Resistir sin los metalúrgicos

Alfio Mastropaolo

17/06/2018

No se gobierna contra los metalúrgicos. Lo tuvo que decir hace casi medio siglo un hombre político de indiscutible inteligencia como Giulio Andreotti. Daba en el blanco: en el paisaje social y político de esa época los obreros metalúrgicos, congregados  en las  fábricas y organizados por los sindicatos, constituían una acumulación de poder temible como pocas. Su potencial de intimidación, y el arrastre que ejercían sobre la clase obrera en general, eran una suerte de equivalente del monopolio de la coacción que ejerce el Estado.

No hace falta infravalorar el papel de las ideas ni de las pasiones políticas. Pero las ideas de renovación y los grandes diseños de cambio del mundo han hecho camino y se han traducido en grandes medidas reformadoras e igualitarias porque encontraron las piernas de los metalúrgicos y de la clase obrera que las llevaran.   

En realidad, muchas medidas reformadoras se introdujeron también por quienes se alineaban del lado de los dominadores, a veces por cálculo, otras veces por sincero convencimiento: para prevenir la rebelión obrera; para contener los daños producidos en la vida colectiva por la miseria, por el desempleo, por la enfermedad, para estabilizar – las reformas keynesianas – la inestabilidad del mercado oponiéndole la estabilidad de la acción estatal.

Una sociedad miserable y desordenada, presa de los caprichos del mercado, tampoco le conviene a muchos de los que ocupan posiciones de dominio, económico, político, cultural. Entre los dominantes, hay, sin embargo, quien sinceramente considera  injusta e inaceptable una sociedad desordenada y miserable. El potencial de intimidación de la clase obrera ha sido, sin embargo, el presupuesto último de toda reforma.

También el desorden suscitado por las movilizaciones campesinas o por las protestas de otras clases intimidaba. Pero no era tan poderoso como el de aquellos que podían bloquear las fábricas, o lo era porque existía la clase obrera. La cual, por esta razón, ha sido protagonista de un buen trecho de historia europea. El gran hallazgo del postfordismo y del neoliberalismo ha sido su dispersión, es decir, la de las fábricas, con la disolución del núcleo de energía que contenían. 

¿Qué papel han desempeñado los partidos de la izquierda? Durante un tiempo muy largo, junto a los sindicatos, han congregado y dado valor al potencial de intimidación de la clase obrera volviéndolo aprovechable frente al régimen representativo-democrático: han agregado a su alrededor otros intereses y a otros estratos sociales. Han sido directores de escena,  desde la oposición y desde el gobierno, de las iniciativas de reforma, obligando a los dominadores hostiles y cooperando con aquellos capaces de mirar más lejos.

La bancarrota de los partidos de izquierda se inició cuando renunciaron a proteger el potencial de intimidación sobre el que se fundaba su poder. No hay que excluir que ese potencial fuese indefendible, que el progreso tecnológico excluyese toda defensa. Pero hay razones óptimas para considerar que no fuese el caso. El progreso tecnológico no tiene un rumbo ciego, incontrolable y obligado. Está orientado, y está orientado por diseños de poder. Se podía, quizás, orientarlo de otro modo. .

Los partidos de izquierda se convencieron, por el contrario, de que asentarse en el poder, o en sus alrededores, y tener acceso a sus recursos, les ofrecía los medios para reproducirse electoralmente. Mientras lo esencial de las conquistas conseguidas a través de grandes reformas estaba a esas alturas defendido suficientemente por los derechos inscritos en las cartas constitucionales, confirmados a veces internacionalmente. Cuando apareció el neoliberalismo pensaron, sin embargo, que una poda de las prestaciones del welfare sería, a fin de cuentas, un precio soportable. Mejor el mérito que la igualdad. Un poco de reconocimiento a las diferencias, a las mujeres y a cualquier otra minoría, a las víctimas de las infinitas violencias, habría colmado el hueco. 

La historia es bien conocida. Sin luchar, cortaron la rama sobre la que estaban sentados. Se inició a partir de entonces una acción de desmantelamiento de las reformas y de los derechos mismos, que está haciendo que se deslicen partes cada vez más extensas de las sociedades occidentales hacia la pobreza y el desorden, que a largo plazo ha provocado la bancarrota de los partidos de izquierda y la degradación de los regímenes democráticos. 

El deslizamiento no ha sido incontrolado. Antes bien, los dominantes lo han pilotado. Hay sociedades, o partes de la sociedad que se han defendido porque estaban mejor equipadas. A menudo a expensas de otros más débiles. El resbalón es general. No sabemos cuanto tiempo durará, pero ya sufrimos las consecuencias. Que no se circunscriben a las sociedades occidentales.

Un solo ejemplo. Gracias a la globalización, los dominadores occidentales se han procurado nuevas oportunidades de enriquecimiento, decisivas, de consuno con la tecnología, para liberarse del potencial de intimidación de la clase obrera. La globalización se ha visto, sin embargo, acompañada de una terrible secuencia de empresas militares a una enorme escala. La devastación que la ha seguido es, empero, peor, y quizás también más sanguinaria que las devastaciones y opresiones del colonialismo y del imperialismo. Las grandes migraciones son uno de los efectos más peligrosos de ello

El malestar y la turbación de las sociedades occidentales los tenemos ante los ojos. Los electores abandonan los partidos de izquierda convencionales. Abandonan también los partidos moderados. O se refugian en la abstención. Y muchos se dejan persuadir por quien les promete alguna clase de protección: por Trump, por Macron, por Grillo, por los populistas de toda laya. Los populistas de extrema derecha, que explotan los sufrimientos y el desorden, están en rápido crecimiento. Los dominantes se están adaptando. Gracias a ellos aparece en escena un nuevo dualismo: excluida la izquierda, la contienda se produce entre la derecha populista y la derecha soft. Se hacen oposición a sí mismos. 

Los regímenes democráticos, con su preciado aparato de reglas y de derechos, están en peligro. Italia podría ser la primera democracia en caer, como sucedió en los años veinte. Evidentemente, de otro modo. La historia no se repite. Las sociedades en las que vivimos son demasiado complicadas para que se pueda comprimir y reprimir como hizo el fascismo. Presión y represión son posibles quizás en China, donde por otro lado las clases dirigentes parecen haber comprendido que no se debe exagerar. Lo han comprendido también los dominadores occidentales, que recurren a formas de presión y represión bastante sutiles. La ignorancia de masas está entre ellas, la desinversión en la enseñanza pública: las competencias, un poco de inglés y de informática, la cultura no se come. Si luego explotan los casos de acoso, hilvanamos un bonito escándalo y lo remediamos con un poco de rigor.

De ahí el abatimiento generalizado de las capacidades críticas, el aturdimiento de las jóvenes generaciones. La miseria, el temor a la miseria y a lo desconocido, la incomprensión de lo que sucede están convirtiendo a amplios sectores de las sociedades occidentales en egoístas y malvados, y están persuadiendo a estas últimas a coronar a dirigentes políticos y malvados también ellos, pero sobre todo capaces de explotar el descontento y de alimentar el egoísmo y la malevolencia. En conjunto, para Occidente y para el planeta, la perspectiva es la de un futuro de desorden desmesurado. Que en buena medida es precisamente desorden conscientemente promovido y liberalizado. Renuncia a gobernar, o gobernar no gobernando.

¿Qué hacer? Algo que hacer hay siempre, aunque sea difícil. La cosa más segura es que hace falta preocuparse en serio. Ya basta de ocurrencias, de fácil demagogia y de remedios fáciles y de bajo coste. En segundo lugar: es banal, pero hace falta elaborar una idea de sociedad alternativa a ésta a la que estamos sometidos de momento. Ideas al respecto circulan en abundancia. A veces dar un poco de marcha atrás es una forma de ir adelante. El problema es que falta el entendimiento. 

Una parte amplia de la izquierda, véase el PD, está por ejemplo convencida de que el neoliberalismo y la globalización son tendencias ineluctables. Otra parte piensa, no del todo sin razón, que, en vista de los vínculos internacionales, se debe proceder con mucha cautela. Otros, una vez más la izquierda radical, son de la idea de que se debe actuar de todos modos: rehabilitar la intervención del Estado, mantener la ocupación, incluso a costa de chocar con esta Europa que odia a los europeos.

¿Será posible elaborar un proyecto compartido? Sería mientras tanto condición previa que todos, con pleno sentido de responsabilidad, dejaran de hacerse la guerra e intentáramos reflexionar juntos, partiendo incluso de ideas opuestas. Por desgracia, oportunismos, rencores, incompatibilidades personales obstaculizan esta posibilidad.

La otra cuestión estriba en cómo substituir el potencial de intimidación de la clase obrera. ¿Es posible hacerlo? Hay motivos para considerar que ese potencial, que se expresaba a través del conflicto social, es por el momento insubstituible. La alternativa consiste en una floración de resistencias fragmentadas, dispersas, ocasionales y reacias a acumularse. Quizás ha terminado, por ahora, el tiempo conflicto social. Una resistencia de amplio alcance puede producirse únicamente en el terreno electoral.

Haber conseguido que destaque este terreno, para ellos más propicio, supone otro extraordinario éxito político de los dominadores, los cuales, dotados de un arma formidable como son los media, han podido así dejar fuera del mercado el fascismo d’antan. No se ha dicho, sin embargo, que tienen verdaderamente la exclusiva de los media  y que no hay otras maneras para congregar el seguimiento electoral que haría falta.

Las víctimas de la actual situación son muchísimas. A menudo no son conscientes de serlo, ni siquiera de en qué medida lo son. La victoria de los dominadores estriba en haberlos dividido, en mantenerlos heterogéneos, en haberlos puesto a competir entre ellos. ¿Se les podrá persuadir de que en su situación existencial es mucho más lo que les une que no los motivos para estar separados? Que la responsabilidad de esa situación no es de otros pobres, como los inmigrantes, sino de otros dominadores? ¿Que la lucha por la paridad de género y la lucha por el trabajo son complementarias, no alternativas? ¿Que el regalo más precioso que puede hacerse a los dominadores es la guerra entre los últimos, los penúltimos, los antepenúltimos? ¿Hace falta un partido o un movimiento? Quién sabe. Hace falta de todos modos juntarse. 

En otros países, en España, Inglaterra, Francia, algo se ha movido. ¿De nuevo tendrá que ser Italia la primera democracia en caer? ¿Es posible abrir una discusión larga y más profunda, en lugar de llorar por los desastres que están preparando Di Maio y Salvini?  El poder es también como lo hacen sus opositores.

catedrático de Ciencias Políticas del Departamento de Culturas, Política y Sociedad de la Universidad de Turín, es autor de La democrazia é una causa persa? Paradossi di un´invenzione imperfetta (Bollati Boringhieri, 2011).
Fuente:
Sbilanciamoci.info, 28 de mayo de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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