Palestina 1948: Partición, desposeimiento y fragmentación

Richard Falk

22/04/2018

Israel ha logrado moldear y desviar el discurso público sobre el futuro de Palestina de manera brillante durante muchos años. Entre sus primeros logros en este sentido cuenta con la victoria propagandística de conseguir que la guerra de 1948 sea conocida internacionalmente como la “guerra de independencia”. Esta denominación borra a los palestinos de la conciencia política y distorsiona las consecuencias humanas y políticas más profundas del conflicto armado. El lenguaje importa, especialmente en circunstancias vitales, cuando hay ganadores y perdedores, y ese es el caso de una guerra de desposesión, como aquella.

Les llevó décadas a los palestinos elevar sus experiencias de la guerra de 1948 incluso a conocimiento de aquellos a nivel internacional que respaldaban la lucha nacional palestina por su autodeterminación. Incluso ahora, más de medio siglo después de la guerra, la Nakba, como la llaman los palestinos, permanece internacionalmente en segundo plano. La palabra significa “catástrofe”, debido principalmente a que al menos 700.000 residentes no-judíos de Palestina fueron despojados tras 1948 de sus propiedades en el nuevo Estado de Israel y les negó el derecho de retorno a los palestinos que habían abandonado sus hogares y pueblos por miedo o como resultado de la coerción israelí. Este doble proceso de desposeimiento y destrucción fue llevado a cabo por la fuerza, mediante la demolición y la total destrucción de entre 400 y 600 pueblos palestinos en el nuevo Estado de Israel.

Es llamativo que incluso aquellos que han aceptado la concepción revisionista de la Nakba suelen tratarla como un acontecimiento calamitoso, pero rara vez la abordan como un proceso. Para los palestinos que fueron desposeídos de sus hogares, sus tierras, sus comunidades, de su empleo y dignidad, y para sus familiares y posteriores generaciones, la vida ha sido un calvario. Y esto es así por la miseria y humillación que acompañan la residencia prolongada en campamentos de refugiados o por las tantas vulnerabilidades y el desarraigo que implica un exilio involuntario y permanente. En otras palabras, la tragedia de la Nakba no concluyó con los traumas de la desposesión, sino que se prolongó en las horribles experiencias que le siguieron. Y eso debe entenderse como consecuencias inseparables de la catástrofe originaria.

La resolución de participación de la ONU

Para muchos pensadores palestinos la dura prueba que supuso la lucha por el control del territorio y sus derechos fundamentales –tras la resolución 181, aprobada por 33 votos contra 31 (con diez abstenciones y una ausencia) en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 29 de noviembre de 1947– se agravaron durante décadas después de 1948.

Una muestra del dominio israelí sobre el discurso público internacional fue la dramatización de la aceptación sionista (representada por la Agencia Judía para Palestina) de la propuesta de partición de la Palestina histórica, mientras los palestinos, sus vecinos árabes, India y Pakistán la rechazaron, señalando que llevarla a cabo sin el consentimiento de los habitantes de Palestina constituía una flagrante violación de los estatutos de la ONU en relación al derecho de los pueblos a su autodeterminación y a elegir su propio destino político.

Este choque de posiciones fue interpretado entonces por Occidente como una demostración de lo “razonable” de la posición sionista ante las complejidades que suponía compaginar reivindicaciones contrarias sobre el derecho a la autodeterminación y la soberanía territorial.

El sesgo sionista-israelí consistía en afirmar que Israel estaba dispuesto a resolver el conflicto a través del compromiso político, mientras que, por oposición, supuestamente el plan palestino para el futuro del país sería exclusivista, incluso genocida, sugiriendo una supuesta intención árabe de arrojar los judíos al mar. Una afirmación que, con las heridas del Holocausto todavía abiertas, obviamente perturbaba una sensibilidad política, liberal y occidental, ya extremadamente sensible.

Una interpretación más objetiva de estas dos posiciones opuestas nos lleva a deducir una serie de conclusiones que van casi totalmente en contra de la narrativa que Israel le ha vendido al mundo sobre el plan de partición de la ONU y sus secuelas. Sin embargo, esa versión sigue siendo la dominante.

Tras un inicial y comprensible reflejo palestino de repeler a los intrusos judíos que buscaban ocupar y dividir su patria, han sido los palestinos, no los israelíes, quienes han venido proponiendo un compromiso integral, mientras que los israelíes, por lo general, sostienen la idea de que “la tierra prometida” a los judíos incluye Cisjordania y una Jerusalén unificada, y que cualquier cambio de estos objetivos sería una traición fundamental al proyecto sionista de restablecer enteramente un mítico “Israel bíblico” como Estado soberano. Los israelíes más ideologizados, como Menachem Begin (comandante del Irgún y sexto primer ministro de Israel, entre 1977 y 1983), se oponían abiertamente a la partición en 1947 –previendo correctamente que generaría violencia— y consideraban que Israel sólo conseguiría su seguridad y llevar a cabo el proyecto sionista mediante operaciones militares con ambiciones de expansión territorial. David Ben-Gurion, el principal estratega sionista y líder israelí, compartía el escepticismo de Begin sobre la partición, pero la apoyó por motivos pragmáticos, como un paso hacia en la aplicación del proyecto sionista y no como un fin. En ese sentido la partición de Palestina era considerada provisional. A partir de 1947 se buscó aplicar por completo la agenda sionista.

La partición era una conocida táctica británica colonial que complementaba aquella de “divide y reinarás”. La estrategia de la ocupación fue propuesta ya en 1937 en el informe de la Comisión Peel, pero debido a la necesidad de colaboración árabe en la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido desistió de su propuesta de dividir Palestina. En un Libro Blanco posterior, los británicos afirmaron que una partición sería “poco práctica” en el caso de Palestina, y un tanto sorprendentemente se abstuvieron de votar la resolución 181 en la Asamblea General de la ONU.

La prolongación del sufrimiento palestino

La propuesta palestina de un compromiso integral data al menos de 1988, cuando la OLP decidió aceptar a Israel como un Estado legítimo y ofreció una normalización de las relaciones, si Israel cumplía con los preceptos de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU –que exigia el retiro de las fuerzas israelíes de ocupación hasta la línea verde, las fronteras previas a la guerra de 1967, y llegar a un acuerdo sobre cómo solucionar efectivamente el asunto de los refugiados. La iniciativa árabe de paz de 2002 añadió nuevos incentivos regionales para aceptar la propuesta de compromiso político de la OLP, pero Israel respondió con el silencio y Occidente con poco entusiasmo.

Los Acuerdos de Oslo han sido un fracaso unilateral. Nunca produjeron propuestas sobre los asuntos en disputa que tuvieran alguna oportunidad razonable de generar el fin definitivo del conflicto. Mientras tanto, le daba un tiempo valioso a Israel para seguir expandiendo su red de colonias ilegales, una forma de anexión sigilosa que también servía para transformar el mantra de los dos Estados en una quimera cada vez más cruel y útil para apaciguar a la opinión pública que buscaba una paz sostenible para ambos pueblos y el fin del conflicto.

Un análisis más objetivo de las dos posiciones sobre la solución de la partición nos permite también desconstruirlas. Por un lado, el movimiento sionista tomó lo que podía conseguir en cada etapa, mientras que en el terreno y a nivel diplomático generaba condiciones para obtener más, ampliando sus reivindicaciones y expectativas políticas, “moviendo los mojones”. Esta táctica de “hechos consumados”, de pequeñas conquistas sucesivas, se puede rastrear al menos hasta la “Declaración de Balfour”, cuando los sionistas aceptaron la terminología de un “hogar nacional” judío, a pesar de sus aspiraciones iniciales de establecer un Estado judío que no asumiera los derechos morales, legales y políticos de los palestinos. Gracias a recientes investigaciones de archivos ha quedado cada vez más claro que la verdadera meta sionista siempre fue el Israel de la tradición bíblica, “la tierra prometida”, que incluiría la totalidad de la ciudad de Jerusalén y la zona que internacionalmente es conocida como Cisjordania y en Israel como “Judea y Samaria”.

Por otro lado, el rechazo palestino a la solución de partición de la ONU –que inicialmente fue respaldada por todo el mundo árabe, al igual que por la mayor parte de los países de población mayoritariamente musulmana– se basaba en que Palestina sería dividida sin ningún proceso previo de diálogo y consentimiento de la población mayoritaria establecida, ni siquiera sería consultada al respecto. Fue un intento arrogante de la ONU, que entonces era controlada por Occidente, de dictar una solución que no tomaba en cuenta las preocupaciones de los palestinos y que tampoco era conforme al espíritu ni la letra de sus propios estatutos.

Interpretar el rechazo palestino de la resolución 181 de la Asamblea General como una muestra de antisemitismo o siquiera como un rechazo de la existencia misma del Estado de Israel es aceptar una explicación acorde a la narrativa israelí, que ignora el desastroso legado de la partición. Esta explicación desconoce también las dinámicas reales que han mantenido el conflicto vivo durante todas estas décadas. Hasta el día de hoy, Israel sigue desarrollando condiciones que empeoran las perspectivas futuras de los palestinos, mientras sutilmente presenta el proyecto sionista como una búsqueda razonada y más abierta de ambiciones no expresadas anteriormente.

Esto nos lleva a una pregunta central, que también tiene que ver con los motivos de los israelíes para aceptar temporalmente una partición que en realidad no querían, como una forma de expandir sus márgenes de maniobra políticos y de mostrar al mundo una imagen razonable que incluía un compromiso con la paz.

Los palestinos se sintieron excluidos y humillados por la manera en que abordó el futuro de su sociedad la ONU y Occidente. No obstante, no querían alienar a la comunidad internacional, especialmente a Washington. Esa fue la razón de que le dieron crédito a la “declaración de principios” de Oslo de 1993 y actuaron como si el “proceso de paz” tuviera algo que ver con la paz. Ese tipo de diplomacia de complacencia de la Autoridad Palestina durante los últimos 25 años –mientras Israel anexaba y judaizaba Jerusalén oriental y penetraba más profundamente en Cisjordania– generó la impresión en muchos círculos, palestinos y otros, de que la Autoridad Palestina no resistía con la suficiente determinación, y que o ingenuamente jugaba una partida que solo podía perder, o era incapaz por completo de comprender el verdadero plan sionista.

La “guerra de partición”

Para volver a nuestra afirmación inicial de que el lenguaje es en sí mismo un espacio de lucha, ahora, 70 años después de los hechos, es aun más importante llamar a la guerra de 1948 con un nombre que revele claramente sus características esenciales. Y ese nombre es “Guerra de Partición”. Sólo con esta opción lingüística podremos comenzar a comprender hasta qué punto la comunidad internacional, encarnada en la ONU, fue culpable de un pecado original con respecto al pueblo palestino, sus derechos naturales y legales y sus razonables expectativas políticas. Respaldar la partición de Palestina fue lo que yo llamaría un “crimen geopolítico”.

Profesor emérito de derecho internacional de la Universidad de Princeton.
Fuente:
https://brecha.com.uy/, 20 de abril 2018
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