Por qué los ministros europeos de Interior dominan los asuntos exteriores

Marco Bascetta

22/06/2018

En medio de la barbarización de Europa, los líderes se encaminan a una cumbre prevista para el 28 de junio. Tómese un dirigente político al azar para hacerse una idea de lo envenenado que se ha vuelto el aire del Viejo Continente. 

El Ministro de Justicia británico está proponiendo enfrentarse al éxodo de trabajadores de la UE que seguirá al Brexit substituyéndolos por reclusos del país. Dinamarca, ya al frente del acoso a inmigrantes, quiere prohibir la práctica de la circuncisión. Austria lleva a cabo maniobras militares en la frontera para prepararse para una imaginaria invasión de inmigrantes. El ministro alemán de Asuntos Internos, Horst Seehofer (CSU), anda intimidando a Angela Merkel, como parte de su campaña electoral bávara, para que endurezca las fronteras alemanas y limite el número de solicitantes de asilo, medidas políticas que la canciller ha considerado siempre incompatible con la naturaleza y los valores de la Bundesrepublik. El italiano Matteo Salvini ha cerrado los puertos y abierto la boca para repetir amenazas y obscenidades. Todo el mundo trata de crear un entorno duro para los inmigrantes.   

Uno de los efectos perversos del nacionalismo en ascenso es que la política exterior se está externalizando a los ministerios de Interior. Son éstos los que monopolizan el debate sobre los tratados, negocian con países no europeos (como, por ejemplo, Libia, Turquía), condicionan las relaciones entre países europeos, fragmentándolos en presuntos ‘ejes’ o alianzas, e imponen sus propias fantasías geopolíticas. Se trata de una consecuencia directa de la primacía que se otorga a los intereses nacionales, entendidos por encima de todo como pantalla o protección respecto a la comunidad política supranacional o a los demás en general. La idea de la nación es quizás el ejemplo más clásico del universalismo que se convierte en su contrario, desarrollándose así en un conflicto latente o explícito entre reclamos particulares que no se muestran muy predispuestos a la mediación. La Unión Europea se está hundiendo hoy en día debido al fuego cruzado del nacionalismo norteamericano de Donald Trump y a sus tendencias nacionales internas. Empezando por el este de Europa, estas tendencias nacionales no sólo rechazan a los inmigrantes sino que están fomentando asimismo ideas sociales que son muy distintas de las que conocimos en Europa Occidental después de la guerra.  

Así pues, deberíamos centrarnos en la naturaleza de este cambio imprevisible y bárbaro. El discurso xenófobo, y aún más el discurso racista, tiene algo indomeñable e incontrolable. Fuerzas políticas marginales han detonado estos discursos en una extendida desorientación generada por transformaciones productivas y dentro del ataque a los salarios y condiciones de vida que las acompañaban. Consideraron la posibilidad de proponer una solución nacionalista y autoritaria para lograr una posición central. Por consiguiente, los inmigrantes han sido el blanco más fácil de atacar.     

Así pues, en esta situación de violencia física y verbal, las filas xenófobas se han acrecentado. No porque se basaran en alguna filosofía racial o en una concepción cultural de identidad, sino porque culpar a los inmigrantes es la forma más sencilla de adquirir consenso y poder. Una vez despertado el feo perro del racismo, se hará necesario seguir alimentando su hambre insaciable.   

En este momento, la discriminación-persecución-expulsión de inmigrantes se ha convertido en condición ineludible de consentimiento. Cualquier fallo en este frente convertiría a los dirigentes nacionalistas en traidores a la patria. Por lo tanto, los líderes seguirán expresando cinismo, brutalidad, soluciones y una escenificación cada vez más grotesca.  

Por otro lado, con tonos más hipócritas y tortuosos argumentos, hasta la izquierda creyó que podía recuperar el consenso por medio de la intolerancia hacia los inmigrantes. Propuso la idea, desmentida por cualquier experiencia histórica, de que bloqueando los flujos migratorios, el racismo y la xenofobia desaparecerían de modo natural y de que los “ciudadanos de verdad”, devueltos al centro de la atención por sus gobiernos, les mostrarían gratitud. 

A partir de todo esto, no podemos deducir más que un pronóstico ominoso. Dicho de otro modo, Europa se vuelve cada vez más rehén de los estados nacionales, a causa de sus vetos y de la demagogia que predomina en la política nacional. Por añadidura, los estados nacionales se vuelven cada vez más rehenes de fuerzas derechistas radicalizadas, que quieren imponernos un “nosotros” para ahogar las contradicciones sociales y consolidar el orden jerárquico de todo nacionalismo

(1952), periodista del diario il manifesto, de cuyas páginas culturales fue responsable entre 1975 y 1991, así como de Manifesto Libri y la revista mensual Global. Es también uno de los autores de La renta básica como nuevo derecho ciudadano (Trotta, Madrid, 2006).
Fuente:
il manifesto, 21 de junio 2018
Traducción:
Lucas Antón