Maquiavelo contra el maquiavelismo

Olivier Pironet

17/05/2018

A principios del siglo XVI, el filósofo florentino Nicolás Maquiavelo abrió la vía al pensamiento político moderno. Habitualmente se asocia su nombre a las acciones de dirigentes cínicos  y manipuladores. Creada por sus detractores, esta reputación esconde en realidad un auténtico teórico de la libertad y el poder popular.

Son incontables los estudios, bibliografías y coloquios que han celebrado este año el aniversario de los 500 años de El príncipe[1]. En este panfleto consagrado al arte de gobernar, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) expone sin subterfugios “lo que es la soberanía, cuántos tipos hay, cómo se consigue, y cómo se pierde”[2]. Desenmascara de este modo los engranajes del poder y los fundamentos de la autoridad, lo que le ha valido una reputación escandalosa, interpretaciones contradictorias, y ha convertido a su obra en “el libro sobre el pensamiento político más leído y comentado”[3] desde hace medio milenio.

Escrito en 1513, El príncipe se publica a título póstumo en 1532 –hecho extraño, es su redacción la que se conmemora– y es prohibido por la Iglesia Católica, como todos los libros del florentino, desde 1559 hasta el final del siglo XIX. En 1576, el autor hugonote Innocent Gentillet contribuye a forjar su mala reputación al acuñar el término “maquiavelismo”, con un prometedor futuro por delante. Desde el pensador Jean Bodin (1529-1596), que le acusa de haber “profanado los misterios sagrados de la filosofía política”, al erudito Bertrand Russell (1872-1970), para el cual El príncipe es un “manual para gángsters”, Maquiavelo se entiende habitualmente como el teórico cínico del poder y de las técnicas de manipulación, el que murmura a los oídos de los tiranos.

Sin embargo, su pensamiento se presta también a interpretaciones de todo punto diferentes[4]. El príncipe es el “libro de los republicanos” según Jean-Jacques Rousseau; aquel en el que “Maquiavelo él mismo se hace pueblo”, para Antonio Gramsci. A decir verdad, desde pensadores de la Contrarreforma, en el siglo XVI, hasta los liberales del siglo XXI, pasando por los autores de la Ilustración, los jacobinos, los marxistas, los fascistas o los neorrepublicanos, todos lo han estudiado en sus lecturas. Hoy en día, el Florentino inspira tanto novelas policíacas o videojuegos[5] como breviarios de “management empresarial” o hasta de “gobernanza familiar” –como Machiavelli for Moms (“Maquiavelo para mamás”), de Suzanne Evans (Simon & Schuster, Touchstone, 2013)–.

En su otra obra principal, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, publicados en 1531, Maquiavelo examina, releyendo la historia romana, los principios del régimen republicano, y demuestra su superioridad respecto a los sistemas despóticos y autoritarios (principati). El príncipe y los Discursos se articulan alrededor de la misma problemática: ¿cómo instaurar y mantener un régimen de autonomía e igualdad –la república– en el que las relaciones de dominación estén excluidas? ¿Cómo constituir un Estado libre fundado sobre leyes comunes, unas normas de justicia y de reciprocidad y de realización del bien público? El príncipe, teoría de la fundación de la república, o de su refundación en situaciones de crisis, así como de los métodos adecuados –a veces violentos– para construir sus fundamentos, y los Discursos, reflexión sobre la forma que debe tomar –la democracia– y sobre las maneras de preservarla, son indisociables. Ambos nacen del contexto histórico en el que Maquiavelo los redacta y de la tradición intelectual en la que se inscribe para mejor desvincularse de esta.

Cuando se consagra a El príncipe, la República florentina, a la que ha servido durante catorce años como alto diplomático, dinamitada por sus divisiones y por la corrupción, acaba de ser derrocada por los partidarios de los Médicis con la ayuda de los españoles (septiembre de 1512). El periodo republicano ha durado dieciocho años: una república teocrática, de 1494 a 1498, instaurada bajo la autoridad del monje Girolamo Savonarola, y luego una república laica, de 1498 a 1512. Desde hace décadas, la península está sometida a los apetitos de las grandes monarquías que se alían según sus intereses con las numerosas ciudades-estado, impidiendo la unificación territorial y nacional que Maquiavelo tanto desea. Es esta situación la que explica el origen de El príncipe: para su autor se trata de reflexionar sobre las maneras de restaurar la república en la ciudad toscana y de edificar un Estado lo suficientemente fuerte para “tomar” (unificar) Italia y “librarla” de potencias extranjeras. El príncipe se dirige a aquel que será capaz de realizar este doble objetivo.

Es a la vez un manual de acción para responder a la urgencia y una reflexión sobre la naturaleza del poder, en la línea de las obras didácticas de moda entre los humanistas. Rompe, empero, con los ideales clásicos. Y dicta los preceptos y métodos que debe seguir el (re)fundador del Estado, invirtiendo la relación tradicional de subordinación de la política a la moral en el nombre de “la verdad efectiva de las cosas”: el arte de gobernar obedece a reglas específicas ligadas a la inestabilidad de las relaciones humanas (los hombres siguen sus pasiones e intereses, entre ellos, la ambición) así como a la irracionalidad de la historia. Todo dirigente debe conocer estas reglas si quiere “preservarse” y “mantener el Estado”.

Al definir la política como un campo de acción y de reflexión autónoma sobre el que la moral no tiene control, Maquiavelo desencadena, citando a Louis Althusser, una “verdadera revolución en la forma de pensar”[6], que desembocará más tarde en la constitución de la ciencia política moderna. Es esta innovación la que le costará tantas enemistades. Algunos le reprochan haber sacado a la luz los mecanismos de dominación y enseñado a los gobernados cómo los gobernantes establecen su poder; los otros de haber destruido, en el nombre de la eficacia de la acción, la conexión intrínseca existente según ellos entre la política, la moral y la religión.

No obstante, Maquiavelo desarrolla también otra problemática esencial. Según él, todos los regímenes descansan sobre la oposición fundamental entre dos grandes clases, o “humores” (umori) sociales, que determinan su forma: el pueblo, es decir la mayoría de los ciudadanos, y los grandes, aquellos que constituyen la élite social, económica y política. Los segundos, minoritarios, quieren la dominación; los primeros, mayoritarios, la contestación. “Y de estos apetitos opuestos nace en las ciudades uno de estos tres efectos: o monarquía, o libertad, o libertinaje”.

Ningún Estado se puede librar de esta división social: el conflicto entre las dos clases, que cubre las diferencias de categoría, riqueza y aspiraciones, es universal, y sin resolución definitiva posible. Para gobernar, hay que escoger una facción. Para Maquiavelo, sólo puede ser la del pueblo, “ya que sus objetivos (…) son más honestos que los de los grandes, unos queriendo oprimir, y los otros no ser oprimidos”. La monarquía, este principato autoritario que Maquiavelo ve igualmente en la oligarquía, es incapaz de resolver la cuestión social. Es entonces preferible un régimen republicano, el único sistema capaz de garantizar la igualdad entre los ciudadanos, la realización del bien público y la independencia del país.

Pero esta república, como se precisa en los Discursos, no puede respaldarse en nada que no sea la institución de la discordia civil entre las élites y la plebe, o dicho de otro modo, sobre el reconocimiento político del conflicto inherente a la ciudad. La idea de una sociedad pacífica es un mito, casi una aberración. Maquiavelo opina de este modo que la República romana “llegó a [su] perfección sólo a través de las disensiones del Senado y del pueblo”.

Por esta vía, se aleja radicalmente del modelo clásico, según el cual el Estado debe respaldarse sobre relaciones de concordia. Para él, al contrario, la institución de esta discordia civil es el fundamento mismo de la libertad: “En todas las repúblicas, hay dos umori(…) y todas las leyes favorables a la libertad no nacen más que de su oposición”. Es por esta razón que es esencial instaurar un dispositivo legal a través del cual el pueblo pueda expresar sus reivindicaciones y sus derechos.

Una vez admitida la participación común del pueblo y de los grandes en el poder mediante su oposición, la cuestión que se plantea es saber a quién confiar la “guardia de la libertad” y la tarea de velar por el buen funcionamiento de las instituciones. Este problema es de una importancia capital, ya que del control del interés público por una u otra de estas clases dependen la solidez y la unidad del estado. Qué forma debe entonces tomar la república: ¿aristocrática o democrática?

Mientras que la mayoría de los pensadores republicanos de su época preconizan una oligarquía, el florentino defiende la instauración de una república popular (stato popolare) fundada sobre la autoridad suprema de una asamblea, en el seno de la cual el pueblo puede participar, con los mismos derechos que los grandes, en la dirección de los asuntos de la ciudad. Califica así, en el “Sumario de la corte de la ciudad de Lucca”, de “buena disposición” el hecho de que “un consejo general tenga autoridad sobre los ciudadanos, porque es un freno eficaz ante las ambiciones de algunos. (…) El gran número sirve para tomar medidas contra los grandes y contra las ambiciones de los ricos”. Aquel que tiene más interés en que se mantengan, es el más capaz para proteger la igualdad  y la libertad: “Siempre se ha de confiar [el depósito de la libertad] a aquellos que tienen menor deseo de vérsela violada”.

En cambio, cuando no son “los que más mérito tienen, pero los que tienen más fuerza” los que ocupan las posiciones elevadas del Estado, otro conflicto aparece: la división entre grupos de interés vinculados habitualmente a clanes familiares, a sistemas clientelistas o a monopolios financieros –lo que Maquiavelo llama sette (facciones, lobbies). A partir del momento en que “sólo los ricos y los poderosos proponen leyes, menos en favor de la libertad que para el engrandecimiento de sus poderes”, el Estado se socava en su misma raíz, corrompido. Es así que la República romana se arruinó, igual que la República florentina.

¿Qué hacer entonces? Los ciudadanos “deben examinar la fuerza del mal, y, si se sienten capaces de vencerlo, atacarlo sin consideración”.

Notas:

[1] Destacamos el estudio de Emmanuel Roux, Machiavel, la vie libre, Raisons d’agir, París, 2013, 267 páginas, 20 euros. Filippo del Lucchese, autor de Tumultes et indignation. Conflit, droit et multitude chez Machiavel et Spinoza (ed. Amsterdam, París, 2010), ha coordinado una página web entorno a El Príncipe, “Machiavelli: a multimedia project”. Cf. también John P. McCormick, Machiavellian Democracy, Cambridge University Press, 2011. [N. del E.: El texto original fue publicado en noviembre de 2013]

[2] Carta a Francesco Vettori, 10 de diciembre 1513.

[3] Emmanuel Roux, op. cit.

[4] Sobre las diferentes interpretaciones del pensamiento del florentino, cf. Claude Lefort, Le Travail de l’oeuvre Machiavel, Gallimard, París, 1986 (1ª ed., 1972)

[5] Cf. Ranieri Polese, “Machiavel mène l’enquête”, Books, 46, París, septiembre de 2013.

[6] Louis Althusser, L’avenir dure longtemps, Flammarion, colección “Champs essais”, París, 2013 (1ª ed., 1992).

 

Es periodista en Le Monde Diplomatique
Fuente:
https://www.monde-diplomatique.fr/2013/11/PIRONET/49798
Traducción:
Alexi Quintana
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