Saludemos a Justin Trudeau, el más reciente ejecutivo petrolífero del mundo

Bill McKibben

18/07/2018

En caso de que alguien se lo preguntase, así es cómo se acaba el mundo: con el líder más mono, progresista y marchoso del mundo totalmente en el bote de la industria petrolífera.  

El gobierno de Justin Trudeau anunció el martes que nacionalizaría el oleoducto Kinder Morgan, que discurre de las arenas alquitranadas de Alberta a las marismas de  la Columbia Británica. Soltará al menos 4.500 millones de dólares de los contribuyentes a cambio de los derechos de propiedad de un oleoducto de sesenta años en el que se originan fugas regularmente, y del derecho a forzar un segundo oleoducto en la misma ruta, una propuesta que ha provocado una contundente oposición. 

Esa oposición proviene de tres fuentes principales. Para empezar, están los grupos de las Primeras Naciones [aborígenes] de Canadá , que no quieren que se utilicen sus tierras para este propósito sin su permiso y que temen los efectos de los vertidos de crudo en los océanos y bosques de los que dependen. En segundo lugar, están los habitantes de  la costa occidental de Canadá, que no desean que cientos de petroleros adicionales surquen las angostas ensenadas en torno a Vancouver, con la teoría de que finalmente se producirá un vertido de crudo. Y en tercer lugar tenemos a los científicos del clima, que señalan que aunque el oleoducto de Trudeau no vierta crudo, verterá carbono a la atmósfera. 

Mucho carbono: Trudeau les dijo a los ejecutivos petrolíferos el año pasado que “ningún país que descubriera 173.000 millones de barriles de petróleo en el subsuelo  los dejaría allí sin más”. Esa es aparentemente la cantidad que planea extraer y quemar, y si tiene éxito, la mitad del 1% del planeta que es canadiense se habrá adjudicado casi un tercio del presupuesto de carbono restante que queda entre nosotros y el aumento de 1,5 grados de temperatura que el planeta trazó como línea roja en París. No hay forma de darle vueltas a las matemáticas que lo haga bueno: los canadienses emiten ya más carbono per cápita que los norteamericanos. Qué diablos, que los saudíes.

¿Es esta una decisión financiera inteligente que hará de algún modo más rico al Canadá? Desde luego, no a largo plazo. Se estima ya que limpiar el complejo de arenas alquitranadas de Alberta – la mayor y más fea cicatriz sobre la superficie de la tierra –  va a costar más que el total de los ingresos generados por todo el petróleo que ha salido del subsuelo. Entretanto, cuando algo vaya mal, Canadá ya estará obligado: cuando BP alquitranó el Golfo de México, los EE.UU fueron capaces por lo menos de pasar una factura de miles de millones de dólares en multas para contribuir a la limpieza. Canadá conseguirá demandarse a sí misma. 

No, se trata sencillamente de un primer ministro asustado que juega a hacer política. Le preocupan las reacciones en Alberta si no se construye el oleoducto, y así ha hipotecado su credibilidad. Su predecesor, Stephen Harper, probablemente no se habría atrevido a intentarlo: el clamor de los medioambientalistas y las Primeras Naciones habría sido demasiado abrumador. Pero Trudeau cuenta con el hecho de que su encanto liberal limará asperezas. Puesto que tiene a Trump para poder apuntarle con el dedo – un auténtico negacionista del clima – acaso salga bien librado de esta.

Pero a mí me parece una mala apuesta. Enfrentado a la misma situación –una revuelta a causa del oleoducto Keystone XL – Barack Obama lo demoró durante varios años. Decidió en última instancia que no podía defender el costo climático de construirlo y se convirtió así en el primer líder en rechazar una gran infraestructura sobre la base del calentamiento global. Trudeau ha hecho exactamente lo contrario, y ahora veremos si quienes se oponen al oleoducto van a ceder.  

Estuve en Vancouver hace dos semanas para ayudar a los activistas a recaudar fondos destinados a pagar abogados, y mi impresión es que la desobediencia va a continuar: a día de hoy han detenido a dos parlamentarios, un recrudecimiento que no hemos visto nunca en los Estados Unidos. Los ancianos Coast Salish [grupo de pueblos indígenas del noroeste del Pacífico] han construido una “casa de vigilancia” a lo largo de la ruta del oleoducto y, al igual que en Standing Rock, han ido llegando a raudales otros activistas nativos: me imagino que hacer de este petro-colonialismo algo oficialmente patrocinado por el Estado no hará más que templar la resolución de la gente. El enfrentamiento será poderosamente simbólico: los kayaktivistas, por ejemplo, han remado pacíficamente en torno a la terminal del oleoducto, al menos hasta que Kinder Morgan colocó una antipática barrera de alambre de concertina en medio del puerto. 

Hoy es Trudeau el propietario de las concertinas, es Trudeau el que ha de batallar contra su propio pueblo. Todo en nombre del vertido de más carbono a la atmósfera, de modo  que puedan hacer un poco más de dinero las empresas petrolíferas en el otro extremo del oleoducto en Alberta. Sabemos cómo recordará la historia a Justin Trudeau: no como a un progresista soñador sino como a un patético empleado más de la industria más opulenta, más temeraria de la historia del planeta.

Es profesor en el Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña mundial de base dedicada a combatir el cambio climático.
Fuente:
The Guardian, 30 de mayo de 2018
Traducción:
Lucas Antón