Los nuevos socialistas: por qué el discurso de Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders resuena en 2018

Corey Robin

06/10/2018

Durante la mayor parte de la historia norteamericana, la idea del socialismo ha sido un desesperado —y a menudo vagamente definido— sueño. Sus perspectivas a mediados del siglo pasado eran tan remotas que la mejor definición que pudieron elaborar entre Irving Howe y Lewis Coser, editores de la revista socialista Dissent, en 1954, era la siguiente: “Socialismo es el nombre de nuestro deseo”.

Puede que esto esté cambiando. El apoyo público al socialismo crece. Socialistas autodenominados como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib están haciendo incursiones en el Partido Demócrata, aquel al que el analista política Kevin Phillips llamó el “segundo partido capitalista más entusiasta” del mundo. La afiliación a los Socialistas Democráticos de América (DSA), la organización socialista más grande del país, se está disparando, especialmente entre los jóvenes.

¿Qué explica esta irrupción? Y ¿a qué nos referimos, en el 2018, cuando hablamos de “socialismo”?

Parte de la historia es pura casualidad. En 2016 el Sr. Sanders hizo una firme apuesta por la candidatura presidencial Demócrata. Lejos de perjudicarla, la etiqueta “socialismo” benefició a su candidatura. El Sr. Sanders no era un liberal, un progresista o ni tan siquiera un Demócrata. No estaba contaminado por todas las palabras y las formas de la política tradicional. Irónicamente, el haber estado tanto tiempo en el exilio protege al socialismo de las tóxicas familiaridades de la política estadounidense.

Otra parte de la historia es menos casual. Desde la década de 1970, los liberales estadounidenses han dado un giro a la derecha en economía. Solían abogar por los trabajadores y los sindicatos, por subir los impuestos, la redistribución, la regulación y los servicios públicos. Ahora idolatran a multimillonarios como Bill Gates y Mark Zuckerberg, desregulan siempre que sea posible, manteniéndose alejados de los sindicatos salvo en períodos electorales y, al menos hasta hace poco, luchan por reducir los impuestos de la mayoría de las personas.

Los liberales, por supuesto, argumentan que solo emplean herramientas en pro del mercado como las bajadas de impuestos y la desregulación para conseguir cosas como el crecimiento equitativo, la ampliación de la cobertura sanitaria y la justicia social —los mismos fines que siempre han perseguido—. A falta de una alternativa y aunque no les gustaran los resultados, los votantes de izquierdas han aceptado, durante décadas, esa solución.

El Sr. Sanders tuvo que convencerlos de que si los créditos fiscales y los mercados de seguros son lo mejor que los liberales pueden ofrecer a hombres y mujeres que luchan por pagar unas facturas desorbitadas y unas deudas interminables con unos salarios estancados, tal vez valga la pena probar con el socialismo.

El socialismo tiene significados diferentes para cada cual. Para algunos, evoca a la Unión Soviética y al gulag; para otros, Escandinavia y la renta garantizada. Pero tampoco es esta la verdadera visión del socialismo. Lo que el socialista busca es la libertad.

Bajo el capitalismo, estamos obligados a entrar en el mercado solo para vivir. El libertario ve el mercado como un sinónimo de libertad. Pero los socialistas oyen “el mercado” y piensan en la madre ansiosa, desesperada por no ofender al representante de la compañía de seguros por teléfono, no sea que decida que la póliza que pagó no cubre la apendicetomía de su hijo. Bajo el capitalismo, nos vemos obligados a someternos al jefe. Aterrorizados por perder sus simpatías, nos rebajamos, halagamos y coqueteamos, o peor —solo por obtener ese aumento o por asegurarnos de que no nos despidan—.

El argumento socialista contra el capitalismo no es que este empobrece. Es que nos priva de libertad. Cuando mi bienestar depende de tu capricho, cuando las necesidades básicas de la vida obligan a la sumisión al mercado y a la subyugación en el trabajo, no vivimos en libertad sino bajo dominio. Los socialistas quieren poner fin a esa dominación: instituir la libertad contra el arbitrio del jefe, contra la necesidad de sonreír para vender, contra la obligación de vender para sobrevivir.

Escuche a los socialistas de hoy, y oirá menos el lenguaje de la pobreza que el del poder. El Sr. Sanders invoca al 1 por ciento. La Sra. Ocasio-Cortez habla por y para la “clase trabajadora” —no la “gente trabajadora” ni las “familias trabajadoras”, frases caseras destinadas a suavizar y tranquilizar—. El uno por ciento y la clase trabajadora no son descriptores económicos. Son acusaciones políticas. Dividen a la sociedad en dos, proclamando a una parte como la ilegítima gobernante de la otra; una parte como la que roba la libertad, poder y promesa de la otra.

Camine por las calles de Bushwick con alguien que haga campaña por Julia Salazar, la candidata socialista que se postula para representar al norte de Brooklyn en el Senado del estado de Nueva York. Lo que escuchará es que, a diferencia de su oponente, la Sra. Salazar no recibe dinero de las empresas inmobiliarias. No es solo que quiera proclamar su independencia de los donadores ricos. Es que en su distrito de inquilinos justos de dinero, los propietarios son el enemigo.

Compare esa posición con el tono que Shomik Dutta, un recaudador de fondos del Partido Demócrata, dio a la campaña de Obama en 2008: “La red de Clinton va a recibir todas [las donaciones] del establishment”. Lo que necesitaba la campaña era alguien que entendiera a “los donantes menos consolidados, los verdaderos promotores inmobiliarios”. Si aquello era “Yes, we can” (Sí, podemos), la respuesta socialista es “No, we won’t” (No, no lo haremos).

Una de las razones por las que candidatos como la Sra. Ocasio-Cortez o la Sra. Salazar hablan el idioma de clase con tanta fluidez es que es fundamental para sus identidades. Al Gore, John Kerry y Hillary Clinton lucharon por improvisar juntos un yo creíble a partir de las muchas personalidades que habían presentado a lo largo de los años, tratando de encontrar una historia personal que se ajustara al momento político. Los jóvenes candidatos de izquierdas de hoy cuentan una historia de lucha personal que encaja con su visión política. El Sr. Obama lo hizo. Pero si bien su historia reforzaba un mito de identidad nacional e inclusión, la de los socialistas habla de capitalismo y exclusión: de cómo, como a los millennials luchando con salarios bajos, rentas altas y deudas inminentes, a ellos y a su generación les fue negada la promesa de libertad.

Las historias de estos candidatos son socialistas por otro motivo: rompen con el estado-nación. Las referencias geográficas de la Sra. Ocasio-Cortez —o de la Sra. Tlaib, que postula para representar al Distrito 13 en el Congreso de Michigan— son locales en vez de nacionales, evocan a la memoria y a las avanzadillas del colonialismo estadounidense y europeo en lugar de la promesa del sueño americano.

La Sra. Tlaib habla de su herencia palestina y de la causa palestina a través de la lucha afroamericana por los derechos civiles en Detroit, mientras que la Sra. Ocasio-Cortez dibuja circuitos de deuda que unen Puerto Rico, donde nació su madre, con el Bronx, donde vive ella. La historia del Sr. Obama también tenía sus capítulos hawaianos (así como indonesios y kenianos). Pero mientras que él terminaba con una nota de incorporación, la del vagabundo cosmopolita que regresa a Estados Unidos, la Sra. Tlaib y la Sra. Ocasio-Cortez no están interesadas en esa resolución. Esa negativa es también parte de la herencia socialista.

Podría decirse que la mayor línea que los socialistas de hoy están dispuestos a cruzar es el sistema bipartidista. En sus campañas, el mensaje es claro: no basta con criticar a Donald Trump o a los Republicanos; los Demócratas también son cómplices de la podredumbre de la vida estadounidense. Y aquí el socialismo de nuestro momento se encuentra con las corrientes más profundas del pasado estadounidense.

Al igual que los grandes presidentes transformadores, los candidatos socialistas de hoy van más allá de los partidos para abordar una forma social maligna: para Abraham Lincoln era la esclavocracia; para Franklin Roosevelt, eran los monarcas económicos. Los grandes “realineadores” entendieron que toda transformación de la sociedad requiere una confrontación no solo con la oposición sino también con la economía política que sustenta ambos partidos. Es por eso que los “realineadores” optan tan a menudo por un idioma que ningún partido habla. Para Lincoln en los 50, al enfrentarse a los Whigs y a los Demócratas, ese lenguaje era el del trabajo libre. Para los izquierdistas en la década de 2010, al enfrentarse a republicanos y demócratas, es el socialismo.

Para los críticos mainstream y más hacia la izquierda, ese lenguaje puede parecer resbaladizo. Con su discurso sobre el Medicare para todos o el aumento del salario mínimo, estos candidatos recuerdan a los liberales del New Deal o de la Gran Sociedad. No hay mucha discusión, todavía, sobre los principios socialistas clásicos como el control obrero o la propiedad colectiva de los medios de producción.

Y por supuesto que hay superposiciones entre lo que piden liberales y socialistas. Pero incluso si los liberales apoyan la atención médica de pagador único, la universidad gratuita, más sindicatos y salarios más altos, la brecha entre ambos se mantendrá. Para los liberales, estas son políticas para aliviar la miseria económica. Para los socialistas, estas son medidas de emancipación, que liberan a hombres y mujeres de la tiranía del mercado y de la autocracia en el trabajo. En la década de los 30, se decía que el liberalismo era libertad más comestibles. El socialista, por el contrario, cree que hacer que las cosas sean gratuitas hace que la gente sea libre.

También es importante recordar que el tránsito entre socialismo y liberalismo siempre ha sido amplio. El programa de 10 puntos del Manifiesto Comunista de Marx y Engels incluía demandas que ahora son recurrentes: la educación pública universal, la abolición del trabajo infantil y un impuesto progresivo a la renta. Pueden hacer falta muchos socialistas para conseguir un poco de liberalismo: después de todo fueron los socialistas de Europa quienes ganaron el derecho a voto, la libertad de expresión y la democracia parlamentaria. Dado lo tímido y tibio que se ha vuelto el liberalismo estadounidense —¿cuándo fue la última vez que un presidente Demócrata se llamó a sí mismo liberal? —, no sorprende que un término más llamativo ayude a iniciar la conversación. A veces los empujones necesitan un empujón.

Aun así, el socialismo de hoy apenas está empezando. A Lincoln le llevó una década —más una guerra civil y la decisión de los esclavos negros de desafiar a sus amos, apresurándose a unirse al avance de las tropas de la Unión— para llegar a la posición de que el trabajo libre significaba la abolición inmediata.

En revistas y páginas webs, en grupos de lectura y reuniones de partido, los socialistas están debatiendo los próximos pasos: propiedad estatal de ciertas industrias, consejos de trabajadores y cooperativas económicas, fondos soberanos de inversión. Hubo una vez en que tales conversaciones fueron objeto de sátira académica y ciencia ficción. Ahora están ganando votos y conduciendo campañas. Es demasiado pronto para saber si llegarán al  Congreso, pero los hechos tienen un modo de convertir el parloteo de bar en debate legislativo.

Lo que en última instancia da forma al deseo socialista no son tanto las políticas específicas en la cabeza de un político como los hombres y mujeres que marchan con sus pies. Es por eso que las dos declaraciones más importantes de los socialistas de hoy son la demanda de la Sra. Salazar de que Nueva York derogue la ley que prohíbe las huelgas de los funcionarios públicos y la llamada de la Sra. Ocasio-Cortez a “ocuparlo todo”. Ambas declaraciones revelan lo que los socialistas siempre han comprendido: la acción de las masas —a veces ilegal, a veces beligerante— determinará la forma final del socialismo.

El socialismo no son periodistas, intelectuales o políticos armados con una agenda política. Como entendieron Marx y Engels —esta fue una de sus percepciones centrales, que los distinguió de otros pensadores socialistas, siempre listos con sus planes de acción—, son los trabajadores quienes nos llevan allí, quienes deciden qué es y dónde está el “allí”.

Eso también es un tipo de libertad. La libertad socialista.

es teórico político, periodista y profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el CUNY Graduate Center, ambos adscritos a la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Sus intereses académicos giran en torno a las formas contemporáneas del conservadurismo y el neoconservadurismo norteamericanos, así como en el tratamiento de la supremacía norteamericana tras la Guerra Fría por parte de los liberales y la Nueva Izquierda. Su último libro se titula “The Reactionary Mind: Conservatism From Edmund Burke to Donald Trump”.
Fuente:
https://www.nytimes.com/2018/08/24/opinion/sunday/what-socialism-looks-like-in-2018.html?action=click&module=Opinion&pgtype=Homepage
Traducción:
Andrea Pérez Fernández