El arco de la supremacía blanca

Fred Hiatt

27/04/2018

Montgomery, capital del estado de Alabama. 

En el Riverfront Park de esta capital del estado se puede encontrar una serie de paneles que representan la historia de la ciudad. Te cuentan cuándo se efectuó el primer asentamiento blanco, cómo los barcos ribereños transformaron Montgomery en meollo comercial del algodón “y de muchas otras mercancías importantes”, y cómo la ciudad se convirtió en cuna de la Confederación.

Lo que no te dicen es que la más importante de esas mercancías eran seres humanos. 

Es el género de laguna, afirma Bryan Stevenson, que permite a la gente “llegar a victorias políticas celebrando la grandeza de Norteamérica”.

“La pregunta es, ¿qué década se supone que quieren revivir los negros norteamericanos?”.

Se trata también de un vacío que está a punto de colmarse del modo más impresionante a sólo unas manzanas de la ribera, y a partir de este jueves. Ese es el día en el que la Iniciativa por la Justicia en Igualdad [Equal Justice Initiative], que fundó y dirige Stevenson, abrirá el Museo del Legado [Legacy Museum] y, cerca, un memorial al aire libre igualmente poderoso e incluso más inusual, consagrado a las miles de víctimas afroamericanas de la táctica de terror del estado conocida como linchamiento.  

En conjunto ofrecen un arco alternativo y abrumadoramente coherente de la historia de la supremacía blanca, de la esclavitud a la detención de dos hombres negros en un Starbucks de Filadelfia este mismo mes. Reflejan la visión de Stevenson de que, a diferencia de Sudáfrica o de la Alemania nazi, o de muchas otras sociedades traumatizadas por la Historia, apenas sí hemos empezado a habérnoslas con la nuestra, y así sucede que no podemos rebasarla todavía.

“Ahora mismo tenemos en este país a un montón de gente que sólo puede querer a gente de su mismo color”, comentaba Stevenson a lo largo de una conversación el viernes. “Y eso significa que no somos plenamente humanos. No somos libres”.

“Estos proyectos significan para mí acabar con el silencio”.

El museo y el memorial no se parecen para mí a ninguna experiencia previa y justifican sobradamente el viaje; tengo la esperanza (y la expectativa) de que serán millones los que se acercarán. Pero dejaré a otros las reseñas y descripciones. Lo que me resultó más destacado,  en este momento político, es la claridad de la relación que hace de la Historia, de la esclavitud a las leyes de Jim Crow [conjunto de leyes racistas posteriores a la Guerra Civil], hasta lo que Stevenson considera un “nuevo sistema de castas” que surge del encarcelamiento masivo. 

En opinión de Stevenson, no fue tanto que la esclavitud terminara con la derrota de la Confederación como que “evolucionó”.

Tras la Guerra Civil, los blancos del Sur se negaron a abandonar su control sobre la población negra o a cejar en la intolerancia sobre la que éste descansaba. Mientras el trabajo agrícola de aparceros y las leyes de Jim Crow mantenían sin libertad a los negros, se utilizaba el sistema de justicia penal para reproducir la esclavitud, se encarcelaba a los negros por delitos menores y se les alquilaba como trabajo forzado. Hacia 1898, el 73 % de los ingresos del estado de Alabama provenían de la cesión en alquiler de presos. 

Cualquier posibilidad de resistencia se veía sofocada por la constante amenaza de linchamientos, espectáculos públicos en los que se torturaba a los negros, se les quemaba vivos, se les colgaba, disparaba o despedazaba por cualquier infracción o por ninguna. Se congregaban miles de blancos a contemplarlo. Se imprimían y vendían postales del suceso. Se repartían dedos de las manos y los pies, así como otras partes del cuerpo.

Los linchamientos — principal, aunque no únicamente, en el Profundo Sur; los alrededores de  Washington en Maryland y Virginia también tuvieron su parte, al igual que  Ohio, Illinois y Virginia Occidental— fueron desapareciendo hacia los años 50 y las leyes de derechos civiles de los 60 acabaron formalmente con Jim Crow.

Pero la supremacía blanca volvió a evolucionar, a juicio de Stevenson, recurriendo de nuevo al sistema de justicia penal. La época del encarcelamiento masivo ha sido testigo de miles y miles de negros encerrados, a veces injustamente, a menudo por delitos menores, y no sólo en el Sur, por supuesto. Los negros tenían — y tienen — más probabilidades de que se les expulse del colegio, se les niegue la libertad condicional y se les denieguen prestaciones una vez en libertad, se les excluya de la vivienda pública, se les impida el acceso al empleo o a permisos profesionales y, una vez más, no se les permita votar.

Y el color de la piel puede todavía ponerles en peligro frente a la policía, desde el acoso menor en un café a tiroteos mortales, por ser “presuntamente peligrosos y culpables”, como afirmaba Stevenson.

“La ideología de la supremacía sobrevivió a la aprobación de la Ley de Derechos Civiles”, declara Stevenson. “La indiferencia a la victimización negra es lo que define cada una de estas épocas”.

La planificación de este museo y memorial comenzó mucho antes de que un joven blanco ametrallara a nueve fieles de una iglesia afroamericana en Charleston, Carolina del Sur, antes de tener un presidente que alaba a los neonazis que se manifiestan en defensa de las estatuas confederadas, antes de que el gobierno comenzara a hablar de  sentencias más duras y de más penas de muerte. Hay quienes podrían encontrar esto desalentador. Stevenson extrae una lección diferente.

“Teníamos la esperanza de que esta cosa de la raza acabaría evaporándose con el tiempo, y esto no funciona así”, declaró. “Se trata de una enfermedad grave, y si no la tratamos, no mejoraremos. No desaparece”.  

Pero al final hay optimismo en su incansable realismo. “No estamos condenados por esta historia. Ni siquiera nos define”, declaró. “Pero tenemos que afrontarla”.

responsable de la página editorial del Washington Post, redacta para el diario editoriales y una columna cada dos semanas. Anteriormente trabajó como reportero de información local en Virginia, como periodista de información nacional en materia de seguridad nacional, así como corresponsal en Tokio y Moscú.
Fuente:
The Washington Post, 23 de abril de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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