“Nuestro sistema político equivale al chantaje legal”. Entrevista

David Graeber

04/01/2015

 

Al profesor David Graeber le expulsaron de Yale por anarquista. Pidió trabajo en 30 universidades norteamericanas, en ninguna le admitieron. Pese a su reputación mundial como antropólogo, tuvo que optar al final por el exilio intelectual en Europa, y aquí sigue, desde su mirador en la sexta planta de la London School of Economics (LSE), oteando el presente y futuro de los movimientos sociales. En el verano 2011, eso sí, Graeber volvió a la tierra prometida con un libro revolucionario bajo el brazo (En deuda: una historia alternativa de la economía) y con el vago propósito de sumarse a un movimiento en ciernes que con el tiempo se llamó Occupy. De la noche a la mañana, con 50 años en sus alforjas, el antropólogo anarquista se encontró en su salsa en su ciudad natal y echó raíces en Zucotti Park, junto a un puñado de jóvenes radicales que poco después acuñaron el lema de "Somos el 99%".

Fiel a sus principios y a su carácter, tímido pero incisivo, Graeber asegura que él no fue ni cabecilla ni líder de Occupy (en todo caso antilíder). Huye también de la supuesta autoría del "We are the 99%", que no fue sino el fruto de una "creación colectiva", como todo lo que vendría después. De aquella experiencia ha nacido otro libro, The Democracy Project, en el que el autor maldito en su tierra nos invita a extraer las lecciones del primer movimiento social del siglo XXI y aplicarlas a eso que aún llamamos «democracia». Le entrevistó para el diario El Mundo Carlos Fresneda en Londres.

¿Cómo ve desde aquí lo que está ocurriendo en España? ¿Ha llegado tal vez el momento de canalizar la protesta a través de partidos políticos como Podemos?

Estoy siguiendo lo que ocurre en España con cierta distancia, la verdad. Ahora mismo vengo del Kurdistán sirio, de la región autónoma de Rojava, donde los kurdos están luchando por mantener vivo su experimento democrático frente al asedio del Estado Islámico. Es una lucha de la que casi nadie habla, y yo la comparo con la que mantuvieron en su día las fuerzas republicanas en España frente al avance del ejército fascista, mientras los poderes mundiales ondeaban la bandera de la "no intervención"... En fin, digamos que tengo una querencia especial por España porque mi padre luchó en la Brigadas Internacionales y las referencias anarquistas han estado siempre ahí. Seguí muy de cerca el movimiento de los indignados, que yo diría que fue la inspiración directa del movimiento Occupy, junto con la Primavera Árabe en Egipto... Y sí, he seguido la creación de Podemos, y creo que va por el mismo camino que Syriza en Grecia. Está por ver si un nuevo partido puede marcar realmente la diferencia. Con la actual estructura política, corre el riesgo de ser absorbido por el sistema. Digamos que el sistema tiene mil maneras de digerir cualquier partido a la vieja usanza. El objetivo de Occupy no era crear directamente un partido político, sino el de bombear ideas y estímulos para regenerar la democracia.

Pero si la protesta y la indignación no se canalizan a tiempo, ¿no corren acaso el riesgo de acabar en la irrelevancia? Usted mismo denunciaba recientemente el escaso eco mediático que está teniendo Occupy Democracy, la reencarnación del movimiento en Reino Unido...

Yo creo que la acción directa no violenta sigue siendo relevante, y en este caso es para denunciar un hecho que resulta incomprensible cómo pueden ignorar los medios. Nos han suprimido el derecho de reunión por vía policial. Se ha cancelado de la noche a la mañana uno de los derechos más fundamentales y eso no es noticia. En la plaza del Parlamento en Westminster, donde la gente confluía pacíficamente para expresar sus demandas, levantaron de la noche a la mañana un muro con los efectivos antidisturbios. En algo insólito que está ocurriendo en muchos países llamados "democráticos". Creo que en España ha pasado algo parecido.

¿Se refiere a la Ley Mordaza?

Eso es. El sistema ha puesto en marcha un mecanismo de autodefensa para evitar protestas en masa como las de los indignados o las de Occupy. La estrategia empezó en Estados Unidos, justo cuando empezaron los desalojos de las plazas y los parques ocupados. No estoy hablando de una teoría conspiratoria, es algo que está probado... Al mismo tiempo que el FBI y el Departamento de Seguridad daban las órdenes de desalojo, los grandes medios cancelaron las entrevistas con representantes del movimiento. Y todo ello ante el silencio cómplice de la izquierda americana. Si la izquierda defendiera en Estados Unidos los derechos civiles con la misma pasión con la que la derecha defiende su sacrosanto derecho a llevar armas, otro gallo cantaría.

Y todo esto bajo la supervisión de Obama...

Obama ha traicionado la promesa del cambio y se ha convertido en un conservador, en sentido literal... La gente en Estados Unidos estaba preparada para un cambio masivo a su llegada en el 2008. Obama estaba en una posición en la que podía haber hecho casi todo, con el respaldo de gran parte de la población, la misma que lo eligió bajo la consigna del cambio... Pongamos que intentó dar la vuelta a la sangrienta fama del Imperio Americano, pero después dio marcha atrás, y empezó a perder sus batallas: vimos lo que ocurrió en Ucrania y lo que ha vuelto a pasar en Oriente Medio. De puertas hacia dentro, ya veremos en qué queda al final la reforma sanitaria. En plena crisis pudo haber actuado también de otra forma, pero decidió rescatar a los grandes bancos y a la industria del petróleo. O sea, mantener el status quo. O sea, ser conservador.

¿Hay realmente esperanzas de cambio con un sistema bipartidista como el norteamericano?

No las hay, efectivamente. El Partido Demócrata está tomado ideológicamente por el neoliberalismo y por el fundamentalismo del mercado. Y los republicanos no tienen en el fondo ideología: son un puñado de nihilistas y oportunistas...

Meses antes de que prendiera la mecha de Occupy, usted escribió un ensayo titulado Esperando la chispa mágica. ¿Lo vio venir?

No, realmente. Yo estaba cumpliendo entonces mi cuarto año de exilio académico desde que me fui de Yale y me cerraron las puertas todas las universidades norteamericanas. Estaba enseñando antropología en el Goldsmiths College en Londres y me involucré mucho en el movimiento estudiantil británico, denunciando el asalto a la educación pública. En el verano del 2011 volví a Estados Unidos, con la idea de viajar y dar un impulso al libro que acaba de terminar (En deuda: una historia alternativa de la economía). Mi empeño era separar claramente mi parte académica y mi parte activista, como he hecho siempre, pero resulta que todo el mundo quería hablar de pronto de la deuda... El caso es que acabé formando parte del pequeño grupo de anarquistas que ocupó el Zucotti Park, a un paso de Wall Street. Empezamos a organizarnos, con la experiencia que cada uno traíamos. Era lo más cercano a un movimiento global que hasta entonces habíamos tenido... Pero no sabíamos hasta qué punto nuestra iniciativa iba a cuajar. Al fin y al cabo se llevaba hablando de posibles disturbios y disrupción social desde el 2008, cuando arrancó la crisis. Y la chispa prendió, vaya si prendió. Pero nunca te acabas de explicar la fórmula.

¿Hasta qué punto los indignados contribuyeron al lanzamiento de Occupy y al lema de «Somos el 99%»?

Hubo mucha conexión con los españoles, los griegos y los egipcios. La frase del 99% fue una respuesta a una pregunta que nos hicimos: ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué nos une? Hasta entonces se había puesto mucho énfasis en el 1%, y ésta era una manera de darle la vuelta al argumento. Recuerdo que en el grupo de trabajo del que salió el lema había dos españoles y un anarquista griego. Y que al principio hablamos de «Nosotros, el 99%». El «somos» fue una aportación de un coreano que llevaba la campaña Food No Bombs. De alguna manera fue una creación colectiva, fiel al espíritu del movimiento.

Entre otras cosas revindicaron el valor de llegar a acuerdos por consenso, un término tan gastado y sin embargo tan poco usado en política.

Los cuáqueros llevan toda la vida funcionado por consenso, casi lo consideran un sacramento. Es una lástima que no enseñen cómo construirlo y practicarlo. En los años 60 y 70 era habitual funcionar así, de manera asamblearia y por consenso, sobre todo en movimientos como el feminista y el antinuclear, que también tuvieron mucha influencia anarquista.

¿Y qué nos dice de "Lo llaman democracia y no lo es": otro eslogan made in Spain que ha dado la vuelta al mundo?

Ah, la democracia... A los americanos se nos hace la boca agua hablando de nuestros padres fundadores como si fueran los pioneros de la democracia, cuando el sistema que diseñaron estaba claramente diseñado para suprimir la democracia. El modelo no era Atenas, sino Roma, una república con un equilibrio muy claro de poderes, con cierto input popular para mantener un sistema de controles y equilibrios, pero en el fondo muy parecido a una monarquía aristocrática, con su Cámara Alta y Baja. La palabra demócrata era entonces muy radical, como ahora lo es anarquista. En el fondo, el sistema elegido fue el de un gobierno aristocrático institucionalizado a través del voto. Elegir los mejores, ése es un principio aristocrático. Los ingleses lo llevan haciendo desde hace siglos... Lo de renombrar esto como una "democracia representativa" vino después.

Su amigo, cómico y revolucionario Rusell Brand montó una buena en el Reino Unido cuando presumió de no haber votado y dijo más o menos que votar sirve sólo para legitimar a la clase política...

Parte de razón tiene (risas). En Grecia, el grupo de Occupy tuvo una propuesta muy ingeniosa que dice mucho sobre el valor real que tiene el voto en este sistema que hemos creado. Antes que nada indagaron en las razones y se preguntaron ¿cómo puede seguir cayendo la participación electoral en medio esta crisis económica y con los problemas que tenemos encima? Concluyeron que la apatía no tenía la culpa de las abstención: la gente no votaba simplemente porque no se sentía representada. Y para corregir el sistema pidieron que se midiera exactamente la proporción de votantes que se abstenían. Finalmente propusieron que ese mismo porcentaje se aplicara a las listas de candidatos, para que un parte de ellos fueran elegidos aleatoriamente en una lotería. No sé si habría sido un sistema más justo, pero sí más original...

Hablando de ideas ¿desde cuándo es usted anarquista?

En alguna ocasión he dicho que a los 16 años, aunque en realidad fue una evolución natural. Viviendo en un apartamento cooperativo en Manhattan en los años 60 y 70, rodeado de gente que practica la autogestión y el consenso, a uno le parecía la forma más normal de funcionar.

¿Cuál es el mayor error de percepción que la gente tiene sobre el anarquismo?

El mayor error es equiparar el anarquismo con el caos. En el fondo, los anarquistas creen tanto en la organización que consideran que no debería forzarse a nadie a pertenecer a una organización (risas). Hay mucha gente que cree que el anarquismo no es una mala idea, pero que pertenece más bien al terreno de la utopía o de la locura. Cuando a la gente le hablas de una sociedad sin jerarquías y sin estructuras opresivas, piensa automáticamente: «Pero sin policía nos mataríamos los unos a los otros». Y al final resulta que no, y lo puedo decir tras haberlo comprobado empíricamente como antropólogo. Durante años estudié cómo funcionaba la gente en Betafo, en Madagascar, un lugar abandonado por el Estado donde se había instituido una especie de democracia sin gobierno. La decisiones se tomaban con consenso, el poder estaba descentralizado, todo se hacía de una manera muy directa... Y no hacía falta policía. Soy de la opinión de que si a la gente la tratas como niños, se acabarán portando como niños. Si les tratas como adultos, tienes muchas más posibilidades de que se comporten como adultos.

Ser anarquista requiere pues una cierta fe en la bondad de la naturaleza humana...

Sí y no. Al mismo tiempo estamos diciendo que no se puede tener mucha fe en la naturaleza humana porque si a alguien le das poder, acabará oprimiendo. Puede parecer una paradoja, pero así es.

David Graeber, antropólogo y activista social estadounidense, es actualmente profesor en la London School of Economics. Su libro más reciente es En deuda: una historia alternativa de la economía (Ariel).

Fuente:
El Mundo, 22 de diciembre 2014