México y Trump

Leopoldo Santos Ramírez

Adolfo Gilly

17/11/2016

Rebasar a los claudicantes

Leopoldo Santos Ramírez

La coyuntura mexicana ante la elección de Donald Trump se caracteriza por una debilidad extrema del gobierno para enfrentar la situación. A casi dos años de terminar su periodo sexenal Peña Nieto enfrenta la reprobación, desde la derecha organizada y desde la izquierda, de su actuar como administración federal y los nulos resultados en materia económica y de seguridad, principalmente. Los continuos errores como jefe de Estado y de sus subalternos lo colocan como uno de los peores gobiernos que ha tenido la República. En la historia solamente hemos tenido un gobierno y una clase política conservadora, tan proclive a entregarse a los estadunidenses como la actual; fue después de la guerra de Estados Unidos contra México, 1846-1848, en la que perdimos la mitad del territorio, y luego con la venta de La Mesilla, 1853-54 (conocida como Gasden purchase por los estadunidenses), que enajenó otro buen pedazo del territorio. En el primer caso, Antonio López de Santa Anna fue llamado para defender militarmente a México de la agresión y así nos fue; en el segundo, fungía de presidente.

Por eso resulta un riesgo para los intereses mexicanos que Enrique Peña Nieto vaya a una negociación con el presidente electo, pero aún no mandatario en funciones Donald Trump, para, según ha declarado el gobernante mexicano, “elaborar una nueva agenda México-Estados Unidos”. Este sería el segundo error de Peña. El primero fue invitar a Los Pinos a Trump como candidato. Ahora, si la opinión pública no lo impide, va a negociar una agenda en la que probablemente se le impondrán condiciones desastrosas para la República desde la óptica de un presidente electo que todavía no tiene en sus manos los hilos y las amarras dentro de su país y al que una reunión como la anunciada le serviría para mostrarse ante el 50 por ciento de sus electores como alguien que empieza a mangonear a quienes tomó como enemigos centrales en su campaña electoral. Es decir, sería reafirmar la primera estupidez de la invitación, sobre todo en un momento en que Estados Unidos está entrando en convulsiones poselectorales y de resistencia popular que están generando una espiral de tensiones cuyas proporciones son difíciles de calcular. Abonando en la propuesta de detener la futura entrevista, mientras Trump toma las riendas, existe un interregno favorable que permite que los mexicanos desarrollemos una serie de iniciativas para arribar a la confrontación medular en mejores condiciones.

Debido a esto la encrucijada de México no tiene variantes: o claudica o se decide a resistir. ¿Cuál es, entonces, la actitud que debemos asumir? En primer lugar, a pesar de que la conducción de la política exterior está depositada legalmente en el Presidente, nada impide que ante situaciones de emergencia como la que hoy vivimos, desde distintos sectores, entremos a elaborar la agenda y la defensa de los intereses de la nación. Es decir, tenemos que consensuar una agenda en la que haya variedad de ingredientes que puedan caracterizarla como agenda ciudadana. No hay más. Nada de lo que pueda hacer el actual gobierno asegura que no terminará por hundir a la nación. ¿Cómo garantizamos la participación social en la nueva agenda? No será, por supuesto, desde las cámaras del Congreso de la Unión, que se han mostrado sumisas al poder hasta la ignominia. Es necesario impulsar la agenda desde abajo, desde quienes se sientan patriotas. ¿Qué incluir en esa agenda? En primer lugar, nuestro absoluto rechazo a la construcción del muro. Para esto hay muchos argumentos en los tratados y convenios firmados con Estados Unidos desde el siglo XIX y el principio jurídico de que entre las naciones divididas por línea internacional nada se podrá hacer en un lado de la franja fronteriza que perjudique la ecología y a las poblaciones del lado opuesto. Es necesario oponernos con todas nuestras fuerzas atrayendo la solidaridad de otras naciones. Es central para México oponerse terminantemente a la expulsión de los mexicanos en Estados Unidos. Aun cuando Trump, ya presidente, la instrumentara mediante orden ejecutiva, México puede recurrir a varias estrategias para detener la maniobra. Es importante también oponerse a la imposición unilateral del gobierno de Trump respecto de suprimir el TLC o realizarle modificaciones sin consultar al gobierno de Canadá. El apresuramiento que muestran el Consejo Coordinador Empresarial y el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, de aceptar desde ya las disposiciones de Trump en materia del tratado solamente predisponen a la rendición de la República. Pero los tres puntos señalados son apenas el comienzo.

La tarea que debe convocar a todos, a diplomáticos viejos y jóvenes, académicos, estudiantes universitarios, empresarios y comentaristas de medios, es esencialmente de política práctica, aunque nos apoyemos en todos los ámbitos de la teoría social. Con esto quiero decir que es importante conocer las causas internas de las clases que decidieron empoderar a Trump y desmenuzar las encuestas que fallaron en sus vaticinios; contar a los que votaron y a quienes dejaron de hacerlo; señalar el racismo anglosajón, pero más importante resulta la elaboración de la agenda internacional que aglutine la conciencia nacional y mueva a la gente hacia la defensa de sus espacios, como están mostrando los latinos, entre ellos los mexicanos en Estados Unidos. Esto no puede hacerse desde los foros académicos infértiles que sirven para que los mismos académicos de siempre se vean la cara y se saluden. Hoy, los universitarios podemos jugar un papel central al acudir hacia donde están los contingentes que pueden hacer la fuerza organizada de la sociedad contra la imposición de afuera y los santannistas de adentro. Me refiero a sindicatos, organizaciones del campo, empresarios, industriales, grupos indígenas, ecologistas e inclusive militantes partidarios, cualquier sector en el que todavía aniden el nacionalismo y la conciencia social pueda reavivarse. Esto implica una mayor imaginación de la academia hacia afuera, como si fuéramos a realizar “el servicio social”. Demandar de los medios televisivos una apertura en serio para orientar a las audiencias sobre la necesidad de organizarnos.

Hay condiciones favorables que permiten un margen de maniobra amplio; en primer lugar los enemigos de Trump en el interior de Estados Unidos no decrecen; en segundo, las nuevas trincheras que ha abierto con el capital asiático, europeo y ruso agregan incertidumbre a la región euroasiática, que no tardará en movilizarse. Lo que quiero decir con esto es que Trump no la tiene fácil, y una negociación anticipada de México con él lo va a catapultar como lo hizo Peña en la primera invitación. Pero junto con todo esto resulta crucial que desde ahora se perfile también una manera de dialogar con los empresarios para mejorar la condición de los trabajadores como respuesta que democratice la vida interna. Construir la vida con armonía entre las realidades de México será la mejor manera de edificar la política exterior que nos muestre ante el mundo como una nación digna y justa. Pero también como una República que puede defenderse de las amenazas externas.

http://www.jornada.unam.mx/2016/11/14/opinion/022a2pol

 

El presidente Trump y la República Mexicana

Adolfo Gilly

El día de ayer, 14 de noviembre de 2016, el profesor Leopoldo Santos Ramírez, investigador del Colegio de Sonora, abogado y defensor de los mineros de Cananea y de otros movimientos sociales del Norte mexicano y colaborador de La Jornada, publicó en nuestro periódico un artículo titulado Rebasar a los claudicantes, acerca de la política de México en la nueva situación creada por la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Como expresión de mi solidaridad con los términos y las razones de dicho escrito, publico un mensaje enviado el 12 de noviembre a Laura Carlsen, conductora del programa Hecho en América, RompevientoTv.

Ciudad de México,

12 de noviembre de 2016.

Querida Laura, recibí bien tu mensaje pero fui postergando la respuesta, como tantas otras a diversas citas con la vida. Agradezco la invitación para tu programa, pero no estoy en ánimo de una entrevista en el mundo de la política de estos días; y en general rehuyo las entrevistas, de cuyo formato y contenido casi siempre me arrepiento cuando después las escucho o las leo.

En cuanto a Trump, ahora que fue electo confirmo mi anterior opinión: no es fascista, es nazi. El nazismo tiene una carga de racismo, frustración, odio y exterminio sustentado en un propio poderío industrial diferente de la dictadura de Mussolini. Éste mantuvo a Antonio Gramsci, a los comunistas y a otros opositores en prisión y estableció una violenta dictadura con cárceles, campos y asesinatos, pero no los trató de exterminar como hizo Hitler con los judíos.

Las propuestas de Trump son de esta misma estirpe racista exterminadora, con un ánimo y un lenguaje que corresponden a una violencia allá siempre latente, ajena y opuesta a las costumbres hospitalarias y democráticas que hemos conocido como experiencia propia cuantos tuvimos alguna vez la fortuna de vivir y trabajar en Estados Unidos.

En una carta de septiembre pasado Marshall Sahlins, admirable antropólogo nacido en Chicago en 1930, escribió: “Los mexicanos son para Trump lo que los judíos eran para Hitler: violadores, traficantes de drogas, asesinos, una degenerada raza criminal que debe ser arrestada y deportada para preservar la pureza de los estadunidenses y la mera existencia de la patria”.

Donald Trump apunta –y lo está logrando– a reagrupar tras esos sentimientos un movimiento de odio y violencia acorde con los tiempos presentes, esta época nueva de la dominación del capital financiero globalizado, una de cuyas sedes territoriales está en Estados Unidos y en su potencia científica y militar. Pero esta de hoy ya no es una dominación hegemónica y exclusiva como en los tiempos de la Guerra Fría.

Las masas poblacionales, territoriales, culturales, industriales, militares y civilizatorias de los nuevos capitalismos tecnológicos y financieros –Rusia, China, India, Brasil…– son impresionantes y, hasta cierto punto, invulnerables para el tipo de dominación afirmado y ejercido por Estados Unidos en la década sucesiva a la segunda guerra mundial, antes de que la revolución cubana y la ola de revoluciones coloniales –recordemos Vietnam y Corea, no olvidemos Argelia y Angola– lo cuestionaran y socavaran.

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Estados Unidos vive hoy un retroceso sin guerra, una herida doliente a su idea de potencia mundial hegemónica, similar a la idea de sí mismo que tenía el Imperio Británico hasta la Primera Guerra Mundial y poco más allá. El trato que Donald Trump ha venido dando a México es una descarga sobre su vecino de una creciente frustración en los altos mandos políticos de Estados Unidos acerca de su propia ubicación como potencia en esta época nueva inaugurada por la digitalización, donde se sustenta la dominación económica y tecnológica de las finanzas detentadoras del poder real en este planeta sin ley, mientras mantiene una capacidad de destrucción irracional y sin precedente.

“Make America Great Again” es un lema de campaña que resume situación y sentimiento en aquella parte de la población de Estados Unidos a la cual Trump procura reagrupar –yendo más allá de sus predecesores como Sarah Palin, el Tea Party y similares– en un movimiento que canalice frustración, violencia y nostalgia. Será ese su empeño desde el poder.

Contra lo que creía sobre su propia nación, a esa multitud irritada y conservadora que hoy apoya a Trump ahora le está resultando realidad que mientras Estados Unidos había sido el vencedor en la Guerra Fría, al mismo tiempo las revoluciones e insurrecciones coloniales habían engendrado este mundo donde su poder y también su imagen como nación se relativizan y encogen aunque crezca sin medida su arsenal militar.

Así, “Make America Great Again” surge como la consigna perfecta de frustración vivida, ira experimentada y nostalgia por un pasado reciente de grandeza y dominación que parece esfumarse ante las irrupción de multitudes de árabes, musulmanes, norafricanos, chinos, indios, japoneses, vietnamitas y las vastas poblaciones de color en Asia, África y América Latina que cuestionan la grandeza y la dominación del “hombre blanco”, esas multitudes a las cuales pertenecen también los pueblos originarios de Mesoamérica y de los Andes y sus descendientes mestizos del “color de la tierra”.

La retórica de Trump y los suyos ¿no recuerda acaso el odio y la frustración que después de la derrota de la Gran Guerra y de la legítima indignación del pueblo alemán ante la conducta humillante de los vencedores alimentó el surgimiento y la incontenible expansión popular del nazismo y su ideología en Alemania y más allá?

De esta especie es Donald Trump y perfectos para el caso son su consigna: “Make America Great Again”, su machismo, su violencia verbal y la violencia física de sus partidarios. Más allá de su victoria electoral después de haber tomado por asalto la otrora sólida estructura política del Partido Republicano, el movimiento de Trump va para largo y condicionará fuertemente la política y las decisiones de cualquier gobierno sucesivo en Estados Unidos.

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La política del gobierno mexicano frente a esta realidad es de parálisis, subordinación y desastre, incluido el hecho notorio de que los poderes financieros, económicos y militares de Estados Unidos tienen cada día mayor control sobre cuanto sucede o pueda suceder en nuestro territorio. El desmantelamiento de Pemex es un ejemplo trágico y está lejos de ser el único de similares magnitud y alcance histórico. De la misma estirpe es el ilegal muro prometido y el trato humillante a mexicanas y mexicanos y sus descendientes en aquellas tierras.

Ante estas amenazas, urge unir fuerzas y voluntades para alzar y oponer un cambio radical en la política interior y exterior de nuestra República.

Un abrazo afectuoso, Adolfo.

http://www.jornada.unam.mx/2016/11/15/opinion/012a1pol

Jurista y profesor del Colegio de Sonora, ha defendido a los mineros de Cananea y a otros movimientos sociales del norte de México.
Historiador. Catedrático emérito de la UNAM.
Fuente:
La Jornada, 14 y 15 de noviembre 2016
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