Sobre "Compostela Aberta" y los límites del municipalismo

Martiño Noriega

Daniel Salgado

02/10/2018

Publicamos un nuevo capítulo del libro A contradicción permanente (Editorial Xerais) El libro reúne una serie de conversiones entre Martiño Noriega, alcalde de Santiago, y Daniel Salgado, periodista. En este capítulo intercambian opiniones sobre el proceso de formación de la candidatura que ganó las elecciones municipales, de sus expectativas y de la experiencia de estos años de gobierno. Un texto útil para la reflexión y la preparación de las próximas elecciones municipales previstas para mayo de 2019. En parte es continuación del texto que publicamos unas semanas atrás.

Daniel Salgado. ¿Cómo recuerdas la conformación de la candidatura?

Martiño Noriega. Fue intuitiva. Lo único que pedí en las primarias fue identificar un grupo de personas vinculadas con el proyecto original. Y que fuese equilibrado entre sectores ciudadanistas y sectores partidarios, pero sin ir a un reparto de cuotas. Hubo una configuración intuitiva que después se reflejó en la lista definitiva, pero nunca fue de proyección personal mía. Además, me faltaban datos para poder hacerlo. Ejercí un liderazgo para que todo el mundo se sintiese mínimamente representado. Y quería un equilibrio para que la candidatura no significase una ruptura con la línea que había mantenido coherentemente Compostela Aberta. Que la gente que estaba desde el comienzo apareciese allí. Pero yo no conocía personalmente a mucha de esa gente.

D.S. Por volver a uno de los lugares comunes de eso que venimos identificando, que se identifica, como “nueva política”, ¿las elecciones primarias de Compostela Aberta funcionaron como elemento democratizador o fueron más bien un sistema de reparto de espacios, como ha sucedido en no pocas ocasiones a lo largo de estos años?

M.N. Fue un proceso democratizador y arriesgado. Blindamos un equipo para entrar en la institución con apoyo masivo. Pero no había listas “plancha”. Podías identificar quién formaría tu equipo, pero la persona a la que votabas en octavo lugar llevaba una octava parte de los votos. Y cualquier otra persona que se presentaba por libre llevaba un voto completo si era marcada como primera. ¿Por qué entraron al final la mayoría de esos hombres y de esas mujeres? Porque se respetaba el trabajo que se había hecho durante esos meses. No había una usurpación del proyecto. Además, se dio una corresponsabilidad de los partidos, que se diluyeron en ese espacio. Fue una suma de elementos, y eso generó un apoyo masivo, y la casualidad de que entrase mayoritariamente el grupo que yo identificaba como adecuado, cuando eso era materialmente difícil. Porque el proceso electoral estaba pensado para, desde un punto de vista democratizador, evitarlo. Con sus pros y sus contras, porque una candidatura ciudadanista de unidad popular también tiene derecho a decidir en un proceso interno los equipos con los que entra en la institución. No puede imponerse el discurso de “cada uno se lo componga como pueda”, porque eso es alejarse de los procesos cooperativos.

D.S. Las tensiones entre contingentes ciudadanos ajenos a los partidos, pero politizados y la militancia más, digamos, clásica aparece constantemente cada vez que se intenta construir nuevas herramientas políticas de agregación de fuerzas antineoliberales. En el caso de Compostela Aberta, ¿fue difícil conseguir el apoyo de los partidos de izquierda y nacionalistas al proyecto?

M.N. No. Cuando yo acepté entrar, se desbloqueó. Supongo que porque yo procedía de espacios de unidad popular en los que había participado activamente y en primera línea. Había una confianza, porque independientemente de mi militancia en Anova yo siempre había apostado por el encuentro alrededor de un común denominador. Había ganado la fama, no sé si justa o injusta, de persona que intentaba conciliar a favor de la unidad popular. No se me veía como amenaza. Fui candidato de consenso siendo portavoz nacional de Anova. Hubo un momento en el que Podemos votó y ganó la opción de integrarse en Compostela Aberta contra el criterio de su propia dirección local. Si eso no llega a haber ocurrido, habría sido un problema. Podemos al final no presentó candidatos a las primarias, pero perfiles ciudadanistas que ahora están en el gobierno fueron propuestos por ellos.

D.S. ¿Puedes poner un ejemplo?

M.N. Marta Lois [actual concejal de Igualdad, Desarrollo y Turismo], sin adscripción partidaria, o Jorge Duarte [actual concejal de Espacios Ciudadanos, Derecho a la Ciudadanía y Movilidad]. Había gente que se proponía y que al final no fue en la lista porque no podía. La propia Concha [Fernández, actual concejal de Políticas Sociales y Diversidad], aunque venía más de sectores vecinales. Yo intentaba configurar un equipo en el que todo el mundo se pudiese sentir reflejado. Directa o indirectamente. A día de hoy, con perspectiva, creo que fue un proceso irrepetible. Se decantó naturalmente. Ahora puedo entender por qué, pero en aquel momento no tenía tiempo ni para pensarlo.

Reivindicación y transformación

D.S. ¿Cuál era el factor más importante del proyecto político de Compostela Aberta una vez configurada la candidatura?

M.N. La épica. No, lo más importante era un gran discurso de reivindicación y regeneración después de lo que había sucedido, un ajuste de cuentas con cuatro años nefastos de la ciudad. La ciudad no podía avalar lo que había ocurrido. Necesitábamos algo alternativo, antitético. No nos valen ni siquiera partidos que, con luces y sombras, pero con cuestiones positivas, habían estado trabajando en el ayuntamiento. Había que romper. Buscábamos una antítesis de lo que había ocurrido. El debate se polarizó terriblemente, y el motor de todo aquello fue el romanticismo.

D.S. ¿Y los elementos estratégicos, el horizonte de transformación política?

M.N. Había un discurso de recuperación de los recursos y de los servicios públicos.

D.S. Que está directamente relacionado con la denuncia y superación de la corrupción.

M.N. Sí, porque la mayor parte de la corrupción se había dado en los servicios en concesión, como en muchos otros ayuntamientos. Había además un ADN en la candidatura que tenía que ver con la participación y dación de cuentas, muy intuitivo también, poco estructurado. Se sigue aplicando y seguimos rindiendo cuentas todas y todos en asambleas abiertas. En esa dimensión hay una exigencia positiva, aunque a veces sea difícil de atender. Había también una apuesta por la laicidad en una ciudad que es Reserva Espiritual de Occidente. Recuerdo que fijamos posición ya durante la campaña. No hemos engañado a nadie. Había un discurso conceptual elaborado sobre el urbanismo y la movilidad en el que Jorge [Duarte] mantiene una posición interesante en relación con el modelo turístico de la ciudad, con el casco antiguo y el patrimonio, que incluye nuevas fórmulas de gobernanza del turismo, la alarma sobre la saturación de usos, el establecimiento de un período de suspensión de licencias hoteleras… Había asimismo una actitud, para mí importante, relacionada con que no veníamos para las grandes obras. Podemos entender que es necesaria una estación internodal para un plan de movilidad. O podemos entender que se necesita la depuradora, porque nos van a multar pues estamos contaminando. O las conexiones del cierre de la ciudad.

D.S. Pero ésas, menos la internodal —que sería discutible—, no son obras espectáculo.

M.N. Se acabaron las grandes obras. Tiene que ser la legislatura de recuperar las pequeñas cosas. El mantenimiento, que encontramos a monte cuando llegamos. No alimenté expectativas, no hice ninguna gran promesa, porque era consciente de las dificultades. Importamos procedimientos de participación de la Marea Atlántica, de Guanyem… Nuestra página de participación era mimética de la de A Coruña. El motor era la necesidad de pasar la página de la vergüenza, de la falta de respeto, de la corrupción, de estar en los telediarios por inhabilitaciones, tres alcaldes… Había la necesidad de regresar a una situación, no sé si para evolucionar o para volver a una normalidad institucional.

D.S. La normalidad ya no existe.

M.N. Pero lo que se entendía como tal: “Por favor, ¿podéis dejar de pasar alcaldes y marcharos para casa?”

D.S. ¿Y cuándo percibes que podéis ganar las elecciones?

M.N. No sé qué grado hay de autoconvencimiento o de confianza en que podía darse una situación como la que se dio. Pero no había impostura. Me pasé la campaña diciendo que queríamos disputar la lista más votada al PP. De hecho, en condiciones normales nunca generaría esas expectativas. Porque todas las expectativas electorales, si no tienen algo en qué sustentarse, restan credibilidad. Pero me di cuenta el día de las elecciones de que todo el mundo pensaba que decir que íbamos a disputar con el PP el primer puesto era una estrategia. De repente, fuimos la lista más votada, y todo el mundo me dice que nadie creía en lo que yo afirmaba en campaña. Pero yo percibía en la calle que algo pasaba. Era como El club de la lucha, la película. Todo el mundo te daba ánimos. Era como si fueses llevado por la gente. Notabas esa ilusión. La campaña funcionó bien, fue diferente, emocional, creativa. Conectó con esa sensación y necesidad de cambio. En las campañas encorsetadas no ocurre eso, no hay esa frescura. Grandes actos se mezclaban con ir barrio por barrio, aunque estuviésemos con seis vecinos en cada parroquia. Llegar y decirles que queríamos escucharlos. Se generó un efecto. Empezamos la campaña con expectativas de cinco concejales y terminamos en diez. La noche electoral, en el primer tramo del recuento nos dan segunda fuerza, y el gobierno, porque el PP tenía diez y nosotros nueve. Y la gente me decía que no podía entender cómo yo estaba hiperenfadado hasta que volteamos el resultado. Todo el mundo estaba eufórico, y el único que estaba enfadado era yo. Para mí no era menor que fuéramos la lista más votada y que les venciésemos en el campo de lo simbólico. Aunque no lo fuésemos, había una amplia mayoría de centroizquierda e izquierda en la ciudad. Quería un cambio. Ésa era la foto de las votaciones. Pero ganar también en lo simbólico nos blindaba, nos daba estabilidad. Siempre tuve la intuición de que podía pasar. No sé si era una borrachera emocional. No tenía tampoco elementos de juicio. Pero mi relación con Santiago es de toda la vida. Fui el niño de Santiago que marcha a vivir a Teo, que vivía en el Ensanche, y me paso la vida siendo el niño de Santiago que llega a Teo. Y cuando vuelvo aquí soy el de Teo que llega a Santiago. Pero yo estudié aquí y aquí ejercí la medicina. E he estado vinculado a la vida cultural de la ciudad. Pero me faltaban elementos de análisis.

D.S. Ya has explicado que tú eras consciente de los límites de la política institucional para realizar proyectos transformadores, radicales. ¿El resto de la candidatura de Compostela Aberta también lo era?

M.N. No lo era. De hecho, cuando hablaban de redistribución fiscal desde los ayuntamientos, yo decía que eso era muy difícil. Puedes gravar con determinados impuestos, como intentamos el primer año. Pero lo tumbaron PP y PSOE. Sin embargo, es muy difícil hacer política fiscal redistributiva en el ayuntamiento. O cuando hablaban de recuperación de todos los servicios en una situación en que los ayuntamientos habían perdido entre el 10 y el 15% de su personal y no podían contratar. Yo enfriaba expectativas. Pero no pretendía poner límites al campo, solo decía: “El campo está así”. Hay que ser conscientes. Además, pienso que el sector más concienciado de la ciudadanía valora cada día más que no se le vendan motos.

Elegir las batallas

D.S. La izquierda gallega, como colectivo, apenas parece preocupada por estas cuestiones. Atrapada mayormente en lógicas electoralistas, en el tacticismo extremo, y totalmente determinada por las agendas mediáticas de empresas periodísticas privadas, no se ocupa de negociar horizontes de transformación, no delibera sobre lo que se necesita. ¿Qué puede hacer para superar esas limitaciones?

M.N. Elegir las batallas que quiere dar. Y darlas, no aplazarlas todas. ¿Hay que recuperar servicios? Veamos cuáles podemos recuperar con garantías y cómo de nerviosos se ponen determinados poderes fácticos. ¿Vamos a empoderar a la gente? Habilitemos procesos de participación vecinal, presupuestos participativos… Sin hacer abdicación de las responsabilidades en la institución, porque no se puede decirle a la gente: “Gobernad vosotros, que nosotros hemos venido para figurar”. Tiene que haber una responsabilidad en la institución día a día. Es necesario hacer contrapeso a la especulación urbana. No se puede hacer la gran revolución, pero puedes ser incómodo. Y has de saber que gestionas un ayuntamiento, debes cuidar los espacios públicos, los pequeños detalles, empatizar con el día a día de la gente. La gente valora los símbolos, las conquistas, pero también valora tener centros educativos que le permitan conciliar, espacios públicos donde hacer vida, y un modelo de seguridad que no sea intervencionista. Quiero decir, que es preciso hacer muchas cosas que se escapan del discurso de ruptura. Nunca se puede renunciar a la ruptura, siempre tienes que mantenerte en la incomodidad, pero nunca puedes olvidar que también has de gobernar para vecinos que quieren servicios de salud públicos, espacios públicos y un modelo de convivencia inclusivo.

D.S. Pero el neoliberalismo es tan radical que impide incluso cuestiones que eran de sentido común colectivo.

M.N. Pienso: en el año y medio que llevamos en el Ayuntamiento, hemos aprobado una renta social pionera en todo el Estado, que va más allá que la de A Coruña, porque reconoce a los “sin papeles”. Es importante. Queda aplicarla. Porque te enfrentas a una maquinaria burocrática terrible. Nosotros, en Santiago, hemos tenido que cambiar el espacio de gestión y actuación de la renta social. Las personas excluidas eran consideradas asociaciones de vecinos en la ley de subvenciones. Se les obligaba a justificar previamente los gastos, a que no tuviesen deudas con las administraciones locales ni cargas. Además, el período de concesión de la renta se demoraba meses, cuando estás viviendo en la calle o a punto de quedarte sin casa. O, otro ejemplo, pones en marcha presupuestos participativos y tienes que consolidarlos. ¿Será suficiente? No lo sé, pero es la contribución que puedes hacer. ¿Puedes ir más allá? Quizás sí. Pero si puedes, nosotros no estamos preparados para ir. Al menos, colectivamente, como izquierda en Galicia. Individualmente, cada cual tiene sus anhelos. Y yo, los míos. A día de hoy, necesitaría gente en el Ayuntamiento que me diese la posibilidad de hacer muchas cosas que quiero hacer. Porque tengo disponibilidad personal para hacerlo todo. Cada vez que se me formulan cosas arriesgadas, digo: ¿Podemos elaborarlo? “Sí, pero, ¿vas a poner tú la firma?” ¿Dónde hay que ponerla? Pero faltan lanzaderas transformadoras. Y, aun así, en año y medio hemos desarrollado cosas interesantes.

D.S. ¿Hay algún elemento del proyecto político de Compostela Aberta que tú consideres fundamental pero que va a ser difícil realizar?

M.N. Las municipalizaciones y remunicipalizaciones tienen muchas dificultades. Pero debemos de obligarnos, cuando menos, a los grandes proyectos. Al agua, por ejemplo. Las principales resistencias están en la recuperación de espacios para lo público. Ahí va a estar el reto. El resto se permite. La renta social es un mal menor. Incluso en clave de sistema, reduce problemas. Lo del turismo, pues dicen: “Qué pesados son éstos de Compostela Aberta, que no nos dejan hacer hoteles con encanto en el casco antiguo, ahora quieren una tasa”. Es un mal menor, no pones en peligro la evolución natural de determinados poderes económicos. Pero si entras en la iniciativa privada, en el agua, en los grupos concesionarios, en la publicidad institucional y en las influencias, tocas en hueso. Se ve en la propia casa, en el Ayuntamiento, incluso en grupos políticos que dicen estar a favor de remunicipalizar, pero que nunca se movieron para hacerlo, sino al contrario, en su día lo entregaron todo en concesión. Tienen grandes resistencias. Exigen a la institución lo que no se le exige a ninguna concesionaria privada. Le exigen que justifique lo que nunca se exige a nadie. Ese va a ser el principal problema. ¿El resto? Dinamización cultural, apuesta social, con eso tienen menos problemas. Hace poco, aparecíamos como el Ayuntamiento que más había aumentado la contribución social per cápita. Esas cosas son más asumibles. Otra cosa es que sean valoradas. Pero la remunicipalización va a ser un caballo duro.

D.S. ¿Y hay elementos que consideres irrenunciables dentro de este proyecto político?

M.N. La línea roja está en que no se reproduzcan las dinámicas corruptas de los últimos años. Hay un interés del sistema en homologarnos. Yo defiendo la insumisión controlada al marco legal. Con controlada quiero decir no suicida. Hay que bordear el sistema. Para municipalizar tienes que asesorarte, intentar reforzar al personal en las instituciones. Pero soy consciente de que, si desafías a los poderes económicos, si entras en tramas organizadas, o tocas sensibilidades complicadas, pueden acabar disparándote todos los sectores. También el judicial. Pero sería una bomba de relojería si en algún momento se llegase a dar alguna práctica corrupta. Eso sería la muerte de este espacio político. Porque yo, de momento, no renuncio a nada de lo que se puede hacer.

D.S. Tampoco parece que haya mucha preocupación por dejar de serlo. Es frustrante. Nadie nace aprendido, pero, vamos, esforcémonos por aprender. Pero la izquierda gallega no parece preocupada.

M.N. El proceso es tan agobiante y tan acelerado que también se aprende a renunciar. Y eso es una derrota. Pero negarte a aprender a renunciar no significa negarte a aprender. A elegir las batallas.

Médico. Es alcalde de Santiago de Compostela.
es periodista y poeta.
Traducción:
Antón Dobao