En diálogo con el enemigo

Oana Zaharia

10/06/2018

“¿Cómo tienes tanta energía para todos los idiotas?” Eso me dicen amigos y conocidos por lo menos una vez a la semana debido a mis publicaciones online, que generan miles de comentarios; normalmente publicaciones relacionadas con el feminismo, el racismo, la xenofobia y la comunidad LGBTQ.

Pues es simple: los temas me interesan y se trata del mundo en que vivimos y de la dirección hacia la que nos dirigimos. Como deseo que esa dirección sea una más progresista, para no volver atrás, obviamente estoy dispuesta a invertir energía en ello. Lo hago desde el deseo profundo (o como dirían algunos, ingenuo) de querer arreglar los errores de la sociedad en la que vivo. Y, sobre todo, desde las reacciones positivas de algunos de los “idiotas” con quienes estoy conversando.

¿Quienes son estos idiotas? Gente que no piensa como tú, como yo, o como nuestros amigos. Gente que piensa que la mujer debería tener hijos y quedarse en la cocina, que quieren “muerte a los gitanos”, gentes que se sienten aterrorizadas por los inmigrantes, gente anti-gitanos o pro-gitanos, gente que cree que la homosexualidad va contra la naturaleza. Es fácil catalogarlos como tontos, meterlos en un cajón, bloquearlos y olvidarnos de ellos.

Entiendo que las discusiones con el “enemigo” pueden parecer, al menos en una fase principiante, inútiles, porque cada uno mantiene un discurso alimentado por las propias fuentes de información. ¿Y si tuvieras la paciencia de escuchar las tonterías que el otro está debatiendo? Yo sí la tengo.

Recuerdo un acontecimiento de hace un año, cuando aparecí en unas fotos desnuda, con pelo en los sobacos. Seguidamente, uno de los troles de guardia empezó a fastidiarme y a ofenderme de todas las maneras posibles, empezando con “mono peludo”. Poco después empecé a recibir mensajes de ánimo en privado, pero también de odio de la gente que seguía la conversación. Uno de ellos venía de un chico que me escribió brevemente: “Das pena y asco”. “¿Por qué?”, le pregunté.    

Aunque ya sabes la respuesta, para una comunicación eficaz, es mejor dejar al otro que te la de. Me comentó que resulta asqueroso el hecho de que no me depile y cuánto admiraba al trol que se encarga de esa manera de gente como yo. Le mande un enlace con un artículo interesante acerca de cómo el mayor fabricante de cuchillas de afeitar (sabéis cual) indujo a las mujeres a avergonzarse del vello corporal. Le conté cómo conseguí deshacerme de esta vergüenza y cómo de libre me siento ahora, pudiendo elegir yo misma cuando depilarme. Estaba intrigado. Le conté por qué me hago fotos desnuda y qué significado tiene la desnudez para mí: la forma más sincera de retrato.

Primero se sorprendió de la elocuencia de mi vocabulario, como si estuviera convencido de que además de pelo de mono tuviera también cerebro de mono. Después me agradeció la paciencia con la que le respondí, a pesar de que él me hubiera escrito tan desagradable. Luego, llegó solo a la conclusión de que el trol que empezó la campaña contra mí en realidad no era muy inteligente y desde entonces me manda de vez en cuando enlaces de desnudos o artículos feministas sobre la lucha contra la obligación de depilarse. Considero esto un éxito, porque este hombre llegará a influir a una pequeña parte de su mundo con estas nuevas ideas. 

La feministas más radicales que yo, me dicen que no debería empatizar con los agresores, los activistas contra el racismo me regañan por tener racistas en mi lista de amigos, los activistas LGBTQ me riñen cuando presto atención a los homófobos. En vez de entender que somos del mismo equipo, solo que yo hago el trabajo más sucio, muchas personas de “nuestro bando”, centran sus fuerzas contra mi.

No me malinterpretéis, no creo que tengamos que ser tolerantes con los intolerantes, pero creo que deberíamos condenar el pecado, no la persona, como lo dice la Biblia. Sí, aunque soy agnóstica, he leído la Biblia y puedo citarla en cualquier momento contra los cristianos intolerantes. A la gente hay que hablarle en sus propios términos si quieres que te escuchen. Hablarles en sus propios términos y encima mostrar un interés activo hacia sus problemas, recomienda Jay Heinrichs, experto en argumentación y persuasión. Sí, leo muchos consejos de expertos en comunicación, así de mucho me interesa la idea de diálogo.

A un racista que una vez me hizo un comentario en un post, le pregunté cómo resolvería el problema de los gitanos en Rumania, si pudiera. ¿De qué manera elegiría matarlos, quién pagaría por eso, cómo se harían los equipos de “caza”? Es difícil escribir este tipo de preguntas, pero observarás que puede pasar algo muy curioso. Cuanto más preguntas sobre definiciones y pides detalles, el compañero baja los pies a la tierra y empieza a modificar sus respuestas. El hombre empezó a imaginarse cómo pondría en práctica el plan de limpieza étnica y de pronto me dice: “bueno, evidentemente que no los mataría de verdad, pero los llevaría a algún lugar lejos de la sociedad”. “¿Vale, y a dónde los llevarías?”. “Los encerraría en algún sitio y los educaría de manera forzada”. “Ah, entonces los educarías. Es interesante esto, porque nosotros, los activistas, también pedimos derecho a la educación. ¿Y quién se encargaría de eso?”

La idea es que cuanto más preguntas sobre el tema, antes se darán cuenta que es una cuestión muy peliaguda y de que no puede resolverse con “muerte a los gitanos”. En lugar de mandarte enlaces a oscuras páginas web en las que se sostiene que otras razas tiene el cerebro más pequeño que la raza aria, dejarán la discusión con un “hablamos en otro momento, ahora tengo que trabajar, lo siento”.

No está mal para un diálogo que empezó con “¡por culpa de malditos activistas como tú estamos obligados a vivir entre estas bestias gitanas, llévatelos tu casa si tanto te gustan!”

Para poder mostrar compasión a una persona que empieza una conversación así, imagínatela en una situación vulnerable. Cuando alguno me toma de “puta barata” por las fotografías desnudas, me gusta imaginármelo acariciando un gatito o cómo llora al lado de la cama de hospital de una persona querida. Básicamente, él es una persona también, y no está exento de estas cosas. Y a lo mejor mis desnudos le provocan un cierto sufrimiento porque denotan un nivel de coraje y aceptación del propio cuerpo del cual él no es capaz. Múltiples discusiones que empezaban con una réplica del estilo “puta, espero que te mueras en una zanja”, las he acabado con un saludo cortés de ambos lados y con disculpas sinceras por parte del acosador. Con algunos incluso hemos acabado como amigos que vienen a mis conciertos y que desde entonces me han escrito muchas veces que me respetan y que les sabe mal haber empezado la conversación de esa manera grosera.

Creo que todos tenemos una causa mayor que los necesita. Para llegar a algún sitio con nuestras actividades progresistas, tenemos que ayudar a la mayor cantidad de gente a entender nuestro objetivo. El mensaje de amor/empatía no tiene que parar dentro de nuestro círculo de amigos, sino que tiene que llegar a los corazones de aquellos “tontos” asustados de las mujeres, asustados de los gitanos, asustados por el cambio, asustados de “los jóvenes de hoy”, asustados de la vida. Si les bloqueas y ya van a volver a su burbuja de cristal, donde sus amigos les van a consolar y van a seguir odiando juntos en el futuro.

Bueno, también queda la opción de que les molestes tanto con tu compasión que te bloqueen ellos, pero al menos lo has intentado. Le has planteado una idea nueva a una persona que no quería pensar y que vivía con la impresión que ya lo sabía todo. Y si esto no es un paso hacia el progreso, no sé que lo es.

Es música, poeta, traductora y, en ocasiones, periodista. Es miembro de la banda Poetrip.
Fuente:
http://www.decatorevista.ro/dialog-cu-dusmanul/
Traducción:
Alexandra Constantin