Lecciones de la Batalla de Valencia

Joan Canela

10/09/2018

En los inicios de la Transición, el País Valenciano vivió una situación que algunos comparan con la que puede estar preparándose en Cataluña. La extrema derecha, la policía y los medios de comunicación lanzaron una batalla contra todo lo que oliese a valencianismo o catalanismo, como ellos lo llamaban. SP

Nueve de Octubre del 1979, plaza del Ayuntamiento de Valencia. El consistorio prepara la celebración de la Diada nacional del País Valenciano en un ambiente de altísima tensión política. Pronto se muestra que los temores no son infundados. Grupos fascistas estratégicamente colocados entre la multitud y bien armados comienzan a provocar disturbios mientras que una bengala quema la bandera del Consejo del País Valenciano -rechazada por los ultras porque no lleva la franja azul, por lo que se les llama blaveros- colgada del balcón municipal (y de rebote quema también la bandera española). Ese día el alcalde de Valencia, Ricard Pérez Casado, y el presidente de la Diputación Provincial, Manuel Girona, ambos socialistas, son atacados y heridos mientras la policía lo mira sin hacer nada.

Este incidente se considera el punto culminante de la llamada Batalla de Valencia, la particular transición que vivió el País Valenciano, que tenía el objetivo de aplastar el valencianismo y condicionar a la izquierda. Se trataba, mediante el uso de la violencia, de fracturar la sociedad valenciana para hacer imposible consensuar un proyecto político común.

Los hechos han recordado a muchos analistas la actual situación en Cataluña, donde después del 1 de octubre del 2017 se está difundiendo un relato de ruptura de la convivencia con la llamada guerra de los lazos, entre otros.

Con todo, la situación en la Cataluña actual tampoco es la misma que la del País Valenciano de finales de los setenta y principios de los ochenta. «Son procesos diferentes, tanto por el contexto como por la correlación de fuerzas», explica el sociólogo Vicent Flor, autor del estudio sobre el blaverismo Noves glòries a Espanya. Pero, a pesar de las diferencias, ¿hay lecciones que el movimiento independentista debería tener en cuenta?

Violencia simbólica y violencia real

Uno de los primeros objetivos de la batalla de Valencia fue expulsar el valencianismo del espacio público. Quizá por esto buena parte del conflicto fue alrededor de los símbolos -senyera con azul y sin azul, «País Valenciano» contra «Comunidad Valenciana», etc.- y para lograrlo se empleó la violencia. «Hay que tener en cuenta que el nivel de violencia en Valencia fue mucho más elevado que el que actualmente se vive en Cataluña», explica el periodista Francesc Viadel, autor del libro sobre este periodo No mos fareu catalans (No nos haréis catalanes). Las cuotas de violencia en Valencia deben ponerse en el contexto de la época: durante la transición hubo más de 800 muertes por motivos políticos y en este sentido el caso valenciano no es especialmente cruento. Viadel describe un ambiente en el que te podían agredir por llevar algún símbolo valencianista por la calle o, incluso, por hablar valenciano, y en el que se señalaban y atacaban casas, comercios o locales de personas o entidades consideradas catalanistas.

Rosa Solbes, que vivió la batalla de Valencia desde la primera línea como miembro de la redacción de Valencia Semanal, destaca precisamente que «no podías confiar en que la policía protegiera los mínimos derechos democráticos, ni los ciudadanos ni de los cargos electos». Una sensación que confiesa que le volvió con las imágenes de las cargas del 1 de octubre.

Cloacas del estado

Precisamente esta utilización de medios no democráticos en el conflicto es uno de los elementos que se deben tener en cuenta a la hora de explicar muchas de las cosas que pasaron entonces y de las que pasan ahora. «La participación policial, al menos en grado de inhibición en la investigación, está más que probada en el caso valenciano y aún hay que ver que esté pasando ahora», explica Viadel.

El margen de actuación de las llamadas cloacas del estado, sin embargo, va más allá que los asuntos estrictamente policiales, tal como han demostrado algunas investigaciones periodísticas recientes sobre Cataluña.

En los años setenta, la entonces directora de Las Provincias, María Consuelo Reyna, pasó repentinamente de ir a actos valencianistas a justificar la violencia fascista desde su diario. «Durante la transición hubo muchos reposicionamientos políticos, algunos de sorprendentes», afirma Vicent Flor, «que podrían explicarse por los cambios políticos repentinos, tal como ha ocurrido en el proceso catalán. Ahora, tampoco se puede pensar que el Estado se quedará de brazos cruzados, algo tiene que hacer».

Reacción popular al cambio

En 1977 la izquierda que apoyaba las tesis valencianistas sumó el 52% de los votos, una cifra que en 1983, en las primeras elecciones autonómicas, trepó hasta el 62%, unos resultados que ya quisiera el independentismo. Ahora bien, todas las fuentes coinciden en que no se debe confundir apoyo social y apoyo electoral.

Según Viadel, «se partía de una falsa premisa: como que la izquierda había asumido el discurso del valencianismo, y el regionalismo era de derechas, entonces había una mayoría nacionalista, y eso nunca fue así; de hecho, cuando llegan las elecciones, ya se ve que el valencianismo "no alza un gato por el rabo"; para emplear la expresión de Joan Fuster, se gastaron bombas atómicas contra un enemigo irrisorio».

«El catalanismo hace una suma y el independentismo hace otra y los dos no pueden compararse tan fácilmente», explica Flor, «y algo similar ocurría en Valencia». En su opinión, «había una percepción de que todo el antifranquismo era el mismo, y no. No toda la izquierda era valencianista por mucho que hubiera apoyado el Estatuto. El anticatalanismo tenía apoyo incluso entre las bases del PSOE. En cambio, el soberanismo actualmente en Cataluña tiene un apoyo inequívoco del 45% y esto es un problema enorme para el Estado, que no lo puede ignorar ».

Precisamente, la agitación anticatalanista funcionaba como desgaste para el PSOE porque era compartida por una parte importante de su base social. «El valencianismo menospreció la capacidad de influencia de la derecha; ni el anticatalanismo no lo inventó María Consuelo Reyna ni Las Provincias podía construir un movimiento popular tan arraigado como fue el blaverismo», continúa Flor. Y añade: «De un modo similar, el independentismo ha menospreciado la presencia del estado y del sentimiento nacional español en Cataluña. El poder de socialización del estado, en muchos ámbitos, es enorme y ahora lo estamos viendo».

El resultado de la batalla de Valencia supuso la derrota del valencianismo y su hibernación durante tres décadas hasta que ha llegado a las instituciones. «Ahora el proceso valenciano está cerrado, pero el catalán no, nadie puede augurar cómo acabará», afirma Flor.

 

CUATRO CLAVES DE UNA ESTRATEGIA COMPARTIDA
 

Conquistar el espacio público con violencia

Tanto en el caso catalán como en el valenciano se está utilizando la violencia para expulsar del espacio público a los independentistas, en un caso, y a los valencianistas, en el otro. Todas las fuentes consultadas observan paralelismos entre las bandas de extrema derecha que salen a quitar lazos amarillos y cualquier simbología independentista y la violencia fascista y blavera que marcó la transición en el País Valenciano. «Los grupos de extrema derecha aprovechan la situación y el sentimiento españolista para intervenir y barrer para casa», explica la periodista Rosa Solbes. Francisco Viadel define la violencia de la Batalla de Valencia como «de baja intensidad», lo que «no significa que sea menos grave: no busca matar mucha gente, sino atemorizar a la sociedad», dice.

El resultado de aquellas agresiones blaveras -que también incluyeron atentados con bomba y al menos dos muertos- fue que «el valencianismo se invisibilizara en el espacio público, la gente tenía miedo de colgar la cuatribarrada en el balcón o de opinar en el bar». Con todo, también en la violencia hay grados. Jordi Muñoz apunta que «no ha habido bombas, ni coches quemados ni sedes quemadas», dice.

«Ahora la intensidad sabemos que puede crecer rápidamente. No digo que tenga que pasar, pero puede pasar». Vicent Flor apunta, también, otra diferencia relevante: «El 9 de octubre del 1977 se visibilizó que la calle podía cambiar de lado, pero en Cataluña ya está hegemonizada por el catalanismo. Es diferente impedir el acceso al espacio público para expulsarlo».

Impunidad garantizada

Para que esta violencia sea efectiva necesita dos condicionantes indispensables: absoluta impunidad y un relato mediático que la justifique. En el caso valenciano la impunidad de las bandas de extrema derecha quedó más que patente y no hubo ningún detenido, ni siquiera por los hechos más graves, como los atentados con bomba contra Joan Fuster y Manuel Sanchis Guarner. Incluso el asesino de Miguel Grau, el militante de Fuerza Nueva Miguel-Ángel Díaz Panadero, recibió un indulto parcial que redujo la pena de 12 años por homicidio a 6 y, finalmente, pasó sólo 3 años en prisión.

«Entonces en Valencia sólo había las fuerzas de seguridad del Estado y unas policías municipales totalmente franquistas que estaban en la misma línea», explica Francesc Viadel. Hoy en Cataluña, hay un cambio cualitativo importante, ya que el control de la calle se encuentra en manos de los Mossos; ¿esto supone un cambio cualitativo importante?

Entre las fuentes consultadas hay diversidad de opiniones. Viadel cree que la presencia de los Mossos ha sido fundamental a la hora de reducir las acciones violentas de la extrema derecha y que por ello han sido criminalizados y presentados como una «policía política». Flor y Muñoz, en cambio, encuentran que su actuación ha sido muy tibia. «Quizá la policía española tiene más influencia de la que pensábamos», reflexiona Flor. Muñoz recuerda, además, las actuaciones de la fiscalía a fin de restar eficiencia a la policía catalana.
 
El relato mediático al servicio de la causa

«Los medios de comunicación estaban dominados por el sentimiento valencianero, que no valencianista, y eran claramente parte en el conflicto», explica Solbes, que entonces trabajaba en Valencia Semanal. Precisamente, tanto Viadel como Flor recuerdan el esfuerzo informativo del «minoritario» Valencia Semanal a la hora de contrarrestar el apoyo más o menos explícito de los grandes medios a la violencia blavera, «en especial Las Provincias», destaca Jordi Muñoz. Precisamente este diario era el encargado de justificar los ataques blaveros. «[De manera sistemática] los presentaban como actos de defensa propia al convertir al agresor en agredido y al culpabilizar a la víctima», explica Viadel.

El bando independentista, sin embargo, no está tan desarmado mediáticamente como lo estaba el valencianismo. «TV3 marca una diferencia clarísima y por eso les molesta terriblemente», explica Viadel. Con todo, Flor recuerda que la televisión pública catalana «llega, en el mejor de los casos, a un 20% de la audiencia». Las televisiones de Madrid siguen siendo hegemónicas y, según Viadel, «han sacrificado la verdad a favor de la unidad de España». A diferencia del caso valenciano, además, estos medios se han implicado a fondo en la política catalana. Mientras que la batalla de Valencia fue rebajada como una anécdota de sucesos en la prensa de Madrid, en el caso catalán hay una sobreinformación «con voluntad de crear una alarma social que justifique la intervención», dice Viadel.

Ahora, además, están las redes sociales, que «permiten que las voces hegemónicas tengan más espacio», explica Flor.

La hegemonía social independentista

«En el País Valenciano había mucho voluntarismo y unas élites que llevaban las riendas, pero no un sentimiento nacionalista profundamente arraigado. La diferencia con Cataluña es enorme; sólo hay que ver el uso de la lengua», resume Rosa Solbes. Y ésta es, a grandes rasgos, una opinión compartida por todas las fuentes consultadas.

A pesar de que los resultados electorales de la izquierda valenciana eran claramente superiores a los que ha conseguido el independentismo, este movimiento no tenía detrás un apoyo social real que validará algunas de sus políticas. Jordi Muñoz recuerda que «sí que la izquierda que ganaba elecciones en Valencia era un bloque electoral, pero no un movimiento sociopolítico bien trabado y movilizado como es el independentismo actualmente en Cataluña».

Para Francisco Viadel, la diferencia es abrumadora; mientras que el blaverismo consiguió construir un potente movimiento popular con una clara hegemonía social con algunos temas, en Cataluña «el españolismo es una clara minoría». «Sólo hay que ver el poder de convocatoria de un bando y de otro», dice. Ahora, el periodista alerta sobre repetir el error de la ingenuidad de los valencianos: «En el movimiento soberanista existe la percepción de que basta con ganar en votos, pero la realidad es que la derecha no ha respetado nunca ningún resultado electoral». Flor también coincide en esta fuerza del independentismo pero recuerda que «no hay una demanda del 90%». «El estallido contra la posibilidad de separación ha mostrado como hay un apoyo a la nación española en Cataluña bastante considerable», dice.

escribe en Diari La Jornada
Fuente:
https://www.diarijornada.coop/actualitat/20180908/llicons-la-batalla-de-valencia
Traducción:
Roger Tallaferro