“El mundo del trabajo me parece profundamente literario”. Entrevista a Koldo Izagirre

Koldo Izagirre

25/06/2018

Koldo Izagirre (Altza-Pasaia, Guipúzcoa, 1953) es uno de los autores más imaginativos de las letras vascas. Con una fértil trayectoria tanto en prosa como en poesía, es un apasionado explorador e innovador de los lenguajes narrativos. La memoria histórica es el tema que más ha cultivado en su prosa, con una técnica experimental en constante desarrollo que evidencia los límites de la propia literatura para conocer y difundir hechos históricos y, en general, para contar/recrear la realidad, a través de una mirada que logra mostrar acontecimientos globales en el marco más próximo, geográfica y literariamente. Conversamos con él largamente, sobre historia y literatura, en un conocido café de Palma, con motivo de su visita para la presentación de Que vol foc, Mr. Churchill? (Lleonard Muntaner Editor, 2018), la traducción catalana de uno de los compendios de relatos más emblemáticos de su obra.

Antoni Trobat y Daniel Escribano

 

Al describir el puerto de Pasaia, hablas de los estibadores vascohablantes, los marineros gallegos y alemanes.

 

Había dos muelles principales, nosotros vivíamos en el muelle cuadrante o muelle avanzado, que es una prolongación de forma cuadrada en la mitad del muelle trasatlántico, a donde llegaba el tráfico industrial y comercial en general. Los buques traían chatarra, madera, maquinaria, incluso trolebuses de Londres, usados, de dos pisos, con su publicidad y todo. Estuvieron funcionando varios años en las líneas de Donostia. También se descargaba sal, carbón de cock, azúcar, plátanos, café, fosfato, pirita, papel para pasta… La carga-descarga supone un mundo de papeleos, seguros, consignatarios y consulados, pero, fundamentalmente y mucho más visible, un mundo de relaciones entre personas, entre barco y tierra, bodega y muelle, entre muelle y vagón o camión, es decir, entre marineros y trabajadores. No había contenedores, mucho género venía a granel y lo que no venía a granel venía en sacos, y todo aquello exigía mucha mano de obra, peonaje. Un montón de gente en cubierta guiando las maniobras de la grúa y paleando en bodega, otro montón de gente recibiendo la mercancía en los vagones o en los camiones y recogiendo los restos que caían alrededor… A todo aquel hormiguero hay que añadir los trabajadores del propio puerto, encargados del mantenimiento y de las reparaciones: mecánicos, electricistas, engrasadores, enganchadores, albañiles, pilotos, gruistas, guardas… Todo era una mezcla de hablas técnicas y de idiomas diferentes. Había un tráfico muy grande de barcos con pabellón alemán y holandés, y se oía mucho alemán, mucho euskara entre los estibadores y los guardas, el castellano dominaba entre la gente de oficinas, y también oía frases sueltas de inglés, que ya era el habla franca de los puertos europeos.

 

¿Y el otro muelle?

 

El muelle pesquero. En algunos momentos, exagerando, casi se podía pasar de un lado a otro de barco en barco, por la cantidad de ellos que había. Los grandes barcos se dedicaban al bacalao, iban a Terranova. Otros a alta mar, quince días, un mes, a Gran Sol, fundamentalmente, hacia la plataforma de Irlanda. Todo eso ya no tenía nada que ver con la pesca tradicional o lo que podría ser un típico puerto pesquero. Era parte de un puerto industrial, y la pesca también era industrial: grandes mareas, grandes redes, grandes congeladores… Pero también había una infraestructura de rederías, talleres de cuidado de buques, etc. que constituía otra industria, un montón de oficios que también eran parte del puerto, aunque fuesen empresas autónomas. Era una zona de mucho movimiento, porque se necesitaban reparaciones inmediatamente, los muelles estaban llenos de chispas de soldadura, había botellas de acetileno en el suelo cada dos por tres... A la vista destacaban el colorido de los barcos y la herrumbre de bastantes de ellos. Al olfato, el gasoil y el salitre de las redes. Al oído, el habla de los habitantes de Trintxerpe, hombres, mujeres y niños siempre en gallego.

 

Los gallegos aparecen con bastante frecuencia en tus narraciones…

 

Los gallegos llegaron en grupo hacia 1916-17, contratados para romper una huelga. Llegaron, se unieron a la huelga y se quedaron en Trintxerpe, uno de los distritos de Pasaia, frente al muelle pesquero, con su fábrica de hielo, sus rederías, sus bares, su pulpo, su ribeiro y su idioma. Formaron un grupo muy cohesionado, de mucho carácter. Muy castigado también, accidentes, enfermedades profesionales, hundimientos… Y muy marcado políticamente. A Trintxerpe, durante la Segunda República, la prensa de derechas le puso el mote de la Meca Roja. Fue más anarquista que comunista, sacaron una revista, Avance Marino, muy combativa. Fueron de los primeros en huelgas y en el frente antifascista, y formaron el Batallón Bakunin n.º 1, que anduvo por todo el frente vasco… Pasaia y Gipuzkoa en general le deben mucho a Trintxerpe. En los años sesenta, un cura, Serafín Esnaola, hizo mucha labor social. Cuando la iglesia pasó a ser parroquia, la jerarquía católica nombró como párroco a un cura de otro distrito. Trintxerpe se lo tomó mal, ellos querían a Esnaola. Llegó el obispo a la ceremonia y casi termina en el agua con su coche y su chófer, los gallegos se habían rebelado. Como consecuencia, la comunidad de Trintxerpe fue excomulgada de la iglesia católica. Un caso único. Trintxerpe da para mucho, está llena de historia.

 

¿Y los vascos nativos?

 

Durante la Segunda República, una zona importante del puerto habían sido de la CNT, y en el muelle comercial y transatlántico tuvo mucha fuerza la UGT, podían parar el puerto: “No descargamos”, y ya está. Una de las primeras células comunistas de Gipuzkoa nació en Pasaia. La formó Juan Astigarribia, que luego sería consejero de obras públicas en el gobierno de Aguirre durante la guerra. Astigarribia fue la bestia negra de la patronal y de la policía, intentaron liquidarlo más de una vez. El mundo nacionalista prácticamente no existía en el puerto, solamente en oficinas.

 

¿Y tu familia?

 

De pequeño, saqueando cajones, encontré en casa un carnet muy bonito del sindicato ELA-STV con la fotografía de mi tío Jose Luis, hermano de mi madre, ebanista. Tenía varias cotizaciones selladas. Gremio de la madera, 1932. Supongo que para entonces ya habría oído cosas de la guerra y de la República, porque era un tema habitual en las tertulias de los domingos que teníamos en casa hasta que mi hermano se marchaba al cine o al fútbol. Pero aquel descubrimiento me dio qué pensar: mi madre tenía guardado en casa algo peligroso… No puedo decir con exactitud qué edad tenía cuando lo supe, pero creo que era un chaval, porque mi hermano es nueve años mayor que yo y mis padres hablaban con él de muchas cosas. Yo me quedaba con todo sin intervenir. Lo que supe fue que un hermanastro de mi padre, Miguel Errasti, fue fusilado por los fascistas. Otro hermano directo, Esteban, fue atropellado y muerto en la gasolinera Larramendi de Donostia por un teniente coronel que conducía borracho. Mi madre era ideológicamente nacionalista. Mi padre no era nacionalista, era una especie de republicano vasquista, bastante anticlerical en el fondo, aunque iba a misa. Mi madre nació en 1917, mi padre, en 1913. La Segunda República coincidió con la juventud de ambos, y siempre decían que fueron los mejores años de sus vidas. Mi madre era la hija menor de una sidrería de Astigarraga, y nos solía contar que, en Semana Santa, venían los comunistas de Hernani a comer y beber con un cordero atado en una cruz, una especie de procesión atea. Y se echaba a reír.

 

Y, en plena juventud, el alzamiento monárquico-fascista...

 

Los famosos bous de la marina de guerra vasca eran pesqueros de Pasaia, artillados. Los cañones del fuerte de San Marcos mantuvieron alejado al Almirante Cervera, un cañonero que bombardeaba y hacía pirateo desde varias millas. Pasaia y, especialmente, Trintxerpe nutrieron la resistencia con voluntarios de primera línea que actuaron rápidamente para sofocar el alzamiento de los cuarteles de Loiola, en Donostia. En el distrito de Antxo, el cine, que se había abierto en 1924, funcionó como cuartel de aseo y descanso para las fuerzas que acudían al frente de Irún. Mis padres no se conocían aún. A preguntas de mi hermano, mi padre solía contar retazos de su hoja de servicios, por decirlo de alguna manera. Cuando se produjo el alzamiento, fue a la sede de UGT de Herrera, junto al puerto. Estaban repartiendo pistolas, y le dieron una. Deduzco que tendría amigos allí, o que era de confianza. No sé si llegó a usarla. Contaba que, cuando entraron los facciosos, salió huyendo hacia Zumaia, en la costa, cerca de Bizkaia. Su objetivo sería pasar de allí a Euskal Herria del Norte o a Bilbao. En Zumaia presenció una de las cosas más tristes de la guerra, me acuerdo bien que lo repitió varias veces: el mercado negro de la evacuación, el negocio de la desorganización, embarque a cambio de dinero. No tenía dinero ni alhajas ni nada de valor, así que se escondió en un caserío donde vivían dos hermanas que conoció en el muelle. Era agosto-septiembre, había que cortar hierba y les vino bien. Pasada la primera represión, al cabo de unos meses volvió a casa. No había hecho el servicio militar, porque era “excedente de cupo”, había quedado exento. Pensó, como muchos, que la guerra duraría poco, que los rusos ayudarían, que Inglaterra también lo haría, pero no fue así. Le volvieron a admitir en el trabajo, un taller que llevaba toda la iluminación pública de Donostia: Alberto Romero. La guerra se fue alargando, tiraron quintas hacia atrás y movilizaron hasta a los excedentes de cupo. Un día le fueron a buscar y le llevaron a Logroño: instrucción y al frente de Teruel, en plena batalla. Era invierno de 1937, y me dijo que no les dejaban ir a primera fila del frente por su propia seguridad: “Estos obligados, vascos de mierda, atrás, porque pueden hacer señales al enemigo”. Sucedió que los republicanos hicieron un contraataque en Lleida, concretamente en Tremp, y destruyeron una planta eléctrica, que, a través de los Pirineos, daba corriente a Donostia. Donostia era una plaza importante, porque, en aquel momento, estaban allí todas las publicaciones de la Falange, era la capital cultural del territorio alzado, y también un centro de coordinación de todo el espionaje y de todos los sabotajes que los agentes fascistas hacían en los puertos franceses. Donostia sin fuerza eléctrica era un desastre y, entonces, fue el empresario Alberto Romero el que tiró de quintas: utilizó a sus contactos para recuperar su plantilla, porque necesitaba a los oficiales jóvenes a que había formado. Así que desmovilizaron a mi padre, lo trajeron de vuelta, lo tuvieron recuperando líneas y centrales hidroeléctricas en la cuenca del Urumea, trabajando siempre bajo vigilancia armada. Ahí, en la regata del Urumea, conoció a mi madre. Por un lado tenía ficha de desafecto al régimen y, por el otro, supongo que muchos le considerarían un enchufado. Del frente, a uno no lo traen a casa así como así.

 

Oyendo estas historias, parece que, muchos de los relatos de ¿Quiere fuego, Mr. Churchill?, junto con una construcción literaria y metaliteraria de gran complejidad y originalidad, contienen algo de memoria familiar...

 

Mis padres era muy buenos narradores: mi madre, de anécdotas, ya que era una hija de sidrería y conocía el mundo de los golfos de sidrería, los bertsolaris de cuarto nivel, los juerguistas populares, por decirlo de alguna manera, y mi padre, de otros mundos, de los conflictos de la República, de la guerra, de los problemas del puerto, y tenía bastante cuidado con la estructura, no le gustaba empezar nunca por el principio. Esto es frecuente en nuestros viejos, nos han transmitido la memoria histórica, y eso hace que pongamos a gente anónima como protagonista y narradora en nuestras obras.

 

Con este ambiente familiar, ¿cómo fue tu toma de conciencia política?

 

Por todo lo que se oía en casa. Y porque había algo en el ambiente, también antes del nacimiento de ETA. En 1950 ya había huelgas. En el puerto hubo un parón en el cuarenta y pico. En la posguerra quedaba bastante de la preguerra, deshacían una red y empezaba a tejerse de nuevo. También influyó tener un hermano nueve años mayor que dejaba papeles en el armario y me hacía pedagogía de choque. “Miguel, mañana me toca izar la bandera en la escuela.” “Como hagas eso, no me hables más en la vida.” “Oye, he visto que entrabas en...” “Sí, es que han traído futbolines.” “Como vuelvas a entrar ahí, te voy a dar una que verás, ¿no sabes que ésos son de la Falange?” “¿Qué Falange? ¡No pone nada!” “Son gente de la Falange y ni se te ocurra entrar ahí.”

 

Lo primero que recuerdas de ETA en la zona ¿qué es? ¿Alguna pintada? ¿Alguien que les apoyaba?

 

Más que algo gráfico, recuerdo un estado de ánimo general cuando mataron a Txabi Etxebarrieta, en 1968. Era el primer gudari muerto de la posguerra, fue un temblor, manifestaciones, misas, pintadas, panfletos, represión, canciones, policías secretas por todas partes… Quince años tenía yo, estaba despertando.

 

El poemario Harri eta herri (Piedra y pueblo), de Gabriel Aresti, fue importante.

 

A mi generación, la conciencia y la rebeldía le llegaron por la canción, que, a su vez, se nutría de la poesía y, evidentemente, de Aresti. El himno nuestro fueron unas letras de Aresti que, en una copla, dicen Egun da Santimamiña, benetan egun samiña (Hoy es San Mamés, un dia realmente doloroso), grabada por Mikel Laboa. Y la letra de Aresti es Goiko zeruan gorde dezala luzaroan nire arima (que se guarde mi alma por mucho tiempo en el cielo), pero el canto popular era Goiko zeruan gorde dezala Etxebarrietan arima (que se guarde el alma de Etxebarrieta en el cielo). También eran importantes las dianas comarcales en las fiestas, el pasacalles era casi siempre siempre ese “Etxebarrietan arima”, interpretado con acordeón, chistu, trikitixa o a txaranga, a un ritmo más vivo que el original de Laboa, como exige el pasacalles, que se convertía en una culebra que cantaba todo lo prohibido, entre cohetes y ruidos de feria. Y luego había otro fondo de canciones que venían desde antes de la guerra, otras populares que nunca se grabaron pero que las cantaba todo el mundo. Todo eso crea un poso. Y luego se oía: “están huelga”, “han detenido a fulano”…

 

¿Cómo fue tu socialización política? ¿Qué organizaciones políticas pululaban por allí?

 

Pasaia, además de puerto, era un núcleo industrial muy fuerte, con una fundición, Victorio Luzuriaga, SL, que empleaba a más de tres mil obreros. Allí se crearon las primeras comisiones obreras. Pulular, pululaban muchas organizaciones, comunistas clásicos, maoístas, trotskistas… Pero, comparado con el movimiento de ETA, todo lo demás era minoritario, incluso el propio PNV. Cogías el periódico: “Ayer tres bombas destruyeron el local del sindicato vertical”. Producía una atracción inevitable.

 

Un hito histórico y, al tiempo, elemento de conflicto durante la década de 1960 dentro del nacionalismo vasco fue la construcción de una variedad unificada del euskera (anormalmente tardía). Las divergencias políticas e ideológicas latentes estallaron con la aprobación por Euskaltzaindia, en 1968, del uso normativo de la letra hache.

 

Yo ese proceso lo conocí ya a toda marcha, el euskara batua me lo dio en bandeja la generación anterior: Ramon Saizarbitoria, Ibon Sarasola, Arantxa Urretabizkaia, Xabier Kintana, Jose Ramon Etxebarria… los que formaban el núcleo progresista. Todo esto empezó con la canción, con Gabriel Aresti, con Txillardegi, con ETA. En el País Vasco hay, por lo menos, siete dialectos. En el norte, en Zuberoa, que es la más pequeña, la más bonita, la que tiene mejor folklore (las danzas, los carnavales, las pastorales, las canciones…), tienen su propio dialecto, pero estaba desplazado como lengua literaria, no tenía un corpus escrito importante. El dialecto navarro-labortano tenía una estructura y había un estilo que se había trabajado durante muchos años, incluso siglos, y había un principio de lengua estándar para los dialectos en el País Vasco del Norte. Durante los siglos xvii y xviii, esos dos dialectos dieron una literatura, fundamentalmente religiosa, pero también de otro tipo que, durante años, ha sido clásica. Hoy, con el desarrollo de la literatura vasca, ya podemos prescindir de los clásicos religiosos. En todos los dialectos del norte, la hache intervocálica se aspira y, a principio de palabra, también. Eso, en la parte sur, no se había pronunciado en siglos, prácticamente. La gente culta de la parte sur había leído a los clásicos y sabía dónde debe colocarse la hache. Para un tipo culto de la parte sur, la hache representaba la manera más gráfica de superar el dialectalismo, de escribir en algo estándar. Por el otro, reorganizaba la parte visual del idioma —y la parte sonora, también—, haciendo que fuera válido para la gente de Iparralde, que estaba dispuesta a ceder, de modo que, en el estándar, se eliminase la hache después de consonante, a pesar de que ellos la pronuncian.

El PNV y las fuerzas reaccionarias sabían que la hache representaba a toda la nueva canción vasca, al nuevo teatro, con el grupo Jarrai a la cabeza… La hache representaba, por ejemplo, el derecho al aborto o al suicidio. Era lo que traía ETA, de forma indirecta. Por eso tenían razón los del PNV cuando decían: “con la hache, viene el marxismo”, porque el batua iba a traer Cultura, con mayúsculas, y los que seguían en el dialecto iban a quedar en minoría, encerrados en su pasado y en su literatura regional y en su reivindicación bilingüista. De hecho, ya no tenían influencia en el público lector, no tenían capacidad de argumentación en ningún debate… La hache, para nosotros, no representaba una transgresión ni una batalla ganada, ni la visibilidad del Zazpiak Bat (las siete provincias unidas); representaba, más bien, una estética moderna, una especie de mayoría de edad de nuestra lengua, y nos pusimos todos a utilizar términos ajenos a nuestros dialectos, el batua era una catarata de palabras nuevas, de giros y expresiones inesperadas… Escribir en euskara batua, para nosotros, fue abrir un cofre lleno de oro. Y también fue una manera de huir de casa, de adquirir otro lenguaje… “Hijo, no te entiendo cuando hablas por teléfono con ese amigo tuyo.”

 

Orgánicamente, ¿militaste en organizaciones políticas?

 

Había organizaciones más clandestinas que otras, y las más clandestinas eran, lógicamente, las que practicaban la lucha armada: ETA y sus escisiones. Pero la clandestinidad necesita de una red de apoyo, y esa red era bastante tupida, implicaba a muchas personas, por lo que había una gran cantidad de contactos externos y que podían darse hasta entre personas de intereses y de ideologías opuestas. No era difícil que hubiese puntos en común; lo más corriente era el antifranquismo y el nacionalismo vasco, las dos luchas pueden agrupar ideas y culturas diferentes. Como muchas otras personas de mi edad y de mi entorno, estuve en medio de un intenso tráfico de material político, material de formación, de impresión, de propaganda, paquetes, charlas, contactos, debates, cursillos clandestinos… Los setenta los vivimos en un entorno totalmente politizado. Como era lógico, tenía relaciones con bastantes militantes de distintas organizaciones. “Me ha llegado este material y lo voy a regar esta noche, ¿me echas una mano?” “Puedes ponernos esto en euskara?” Nos conocíamos todos. Yo trataba de conciliar lo social y lo nacional, estaba en las tesis de la V Asamblea de ETA. Me detuvieron. Pasé el verano de 1975 en la cárcel. Gracias a la cárcel conocí a Atxaga. Es un detalle que puede explicar lo cercano que estaba lo político de lo cultural, la poesía, del panfleto.

 

Y, luego, ¿cómo viviste la transición, con esas dos líneas: la Mesa de Altsasu y Euskadiko Ezkerra (EE)?

 

Euskadiko Ezkerra, como me dijo un día un afiliado, murió de éxito… Lo progre arrastró a mucha gente. Un amigo óptico me comentó que se había puesto de moda llevar gafas neutras, le pedían gafas con cristales sin aumento, para dar una imagen de intelectual… orgánico, supongo. La oleada democrática atrajo a la política a mucha gente que no había tenido ninguna implicación en el franquismo. Veías dando mítines a personas que se había reído de los que andábamos implicados en organizar actos y en tareas de cultura. Si no hubiera habido un movimiento como Herri Batasuna, supongo que habríamos terminado más o menos ahí, en el posibilismo más tramposo. O nos habríamos desencantado. Pero había una buena masa de gente que seguía diciendo que el franquismo y el rey seguían, y que muchos de los que habían dicho que el rey era un pelele se habían convertido en súbditos suyos (a la “democracia”). Había una línea que seguía diciendo que aquello era una mierda y que el PNV nos había traicionado, al aceptar un estatuto sin Nafarroa, dato que no se puede olvidar.

 

Antes de convertirte en escritor, el cine fue importante.

 

Tenía un amigo en otro distrito de Pasaia, en Donibane, que hacía dibujos, Juanba Berasategi. Hacía unas películas estupendas, cogía un rollo de película Supe 8, le aplicaba el calor de una llama con mucho cuidado y la estructura plástica de la película se descomponía en colores, formaba imágenes abstractas de mucho colorido: verde muy fuerte, rojo muy fuerte, amarillo muy fuerte. Luego lo proyectábamos a oscuras, era como un viaje al centro de la Tierra o al otro lado del cielo, algo buenísimo. Sólo duraba un minuto. Berasategi se montó una cámara blindada a oscuras, para poder rodar fotograma a fotograma, una cosa muy artesanal, pero los dibujos animados todavía eran artesanales. No entré en el cine por afición, francamente, entré en la industria, a través de Berasategi, y nos planteamos en serio hacer ficción, contar historias en dibujos animados. Antes de la creación de ETB había un movimiento de un montón de realizadores jóvenes que hacían cortos muy interesantes. Irregulares, con pocos medios, pero interesantes. En Vitoria había un núcleo interesante, en Bilbao, también. Pero todo desapareció con la televisión. Se pensaba que ETB iba a cubrir todo eso, y no hizo nada.

 

Escribiste el guión de Kalabaza tripontzia (La calabaza barriguda), primera película de dibujos animados en euskera, dirigida por Juanba Berasategi y estrenada en 1985, y del largometraje Días de humo (1990) e incluso llegaste a dirigir uno: Amor en off (1992).

 

Nos llevó años hacer Kalabaza tripontzia. La pudimos hacer porque las ayudas al cine todavía no estaban reguladas. Fuimos directamente a la Diputación de Gipuzkoa: “Queremos hacer esto.” “¿Estáis locos o qué?” “No, ya hemos hecho pruebas.” Les enseñamos un par de cortos hechos por nosotros. “¿Habéis esto hecho vosotros? Entonces hay que ayudar.” Conseguimos subvención del Ministerio de Cultura y pudimos hacer algo bastante ambicioso para nosotros, un largometraje en dibujos animados. Cuando lo entregamos, el Ministerio le dio dos calificaciones: especial calidad y especial para la infancia. Dias de humo le escribió, fundamentalmente, Antxon Ezeiza; yo le ayudé un poco. Ezeiza produjo una serie de documentales con directores jóvenes, yo formaba parte del equipo en guión y montaje, también ayudaba en rodaje. Fue interesante, y una línea que ETB no siguió; invirtió mucho en enseñar Euskadi desde el aire. Desde el suelo, interesa poco. Amor en off fue una imprudencia por mi parte, no lo hice bien, es lo mínimo que puedo decir. El tema era interesante, merecía más talento.

 

En 1976, fundaste una revista literaria con Bernardo Atxaga, Panpina Ustela (La Muñeca Podrida), secuestrada por orden gubernativa por “ofensas a la Iglesia y al Estado”.

 

Atxaga dice que fui el primer vasco que conoció al que le interesaba la literatura. El contacto fue la política, como no podía ser de otra manera en aquel tiempo. Había muerto Aresti (1975), así que tuvimos la ventaja de no tener que criticarlo directamente. Atxaga era un escritor hecho, muy seguro, lleno de proyectos y con capacidad de sacarlos adelante. Nos pasábamos originales y también material externo, digamos. La revista fue la primera piedra de la literatura post-Aresti.

 

¿Qué leías?

 

Lo que buenamente podíamos conseguir: expresionistas alemanes y surrealistas franceses. Todo lo que no fuera realista ni social. El boom latinoamericano nos pilló de lleno.

 

De los latinoamericanos, aparte de los del boom, ¿quién te ha interesado especialmente?

 

Poco a poco fuimos descubriendo a autores como Arreola, Monterroso, Ibargüengoitia, Arguedas, Fernando del Paso, Gallegos, Garmendia… Aparte, tengo curiosidad por literaturas que no son tan conocidas, la gallega, la irlandesa, la bretona, la quebecois… Nunca he sido aficionado a un solo autor, me interesa todo. Si no es para un trabajo concreto, que tenga que ir a un autor o a un tema, me gusta variar.

 

Tu proceso creativo como autor ¿ha variado, a lo largo de los años?

 

Sí, creo que escribo muy diferente. De todas formas, cuando me llamó el editor Gorka Arrese para decirme que quería hacer una reedición de Merecían Euzkadi, una novela corta que había publicado en 1984, me quedé bastante perplejo al releerla, me pareció que no estaba mal, que era una escritura con personalidad, una mezcla de barroco y de habla popular, con elipsis y transiciones, un poco hermética… Casi me reconocí al leerla. Eso tiene también su parte preocupante, porque igual no escribo tan diferente…

 

Entre el público de lengua catalana, existe una percepción estereotipada de la literatura vasca como anclada en el costumbrismo ruralista, a pesar de que el tratamiento que da el autor vasco más conocido fuera del País Vasco al espacio rural es muy crítico...

 

Yo soy del muelle. Entiendo que hay un mundo oscuro en la montaña, en la niebla, y que es un tema literario, no sólo en la literatura vasca. No me interesa, he conocido a más gente de caserío trabajando en el muelle y en la fundición que trabajando en el caserío. He conocido a muchos contrabandistas, pero ninguno de ellos era contrabandista de montaña, todos eran de muelle. No me atrae lo rural, seguramente porque no lo conozco. Tampoco lo conocieron mis padres ni mis abuelos paternos. No tuve esa transmisión.

 

El mundo de la vida cotidiana, el trabajo, aparece continuamente en los relatos de ¿Quiere fuego, Mr. Churchill? Ese canto de homenaje a las clases subalternas ¿es un alimento para tu trabajo literario?

 

Ese mundo para mí es lo más cercano, lo que puedo reflejar bien. Por otra parte, me parece muy interesante. Tengo conciencia de haber vivido en un lugar inusual en la literatura vasca, y no muy usual en la literatura en general. En la fotografía, por ejemplo, pocas veces se ve a gente trabajando dentro de una instalación, y no es por la escasez de luz, sino porque no interesa que se vea a gente trabajando; ningún patrón te va de dejar que puedas exponer en qué condiciones trabaja su plantilla. Lo que va a hacer es encargar a un fotógrafo profesional una serie ad hoc. Eso es lo que ha quedado: fotógrafos profesionales que han recibido un encargo, por ejemplo, de la factoría Luzuriaga (tres mil obreros a tres turnos). Fotos muy bien trabajadas, ahí no se ve el humo, la polución, la grasa ni el desastre del amianto, no hay ningún primer plano, las botellas de vino que se ocultan en esa esquina no aparecen, tampoco se ve cómo están los vestuarios. Esto de la fotografía podemos aplicarlo a la literatura.

Cuento con la ventaja de no tener a ningún gran héroe, porque todo lo que he conocido es gente cuya heroicidad es sobrevivir en su trabajo y en su época con cierta dignidad. A mí me parece muy interesante literariamente, porque, entre otros motivos, muchas veces, cuando leo un guión cinematográfico, un cuento o una novela, pienso “¿de qué trabaja?, ¿dónde?” Parece que el mundo del trabajo industrial no es literario. Sin embargo, durante décadas, el obrero tipo del País Vasco ha sido el obrero metalúrgico. A mí me parece profundamente literario, a la vez que me parece profundamente estético; una máquina de vapor a toda velocidad tiene su estética, una grúa, también, un torno también, una fundición, un muelle lleno de vías que se cruzan, vagones llenos de pequeños troncos que que avanzan lentamente hacia la papelera… Sin enviar un mensaje directo, transmito un mundo de relaciones humanas, un trabajo humanizado dentro de la brutalidad que es descargar cincuenta sacos de cincuenta kilos al hombro todos los días, un mundo que es capaz de ser solidario en una huelga, solidario malgré lui, a veces.

 

Actualmente proyectas una obra sobre la emboscada contra cuatro militantes autónomos en la bahía de Pasaia.

 

Es un tema que no he querido tratar durante años. No sabía cómo enfocarlo. No me interesa narrarlo como una intriga política o policial. Me puse a leer papeles y descubrí un dato no muy conocido: que un poco antes el ametrallamiento habían detenido a una pareja de adolescentes que venía por el caminito de la costa. Los detuvieron, los pusieron boca abajo y los tuvieron así para que fueran testigos auriculares, para que pudiesen declarar que habían oído “¡Alto, policía!”, antes del ametrallamiento de la lancha. Ya tengo lo que me interesa, que, en este caso, es alguien que pasa por allí y, sin saberlo, se encuentra metido en un lío. Una gente que no estaba implicada, “gente normal”, algo que no sea el punto de vista del militante, del policía o del político. Conseguí más información: tenían dieciséis años, los tuvieron retenidos una noche en comisaría, nadie sabe lo que pasó… La pareja se rompió. El chico, en cuanto pudo, se exilió. Aprendió submarinismo. No ha vuelto. Yo, sabiendo eso, creo que vuelve cada vez que desciende hacia las rocas del fondo. Si hiciese una película, la primera imagen sería el fondo submarino y una voz en off: “Esta parte de la costa no la conozco…”. ¿Es memoria histórica? Sí, pero me interesa más ese otro concepto de recuperación, no à la histórica, sino à la ficción.

(Un extracto de esta entrevista se publicó en el diario Ara Balears el 23 de junio de 2018.)

es poeta y escritor.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 1-7-18