery

19/06/2018

La reciente gira por el Reino de España de la escritora norteamericana Jessa Crispin, conocida autora de Por qué no soy feminista [Ediciones del Lince, 2017] a fin de presentar su libro El complot de las damas muertas [Alpha Decay, 2018] se saldó con algunas entrevistas tan lenguaraces como deslenguadas [https://www.eldiario.es/cultura/libros/Jessa-Crispin-Roth-Nobel-mujeres-carne_0_778672298.html ó http://www.elmundo.es/papel/lideres/2018/06/07/5b17f90b46163f1c3e8b4628.html]

Crispin, más sugerente, sin duda, como figura literaria que como teórica del feminismo, ha recibido fundadas críticas por lo limitado de varios sus enfoques y el conspicuo esnobismo intelectual del que hace gala. Recuperamos una reseña de su volumen más difundido que lo señala nítidamente. SP

 

Para las mujeres de la izquierda que se han sentido cada vez más desalentadas por el tono del discurso feminista contemporáneo, el polémico libro de Jessa Crispin, Why I Am Not a Feminist: A Feminist Manifesto, [Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista] llega en principio como una bocanada de aire fresco. 

Dentro de este escueto volumen, publicado el mes pasado, hay una furiosa diatriba. El libro nació de la frustración de tratar de comprometerse con un movimiento cuyas metas parecen haberse convertido, si no en idénticas a las del status quo patriarcal capitalista, sí en algo entonces tan perfectamente compatible como para ser indistinguible del mismo.  

Se trata de una conversación que hemos de tener, pero en buena medida ausente de la respuesta crítica a la misma ha quedado la pregunta de cómo podría esto traducirse en acción. ¿Qué se deduce de esta intervención?

Un discurso más abierto acerca de las limitadas posibilidades que el feminismo más central es a la vez algo bienvenido y necesario, y quizás el libro de Crispin sea señal de un cambio de rumbo en esta dirección: hay hoy más espacio que nunca para hablar acerca de un nuevo enfoque en la lucha contra el sexismo.  

Pero, de otro modo, el libro de Crispin se podría leer como más de lo mismo – otra diatriba en el vacío, otra intervención por el gusto de la intervención que no ofrece ninguna estrategia concreta de cambio significativo. 

El libro es esencialmente una polémica contra el feminismo liberal  (que su autora llama “feminismo del estilo de vida”), hecha desde una posición de izquierdas. Crispin, sin embargo, rehuye términos tales como “liberal” e incluso “izquierdista”, tratando quizás de desvincularse ella misma y los argumentos que aduce de los supuestos preexistentes acerca de la política que implican estos términos. 

Los blancos de su ira son asimismo en buena medida anónimos. Con la excepción de una cita de Laurie Penny (en la que Penny, sostiene Crispin, desecha las obras de feministas precedentes como Andrea Dworkin), Crispin no se refiere a ninguna feminista contemporánea o su trabajo de manera directa. Ha declarado que omitió sus nombres para evitar la sensación que atacaba a alguna persona en vez de a toda una filosofía: “Si das el nombre de alguien, Twitter y los medios sensacionalistas de las redes sociales lo van a convertir en una riña entre esa persona y tú”.

Por el contrario, opta por amplias generalizaciones acerca de fenómenos particulares, tales como las aglomeraciones de las redes sociales, en un lenguaje en gran medida pasivo: “Se convocan nombres, se organizan protestas, se hacen circular “hashtags”. Hasta el extendido apoyo feminista a Hilary Clinton durante las últimas elecciones [presidenciales] norteamericanas se describe de forma oblicua:

“[Las mujeres] se alinean con personalidades políticas femeninas, y les ofrecen su apoyo casi únicamente porque comparten género. Pese a una larga historia de apoyo a intervenciones militares, veo mujeres que hablan de la diplomacia natural de estas políticas y de cómo nos apartarán de la guerra. Pese a una prolongada historia de destripar servicios sociales, veo mujeres que hablan sobre la comprensión y atención de estas políticas a mujeres y niños. 

Hay un plano en el que esto resulta bastante justo: la cultura de furia digital ha convertido desde luego en algo casi imposible comprometerse en una discusión productiva acerca de cuestiones políticas complejas, y no digamos ya discutir largo y tendido una estrategia eficaz para el cambio. Pero si bien estas omisiones le permiten a Crispin una suerte de elevada libertad para escribir en términos amplios, socavan simultáneamente sus argumentos. El resultado es un libro de generalizaciones abarcadoras y afirmaciones no corroboradas que se lee más bien como un larguísimo sub-tuit.

No se trata de hacer de menos a la precisión de las críticas de Crispin, cuando llegan a lo más hondo. El pasaje arriba citado, por ejemplo, podría aplicarse con igual legitimidad a la respuesta feminista cuando Julia Gillard se convirtió en primera ministra en de Australia hace unos años. Pero podrían leerse también como una serie de argumentos pseudofeministas y verse así desdeñados por los mismos que proponen la filosofía que busca criticar. 

Esto resulta especialmente llamativo cuando el compromiso supuestamente profundo de Crispin con el amplio espectro de la teoría feminista queda representado por algo que es poco más que una lista de agradecimientos al final del libro. Al fin y al cabo, las objeciones que Crispin presenta al feminismo contemporáneo no son nuevas.  

Consideremos el pasaje con el que se inicia Feminist Theory: From Margin to Centre, de bell hooks, que sigue pareciendo tan pertinente hoy como cuando se escribió treinta años atrás: “La ideología del ‘liberal individualismo liberal atomista, competitivo’ ha permeado el pensamiento feminista a tal punto que mina el radicalismo potencial de la lucha feminista”. O las críticas dirigidas a las feministas contemporáneas por la escritora y activista Arundhati Roy, que sostiene que tomar el género “desprovisto del contexto social, político y económico lo convierte en una cuestión de identidad, en una batalla de decorados y vestimenta”.

La ausencia de teoría, historia y contexto que representa este libro dan la impresión de ser como una oportunidad perdida y hace muy difícil traducir la crítica de Crispin en una senda práctica que lleve adelante. No hay en el libro más que una mención de pasada de la interseccionalidad, que puede considerarse la teoría más destacada que circula en el movimiento feminista contemporáneo y un concepto que mantiene una relación complicada con la política, a menudo atomizadora, de la identidad que impregna tanto de la actividad feminista contemporánea que Crispin encuentra exasperante.  

De modo semejante, si su posición es fundamentalmente  anticapitalista – y en sus comentarios en otros lugares ha declarado que considera el patriarcado y el capitalismo como algo inextricable – resulta extraño que una obra por demás estridente evite ser más explícita a este respecto. Habla acerca del capitalismo, sí, pero solo en términos generales. Un análisis más profundo de los detalles abriría un amplio abanico de estrategias políticas – el sindicalismo, por ejemplo – así como un método de análisis mediante el cual identificar a un enemigo común y ofrecer así un camino por delante más concreto. 

Tal como ha sostenido Shulamith Firestone: “Antes de que podamos actuar para cambiar una situación (... ) tenemos que saber de qué modo ha surgido y evolucionado y mediante qué instituciones opera ahora”. Estas historia sobre el origen son cruciales: el reconocimento de que existe la opresión debe acompañarse de la comprensión de cómo ocurre, de qué fuerzas permiten que siga funcionando. ¿Cómo podemos, si no, desarrollar una estrategia totalizadora en favor del cambio?  

El objetivo de Firestone en The Dialectic of Sex [La dialéctica del sexo, Kairós, 1970] consistía en un intento de seguir la metodología de Marx y Engels con el fin de  “agrandar el materialismo histórico”, es decir, de ensanchar el alcance de un análisis de clase recurriendo al “enfoque científico de la historia” que caracterizaba el trabajo de esta pareja sobre el capitalismo. De manera semejante, El segundo sexo [Cátedra, 1998], de  Simone de Beauvoir – al que Firestone respondía en parte – constituía un meticuloso intento de levantar un argumento acerca de los orígenes, manifestaciones y consecuencias del sexismo utilizando a Hegel y el existencialismo como armazón.  

Con excesiva frecuencia, el patriarcado y, por tanto, el sexismo, existe en el feminismo establecido como un concepto que flota en el aire, atribuido fundamentalmente  al prejuicio personal, más que a un análisis de las condiciones materiales. Por desgracia, sin estas nociones teóricas, esos conceptos funcionan de un modo similar en la obra de Crispin: lo bastante vagos como para que el lector los adopte de cualquier manera que vea adecuada.  

En la medida en que el trabajo de Crispin constituye una llamada a un compromiso más hondo, más crítico con el rico tapiz de las ideas feministas que existe fuera del feminismo establecido  – para el desarrollo de posibilidades alternativas y nuevas ideas sobre cómo erigir una resistencia colectiva a las fuerzas de la opresión – es bienvenido. Es decepcionante, sin embargo, que su libro mismo se quede corto al tratar de ofrecer esas mismas cosas que son de lo más necesarias.

periodista y escritora, es redactora de la sección cultural de la edición australiana del diario británico The Guardian. Su primer libro, Who Killed Davey Browne? lo publicará Penguin en 2019.
Fuente:
The Guardian, 8 de marzo de 2017
Traducción:
Lucas Antón