Normativismo (“Normcore”). Reseñas de la literatura anti-Trump

Jedediah Purdy

30/05/2018

Tratando de canalizar la #Resistance anti-Trump, varios libros recientes se proponen reducir la democracia a una defensa de las “normas” políticas. Sin embargo, superar la crisis actual requerirá más imaginación política.

How Democracies Die by Steven Levitsky and Daniel Ziblatt, Penguin Random House, 2018, 320 pp.

The People Versus Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It by Yascha Mounk, Harvard University Press, 2018, 400 pp.

Trumpocracy: The Corruption of the American Republic by David Frum, Harper Collins, 2018, 320 pp

Antipluralism: The Populist Threat to Liberal Democracy by William A. Galston, Yale University Press, 2018, 176 pp.

One Nation After Trump: A Guide for the Perplexed, the Disillusioned, the Desperate, and the Not-Yet-Deported by E.J. Dionne Jr., Norman J. Ornstein, and Thomas E. Mann, St. Martin’s Press, 2017, 354 pp.

La creciente literatura del género “crisis de la democracia”, como la franquicia A todo gas, solo tiene un argumento. Y, como todas las películas de persecuciones automovilísticas, no ha dejado que este hecho ralentice su crecimiento. How Democracies Die, escrito por los politólogos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt y The People Versus Democracy, del profesor de Harvard Yascha Mounk, son solo dos de los títulos emblemáticos, junto con las aportaciones del escritor de discursos de George W. Bush, David Frum (Trumpocracy: The corruption of the American Republic), el teórico político y asesor de Clinton, William Galston (Antipluralism: The Populist Threat to Liberal Democracy), y el libro a tres manos, One Nation After Trump, escrito por los tertulianos E.J. Dionne, Norman Ornstein y Thomas Mann. Los lectores quizá se habrán percatado de que todos estos autores son, como su crítico, hombres blancos acreditados por las instituciones del establishment, las “lágrimas liberales” de los cuales son gasolina para el motor del trumpismo. Una de las cosas que llaman la atención sobre la literatura que pregona la crisis de la democracia es que se presenta a sí misma como la voz de la razón, llamando a que la gente vuelva a sus principios. No está muy claro quién está escuchando.

Esto, sin embargo, es adelantarse mucho a la historia. Seguramente, ninguno de estos libros hubiera existido –ciertamente, ninguno hubiera sido remotamente parecido a lo que son ahora– si Hillary Clinton hubiera sacado 100.000 votos más en el Medio-Oeste en 2016. Todos están organizados en torno a la conmoción por la victoria de Trump. A través de este prisma de afrenta política y moral, la luz de los eventos más distantes se junta en un patrón. El Brexit había sido el choque; ahora se convirtió en la profecía. Países que hubieran parecido bastante alejados o fuera de la línea de visión de la prensa estadounidense, de pronto se convirtieron en alertas de la capacidad de autodisolución de la democracia: la Venezuela post-Chávez, las Filipinas de Rodrigo Duterte y la Hungría de Viktor Orbán. Los populismos de hombres fuertes como Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Narendra Modi en la India y, el aún más abominable de Vladimir Putin en Rusia, todos se convirtieron en variaciones de la crisis de la democracia.

¿Pero qué es la crisis? En cierto sentido, es aquello que hizo la victoria de Trump posible. Por otro lado, es aquello que da lugar a una ola global de gobiernos nacionalistas, xenófobos y autoritarios, algunos de estos en países –como Polonia e incluso Rusia– que hasta no hace tanto parecían ser casos de estudio entre las democracias liberales. En otro sentido, es una gran decepción –un Regreso de la Historia señalado por el florecimiento de las cleptocracias chillonas, vestidas con banderas multicolores y vestimentas religiosas–.

El hilo conductor es que la democracia liberal no se sostiene por sí misma –al menos no automáticamente–. Incluso si tienen oponentes en el exterior, como Putin y sus agentes, los demócratas liberales deberían temer en mayor medida las disfunciones de su propio sistema. ¿Pero qué es lo que hace funcionar al sistema y qué lo rompe?

Estas son cuestiones urgentes que fueron demasiado fáciles de ignorar por los expertos antes de que Trump las hiciera ineludibles. Pero mientras todos estos autores se centran en problemáticas recientes –el crecimiento de la desigualdad, el ascenso de las redes sociales, la reacción contra la inmigración– todos ellos comparten una visión que se formó durante la Guerra Fría y pareció culminada en 1989: que “democracia” significa una versión remasterizada de lo que hacemos aquí en los Estados Unidos, completada con el capitalismo al estilo americano, una expresión que apenas aparece en estos libros dado que está profundamente asimilada. De acuerdo con esta línea de pensamiento, que se remonta al menos hasta el The Vital Center de Arthur Schlesinger Jr., una crisis de la democracia requiere una ingeniosa defensa de los principios del centro político contra los extremos de la izquierda y la derecha. (Recientemente, el concepto “populismo” se ha convertido en la consigna pegadiza para ese bipolarismo anti-liberal).

Lo que les falta a estas obras, y al grupo de influyentes tertulianos al que representan, es un genuino ajuste de cuentas con las cuestiones del siglo XXI: si alguna vez hemos sido una democracia y si las versiones del capitalismo que han surgido en los últimos cuarenta años son compatibles con la democracia. La literatura de la crisis de la democracia asume que estos debates ya se han superado, de manera que cualquier duda respecto a estos se presenta como un síntoma de confusión o bien de mala fe. Esta es la razón por la que estos libros no llegan a la altura de la crisis que los ocasiona. Responder a cuestiones básicas sobre la relación entre la democracia y el capitalismo es la única respuesta creíble a la actual crisis.

Hay diferencias en el énfasis. Levitsky y Ziblatt comparan al trumpismo con el inquietante autoritarismo que se da en el extranjero, y su relato para el caso de los Estados Unidos gira casi enteramente alrededor de la cultura política: polarización, partidismo hasta la muerte y la erosión de la confianza en las instituciones políticas son algunos de los elementos que más aparecen. Mounk describe un escenario más dramático. Dicho autor rastrea la desafección con la democracia a lo largo del mundo para argumentar que países relativamente estables como Francia o Alemania están presenciando un desprecio cada vez mayor del público hacia el establishment político y una creciente (si bien aún pequeña) atracción hacia alternativas extremas como la dictadura militar. El mismo Mounk alerta de que el resentimiento por el “liberalismo no-democrático” (las directivas de la UE, regímenes comerciales, decisiones judiciales) puede estar estimulando una democracia anti-liberal. Mientras que la mayoría de los libros en el género ofrecen un reformismo modesto, One Nation After Trump propone una agenda progresista bastante sólida: los autores arreglarían las elecciones eliminando la actual ley electoral y sustituyéndola por una que contemple una única circunscripción nacional para la elección del cargo de presidente, al mismo tiempo que proponen una mayor inversión en infraestructura, educación y salud. Galston, el delgado libro del cual recuerda a las notas de un seminario de teoría política, quiere que los Demócratas adopten una política de inmigración mucho más restrictiva (que pueda favorecer a inmigrantes de alta cualificación). El escritor de los discursos de George W. Bush, David (Eje del Mal) Frum, quien ha convencido a algunos miembros de la #Resistance de que cada enemigo de Trump es su amigo, espera que al rechazar el autoritarismo de Trump, el país vaya a calar también a Bernie Sanders y a “la tiranía y el terror de la política utópica” que representa. A parte de percibir el maoísmo en la financiación pública de la educación superior, Frum se complace de que Trump haya revitalizado el compromiso de los estadounidenses con “el rol vital de las agencias de seguridad”.

Entre líneas, desde el centro-izquierda hasta los del centro-derecha, jóvenes emprendedores intelectuales y veteranos de pelo canoso de la verdadera Guerra Fría, todos cuentan una versión de la misma historia. Los autores del género de la crisis de la democracia son discípulos de “normas”, las reglas no escritas que mantienen alejados a los oponentes políticos de la garganta del otro y permiten que se desarrolle la política. Al ser tácitas, dichas normas acostumbran a ser invisibles hasta que alguien las rompe. Apenas notas que todo el mundo respeta el turno para incorporarse a la autovía hasta que Ese Tío se mete gritando, rompiendo los carriles, inclinado sobre el claxon y llenando todo de humo, con unos cojones colgando del gancho trasero de su camioneta.

Un problema que se da al identificar la protección de las normas políticas con la defensa de la democracia es que dichas normas son intrínsecamente conservadoras porque alcanzan la estabilidad manteniendo hábitos tácitos –a qué instituciones le delegas la toma de ciertas decisiones, qué políticas no cuestionas etcétera–. Como señaló Corey Robin cuando el libro de Levitsky y Ziglatt llegó a las librerías, la democracia ha sido  esencialmente una fuerza política quebradora de normas en los lugares en que ha sido vigorosa. Ha acabado con normas sobre quién puede hablar en público, quién puede ostentar el poder y qué temas se consideran políticos, y ha llevado estos temas desde el hogar y el vecindario hasta el Congreso y la Casa Blanca.

Incluso cuando las normas no tienden a la derecha –por ejemplo, la norma de respetar las decisiones previas de la Corte Suprema es parte de la razón por la cual el derecho al aborto establecido en Roe v. Wade no ha sido revocado–, estas son una forma despolitizada de hablar sobre el conflicto político. Las normas son como estatuas de líderes muertos: no puedes saber si estás a favor o en contra de ellas sin saber qué valores defienden. La sola idea de que podría ser posible analizar los acontecimientos políticos en términos del declive de normas estables y compartidas por los partidos en lugar de a través de la ideología substantiva es una posición política en sí misma. La asunción implícita en aquellos que defienden las normas es que, en algún nivel muy profundo, los estadounidenses han estado siempre de acuerdo en asuntos clave, sobre todo libertad e igualdad, y solo han tenido que solucionar los problemas mundanos que se presentaban a lo largo de generaciones. Esa forma de pensar es un residuo de la Guerra Fría, cuando, tal y como Aziz Rana ha observado en un brillante ensayo a principios de año, la búsqueda de la legitimación ideológica en la batalla contra el comunismo llevó a los dos grandes partidos a silenciar a sus alas más radicales y a converger en un lenguaje común respecto a los principios estadounidenses y el destino constitucional.

Los cimientos de ese mundo han estado tambaleándose desde 1989, pero les llevó mucho tiempo caer. El año 2016 llevó consigo la primera elección genuinamente post-Guerra Fría: la perenne carnicería del capitalismo estadounidense, intensificada a lo largo de cuarenta años de creciente desigualdad, allanó el terreno para el socialismo de Bernie Sanders, mientras que el nativismo y el racismo que se había deslizado fuera de la política respetable volvió a pleno pulmón. Aquello que unifica al género de la crisis de la democracia es la incapacidad para entender que el momento actual no es una salida anómala, sino un retorno al punto inicial –a la norma histórica, uno podría decir–.

El resultado de este error es una respuesta a la presente crisis que es a la vez demasiado dramática y optimista. Estos libros pregonan que Trump es un caso sin precedentes –algo que no es cierto para nada–. (Por el contrario, “sin precedentes” era la palabra clave para decir “terrible” en el lenguaje del consenso político estadounidense. Y, por supuesto, él es terrible). Pero estos autores también son algo modestos en sus sugerencias. Ninguna de sus propuestas se acerca al tipo de cambio radical que supuso el New Deal o incluso la revolución por los derechos civiles. ¿Cómo sería una transformación de ese tipo hoy en día? Por un lado, se requiere una redistribución sustancial, empezando por la restauración de tasas impositivas marginales al nivel del 70 por ciento, que duraron hasta los recortes de la era Reagan en los ochenta. Por otro lado, necesitamos instituciones de planificación y provisión de servicios sociales totalmente nuevas, como una baja laboral universal por motivos familiares así como cuidados infantiles para ayudar a hacer la economía un tanto más humana, la vida familiar algo menos agotadora y acercarnos más a la igualdad de género. También deberíamos hacer mucho más para fortalecer a los sindicatos, hasta el punto de considerar medidas radicales como la afiliación obligatoria, que a menudo es la única manera de acabar con el control del empresario sobre el trabajo en las grandes empresas. También podría significar un reparto de nuevos derechos básicos, como garantizar a todos los residentes, y no solo a los ciudadanos, el derecho a votar.

Este tipo de ideas pueden parecer demasiado radicales para ser tomadas en serio, o simplemente demasiado alejadas del mainstream de la práctica política estadounidense. Pero es justamente esa la clave. Las anteriores crisis de la democracia y el capitalismo, como el New Deal y las luchas laborales que le precedieron, presionaron mucho más allá de los límites de aquello que entonces era mainstream, y fueron calificadas de antiamericanas por ello. Esfuerzos anteriores para renegociar el pacto político y económico, como la Reconstruction y el movimiento por los derechos civiles (tal y como se practicó, no en anodina retrospectiva) conllevaron cambios fundamentales en la distribución de los derechos y el poder. Este tipo de radicalismo conforma una tradición estadounidense que conviene reivindicar ahora, ésta fue eclipsada por el mito del consenso constitucional durante la Guerra Fría y enterrada por los largos años neoliberales de 1990 (1989-2008), cuando el concepto reforma significaba ajustar por los márgenes en vez de rehacer instituciones existentes. El género de la crisis de la democracia pudo haber revivido esta tradición radical. En vez de ello, tiende a repetir las mismas limitaciones que en las décadas recientes han cuajado en el imaginario político.

También anticipa una estrambótica política personal. Una ciencia política obsesionada con las normas encaja fácilmente con una ética política basada en la virtud, y la literatura sobre la crisis de la democracia realmente quiere que seamos ciudadanos mejores y más agradecidos. Mounk, por ejemplo, pide una especie de “renovación de la fe cívica” que logre el justo equilibrio entre la confianza política y la duda, una tónica prudente de “nacionalismo inclusivo” que no sea demasiado cosmopolita ni demasiado particularista. Es generoso con el “nosotros” y el “nuestro”. Así lo son todos.

Era otro hábito de los largos años 90 el asumir que debido a que los problemas políticos resultantes de las disputas ideológicas habían sido resueltos, lo que quedaba era asunto de expertos o especialistas en ética. No es sorprendente que, cuando los expertos parecen perder su autoridad, el diagnóstico recaiga en la ética: el carácter demostrablemente odioso del presidente, pero también las normas de la cultura política estadounidense y, en el fondo, las actitudes de sus ciudadanos.

Aquello que resulta peculiar es ver estos temas resonar tan ingenuamente cuando los últimos diez años han sido, de muchas maneras, un largo desaprendizaje de ellos. La campaña de Barack Obama, para muchos de los que nos implicamos en ella, reanimaba la idea de que la política aún importaba, que la gente movilizada podía redefinir los términos de sus vidas. Este era el significado del eslogan de Obama: “Somos aquellos a los que hemos estado esperando”, y fue la importancia de desafiar la nominación de Hillary Clinton, considerada inevitable de acuerdo con cualquier fórmula de la política como un juego post-ideológico de consultores. Las posteriores decepciones de la administración Obama –su bienintencionada defensa de los centros de expertise y de poder, desde Wall Street hasta el Pentágono– fueron una lección sobre los límites del poder sin movilización democrática, de la brillantez retórica sin claridad ideológica. Obama, quien parecía para algunos de nosotros –incluso para mí– marcar el comienzo de algo nuevo, ahora se parece más al bonito ocaso de una era.

Algunos críticos de izquierdas creen que es evidente que la literatura de la crisis de la democracia tiene mala fe. Mounk es un ejemplo para especial invectiva. Al menos parte de la razón para ello debe ser la sensación de que él debería ser lo suficientemente joven para saber algo más, no como aquellos más mayores, quienes crecieron con ese tipo de lenguaje. Todos estos escritores intentan llamar a sus lectores a algún propósito común. Quieren inspirarse, amplificar o inculcar la sensación de estar juntos en las cosas, un motivo para respetar las diferencias mutuas, hacer sacrificios unos por otros, respetar algunos principios porque tienen razón y también –como a veces– nosotros.

Hay razones para objetar cómo cualquiera de ellos explicaría esto, pero el espíritu que les mueve es merecedor de ser elogiado. La cuestión es que no funciona. Los restauracionistas[1] son como el emperador Juliano, quien trató de restaurar el paganismo romano en el siglo cuarto y se encontró con que toda vida había abandonado esa religión. Aquello que la hiciera vital se había ido, dejando detrás de sí unas formas y frases vacías.

La energía en 2016 se había ido a otro sitio. Todo el mundo lo notaba –excepto, quizá, la campaña de Clinton–. Sanders y Trump defendían principios y visiones del país opuestas, pero los dos candidatos compartían una indiferencia por la fórmula estándar de la política estadounidense: Constitución + Historia heroica = Estados Unidos. Esa fue la ecuación que hizo a Barack Obama, John McCain y Ted Cruz, competidores divergentes de una misma cultura política. Sanders hablaba como lo que es, una persona de la izquierda democrática para quien Estados Unidos es un lugar sobre el que hace falta trabajar y no una fuente de significado e identidad en sí misma. Trump partía de la retórica de la Guerra Fría en la dirección opuesta. Al oírlo hablar, uno podría decir que nunca había oído hablar de algo llamado Constitución (a parte de la Segunda Enmienda, un enlace eufemístico para sus temas favoritos: la violencia y el miedo racializado), la Revolución o la Guerra Civil –o en ese sentido, el movimiento por las libertades civiles, una piedra de toque de la redención del liberalismo de la Guerra Fría–. Para él, Estados Unidos no es un problema filosófico o un reto histórico, sino una oportunidad para abatir a cualquiera que caiga en el lado equivocado de la frontera o del test de lealtad. “América, ¡si joder!” como dirían en Team America.

Aquello que realmente definió el lenguaje político de Trump fue su nihilismo sobre la política en sí misma, el gusto que desarrolló por la política de las memeces, que ni siquiera pretende sostenerse en un relato cohesionado sino que simplemente se tambalea de un estimulante emocional a otro. Esencialmente, Trump malvendió el noble estilo político de la Guerra Fría tardía, apostando a que sería más débil de lo que parecía bajo presión; el hecho de que la gente no esperara mucho del gobierno ni que pensara que era importante que estuviera bien gestionado; que muchos votantes despreciaran a su propia clase política y a las élites culturales y financieras que la rodeaban; y que la crueldad recreativa parecería más auténtica que cualquier llamada respetable a mejores propósitos. Somos, insinuó, los bárbaros que hemos estado esperando.

Lo que puedas pensar sobre el fin de la política de la Guerra Fría tiene mucho que ver con aquello que creas que pueda esperar detrás de su ruinoso edificio. En la medida en que compartas la sensibilidad de los largos años 90 sobre el fin de la historia, las opciones son liberalismo o barbarie –après Macron, le déluge–. Claramente, el mismo Trump es un caso andante para esta postura –y si dicha postura es correcta, entonces la llamada al resucitar del liberalismo es obvia–. Es un intento en el último momento de salvar a la civilización de sí misma. Mounk acaba su libro conjurando la resistencia condenada a los tiranos romanos, hecho que es cómicamente dramatizante o un ensayo acertado para el siguiente acto de esta obra alarmante, dependiendo de cuál creas que es la obra que se está interpretando.

La literatura sobre la crisis de la democracia tiende a no involucrar el carácter de doble filo de la Guerra Fría o el carácter ambiguamente progresivo del liberalismo que produjo. La geopolítica de mediados de siglo proporcionó la justificación para las guerras subsidiarias (Proxy wars) en Asia, África y América Latina, así como nuevas versiones de viejas formas de racismo e imperialismo fuera del Atlántico Norte. La anarquía esencial y la mentalidad sangrienta de la política estadounidense, desde Vietnam y Camboya hasta El Salvador y Mozambique, por no mencionar la larga complacencia con el gobierno del apartheid en Sudáfrica, desmienten cualquier moralización de la geopolítica de la Guerra Fría. Así mismo, el anticomunismo fue el impulso para llevar el radicalismo laboral al margen de las democracias capitalistas y reprimir los desafíos a las jerarquías basadas en criterios de raza y clase de esos países.

Aún sin las presiones de la Guerra Fría, las cosas podrían haber ido peor. Los Estados Unidos podrían haber mantenido un franco estado de apartheid, y el trabajo podría haber revivido la Edad Chapada en Oro (Gilded Age), cuando los sindicatos eran radicales, pero tenían que enfrentarse a munición real. Resulta irritante cuando nostálgicos de esa era sugieren que el movimiento por los derechos civiles representó el despliegue de principios inherentemente estadounidenses, introducidos por las élites ilustradas. Pero también es cierto que las ganancias de la lucha por la libertad negra a mediados de siglo XX dependieron de alianzas estratégicas en Washington que tomaron forma, para bien o para mal, de la exigencia geopolítica y de un cierto idealismo liberal.

Entonces, la versión específica de la democracia liberal que está en crisis ahora abre las puertas tanto a la izquierda como a la derecha. La literatura sobre la crisis de la democracia tiende a ver solo la apertura a la derecha, y se apresura a cerrar esa puerta con cualquier material a mano. Esto es políticamente muy estrecho de miras después de un año en que un autoproclamado socialista democrático podría haber sido el candidato demócrata, y podría haber derrotado a Trump, y en el que la victoria de Macron sobre Marine Le Pen en Francia podría haber caído en cambio en manos del izquierdista Jean- Luc Mélenchon. (Mélenchon terminó 4.4 puntos detrás de Macron en la primera ronda de las dos etapas de las elecciones francesas, y quien sobreviviera esa ronda iba a vencer a Le Pen). Esas oleadas, y Jeremy Corbyn en el Reino Unido, son marcadas desviaciones de la década de 1990. Por lo menos, confirman que la alienación del arreglo actual no tiene por qué significar nihilismo político: puede significar un credo de lucha que no rechaza el Estado sino que exige mucho más de él y de cada uno. La fuerte tendencia intelectual conservadora de Frum entiende todo esto como maoísmo, pero no está claro por qué Mounk, que ha escrito con perspicacia sobre la injusticia estructural y sus ideologías, no debería ser más entusiasta. Uno teme que se deba en parte a la costumbre de la Guerra Fría de tomar el camino inteligente entre los hombres de paja de izquierda y derecha.

Pero las esperanzas que suscitó el 2016 pueden ser fácilmente sobrevaloradas. Los sindicatos del sector privado representan menos del 7 por ciento de la fuerza de trabajo y se centran principalmente en su propia supervivencia. Comparando con la corriente principal de la economía y la política, hay un escaso pensamiento a la izquierda que se pueda utilizar en la refundación del comercio, la gobernanza financiera, la estructura del trabajo y la provisión social. Aunque la sugerencia de Frum de que la socialdemocracia es una especie de sueño febril totalitario es un pastiche de un centrismo extremo, no fue simple mala fe neoliberal ver algunos de estos problemas como difíciles.

Cualquiera que estuviera al tanto de los tipos de política de la elite liberal en la década de 1990 sabe que, digan lo que digan en la actualidad, admitieron que no tenían idea de qué hacer con la desigualdad en ese momento. ¿Lo sabe la izquierda hoy? Básicamente, esta se distingue por negarse a aceptar el "no" neoliberal como respuesta, y por su justificada impaciencia con el estrecho sentido de lo posible de los años noventa. Pero estas son solo aperturas, comienzos.

Mientras tanto, las elites corporativas y financieras han demostrado que, aunque preferirían obtener tanto beneficios como aprobación moral, obtendrán ganancias dondequiera que las encuentren. El desdén por Trump es una chispa del gusto ilustrado, pero rechazar sus recortes de impuestos no lo es, y mucho menos rechazar los contratos fruto de su expansión militar. En estos aspectos, el trumpismo es básicamente el republicanismo de Reagan sin el simulacro de buena voluntad californiana. Para la izquierda democrática, el equilibrio de fuerzas es desfavorable.

Si se comenzara por apoyar una fuerte democracia igualitaria en lugar de “normas”, tendríamos una dirección más clara. Hay normas que una democracia realmente necesita para funcionar. Pero su importancia es completamente diferente de la ingente cantidad de normas siempre controvertidas, algunas consecuentes pero totalmente prescindibles, como el filibustero, y algunas francamente triviales. (Levitsky y Ziblatt señalan que Trump ha incumplido la norma de tener una mascota en la Casa Blanca. Uno espera que se estuvieran riendo de sí mismos cuando escribieron esto). Las normas realmente esenciales son las que hacen de la política un sustituto exitoso de la guerra civil: su poder para determinar cuándo someter la propia voluntad a la de los demás. La política consigue su propósito invocando varios tipos de autoridad: religiosa, nacionalista, monárquica, ideológica. La autoridad de la democracia proviene de una cosa artificial llamada “voluntad popular”, que por supuesto no existe literalmente. Es el significado que le damos al recuento de votos, procesado por varias estructuras institucionales como las legislaturas. Si las elecciones ya no pudieran generar autoridad política, algo más llenaría la brecha o las cosas se derrumbarían. Mentir acerca de los hechos básicos de las elecciones, especialmente por parte de élites y políticos, es un profundo tipo de ruptura de normas que puede erosionar en gran medida el autogobierno.

Por eso resulta escalofriante que, tal y como Levitsky y Ziblatt afirman, antes de las elecciones de 2016, el 84 por ciento de los republicanos dijeron a los encuestadores que creían que había una “cantidad significativa” de fraude en las elecciones estadounidenses, y casi el 60 por ciento dijeron que los inmigrantes “ilegales” votarían en cantidades significativas “en las elecciones presidenciales”. Una encuesta de julio de 2017 mostró que el 47 por ciento de los republicanos creía que Trump había ganado el voto popular, en lugar de perderlo por casi 3 millones de votos. El 52 por ciento de los republicanos dijeron que apoyarían al presidente si posponía las elecciones de 2020 para “asegurarse de que solo los ciudadanos estadounidenses elegibles puedan votar”. Este abril, Trump retomó este tema, alegando que “en lugares como California”, hay millones de personas que votan ilegalmente.

Esto rompe una norma de un tipo muy particular. Si tiene éxito, evita que las elecciones resuelvan los conflictos políticos, porque el acuerdo sobre su significado ha sido destruido. El partido republicano está presionando este relato porque necesita mantener un gobierno minoritario: en el Colegio Electoral contra el voto popular, en un Congreso manipulado contra la tendencia nacional favorable a los Demócratas, en estados muy divididos como Carolina del Norte y Wisconsin donde la supresión de votantes ayuda a sostener mayorías artificiales y supermayorías. Y no es ninguna coincidencia quién está en la minoría dirigente: casi el 90 por ciento de los votantes republicanos que se identifican como blancos, en comparación con poco más del 50 por ciento entre los votantes demócratas. La retórica de Trump de “lugares como California” es tan racializada y nativista como el hecho de trazar el origen del nacimiento de Obama en Kenia. Por un lado, las mentiras establecen el fundamento para la supresión de los votantes, por otro, la posibilidad de rechazar abiertamente una pérdida electoral. En otro nivel incluso, creen en la idea de que una mayoría estadounidense no blanca no es en realidad una mayoría. Es decir, tienden a cambiar la base de la legitimidad política de la mayoría a la identidad etno-nacional.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Las explicaciones no complementarias para la ascendencia de Trump han producido mucho más calor que luz. Este se ha aprovechado de la “ansiedad económica” –el descontento por la mecanización, el estancamiento de los salarios y el resentimiento respecto a los acuerdos comerciales– y los entrelazó en una política racializada y antiinmigrante que hizo que lo blanco y la ciudadanía nativa fueran cada vez más valoradas. Uno podría fácilmente revertir el orden de las oraciones y decir que se aprovechó de los ríos de racismo y xenofobia y los ancló a las preocupaciones económicas. El hecho es que la clave de la pesadilla que representa su éxito fue su habilidad para fusionar motivos raciales y económicos, que, después de todo, nunca han sido muy distintos en la vida estadounidense. La pregunta entonces es qué hacer al respecto.

Llegar a la respuesta incorrecta es más excusable que plantear la pregunta incorrecta. La literatura sobre la crisis de la democracia no plantea las preguntas correctas. Busca en todo el mundo paralelismos con lo que está sucediendo en los Estados Unidos hoy en día, un enfoque comparativo que logra ser a la vez centrado en los Estados Unidos e históricamente limitado. Hubiera podido ser más esclarecedor investigar las líneas antiliberales, antidemocráticas, racistas, nativistas y plutocráticas de largo recorrido en la política estadounidense. Si bien estos libros reconocen la “desigualdad” y la “inseguridad”, e incluso a veces las formas en que las finanzas y el comercio liberalizado pueden socavar la democracia, no captan la idea de que el capitalismo y la democracia podrían estar en una profunda tensión. Quizás para que el mundo sea seguro para la democracia, debe ser menos seguro, al menos para algunas versiones del capitalismo.

El enfoque en las normas de las élites políticas es en cierto modo un cambio refrescante del determinismo tecnológico de la década de 1990, que tendía a tratar la globalización neoliberal como un producto inevitable de la tecnología, con gobiernos que lideran, siguen o son desbordados si se paran en el camino. La atención a las normas al menos reconoce que la política importa. Pero se trata de un enfoque modesto, limitado a garantizar que el gobierno no se convierte en derramamiento de sangre ni en una institución abiertamente corrupta.

Un enfoque más sólido habría sido el de preguntarse cómo el liderazgo político y la movilización pueden abrir nuevas fronteras ideológicas, para bien o para mal. Las campañas nativistas crean nativistas. Campañas racistas hacen lo propio con los racistas. Las campañas socialistas crean socialistas democráticos. Parece muy posible –aunque inquietantemente incierto– que este otoño, y en más de dos años, las mayorías estadounidenses rechacen los movimientos nativistas, racistas y plutocráticos de hoy. ¿Pero a favor de qué? Para llegar a un arreglo con las crisis del capitalismo democrático y las aperturas ideológicas de la era posterior a la Guerra Fría, tendrá que darse algo más que una renovación de la seriedad moral y la responsabilidad de las élites. No hace mucho, a muchas personas respetables les parecía que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, aunque con algunos detalles mejorables. Ahora casi todos ven que otro mundo es posible, uno mucho peor, más estrecho, más cruel y más nihilista. De hecho, ese “mejor” mundo parece haber tenido el defecto de fomentar el peor. La cuestión política más importante de este momento, entonces, es si también es posible un mundo aún mejor, y, de ser así, cuál sería ese mundo.

Notas:

[1] En el original usa revivalists, que tiene connotaciones religiosas y se refiere a un tipo de predicadores (aplicado a protestantes tradicionalmente) que renuevan, hacen renacer, avivan o revitalizan la fe de una comunidad.

 

Es profesor en la Universidad de Duke. Su investigación se desarrolla en la intersección entre filosofía política, derecho y economía política. Entre sus obras se encuentran “After Nature: A Politics for the Anthropocene” (Harvard University Press, 2015) y “Meaning of Property: Freedom, Community and the Legal Imagination” (Yale University Press, 2011. Es miembro del Consejo Editorial de la revista Dissent.
Fuente:
https://www.dissentmagazine.org/article/normcore-trump-resistance-books-crisis-of-democracy
Traducción:
Miquel Caum
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