Jerusalén: La ocupación como axioma de base

Meir Margalit

22/05/2018

Nuestro compañero Meir Margalit ha recibido el IV Premio Catarata de Ensayo por su libro Jerusalén, la ciudad imposible (Catarata, 2018). En el momento en el que el gobierno Netanyahu pretende, con la ayuda de Trump, el consenso internacional para la incorporación del conjunto de la ciudad al Estado de Israel -en una clara violación del derecho internacional-, reproducimos el capítulo 2 del libro que trata, precisamente, de las consecuencias cotidianas de la ocupación. SP

Partiendo de la base que Jerusalén es una "no-ciudad", ¿en qué marco introducimos el “caso jerosolimitano” a fin de analizar su significado? ¿en función de qué esquema debemos  abordar su devenir?

Este escrito parte de la base de que el marco general en el que se encuadra la situación en Jerusalén oriental es "la ocupación".  La ocupación es en este estudio un concepto "pre-emergente", (definición de Raymond Williams) o un "designante rígido" (definición de Saúl Kripke) o sea, constituye la sustancia de todo lo que vendrá a continuación, y este será el marco de referencia para el análisis del conjunto de conductas que integran la cotidianidad jerosolimitana -tanto la visible como la transparente, la tangible como la simbólica.

Al igual que una cicatriz profunda que deja una marca indeleble en el cuerpo, la ocupación atraviesa Jerusalén como una herida insondable. Ella constituye su realidad fundante, su matriz constitutiva, el síntoma de toda su miseria. No hay un "afuera" del capitalismo y de la modernidad, escribe Walter Mignolo[1]. Tampoco hay un afuera de la ocupación.  Toda la cotidianidad se inscribe dentro de la ocupación, nada escapa a ella; es un fenómeno total, envolvente, impregna todo lo que la rodea y se filtra en los recovecos más estrechos de la cotidianidad. Por más "liberal" que el ocupador pretenda ser, este sistema no conoce términos medios: no se puede ser "ocupador a medias", así como tampoco existe pueblo al que pueda calificarse "medio ocupado" o "dos tercios ocupado".  Esta  cotidianidad  se articula a través  de un sinfín de tejes y manejes que, a la larga, conforman una "biopolítica" asfixiante que cobra cuerpo a través de regulaciones, ordenanzas, prácticas, medidas, presupuestos, servicios, limitaciones urbanísticas y demás atributos municipales. Si bien cada uno de estos elementos por separado puede parecer inofensivo, la combinación de todos ellos conforma un mecanismo de dominación civil no menos aplastante que el militar. Toda la realidad cotidiana jerosolimitana -la palestina y la israelí por igual- está constituida por la ocupación, y ello significa estar marcada por el signo de lo negativo, de lo destructivo, del 'antagonismo', en el sentido que Ernesto Laclau le da a este concepto. Si bien la indigencia en Jerusalén oriental tiene múltiples progenitores y no depende exclusivamente de tal o cual régimen político, lo que no es menos cierto es que la ocupación la potencia, le otorga su carácter aplastante; bajo su peso el palestino vive doblemente atrapado dentro de un régimen que fomenta la miseria. La situación del palestino no es casual o fortuita, sino el correlato de una forma específica de gobierno, que funciona y cobra cuerpo, acorde a lineamientos destinados a mantener a la población palestina sometida.

La ley internacional es clara y concisa en este punto- Jerusalén oriental ha sido conquistada en junio de 1967 y su estatus no ha cambiado a pesar de las declaraciones escandalosas del presidente Trump. Pero más allá de lo estipulado por la ley internacional, lo que marca sobre todo la presencia omnipotente de la ocupación es el orden hegemónico, jerárquico, etnocéntrico imperante en la ciudad, sus relaciones de poder, la matriz de control, el sistema de clasificación social. Desde esta perspectiva, Jerusalén comparte con la tradicional ciudad colonial de principios del siglo xx  las mismas características operativas del sistema imperialista,[2] la cual "de hecho estaba conformada por dos espacios, dos sistemas de vida y dos temporalidades radicalmente diferentes."[3] Podemos identificar las mismas relaciones bio-políticas de dominio y dependencia, los modos en que se organizan los dispositivos de poder, así como la tajante polarización entre la fuerza ocupadora y el pueblo ocupado.

Lejos de ser una formación acabada y monolítica,  la ocupación es un proceso dinámico, que cambia incesantemente sus procedimientos y presenta una morfología un tanto escurridiza. No se trata de una estructura estática que una vez instaurada se mantiene inamovible. A pesar de mantener una base fija y continua, su práctica cambia constantemente, por lo cual debemos estar sumamente atentos a sus mutaciones circunstanciales. En nada se asemeja su textura en épocas relativamente tranquilas (y efectivamente las hay), a su articulación en agitadas épocas de crisis. El "sometimiento blando" implantado por el alcalde Barkat durante su primer mandato difiere sustancialmente del uso masivo del poder desplegado durante su segundo periodo de gobierno, o más precisamente, a partir del estallido de la revuelta juvenil en julio 2014.  Durante su primera legislatura, la ocupación mantuvo un carácter mesurado que podríamos enmarcar dentro de un modelo "neo-colonizador", el cual se distingue justamente por reconocer que, en la era mediática, hay limitaciones que todo gobierno debe acatar, y no todo atropello es factible. El gobernante neo-colonial ha tomado conciencia de que la ocupación no debe practicarse sola y exclusivamente a través  de métodos de coerción, y que el "colonizador" no tiene por qué encarnar el prototipo del opresor detestable. Por el contrario, es más rentable y eficaz ejercer el poder a través de políticas benevolentes.  Barkat es un ejemplo ilustre de esta estirpe política.

Pero este modelo "civilizado" no es ajeno al destino de toda ocupación, a lo sumo lo postergará. La ola de violencia que estalló el 3 de julio del 2014 a raíz del asesinato de Mohamad Abu Khdeir, o la desatada a raíz de la introducción de detectores de metales en las entradas a la explanada de las mezquitas, demuestran que precisamente en el momento en que sus contornos parecían borrarse, Jerusalén vuelve a la cruda realidad que creía haber superado. Estos episodios de violencia y represión reactivaron la dimensión política de la realidad jerosolimitana, restituyeron a la ocupación su carácter primordial. La realidad de Jerusalén no se refleja en los seis años de relativa prosperidad que Barkat logró articular durante su primer gobierno, sino en sus momentos de crisis. La crisis es lo real, la tranquilidad es solo aparente. Así como la esencia real de la ley se manifiesta en sus excepciones extremas, tal como escribe Agamben, la ocupación se muestra en sus manifestaciones violentas. Dichos levantamientos refrescaron la memoria de quien había olvidado que Jerusalén vive una situación patológica y que la ocupación es una neurosis social que puede estar eventualmente compensada, controlada, pero que tarde o temprano se desencadenará violentamente por obra de un sinfín de estímulos imposible de predecir, y es entonces cuando resalta su esencia real.    

El concepto ha entrado en crisis

Sin embargo, y a pesar de la restauración del sistema de represión "a la vieja usanza", el concepto 'ocupación' en Jerusalén oriental ha entrado en crisis: una nebulosa lo recubre y nos impide determinar su perímetro, delimitar sus contornos. El modelo de 'ocupación moderada' que funcionó durante el primer gobierno de Barkat ha sedimentado, y los mismos palestinos dan muestras de acomodación o resignación[4]. Después de cincuenta años de dominación, la transitoriedad implícita en el término "ocupación" ha perdido sentido, haciendo sumamente difícil encuadrarla dentro de la definición clásica de 'ocupación', ni encontrar un concepto que lo sustituya.  Dicha confusión no existe, obviamente, en Cisjordania, donde la ocupación es más tangible y ningún palestino pondrá en duda que se encuentra bajo régimen militar. Pero en Jerusalén oriental, la ocupación es más difusa. El imponente muro de separación construido en 2004, que separa a Jerusalén oriental de los territorios palestinos de Cisjordania ha generado el espejismo de que la ocupación comienza "del otro lado de la muralla".

Si bien es cierto que dicha confusión es producto del desconcierto y de la desorientación en la que los palestinos están sumergidos, ella tiene también motivos objetivos.  En la práctica cotidiana, se hace un tanto confuso discernir entre acciones acordes a la Cuarta Convención de Ginebra que el país ocupante tiene  obligación de aplicar a fin de asegurar el bienestar de los residentes ocupados,[5] en contraposición a los procedimientos destinados, sobre todo, a fortalecer la ocupación. La distinción entre ambos órdenes es complicada, puesto que ciertas intervenciones del poder ocupante dan lugar a dos interpretaciones simultáneas y, en parte, ambas son conjuntamente medidas legítimas de bienestar y al mismo tiempo, dispositivos de opresión.  El sistema de asistencia social en Jerusalén oriental, por ejemplo, contribuye a aliviar la crisis económica de la población palestina, pero a la vez genera dependencia y funciona como un mecanismo de control social.  La inauguración de una nueva escuela municipal es un acontecimiento positivo, pero ampliando la mirada entenderemos que ello implica la inserción de cientos de alumnos dentro del sistema escolar israelí, cuyos datos personales y familiares serán catalogados, codificados y computados, para pasar a formar parte del dispositivo de control israelí. Este modelo intrincado de control a través de acciones legítimas se manifiesta en todos los aspectos de la vida cotidiana. Cuando el municipio exigió a los locales de las carnicerías de Jerusalén oriental modernizar sus instalaciones a fin de mantener la mercancía con la refrigeración adecuada, al igual que lo estipulado en Israel, dicha medida podría ser percibida como una intervención legítima de salubridad pública, pero también, y no es menos cierto, como otra de las tantas medidas de intromisión destinadas a "israelizar" la parte oriental de la ciudad e intensificar el control israelí. Cuando Israel exige al servicio de transporte público renovar la flota de vehículos, y obliga a los conductores a realizar cursos de seguridad vial, está mejorando el servicio público, pero a la vez, mandando tentáculos hacia diversas áreas de la actividad pública. Probablemente se trata de dos caras de una misma moneda. Más aun, medidas claramente opresoras pueden, en circunstancias determinadas, acarrear efectos positivos: la expropiación de tierras con el fin de construir una clínica, un colegio o pavimentar caminos será una medida justificada, a pesar de que toda confiscación de propiedades efectuada por la fuerza ocupante es, por definición, un acto de coerción.

Todo esto es confuso, pero no nos equivoquemos: los servicios que la municipalidad otorga no son "gratuitos"- comportan un alto precio de orden nacional y el consentimiento implícito por parte del ocupado, no anula ni merma su gravedad. En cierta medida, la trampa de la ocupación reside en que todo servicio que el Estado suministre en beneficio de la población se transforma en otro pilar del sistema opresor.

Es por ello que la 'ocupación' es un fenómeno mucho más complejo que lo que una definición unidimensional puede abarcar. Debemos cuidarnos de no caer en la tentación de hablar de ella en términos binarios, polarizados, y reconocer que en determinada circunstancia, la ocupación puede también abrir oportunidades: "Todo poder no solo restringe ciertas opciones, sino también abre nuevas oportunidades" escribe Jan Busse, y con razón.![6] "Incluso en regímenes crueles es factible, en ciertas circunstancias, vivir periodos de prosperidad."[7] sostiene Luigi Luca, y Claude Levi-Strauss escribió, que "Ninguna sociedad es profundamente buena pero ninguna es absolutamente mala. Todas ofrecen ciertas ventajas a sus miembros".[8] Por ello, debemos ser muy cuidadosos a la hora de depositar toda la culpa de los problemas de Jerusalén oriental en la 'ocupación'. Parafraseando una idea acuñada por Jan Busse-"A pesar de que el poder está en todo, no todo es poder"[9] debemos reconocer que si bien la ocupación está en todo, no todo es ocupación.

Esta confusión se complica más aún por el hecho de que todo estado moderno, incluyendo las democracias liberales, está plagado de atributos totalitarios, ansias de crecimiento indefinido, omnipresencia, burocracia, "gérmenes de fascismo…violencia intrínseca debajo de su paternalismo providencial."[10] Más aún, la ocupación comparte estructuras y procesos con otras expresiones de la vida normal, y se maneja por los mismos vectores por los cuales se mueven otras tantas expresiones de la vida cotidiana. Los recursos que utiliza la ocupación son en muchos casos similares a los recursos usados por los regímenes democráticos. Muchos elementos represivos los encontraremos también en sistemas burocráticos modernos e incluso en gobiernos democráticos liberales. ¿Si la democracia tiene su "lado oscuro",[11] porque la ocupación no podría tener un "lado luminoso"?  Usando conceptos de Marcusse, podríamos afirmar que si la libertad puede transformarse en un poderoso instrumento de dominación,[12], la ocupación podría también tener una poderosa dimensión liberadora. Tal vez ambas dimensiones conviven en una misma cosmovisión.

Lo que complica más la confusión es el uso indiscriminado que generalmente hacemos de los términos "ocupación" y "ocupados". Ambos conceptos, a pesar de provenir de una misma raíz etimológica, no son homólogos, al igual que, tal como Edward Said ha demostrado, 'oriente' y 'orientalismo' tampoco lo son. Ocupación será siempre un fenómeno social del orden de lo represivo, una herida abierta en el corazón del pueblo subalterno, mientras que ocupado será siempre un sujeto social que paradójicamente podría llevar una vida relativamente holgada en un régimen de ocupación. En tanto categoría social, será siempre negativa; en tanto experiencia de vida podría ser soportable. En otras palabras, no podemos descartar la incómoda idea de que incluso la ocupación puede poseer su 'encanto', así como el sufrimiento puede tener una "escurridiza belleza", utilizando una metáfora de Svetlana Alexievich.[13] He aquí, por lo tanto, no sólo otro motivo de confusión, sino más aún, un dilema existencial- si en última instancia lo importante es "el sujeto", entonces qué más da bajo qué régimen reside- se puede vivir mal en un estado democrático así como vivir bien bajo un gobierno dictatorial.  El dilema radica en dónde ponemos el acento-  en el ámbito político o en el investimento afectivo.

La jerupación jerosolimitana

Sin intención de resolver este perturbador dilema, dejo sentada la complejidad del problema, y el hecho de que más allá de nuestras pretensiones, no hay posibilidad alguna de encontrar una teoría coherente, integradora y precisa que abarque este fenómeno tan peculiar. Tony Judt escribe que- "todas las teorías políticas son por naturaleza propia versiones parciales e incompletas de las complejidades de la condición humana"[14] y esto es válido también para la definición del fenómeno que aquí denominamos "jerupación" o sea, ocupación jerosolimitana, expresión acuñada para cubrir el vacío lingüístico en el análisis político-cultural de este fenómeno singular.  A todo esto, Laurence Silberstein afirma que carece de sentido invertir tantos esfuerzos en encontrar un marco teórico que explique la situación jerosolimitana, ante todo debido a que- "todos los esfuerzos realizados a fin de establecer una definición fija a cualquier 'ismo' han demostrado ser fútiles."[15] Más aún,  si tenemos en cuenta que sea cual fuera la definición que elijamos- "las distintas formas en las que el poder se manifiesta en la sociedad Israelí revelan la limitación de discurso académico convencional y la imposibilidad de explicar las dinámicas que configuran las relaciones sociales en Israel."[16] También Clifford Geertz escribe que no hay ninguna necesidad de crear teorías panópticas que expliquen todo el comportamiento humano. Vivimos en una era en la que colapsaron las estructuras geopolíticas tradicionales y tras ellas han caído también las grandes teorías integrativas, todos los "grandes relatos". Por lo tanto, debemos dejar de pensar en forma bipolar, y adoptar un modelo de pensamiento irregular- ya no queda lugar para teorías rígidas, coherentes, o consistentes.[17]  Geertz sostiene que para lograr alguna fórmula posible, deberíamos primero construir un vocabulario nuevo, menos estereotipado, menos uniforme, más flexible, para luego redactar una definición que tenga en cuenta las particularidades, las individualidades, la discontinuidad, los contrastes y las singularidades, o sea la pluralidad de formas de ser y pertenecer.[18]

Efectivamente, cada día se hace más complicado definir la esencia de la "ocupación" jerosolimitana. Parecería ser que este concepto sufre la misma suerte que el término "poscolonialismo", respecto al cual Ella Shohat escribe que se ha transformado en un término ambiguo que ya no permite someterlo a una crítica geopolítica,[19] al igual que el término "imperialismo" cuyo significado, de acuerdo a Benjamin Cohen se ha perdido ya hace un largo tiempo atrás, a tal punto que, "como herramienta técnica de análisis, ya ha dejado de ser útil."[20]

Más que un problema semántico o epistemológico, el doble carácter que la ocupación ha adquirido en Jerusalén oriental- represión subliminal a la par que bienestar económico-  nos ha enredado en una trama difícil de catalogar. La ocupación ha sedimentado, se ha naturalizado, ha dejado de ser una barbaridad para convertirse en una alegoría, ha sido revestida de normalidad y se ha tornado tolerable. Los palestinos en Jerusalén han dejado de sentir ese pavor que los afligía al cruzarse con un policía o al entrar en instalaciones municipales, y sin "pavor" no hay ocupación.  Ashis Nandy escribe en su clásica obra- "The Intimate Enemy" que el colonialismo es sobre todo un estado anímico, "a state of mind", una vivencia subjetiva, una construcción psicológica y cultural, tanto para el colonizador como para el colonizado.[21] Por lo tanto, si los palestinos 'no se asumen ocupados', entonces la ocupación no existe.. Esta situación tiene su correlato en la idea marxista de que el trabajador será 'proletario' sólo cuando se constituya como tal. Así como para que exista proletariado hace falta  'conciencia de clase', de la misma forma, para que haya ocupación es necesario que los palestinos tomen conciencia y se asuman como "ocupados." De ahí que la "ocupación" dependa más de la forma en que cada pueblo se asume, que de las condiciones políticas en la que están atrapados.

Podemos comprender los motivos por los cuales los palestinos de Jerusalén prefieren negar su condición de 'ocupados'. Al fin y al cabo, ¿cuánta pena puede un ser humano cargar sobre sus hombros, cuánto tiempo puede plantarse frente al espejo y reconocerse 'ocupado', con toda la connotación humillante que ello comporta?  Negar el Yo es un consuelo secreto, escribe JL Borges.[22] Pero esto va más allá de una maniobra de salud mental. No se trata de un auto-engaño o una artimaña a fin de dormir tranquilo, ni siquiera de un proceso psicológico de deserción del Yo. Se trata de algo profundamente enraizado en la cultura local. Términos como "ocupación", "colonización", "imperialismo", al igual que "soberanía", "independencia" son conceptos occidentales, engendrados en Europa y trasladados a oriente a medida que fueron colonizándola. La cultura palestina interpreta el concepto de "ocupación" o "colonización" en términos concretos de soldados o policías patrullando por las calles, revisando automóviles, arrestando sospechosos, confiscando tierras, estableciendo toques de queda, permisos para movilizarse, o sea, todos aquellos atributos que el poder militar se asigna.  Pero 'ocupación civil' es un concepto nuevo que no logran captar.  Sin soldados, no hay 'ocupación'. Será por cierto, otro tipo de régimen discriminatorio, injusto, racista, pero no será 'ocupación'. No se trata de ignorancia, ni de falta de comprensión. Se trata de un concepto que al pasar a través del filtro cultural palestino adquiere otro significado. En términos lacanianos diríamos que el significante "ocupación" adquiere un significado absolutamente distinto al concebido en occidente. 

Esta reflexión es sumamente significativa, ya que no podemos descartar la posibilidad de que nuestro esfuerzo por tratar de explicar al palestino de que está equivocado y de que el régimen en el que reside se denomina "ocupación",  peca de paternalismo o peor aún, de colonialismo intelectual.

El State of Mind

A la luz de esta complicada situación surge la pregunta- ¿qué sucede cuando uno o ambos factores de la ecuación dejan de reconocerse como colonizados o colonizadores, cuando el "state of mind" los remite a otros planos, diametralmente desconectados del estatus geo-político-legal en el que están inmersos? Podríamos descartar este dilema adoptando la aguda teoría de H. Marcusse sobre "la falsa identidad" o, apoyándonos en la perspicaz observación de Erich Fromm, según la cual los eslabones débiles de toda sociedad tienden a adoptar un Yo que no les pertenece. Desde esa perspectiva, poco importa la opinión de los palestinos ocupados: ocupación- es- ocupación aunque ellos lo nieguen. W. Mignolo es más contundente al respecto: "Se es y se siente donde se piensa"[23], y el "donde" de los palestinos es indiscutible- la zona ocupada de Jerusalén oriental, por lo cual son ocupados. Sin embargo, si bien es tentador adoptar esta línea, teóricos del sistema colonialista no concuerdan con dicho enfoque. Ashis Nandy, como hemos ya señalado, basándose en la experiencia colonial en India, al igual que Frantz Fanon basándose en Argelia, o Albert Memmi refiriéndose a Túnez, otorgan preponderancia a la esfera de la auto-enunciación, o al aspecto 'discursivo' en la constitución de la ocupación, en el sentido ontológico de construcción del discurso propio de cada sistema social.[24] Tal vez esta postura sea producto de la época y las circunstancias en las que ellos actuaron. En la década de los 60, no había necesidad de demostrar lo que era obvio, por lo cual podían darse el gusto de adjudicarle a la subjetividad de los ocupados un sobrevalor, a sabiendas de que la ocupación como tal no estaba en duda.  De todas formas, esta postura nos devuelve al dilema original- con qué derecho, nosotros, que apoyamos la auto-determinación de los pueblos, negamos a los palestinos el derecho de auto determinar su subjetividad­?

Mignolo, Quijano y pensadores de la escuela latinoamericana de la descolonialidad sostienen que este dilema es ficticio. En la postura palestina no hay nada que se parezca a 'un proceso de libre determinación',  dado que esta ha sido tomada en forma no libre por gente no libre. Se trata de una conciencia impuesta, disfrazada de 'autodeterminación'. El subalterno nunca decide de forma autónoma.[25] Para ellos, el paradigma del state of mind  será siempre producto de una decisión distorsionada. El proceso de 'libre determinación' comenzará después de la descolonización del conocimiento, primer paso para el "desprendimiento" o "el vuelco descolonial". Por lo tanto, aceptar la subjetividad palestina podría ser "respetuoso", pero nunca será verídico ni tampoco ético.

Judith Butler añade otro factor que complica un poco más el entramado. No basta con la definición subjetiva que los palestinos adopten, hace falta también algún grado de acción que le dé consistencia a dicha denominación. "Sin la acción no hay nombre" y, aunque el nombre determina la identidad de la persona, es la acción lo que le da su efecto performativo.[26] Basándose en la teoría marxista, Butler sostiene que el nombre se consolida en el acto colectivo de negación, es decir, a través de una acción colectiva emancipadora destinada a desmantelar las relaciones de poder imperantes.[27] Su tesis es clara y convincente, pero no nos aclara qué acciones es válido computar como "emancipadoras". Por un lado, las escaladas de violencia, el boicot a las elecciones municipales o la concurrencia masiva a las mezquitas podrían ser interpretados como 'actos de resistencia', que reafirman la condición de ocupados.  Pero, por otro lado, la inclusión progresiva de la sociedad palestina al sistema israelí pone en duda la conformación de aquella resistencia colectiva y refuerza la postura de aquellos que niegan la mera existencia de la ocupación.

Pero a pesar de la complejidad propia del tema, no estamos exentos de intentar aproximarnos a una definición congruente, dado que evadirnos de ella implica fomentar "analfabetización política", lo cual es precisamente lo que gobiernos autoritarios necesitan para afianzar sus sistemas de control. El historiador Pieter Geyl escribe-"Romanticismo es un concepto que elude definiciones claras, pero a pesar de ello, la palabra 'Romanticismo' es indispensable."[28] En la misma línea, la palabra "ocupación" es también indispensable y no podemos permitir que ella se convierta en un significante vacío. Precisamos alguna definición de este concepto.

Saskia Sussen sugiere una posible respuesta a esta ambigüedad. En su estudio sobre los procesos de globalización, sostiene que es un error analizar los fenómenos sociales basándonos sólo en los atributos y las características propias de ese mismo fenómeno social. La tendencia generalizada a entender a X limitándonos a los atributos de X, escribe Sussen- "es una trampa endógena". Por lo cual, ella propone tres 'criterios de verificación' a través de los cuales podremos constatar la tipología de fenómenos sociales: Territorio-Autoridad-Derechos. De acuerdo con estos parámetros, la respuesta a esos tres índices clasificatorios- quién controla el territorio, quién concentra la autoridad y cuál es el grado de respeto a derechos humanos, nos lleva a la conclusión, de que dado que Jerusalén oriental se encuentra bajo dominio israelí, dado que la autoridad que rige, controla y ostenta el poder es israelí, y dado que los derechos palestinos, están mayormente restringidos, nos encontramos frente a un régimen que encaja absolutamente dentro del concepto de 'ocupación', independientemente de lo que israelíes o ciertos palestinos sostengan.[29]

Enfocar la mirada hacia adentro

Pero si hemos dicho que, a primera vista, en épocas de relativa tranquilidad, se hace difícil reconocer en Jerusalén oriental los contornos de la ocupación, esta ambigüedad se debe a que enfocamos la mirada, equivocadamente, hacia una sola dirección. Para distinguir su presencia debemos girar la mirada también hacia el lado occidental de la ciudad, porque la ocupación se reconoce no sólo en el sufrimiento de los ocupados, sino también en los efectos que produce sobre los mismos ocupadores, aquellos que Ashis Nandy denomina acertadamente- "las auto-destructivas victimas" . Después de todo, conquistar es agotador. La ocupación requiere manutención continua, un despliegue meticuloso de poder, una vigilancia celosa a fin de garantizar la superioridad permanente del ocupante, y ello consume gran parte de sus energías.[30] Entre colonizadores y colonizados se genera una relación simbiótica, sostiene Leela Gandhi,[31]mientras que Albert Memmi agrega que la condición colonial encadena al colonizado y al colonizador en una perversa e implacable dependencia[32]. La trampa de toda ocupación consiste en que una vez tendida la red, se enredarán indefectiblemente en ella los mismos que la tendieron, de modo que no es casualidad que Jerusalén sea el epicentro de las relaciones humanas más virulentas del país.

En épocas de violencia cruda el impacto es más visible- su expresión más horrorosa son los muertos y heridos, las demoliciones de casas y la presencia de fuerzas policiales en cada esquina que, más que seguridad, infunden desasosiego. Simha Hudedtov, ciudadano israelí asesinado absurdamente por la policía en un incidente que comenzó "porque parecía árabe", en octubre 2015, es la trágica expresión del pánico que se apoderó de los mismos ocupadores. En segundo lugar, los efectos de la ocupación se perciben en negocios vacíos,  restaurantes desiertos y hoteles desocupados debido a la falta de seguridad y del temor natural de ciudadanos y turistas.  Pero los daños colaterales que la ocupación produce en la sociedad israelí van más allá de lo económico. El ocupador que se acostumbra a la ocupación no es menos desgraciado que el ocupado que se adapta a ella. La miseria del ocupado tiene su correlato siempre, indefectiblemente, en la degradación del ocupador. La aversión al palestino y la saña contra todo lo que no sea judío, pasó a ser la característica más representativa de la idiosincrasia local. Si en algún momento Jerusalén ha sido "ciudad santa" (postulado que pongo en duda) hoy se ha convertido en "ciudad perversa". Las huestes de matones marchando por las calles de Jerusalén oriental durante los festejos del Día de Jerusalén, vociferando amenazas e insultos, son la versión local, atenuada pero no menos grotesca, de las bandas fascistas en Italia de Mussolini o de los clanes racistas en Alabama, muestra patética y terrible del grado de degeneración a la que la ocupación ha pervertido la sociedad jerosolimitana. Desde 1967, Israel transita por un proceso sistemático de descomposición moral y social. Las agresiones cotidianas contra iglesias, religiosos e instituciones cristianas son el duplicado sombrío del peor antisemitismo europeo. Las bandas derechistas que azotan la ciudad son el síntoma de su neurosis. En contraposición a la versión oficial, aquellos no son tan sólo "hierbas-malas que no representan a la sociedad jerosolimitana", sino todo lo contrario, la expresión patente del sistema jerosolimitano, el semblante que la define. Colonialismo es una cultura mancomunada, escribe Ashis Nandy, que produce estragos por igual en ambas partes de la ecuación. En épocas de relativa tranquilidad, ante la incapacidad de descargar la adrenalina acumulada contra el palestino, este darwinismo social se vuelve contra sí mismo, en lo que se puede llamar "el efecto boomerang" de la ocupación.  Más aún- " Si ciertas culturas han sido capaces de destruir a otras… las fuerzas destructivas que ellas engendran pueden también actuar hacia adentro", escribe Octave Mannoni.[33]  Las paredes de la zona occidental confirman este postulado: de las escandalosas pintadas que gritan "fuera los árabes" se ha traspasado con suma naturalidad a "fuera los izquierdistas" y la aversión visceral a árabes se ha desplazado con suma soltura hacia pacifistas israelíes quienes han pasado a ocupar el papel de "colaboracionistas", traidores que apoyan terroristas. Este fenómeno es importante resaltarlo a fin de dejar claro que a pesar del distinto grado de padecimiento, la ocupación causa estragos en ambos pueblos. Por cierto, no hay asimetría entre los daños y perjuicios que la ocupación inflige a palestinos e israelíes, pero en última instancia, o ambos nos liberaremos juntos o ambos sucumbiremos juntos.

El imperativo moral

De modo que a pesar de la dificultad intrínseca de definir dónde empieza y termina la ocupación, y más allá de la errada pretensión de encontrar una definición suficientemente amplia como para abarcar las distintas faceta de este fenómeno, el presente ensayo se obstina en usar el término "ocupación" dado que pretende no sólo describir una situación concreta, sino también encararla. De la misma forma que el psicoanálisis no toma por obvio todo lo que el paciente narra y no se ocupa sólo de sus síntomas, sino que trata de interpretar las razones reprimidas que yacen en el subconsciente, de la misma manera, esta obra pretende deconstruir la narrativa que niega la mera existencia de la ocupación, y reconstruir de alguna manera la situación existente, más allá de las dificultades conceptuales que se presentan en el camino. Descifrar, indagar, subvertir los significados y llamar a la ocupación por su nombre, es en parte construirla, del mismo modo que desde una perspectiva ontológica, el surgimiento de cualquier objeto de discurso depende del proceso performativo de su nombramiento.[34] "El nombre es el significante que soporta la identidad del objeto" escribe Ernesto Laclau, y el efecto de este nombre lo acompañara incluso retroactivamente aunque el paso del tiempo modifique sus rasgos.[35]

Más aún, consciente de que la propia enunciación conlleva consecuencias políticas, este ensayo se niega a renunciar al concepto de "ocupación".  Renunciar a él implica claudicar de la lucha por su desaparición, resignarse a ella y reconocer su triunfo final, y eso es precisamente lo que la ocupación pretende. Benjamin Cohen escribe, que a pesar de la complejidad implícita en definir el término "imperialismo",  renunciar al uso explícito del nombre es renunciar al tema en sí mismo,[36] y esta es precisamente nuestra preocupación respecto al término "ocupación". De modo que más allá del debate semántico, o teórico sobre la precisión del concepto, la importancia de retener este marco de referencia radica en ser una hoja de ruta, una afirmación de la cual se desprende un programa de acción concreto, el único que conduce a la liberación.   Sobre todo es un imperativo moral.

Es por ello que la mejor forma de comprender la implicanción y el significado de la jerupación, es ubicando el conjunto de sus expresiones en su contexto amplio, refutando la manipulación municipal de presentar cada acto por separado para que cada uno de ellos parezca legítimo, porque sólo inscribiendo la suma de sus expresiones dentro del contexto de ocupación, tomaremos conciencia de su significado real, comprenderemos su magnitud, vislumbraremos el precio que demanda.

Notas:

[1] Walter Mignolo, Desobediencia Epistemica, Ed. Del Signo,   Buenos Aires, 2008.

[2] Benjamin J.Cohen,  The Question of imperialism,  New York, Basic Books, 1973, pág 15.

[3] Dan Rabinovitz and Monterescu, Mixed Towns in Palestine and Israel, IJMES (40) 2008,  pág 216.

[4]   Más de la mitad de los palestinos de Jerusalén prefieren ciudadanía israelí. http://www.timesofisrael.com/half-of-Jerusalem-arabs-want-to-be-israelis...

[5]  The occupying power is entrusted with the management of public order and civil life in the territory under control- Fourth Geneva Convention, 1949.

[6] Jan Busse (2015) Theorizing Governance as Globalized Governmentality: The Dynamics of World-Societal Order in Palestine, Middle East Critique, 24:2, 161-189

[7] Luigi Luca Cavalli-Sforza,  Genes, Peoples and Lenguages,  North Point Press,  2000,  pág 6.

[8] Claude Levi Strauss,  Tristes  Trópicos,  Ed Paidós, 1988,    pág. 440.

[9] Jan Busse (2015) Theorizing Governance as Globalized Governmentality: The Dynamics of World-Societal Order in Palestine, Middle East Critique, 24:2, 161-189,

[10]   Foucault,  Nacimiento de la Biopolitica,   Buenos Aires, 2007,  Clase del 7 de marzo 1979,  pág. 218

[11] Michael Mann. The Dark Side of  Democracy,  Cambridge, 2005 

[12] Herbert Marcusse, El Hombre Unidimensional,  1968.

[13]  Svetlana Alexievich,  La Guerra no Tiene Rostro de Mujer, Editorial Debate,  Argentina, 2015,  pág. 178

[14]  Tony Judt,  Pensar el Siglo xx,  Madrid , 2012, pág. 192

[15] Laurence Silberstein, The Postzionism Debate,  Knowledge and Power in Israeli Culture,   Routdlege, 1999, pág 10.

[16] Ibid,   pág 166 

[17] Clifford Geertz, Available Light, Anthropological Reflections on Philosophical Topics, Princeton , 2000.  En particular, capitulo  11, "The World in Pieces" pág 218.

[18]  Ibid, pág 224.

[19] Ella Shohat, Notes on the Post-Colonial,  in:  Fawzia Afzal-Khan and Kalpana Sheshadri-Crooks, The Pre-Occupation of Postcolonial Studies,  Duke University Press, 2000,  pág 126. La misma opinion sostiene  Leela Gandhi en : Postcolonial Theory, a Critical Introduction, Columbia,  1998.

[20] Benjamin J.Cohen,  The Question of Imperialism,  New York,  Basic Books,  1973, pág 9.

[21] Ashis Nandy,  The Intimate Enemy, Oxford University Press, 1983, pág 63.

[22] J.L.Borges, Nueva Refutación del Tiempo, en: Otras Inquisiciones, 1952, pág. 286.

[23] Walter Mignolo, Desobediencia Epistemica, .ed Del Signo, Buenos Aires, 2008,   pag 44

[24] Albert Memmi, en "Dominated Man: Notes Toward a Portrait , (London 1968( escribe que "lamentablemene" mucho tiempo después de lograda la independencia  los ex-colonizados continúan viviendo bajo el peso de la conciencia colonizada, lo que demuestra hasta que punto ser colonizado es un state of mind

[25] Ibid.  Esta postura sigue la línea marcada por Gayatri Spivak  en la decada del 80 cuando pregunta- "Can the Subaltern Speak?"  y responde provocativamente: No ! el subalterno no puede hablar por si mismo. 

[26] Judith Butler, Laclau, Marx y el Poder Performativo de la Negación, en- Debates y Combates, Año 5 Núm. 9 vol. 1,  pág. 122

[27] Ibid.

[28]  Pieter Geyl, Debates with Historians, Meridian Books, NY, 1958, pág 12.

[29] Saskia Sassen, Territory, Authority, Rights- From Medieval to Global Assemblages,  Princeton University Press, 2006.  pág 4.

[30]  Ernest Gellner, Naciones y Nacionalismos,  ed. Alianza, 2008,  pág 63.

[31] Leela Gandhi, Postcolonial Theory- A Critical Introduction, Columbia University Press,  1998.

[32] Albert Memmi, Dominated Man- Notes Toward a Portrait. London,  1968, pág. 45.

[33] Octave Mannoni.  Prospero and Caliban,   The Psychology of Colonization,  London, 1950 

[34] Yannis Stavrakakis,   La Izquierda Lacaniana,  Buenos Aires, 2010, pág. 22

[35] Ernesto Laclau.  Introducción al libro de Slavoj Zizek, El Sublime Objeto de la Ideología, Siglo Veintiuno editores,  Buenos Aires, 2003,  pág. 17.

[36] Benjamin J.Cohen, The Question of Imperialism,  New York,  Basic Books, 1973, pág 10.

 

Urbanista e historiador, es residente en Jerusalén, dónde es un activista contra la ocupación israelí. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 22 de mayo 2018