El 68 francés: el estallido de mayo

Henri Weber

Daniel Bensaid

26/04/2018

La manifestación del 3 de mayo y la espontaneidad de las masas

Nada indicaba que el viernes 3 de mayo fuera a a pasar a la historia. En el soleado patio de la Sorbona hay un ambiente apacible y familiar: una cincuentena de militantes de la JCR están alineados en columnas a lo largo de los escalones de la capilla y escuchan burlones la lectura comentada de una requisitoria de Georges Marchais publicada en L’Humanité de esa mañana: “Desenmascarar a los falsos revolucionarios”. Sesenta metros más allá, los estudiantes de la FER venden Révoltes; unos militantes del MAU pegan carteles; no se ve ni un UJCml. A intervalos regulares, un militante convoca a los estudiantes al mitin de las 12 y a la movilización antifascista: un día como tantos otros en la Sorbona.

A eso del mediodía llegan los militantes del ”22 de Marzo”, calurosamente aclamados. Célebres ya, llevan tras sí una jauría de periodistas. Toman la palabra Henri Weber por la JCR, Christian de Bresson por la FER, Jacques Sauvageot por la UNEF, Daniel Cohn-Bendit por el ”22 de Marzo”. Amablemente, éste ofrece el micrófono a un representante de la UEC para que exponga la posición del Partido Comunista, y el militante cumple animosamente esta pesada tarea. Se decide una manifestación para el lunes 6 de mayo, a las 9 de la mañana, ante los locales de la rectoría, donde se reúne el Consejo de la Universidad. A las 13, los militantes se dispersan en grupos de propaganda, en dirección de los principales restaurantes universitarios.

En la tarde, esperan a los fascistas. Los servicios de orden, con sus efectivos completos, han tomado posición en las diferentes salidas y están listos para intervenir. El dispositivo de defensa tiene casi 400 militantes perfectamente equipados. A las 15, las estafetas anuncian que se acerca un grupo armado de un centenar de ”nacionalistas”. Desgraciadamente, no hay ninguna probabilidad de que lleguen hasta nosotros, porque la polícia vigila... Rechazados por las fuerzas del orden, los fascistas se alejan. En la Sorbona, la tensión cede. Se organiza en el patio una sentada improvisada. Una delegación conducida por el vicepresidente de la UNEF sube a la rectoría para pedir que se abran algunas salas. La negativa va acompañada de amenazas: si los “pretorianos” no desaparecen, cerrarán también la Sorbona. Un clamor de indignación se eleva hasta las ventanas del rector cuando los estudiantes se enteran del chantaje. Los militantes del ”22 de Marzo” inician a los sorbonnards en la técnica de los grupos de discusión. Por los cuatro rincones del patio se inician los debates.

Los dirigentes de las organizaciones estudiantiles han señalado para las 17.30 la hora de la dispersión. Pero a las 16.30 la policía cierra las salidas. A las 17, las fuerzas del orden solicitadas por el rector penetran en la Sorborna, porra en mano. Entre las 17.15 y las 19.30, se van llevando a los militantes en grupos de 25 y los van repartiendo por las comisarías de policía parisinas.

A las 17.30 estalla la manifestación: los centenares de militantes acorralados en la Sorbona no dan crédito a sus oídos: a unas decenas de metros, un cortejo al parecer sustancial choca violentamente con las fuerzas del orden. Algunos vehículos vuelven vacíos y sin cristales. Por primera vez en el Barrio Latino se oye a continuación el estallido de las granadas lacrimógeneas. Inmediatamente se le ocurre a la multitud de estudiantes preguntarse: ¿Quién? ¿Qué grupo ha lanzado esta vigorosa e inmediata replica? Los principales cuadros de la JCR, del ”22 de Marzo”, de la FER, del MAU, están encerrados en la Sorbona. La UJCml está enfurruñada y, previendo una acción fascista fulminante, ha dado orden a sus militantes de no aparecer por el Barrio Latino el viernes 3 de mayo...

¿Los comités de acción de las secundarias? Tal vez. Los esperaban para después de los cursos. Pero, ¿de dónde podían sacar los dirigentes de las secundarias experiencia y audacia?

La verdad es que la manifestación del 3 de mayo es puramente espontánea. La policía no esperaba hallar cerca de un millar de estudiantes en la Sorbona. Embarazada por el número, decidió no llevarse más que a los varones... Las militantes quedaron en libertad de hacer lo que quisieran, y no dejaron de ir a avisar al Barrio Latino.

A partir de las 17.00 se forman grupos espontáneos en la plaza de la Sorbona, en la calle des Ecoles, en el bulevar Saint-Michel. Se lanzan slogans que la masa repite y amplifica rápidamente. ¿Quién tomó la iniciativa de los primeros lanzamientos de botellas, de pomos de mostaza, de ceniceros y diversos proyectiles más? ¿A quién se le ocurrió obstruir la circulación bloqueando la calle? ¿A militantes de base de los grupúsculos? ¿A los ”no organizados”? No importa. El movimiento estudiantil había aprendido esos gestos de los estudiantes alemanes e italianos. Los había imitado ya el 13 de abril, cuando la manifestación de solidaridad con la SDS y Rudi Dutschke. Políticamente, estaba ya dispuesto a la resistencia. Los pocos militantes de la FER que allí había lo aprendieron a costa suya. Uno de sus dirigentes se puso a dispersar a los manifestantes, porque separados de sus organizaciones, los estudiantes no podían oponerse eficazmente a las fuerzas de policía. Hacer frente a los agentes sin buenos jefes era ir al degüello. Había que volver a casa y exigir a las direcciones de los sindicatos que organizaran una respuesta democrática. Lo menos que se puede decir es que aquellas declaraciones no convencieron a nadie, y los estudiantes dejaron al líder FER gesticulando y se abalanzaron contra los camiones de la policía. Por sucesivos cálculos aproximativos fueron creando en el ardor del combate una táctica de acoso incesante, basada en breves ataques y rápidas retiradas, que no dejaban a las fuerzas del orden tiempo para respirar ni para reaccionar. No estaban acostumbradas a tal resistencia. Sorprendidas, poco móviles, se fatigaban en cargas ineficaces y se desahogaban dando de porrazos a quienquiera les quedaba a mano.

La manifestación espontánea del 3 de mayo suscitó en el movimiento estudiantil uno de esos debates en falso a que está acostumbrado. Las divergencias se situaban en una curiosa problemática, fundada en la oposición unilateral entre espontaneidad y organización. “Ya veis que no servís para nada”, se mofaban los “espontaneístas” de los miembros de los grupúsculos. “Ha sido una respuesta magnífica, lanzada por la base estudiantil mientras vosotros estabais todos encerrados en la Sorbona. Además podría apostarse a que si hubierais estado fuera no hubiera pasado nada. Porque hubierais llegado hablando muy bien, con vuestra disciplina y servicios de orden, y una vez más hubierais paralizado la iniciativa de las masas”. A lo que respondían los místicos de la organización estilo FER: “Todo militante responsable debe obrar como hemos obrado nosotros, porque sólo los aventureros envían a los estudiantes sin organizar al matadero.”

En realidad, ese debate se inscribe en una problemática absurda. No existe en el marxismo oposición mecánica entre organización y espontaneidad. Al contrario, el marxismo nos enseña que la espontaneidad de un medio social no es de ningún modo independiente de su grado de organización. Las actitudes “espontáneas” de todo medio social están condicionadas por la naturaleza y el poder de las estructuras que lo organizan. Si la clase obrera es “espontáneamente sindicalista”, como dice Lenin, es que ”espontáneamente” está organizada por la clase dominante y el Estado burgués. Y la función de una organización revolucionaria consiste precisamente en educar al proletariado de modo que se libere de su espontaneidad burguesa y acceda a una “espontaneidad revolucionaria” constituida en el curso de decenios de luchas y huelgas. Lo que los marxistas llaman “espontaneidad de las masas” no es otra cosa que la manifestación espontánea del grado de conciencia y de experiencia a que han llegado. Años de propaganda revolucionaria, años de movilización y de luchas asumidas por los grupúsculos, han llevado la ”espontaneidad” del movimiento estudiantil a un nivel de madurez política perfectamente apreciable. Esa madurez política es la que se manifestó ”espontáneamente” el 3 de mayo en la noche y las semanas siguientes.

En los coches celulares que los llevaban a las comisarías de policía, los militantes revolucionarios trazaban planes para el porvenir. Todos comprendían que el poder acababa de cometer un error de marca mayor: la toma de la Sorbona por la policía, el encarcelamiento arbitrario de 600 militantes, el empleo de los gases lacrimógenos y de las porras en el Barrio Latino, cosas más que suficientes para ocasionar un trauma duradero a toda la Universidad.

Al herir indistintamente un medio ya muy sensibilizado, la represión iba a hacer de catalizador. Iba a precipitar las partículas y las moléculas estudiantiles para formar un cuerpo social compacto y reindicativo. Todas las decepciones, todos los rencores, todas las rebeldías acumuladas durante meses iban a resurgir y cristalizarse en la negativa a aguantar la agresión del poder. Porque por su mismo exceso, la represión tenía valor de símbolo: constituía la expresión concentrada de todo un conjunto de relaciones sociales, hechas de violencia, de injusticia, de arbitrariedad, que cada quien soportaba cotidianamente en estado diluido. El estudiantado iba a rebelarse contra todo cuanto aquella represión llevaba de significado latente.

A juzgar por su reacción espontánea, la respuesta del movimiento estudiantil sin duda iba a ser enérgica. El cuerpo docente se vería obligado a tomar partido, y en aquellas circunstancias no tendría más remedio que ponerse de parte de los estudiantes. Faltando unas cuantas semanas para los exámenes, la parálisis de la Universidad sacudiría a la opinión pública. El poder había iniciado un pulso del que muy bien podría salir vencido. Apiñados en nuestras celdas, especulábamos acerca de la categoría y la función de las próximas víctimas de nuestras manifestaciones callejeras: ¿Sería el rector Roche? ¿Sería el ministro Peyrefitte? ¿O el prefecto Grimaud? El calabozo de la policía en la Prefectura se dividía en ”utopistas”  y ”timoratos”. Pero todos estábamos de acuerdo en que el poder acababa de dar al movimiento estudiantil francés una ocasión inesperada de reponer su retraso respecto de sus equivalentes italiano, español o alemán. Había llegado el momento de dar consistencia al título del editorial del número 1244 de Avant-Garde Jeunesse: ”Crear dos, tres, varios Berlín, ésa es la consigna.”

Sábado 4 y domingo 5 de mayo: la dirección provisional y el acuerdo entre organizaciones

El fin de semana se dedicó a preparar la respuesta. Una primera reunión se celebró en cuanto fueron puestos en libertad los dirigentes, el sábado 4 de mayo, a eso de las 2 de la madrugada, en la Escuela Normal Superior de la calle de Ulm. Asistían Sauvageot y Bénard por la UNEF, Geismar y Fontaine por el SNE-sup (Sindicato Nacional de la Enseñanza Superior), Weber, por la JCR, Stourdzé por el ”22 de Marzo”, Péninou y Kravetz por el MAU, Chisseray y Berg por la FER y los principales dirigentes de la UJCml.
El SNE-sup y la UNEF anuncian que han lanzado cada quien su orden de huelga general para el lunes 6 de mayo.

De esta reunión no saldría ninguna decisión concreta. Los delegados de las diversas organizaciones habían venido a sondear sus intenciones respectivas y a ver hasta qué punto eran compatibles. En realidad, a partir de este momento queda planteada la cuestión del poder en el seno del movimiento. Acaba de nacer un movimiento de masas que trastorna todas las estructuras existentes y parece tener grandes perspectivas e inmediatamente se encuentra empeñado en un difícil enfrentamiento: si quiere triunfar, habrá de maniobrar con maña y decidir con rapidez. Pero para ello necesita una dirección centralizada, que hable en su nombre, elabore un plan de ofensiva, dé instrucciones y consignas. Es evidente que esa dirección no puede surgir del movimiento mismo en 24 horas, que tardará varias semanas en estructurarse desde la base hasta la cima. En el intervalo, serán las organizaciones constituidas las que asumirán de hecho las funciones de dirección.

Entre las organizaciones y los grupúsculos universitarios, ¿cuáles serán los que se pondrán realmente a la cabeza del movimiento? Tal es la cuestión que domina este primer fin de semana de mayo. Es una cuestión importante, porque las organizaciones tienen cada cual su línea política determinada. De su ”acceso al poder” depende la orientación del movimiento en la lid, o sea el mismo porvenir del movimiento.

El sábado 4 de mayo, a las dos de la mañana, apunta una solución.

Desde esa primera reunión, la UJCml se va dando un portazo. Su dirección pasa en ese periodo por una fase de sectarismo paroxístico. Se niega a sentarse a la misma mesa que las organizaciones trotskistas e inmediatamente se lanza a dar batalla por el procedimiento, por el reglamento de la reunión. Su portavoz declara que a sus ojos se hallan reunidos no ya los representantes de tal o cual organización sino ”elementos activos” del movimiento estudiantil. A lo que el delegado de la FER responde que él solamente diferencia aquí a los delegados de las organizaciones que participaron en el mitin del viernes al mediodía en el patio de la Sorbona, de los delegados de una organización que toma el tren en marcha. Dicho esto, la delegación de la UJCml abandona la sala, y desde entonces no vuelve a participar en las reuniones ”unitarias”. Intentará —en vano— quitar la dirección del movimiento a la unión de organizaciones que la asume. Con tal fin suscitará sus propias estructuras ”de masas”: comités de defensa contra la represión, comités de apoyo a las luchas del pueblo... etc.

En realidad, el sectarismo exagerado de la UJCml recubre profundas divergencias políticas: hay contradicción total entre el populismo primario de la línea “servir al pueblo” y la concepción del movimiento estudiantil como posible detonador de los enfrentamientos entre clases.

Además de la ruptura con la UJCml, pronto se perfila otra grieta que opone los que piensan respetar la autonomía del movimiento de masas y por lo tanto se disponen a estructurarlo por la base, por encima de las organizaciones existentes, a los que, por el contrario, temen la formación de un movimiento de masas dinámico que no podrían controlar. Entre los primeros están el ”Movimiento del 22 de Marzo”, la JCR, el MAU, el SNE-sup; entre los segundos, la FER y, durante cierto tiempo, el buró nacional de la UNEF. Esta no tarda en rectificar su puntería y aceptar, velis nolis, la colaboración leal con el movimiento. La FER se negó hasta el final a entender que la nueva movilización del estudiantado no cuadraba con las estructuras tradicionales. Por eso, su peso específico en la toma de decisiones no dejó de reducirse, y a partir del 8 de mayo quedó definitivamente anulado.

De las reuniones del 4 y 5 de mayo salió un plan conjunto para la jornada del lunes. La manifestación anunciada en el mitin del viernes 3, ante la sede del Consejo de la Universidad, se confirma para las 9 de la mañana. La UNEF firma un llamado a la solidaridad, que se lanza a los trabajadores de la región de París, invitándoles a presentarse en masa a las 18.30 en la plaza Denfert-Rochereau para manifestar su apoyo a las reivindicaciones estudiantiles. El llamado, en hojas sueltas y con un tiraje de 100 000 ejemplares, se distribuye el lunes al amanecer en la puerta de las fábricas. Un equipo de militantes se agrupa en torno a Jean Schalit y propone editar, controlado por el movimiento, un diario: Guérilla. Los representantes de las organizaciones piensan que ese título es demasiado ”publicitario”, y al fin se acuerda que se llame Action. El primer número aparecerá el lunes 6 y será difundido durante la manifestación.

Saber pelear...Dos tácticas

En la noche del domingo al lunes, la policía cierra el Barrio Latino. Los estudiantes afluyen desde las 9 de la mañana. Pronto son varios millares, que gravitan en torno a las vallas policiacas. A las 9.15 se forma el primer cortejo, alrededor de un núcleo de militantes, ante el Teatro de Francia. Los manifestantes inician un largo periplo alrededor del dispositivo de la policía, y su cortejo se hincha a ojos vistas; a eso de las 11 de la mañana son unos 5 000. En las filas llevan y traen los militantes de la UJCml una consigna que atribuyen a la UNEF: ”Todos al mitin de las 12.30 en la Facultad de Ciencias.” Interrogado, Jacques Sauvageot afirma no saber nada. Oliéndonos una maniobra, decidimos conjuntamente llevar el cortejo a la hora dicha al lugar de reunión. Agrupados en lo alto de la gran escalinata, los responsables de la UJCml se disponían a celebrar un mitin, y parecen algo contrariados por nuestra llegada. Durante una hora, en efecto, se enfrentan militantes de la JCR y de la UJCml en dura polémica... El objeto de la controversia es la continuación del movimiento; y ante 6 000 estudiantes se plantea firmemente la cuestión de la táctica que habrá de seguirse.

Los dirigentes ml dicen aproximadamente que con sus solas fuerzas, los estudiantes no pueden oponerse eficazmente a la represión policial. Los guardias móviles tienen cercado el Barrio Latino. Los estudiantes se hallan allí a merced de la menor provocación. No hay que escuchar a los aventureristas pequeño-burgueses que convocan a manifestarse allí y tratan de separar a los estudiantes de los trabajadores. Así llevarían el movimiento al matadero. Lo que hace falta, al contrario, es salir del Barrio Latino, dejárselo a los CRS, e ir a manifestarse a los barrios populares, a Ménilmontant, a Belleville, a la Bastilla. En pequeños cortejos, hay que salir a explicar a los obreros la verdad de la represión que cae sobre los estudiantes, a conquistarlos para la causa estudiantil.

Los oradores de la JCR responden que la labor de explicación entre la población se ha emprendido ya ese lunes 6 de mayo entre las 5 y las 10 de la mañana. Cien mil hojitas de la UNEF, decenas de miles de volantes de las organizaciones políticas se han repartido a la entrada de las fábricas, en las estaciones de ferrocarril, en las bocas del metro. Claro está que debe continuar e intensificarse esa labor de propaganda. Pero sería tonto encargar de ello a una manifestación. Hay que organizarse en grupos de propaganda y repartirse la región parisina. Pero también hay que bajar a la calle a miles para pelear firmemente por nuestros objetivos. Porque una campaña de explicación puede a lo sumo captarnos la compasión de la clase obrera. Tan sólo nuestra propia respuesta puede valernos su apoyo activo. Los italianos y los alemanes han demostrado de qué era capaz el movimiento estudiantil. Las manifestaciones del viernes 3 lo han confirmado. Nos hemos empeñado en una prueba decisiva, en un tema que concierne a todo el mundo. Ayudémonos a nosotros mismos y la clase obrera nos ayudará. No; no hay que salir del Barrio Latino, porque eso significaría —queramos o no— un reconocimiento tácito del hecho consumado. Al contrario, manifestémonos en el Barrio Latino, respondamos, corno el viernes, a las provocaciones policíacas y neguémonos a doblegarnos ante las medidas represivas. Nuestra resistencia puede dar origen a una situación nueva, y entonces cada quien habrá de declararse en relación con nuestra acción.

En ese nivel de generalidad, el debate hubiera podido durar indefinidamente si los manifestantes, hartos de discursos, no hubieran tomado espontáneamente la iniciativa de ponerse en marcha. Con 6.000 estudiantes, el cortejo se dirigió a lo largo del Sena hacia el bulevar Saint-Michel. A la altura de la calle Saint-Jacques, las estafetas señalan importantes movimientos de las fuerzas de policía. El cortejo no está lo suficientemente bien ”impulsado” como para hacer frente. Decidimos pasar de momento a la orilla derecha y damos una gran vuelta por el centro de París. Al paso del cortejo, la población manifiesta su simpatía. Un joven cartero se adelanta hacia nosotros y pide a los ”camaradas estudiantes” que pasen por la calle del Louvre, delante de la central de Correos, que está en huelga...

La vuelta al Barrio Latino se efectúa al grito de “La Sorbona para los estudiantes”. Ya va a hacer 6 horas que dura nuestra manifestación. Con el vientre vacío y las piernas vacilantes, atravesamos el bulevar Saint-Michel, donde nos esperan los CRS en triple fila, con los camiones dispuestos al tresbolillo, armados de mangueras contra incendios, en valla infranqueable. Pero por la calle Saint-Jacques, el dispositivo es mucho menos denso. El cortejo se bifurca... e inmediatamente viene la carga. Los golpes menudean entre el acre humo de los lacrimógenos. Caen heridos varios estudiantes, entre ellos Christian Debresson, secretario general de la FER. A partir de ese momento, la batalla será muy reñida. Reagrupados en el bulevar Saint-Germain, los manifestantes se preparan al choque. El cortejo se transforma en un inmenso hormiguero donde cada quien corre ocupado en su tarea. Inspirándose en los procedimientos del adversario, algunos grupos disponen los coches al tresbolillo para impedir el avance de las fuerzas del orden. Otros estudiantes distribuyen con parsimonia el jugo de limón antilacrimógeno. Otros reparten los cascos ”tomados en préstamo”, de una obra cercana. Cada quien busca con qué armar su brazo. Domina la pelea el ruido del acero, que resuena secamente al choque con los adoquines parisinos...

Corriendo de grupo en grupo, los militantes de la FER gritan pidiendo la dispersión. Según ellos, el enfrentamiento que se prepara es un intento de sabotaje además de una loca provocación. Sabotaje de la manifestación de las 18.30, que no podrá celebrarse si el lío se hace más gordo. Y loca provocación porque, aislada, la vanguardia estudiantil corre al degüello. Pero, como el 3 de mayo, nadie les hace caso.

Y cuando las fuerzas del orden quieren avanzar, las primeras líneas de estudiantes lanzan literalmente un ataque con adoquines. Frente a ellas, el pánico; los polizontes retroceden desordenadamente y dejan algunos de los suyos tirados. En adelante, se mantendrán a distancia prudente. Despejan a duras penas el camino con nutrido lanzamiento de granadas lacrimógenas. Sistemáticamente, se las devuelven, mientras los estudiantes, protegidos por los coches en zigzag, rechazan a adoquinazos muchas cargas. A la altura de la plaza Maubert-Mutualité, el ”frente” se estabiliza. La liza, una de las más violentas del mes de mayo, dura más de dos horas. Para las fuerzas del orden, es el encuentro más costoso. Hacia las 17.30, los estudiantes se desprenden y van hacia la plaza Denfert.

Desde las 18, esta plaza está llena de gente; al salir del metro se comprende por qué la FER temía tanto que los choques anteriores perjudicaran a la reunión de Denfert. Escasos en la mañana y la tarde, los militantes de la FER y la OCI están allí todos, alineados en primera fila, desplegando cantidad de banderolas y banderas con sus siglas en negro. Pero ha pasado ya el tiempo en que a las masas pasivas se les hacía tragar cualquier cosa. Los manifestantes no tienen la intención de desfilar detrás de las banderolas de la FER, cuya impopularidad inicia una fuerte ascensión. Y se las hacen retirar. ”Guardar vuestras banderolas”, canturrea el cortejo... Tras de unos instantes de vacilación, las banderolas desaparecen.

Unos 20 o 30 mil estudiantes se dirigen hacia el Barrio Latino. Entre ellos son muchos ya los obreros que han acudido a unirse a la lucha de los estudiantes. Un nuevo encuentro en Saint-Germain-des-Prés. Acogido por lanzamiento de granadas, el cortejo replica con energía. Las fuerzas del orden son más y están mejor equipadas que en Maubert. Pero los manifestantes hacen gala de inaudita audacia e ingenio. Otra vez vuelve a organizarse el hormiguero. Se forman cadenas de centenares de metros para llevar los adoquines a la línea de fuego. La plaza de Saint-Germain parece una estampa de campesinos chinos edificando un dique. Dos veces se ven obligados a retroceder los CRS. A las 22, el cortejo se dispersa. Los últimos choques cesan a eso de la una de la mañana.

Balance de las manifestaciones del 6 de mayo

No debe subestimarse la importancia de las manifestaciones del 6 de mayo. Los estudiantes dominaron las calles ininterrumpidamente desde las 9 hasta las doce de la noche. Dos veces chocaron violentamente con las fuerzas de la policía, y les infligieron 345 heridos. El vigor y la pujanza de las manifestaciones estudiantiles dejaron profundo impacto en la clase obrera y en la juventud.

Los trabajadores se hacían una idea poco simpática del estudiante, idea astutamente mantenida por las burocracias obreras. Para ellos, el estudiante es un ”señorito”, un niño ”mimado”, pretencioso y visiblemente afeminado. Sus escándalos no le impedirían engrosar mañana las filas de los explotadores. Y en la noche del 6 de mayo, esa imagen malévola salta hecha pedazos.

Las fotografías de los combates, el balance de los encuentros, provocan silbidos de admiración entre los obreros. El estudiante no tiene miedo a los golpes, y sabe darlos. ”Ellos por lo menos no se dejan.” Al mito del estudiante afeminado reemplaza el mito del estudiante fortachón, sin miedo y sin tacha. En unos días de reacción ejemplar, el movimiento estudiantil ha derribado el muro de incomprensión y de desconfianza pacientemente erigido por los estalinistas. En adelante, dejará de ser infamante en las fábricas el título de estudiante. Pronto será un ábrete sésamo que a despecho de los burócratas dejará paso por todas partes hacia la clase obrera.

Tratando de explicarse la amplitud de las manifestaciones, la prensa invocaba la ”solidaridad juvenil”. Frente a la autoridad impositiva de los adultos, los jóvenes tenían sin duda tendencias a unirse estrechamente y a correr por instinto en ayuda de sus iguales en peligro. En realidad, la ”solidaridad juvenil” tiene muy distintas bases. No procede de ningún instinto gregario sino del contagio de la rebeldía, en un medio social puesto bajo tutela, al darse el ejemplo de la resistencia.

La lucha de los estudiantes introdujo en las secundarias y preparatorias una pequeña idea explosiva que súbitamente adquirió la fuerza de una evidencia: no es de ningún modo natural someterse a reglamentos molestos elaborados por rectores maniaco-depresivos. No es de ningún modo natural tragarse sin decir ni pío cursos insípidos. Lo arbitrario, lo irracional, lo aburrido no son de ningún modo hechos inconmovibles a los que uno deba acomodarse. Toda esa máquina absurda que se exorcizaba con alborotos y bromas puede derribarse. Y a partir del lunes, los estudiantes de secundaria bajan a la calle a millares.

La misma pequeña idea, todavía vacilante, ha penetrado igualmente entre los obreros jóvenes. No es de ningún modo natural que uno sea el último mozo de la empresa, el peor pagado, el primero que echan a la calle, casi un obrero de lo más bajo, con su CAP (Certificado de Aptitud Profesional) en el bolsillo, cuando no se resigna uno al desempleo. No es de ningún modo natural que lo controlen a uno, lo insulten, lo encierren, lo pelen unos comisarios de policía que no entienden de diferencias entre un obrero joven y un delincuente juvenil. Todas esas estupendas “autoridades” que infligen a placer escarnios y humillaciones. .. no basta con maldecirlas entre amigos. En el Barrio Latino, los estudiantes han empezado el gran ajuste de cuentas. Y el martes, los obreros jóvenes se tiran también por millares a la calle.

La base de la ”solidaridad juvenil” no es más sentimental y afectiva que la de la solidaridad estudiantil. Si la solidaridad juvenil se ha manifestado plenamente es porque el movimiento estudiantil se batía en un campo común a toda la juventud. Su lucha contra la represión es una lucha contra la multiforme opresión que aguanta la juventud en una sociedad cuyos valores rechaza y a la que todavía no está insidiosamente encadenada por los múltiples lazos de la resignación, la renunciación, las desilusiones y la decadencia personal.

Si miles de jóvenes sin trabajo, estudiantes de secundaria, obreros, aprendices, se han unido a la lucha de los estudiantes, si han dado muestras de una combatividad, un ardor y una audacia notables, es porque comprendían confusamente que se había trabado un forcejeo cuyo resultado debía ser algo mucho más grande que la liberación de algunos camaradas y la reapertura de las facultades. Era porque comprendían que los adoquines que caían sobre los representantes uniformados de la autoridad, en realidad apuntaban al autoritarismo opresor que es quien teje sus propios sinsabores cotidianos. Si con tanto entusiasmo y esperanza se unieron al combate estudiantil fue porque por primera vez veían ”del otro lado” una fuerza que parecía verdaderamente decidida a abolir las reglas opresoras y a instaurar sobre sus ruinas la magnífica fraternidad combatiente que reinaba en sus manifestaciones.

Conquistar la opinión

La unión de las organizaciones universitarias, compuesta por representantes de la UNEF (Sauvageot), del SNE-sup (Geismar), del ”22 de Marzo” (Cohn-Bendit y otros), de la JCR (Weber-Krivine), de la FER (Chisseray-Berg), de los CAL (Recanati-Najman), decide organizar una manifestación cotidiana hasta obtener satisfacción de las reivindicaciones mínimas del movimiento.

El martes 7 de mayo, la reunión se fija, como el día anterior, en la plaza Denfert, a las 18.30. Hablando desde el León de Belfort a una muchedumbre aún más considerable que el día anterior, Jacques Sauvageot explica los objetivos de la manifestación: cese de las persecuciones administrativas, judiciales y universitarias iniciadas contra los estudiantes, retirada de las fuerzas de policía, reapertura de los establecimientos universitarios. El cortejo iría a la Sorbona.

De todos modos, el objetivo no era repetir los encuentros del día anterior, porque cuando dos se ponen a medir sus fuerzas, ¡ay de aquél que se repite! Para ganar, es necesario cada día plantar nuevos jalones. Si el movimiento no avanzaba, el poder volvería a tomar la iniciativa. Era necesario expulsar toda rutina y llevar al puesto de mando la imaginación y la audacia. Cada día había que ensanchar el movimiento, ampliar su base a otros sectores, para que entraran a su vez en la brega. Cada día había que realizar una nueva demostración política. Los enfrentamientos de la jornada anterior habían demostrado la resolución y la combatividad del movimiento estudiantil. Ahora se trataba de demostrar a una opinión pública ya conmovida pero todavía vacilante que los ”exaltados” no eran nihilistas enardecidos que buscaban en el desorden un paliativo a su propia nulidad. Era necesario convencer a la opinión pública de la legitimidad de nuestra violencia, para que la apoyaran y sostuvieran, con el fin de que la presión sobre las autoridades aumentara y se
hiciera irresistible. A partir del martes, nuestra tarea estratégica consistía en ganarse definitivamente a la opinión y en obligar así a las ”organizaciones obreras y democráticas” a intervenir. Había que andarse con pies de plomo, porque cualquier falta política podía costar cara. Conquistarse a la opinión no significaba, claro está, atenuar el dinamismo del movimiento para hacer de interlocutores responsables. No se trataba de pasarnos nosotros a las posiciones de la opinión pública sino de convencer a una parte de la opinión obrera de que se pasara a nuestras posiciones revolucionarias, al mismo tiempo que nos asegurábamos la neutralidad benévola de la opinión pequeño-burguesa. Para ello debíamos por una parte conservar lo ganado en las manifestaciones del 6 (vigor, nuevo estilo del movimiento) y por otra parte afirmar nuestra pujanza y nuestra madurez política. Todo el mundo debía ver bien claro que el movimiento estudiantil no se dedicaba a la violencia por el gusto de la violencia y que para nosotros el enfrentamiento no era un fin en sí, sino el último recurso que nos dejaba un poder estúpido y brutal.

La vanguardia estudiantil lo había comprendido muy bien. El martes no queríamos motín, sino una espectacular, disciplinada demostración de fuerza.

Mucho más imponente que el día anterior, el cortejo se puso en movimiento a las 18.30 en dirección del Barrio Latino. A la altura del Bullier se detienen las primeras líneas. Trescientos metros más arriba, el bulevar Saint-Michel está obstruido por un infranqueable dispositivo policiaco. Los responsables del servicio de orden van a ”parlamentar”. El comisario de servicio les indica amablemente que se vayan. La manifestación tiene un instante de indecisión. Proponemos bifurcar por el bulevar Montparnasse. Los manifestantes gritan: “¡A la Sorbona, a la Sorbona!”. Un militante se yergue y nos explica que la barrera es inexpugnable de frente, sobre todo teniendo en cuenta que la calzada está asfaltada en aquel lugar... Este último argumento convence. El cortejo da una vuelta y se dirige hacia Montparnasse. Por detrás protesta con vehemencia la UJCml: “Los trotskistas quieren llevar a los manifestantes a los barrios elegantes, donde viven los burgueses, sus hermanos. Nuestro lugar está entre los trabajadores, en los barrios populares”. Los militantes ml tratan de escindir el cortejo. Quieren llevarse una parte de los manifestantes hacia la Plaza de Italia y los suburbios meridionales. No comprenden la significación política eminentemente subversiva que tiene una manifestación de extrema izquierda en los Campos Elíseos, la ‘vía real’ de la burguesía. Para ellos, ese desfile es una concesión a las clases dominantes. No comprenden que un recorrido así es un sacrilegio que únicamente autoriza cierta relación de fuerza, eso es precisamente lo que se trata de confirmar. En el campo de las manifestaciones también se rige la vida política francesa por un juego de acuerdos tácitos entre mayoría y oposición. A las manifestaciones de izquierda les corresponden los ”barrios populares” (Bastilla-República, Nación-Pére Lachaise), a las manifestaciones de derecha las zonas burguesas (Campos Elíseos, plaza de l'Etoile, etc...). Subir por los Campos Elíseos cantando La Internacional y enarbolar banderas rojas en el Arco de Triunfo tiene la misma significación que ocupar una facultad o contestar con energía a las cargas de la policía. Significa la negativa a seguir respetando las reglas del juego institucional con que se mantiene el sistema.

Durante un breve momento, la polémica es viva entre los militantes de la JCR, que han vuelto a la cola del cortejo, y los militantes de la UJCml. Estos logran al fin llevarse un grupo de unos centenares de manifestantes, que vuelven la espalda al cortejo y se van por el bulevar Port-Royal. Mas no tardamos en dar con un argumento certero: “¡Camaradas! Desde 1936, ningún cortejo ha subido por los Campos Elíseos detrás de banderas rojas. Esta noche, La Internacional resonará sobre la tumba del soldado desconocido”. El cortejo refractario vuelve otra vez con nosotros. 50.000 manifestantes se dirigen hacia la orilla derecha.

La Larga Marcha (¡30 km!) del martes 7 ilustra perfectamente la naturaleza del movimiento de mayo. Lo que sorprende es la madurez política y la capacidad de iniciativa de los manifestantes. ¡Qué diferencia con las procesiones de paso cansino a que nos tenían acostumbrados las burocracias obreras! En los cortejos del PCF la gente es pasiva, sin energía, apática. Van a la manifestación como al cine, de 6 a 8. Se echan a la calle por tradición, porque todavía se usa. Por eso tienen las manifestaciones ese ritual soso y arcaico de las ceremonias en que ya no se cree. En ellas ya no se considera la acción directa en todas sus formas el medio de vencer, se la relega al rango de fuerza suplementaria en las batallas parlamentarias o en las negociaciones en el nivel superior.

Recurren a “la calle” suavemente, para recordar al adversario que se sigue siendo ”representativo” y que se tienen tropas bien disciplinadas. Por eso tienen sus cortejos esos lentos ademanes de ganado que vuelve del abrevadero. Nada de eso hubo en mayo. Los manifestantes cuentan con su acción, y nada más que con ella, para lograr que el poder doble la mano. La calle es su principal campo de combate. La manifestación no es un simulacro de acción de masas. No es un formalismo, sino un instrumento real de combate. Por eso exige (y la obtiene) la participación activa de todos y en todo momento. Las masas se hacen creadoras, responsables, exigentes. Las mejores consignas de mayo surgieron de esos largos periplos, de pechos anónimos. El verdadero “servicio de orden” de mayo lo hace la masa de manifestantes. Los ”servicios de orden” de los grupúsculos son perfectamente incapaces de encuadrar un cortejo de 50.000 jóvenes. Los gestos de un servicio de orden de manifestación se aprenden pronto. La formación en cadenas, las líneas delanteras, las líneas traseras, las cadenas laterales, el paso de carrera, la transmisión de las consignas, todas esas técnicas elementales difundidas por los grupúsculos se asimilaron en unas cuantas demostraciones, y la masa estudiantil las aplica “espontáneamente”. Recuérdese la extraordinaria movilidad del cortejo del martes 7 de mayo; 50.000 manifestantes congregados en el Campo de Marte pudieron llegar a la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos a la carrera, antes de que las fuerzas del orden hubieran tenido tiempo de reaccionar.

La iniciativa de las masas se manifiesta finalmente en el nivel de la autodisciplina que se imponen. Los manifestantes niegan a quienquiera el derecho de desnaturalizar con su actitud el sentido político de la manifestación y reprimen “espontáneamente” todo acto de vandalismo, toda provocación sospechosa, toda violencia inútil. Bajo el Arco del Triunfo entonan La Internacional e izan la bandera roja, con gran dolor de los conservadores. Pero al que quiere dar al sacrilegio un tono más obsceno lo apartan...
Así sucede en periodo pre-revolucionario. Las masas, según decía Lenin, se vuelven irreconocibles, y no hay arma tan terrible como su iniciativa liberada.

Aumentado sin cesar por nuevos manifestantes, en la plaza de l'Etoile el cortejo es indispersable. En sus filas hay muchísimos obreros jóvenes. Con un nuevo y largo periplo, los manifestantes vuelven al Barrio Latino. En las calles de Rennes y de Assas se producen nuevos choques, nada comparables de todos modos a los violentos enfrentamientos del día anterior.

Miércoles 8 de mayo: primer intento de recuperación

La jornada del miércoles 8 de mayo deja un gusto de amargura en los militantes. L’Humanité se olvida súbitamente de su prosa injuriosa, fulmina a la policía y halaga a los estudiantes. Sorprendida por la amplitud del movimiento, la dirección del Partido Comunista está decidida a lograr su control. Con esta perspectiva, claro está que la burla resulta importuna. El PCF tiene una carta mucho más eficaz: ofrecer la solidaridad de las organizaciones obreras.

Para el miércoles a las 18.00 se había previsto un mitin intersindical en la Facultad de Ciencias. Los militantes pensaban que así se podría hacer un balance de los 3 días de lucha. El movimiento debía plantearse el problema de su estructuración por la base y de su labor de propaganda entre los obreros. En las negociaciones entre sindicatos, el buró nacional de la UNEF representaba al movimiento estudiantil. Muy conciliadora, la CGT logró hábilmente que se aceptara su línea. Los representantes sindicales urdieron una reunioncita del estilo de sus más rutinarias tradiciones. Debían expresarse en ella los representantes de las centrales sindicales (UNEF, FEN [Federación de la Educación Nacional], SNE-sup, CFDT [Confederación Francesa Democrática del Trabajo], CGT, FO [Fuerza Obrera]), personalidades universitarias de primer plano (Kastler, Monod), representantes del movimiento ”22 de Marzo”, CAL, etc. ..

Por la mañana, Alain Geismar anuncia: “Esta noche dormiremos en la Sorbona.” Por la noche, en el patio interior de la Facultad de Ciencias, se ve inmediatamente que el PCF se ha repuesto. Ha amasado tropas frescas al pie de la tribuna, y sus militantes se reparten en cuadrícula el control de la asamblea. Está en marcha la primera ”operación recuperación”. Los “portavoces oficiales” del movimiento se han dejado engañar. Durante todo el día, los aparatos de radio periféricos han estado retransmitiendo el llamado de Geismar. Y la numerosa tropa que iba a actuar se encuentra sometida al interminable runrún de los discursos burocráticos. Para colmo de desastre, se inicia una negociación telefónica entre autoridades universitarias y premios Nóbel. Se invita a los manifestantes a tener paciencia hasta que se vean los resultados. Para tenerlos ocupados, hay una nueva ronda de intervenciones insípidas.

Como era de esperar, las conversaciones no tienen resultados. Hacia las 19:30, el mitin se transforma en manifestación. Pequeño incidente significativo: la casi totalidad de los permanentes comunistas dé la Federación de París se ponen ”espontáneamente” a la cabeza del cortejo, detrás de la fila de los secretarios de sindicato. El servicio de orden de la UNEF detiene entonces la manifestación y exige la vuelta de los burócratas a las filas. Interviene Sauvageot. A los 10 minutos de tergiversar, los permanentes obedecen y son aclamados.

Recorre entonces el cortejo un breve periplo y a eso de las 20.00 llega a la plaza Edmond Rostand. Los CRS obstruyen el bulevard Saint-Michel. En nombre de la UNEF, Claude Chisseray, dirigente de la FER, lanza la consigna de dispersión. Durante todo el mes de mayo, esa iniciativa le dejará un estigma infamante. Una enorme decepción se abate sobre la multitud. La noche del miércoles 8 de mayo obra como un verdadero mazazo. Posteriormente, nadie logra explicarse el catastrófico abatimiento que se apodera de los manifestantes. Los militantes tienen la impresión de que todo ha acabado. A sus ojos, el movimiento acaba de sufrir una derrota irreversible. Lo han quebrantado los aparatos sindicales. Después de algunas salidas de tono se ha dejado poner la camisa de fuerza de los gestos rutinarios. Ha vuelto a las formas integradas de lucha. De nuevo parece escapar a las masas del estudiantado, que ya no reconocen en él su rebelión. Muy avanzada la noche, centenares de manifestantes diseminados por todo el Barrio Latino en grupitos de discusión, rumian su amargura.

Las declaraciones pesimistas de entonces eran sin duda excesivas. Muchos militantes teorizaban su propia decepción. El movimiento era demasiado profundo y demasiado pujante para dejarse hundir por aquella sola maniobra.

Pero si en aquel momento, teniendo en cuenta la moderación estudiantil, el poder hubiera cedido, es probable que los acontecimientos hubieran seguido un rumbo muy distinto.

Afortunadamente, no cedió. Peyrefitte no aprovechó la ayuda que le ofrecían los ‘procesionarios’ del miércoles. No tuvo ”el gran gesto de apaciguamiento” que hubiera confirmado la desescalada. Creyó salir del apuro prometiendo la próxima reapertura de las facultades. Y todavía iba acompañada la promesa por condiciones que la hacían análoga a una capitulación sin más ni más del movimiento estudiantil. Al hacer eso, el ministro quitaba su fuerza a la maniobra conciliadora de los burócratas sindicales. “El camino de la conciliación no tendrá éxito. La única arma que nos queda es la acción directa.” Tal fue la consecuencia que sacaron millares de estudiantes indecisos.
24 horas de reflexión:“Cortad la cabeza a vuestros enemigos. . .”

En el espacio de una noche se disiparon los vapores de la amargura. El jueves 9 de mayo, desde las 10, reinaba viva agitación en el Barrio Latino. Los estudiantes querían comprender qué había pasado y cómo podrían volver a poner en marcha el movimiento. Arrebatan los volantes de las manos, se agolpan ante los carteles. En todas las esquinas se forman grupos de discusión. Atraídos por el anuncio de la reapertura de las facultades, los estudiantes acuden en masa. La aglomeración más grande está en la plaza de la Sorbona, ante un doble cordón de guardias móviles. Espontáneamente se inicia la discusión. Hacia las 14 horas asoman por la calle Monsieur-Le-Prince, con los altoparlantes en bandolera, Geismar, Sauvageot, Cohn-Bendit; éste, en plena forma, toma la dirección de las operaciones. Daniel Cohn-Bendit es lo que se llama un agitador de nacimiento. Pecho fuerte, palabra sonora, extraordinaria presencia física. Sabe como nadie agrupar a las masas y unir todas la partículas solitarias para formar una colectividad operante. Tiene un sentido muy agudo de la provocación. Se podría incluso decir que todos los problemas los examina bajo el ángulo de la provocación posible. Sin embargo, no es ese frenético y enardecido individuo que ha trazado la prensa. Como Rudi Dutschke, Dany hace de la provocación no la expresión de sus complejos personales sino un instrumento político puro y temible. La provocación debe quitar lo sagrado a categorías y funciones. Es un lazo tendido a la autoridad y la jerarquía, que con sus reacciones revelan su naturaleza opresiva, al mismo tiempo que se cubren de ridículo. Es un arma estupenda de crítica social y de educación de las masas.

De todas las ”figuras de mayo”, sin duda es Cohn-Bendit la única de envergadura. El fue el primero en aprovechar las enseñanzas de la experiencia alemana. Su ambición era crear una SUS francesa. El ”Movimiento 22 de Marzo”, fundado con los anarquistas y la JCR, representaba la primera etapa de su creación. Durante toda aquella semana de forcejeo desempeñó un papel capital, y principalmente el jueves 9 y el viernes 10 de mayo en las barricadas. Dominaba perfectamente los datos políticos del combate iniciado. En todo aquel periodo trabajamos mano a mano.

”Queremos reunirnos para sacar el balance de nuestra acción y examinar lo que podríamos hacer a continuación”, dice CohnBendit. ”Nos duele mucho tener que obstaculizar la circulación; deseamos vivamente discutir juntos en el patio de la Sorbona. Pero la policía no nos deja entrar. Por eso yo declaro este lugar gran aula y les invito a instalarse en la calzada. ¿Quién pide la palabra?”

Durante cuatro horas, este teach-in se desarrolla ante una asamblea de miles de estudiantes convocados por radio. Como era de esperar, el debate empieza por los sucesos del día anterior. Geismar y Sauvageot hacen su autocrítica. Chisseray trata de justificar su llamamiento a la dispersión. Lo malo para él es que cree dirigirse a una asamblea general de la UNEF y se permite algunas impertinencias. Desde ese momento, y a pesar de las voces de Cohn-Bendit, ya no podrá pronunciar una sola palabra. Decididamente, la masa estudiantil ya no es la misma. La multitud se ha vuelto consciente y activa. Ya no se deja manejar. A nadie concede el derecho de aburrirla, insultarla o halagarla. Ya no se traga, sentada, tan formalita, las frases demagógicas de oradores que la toman por un rebaño. Interviene, contradice, interrumpe. Se acabaron las reunioncitas apacibles. Cada quien está sometido ahora a la autocensura de las masas.

Después de Chisseray, Aragon lo sentirá dolorosamente. El PCF ha enviado al anciano poeta a ablandar a los estudiantes. ¿No es el mejor embajador posible? Hace cierto tiempo que Aragon tiene fama de liberal. ¿Quién no recuerda su ”valiente protesta” cuando el asunto de Siniavski y Daniel? Se supone que sus posiciones le valen la estima de los estudiantes. Ha venido a llevarles un mensaje de amistad. Su presencia debe sellar la reconciliación del movimiento estudiantil con el partido comunista.

Pero ya pasó el tiempo en que salía uno de apuros con una pirueta. Expresando la voluntad de la base, Dany pide tranquilamente explicaciones acerca de la actitud del PCF respecto del movimiento. O Aragon no está conforme con ella —y entonces debe decirlo— o si lo está —y entonces debe defenderla públicamente. El anciano se lanza a una retórica, para escurrir el bulto, que le acarrea pullas de la multitud. “Corten la cabeza a sus enemigos”, decía Trotsky, ”no para tener enemigos sin cabeza sino para mostrar al mundo cuán vacías estaban”. Así fue hecho.

Hacia las 17 horas comienzan las provocaciones policiacas. Convoyes de guardias móviles suben y bajan por el bulevar. Alrededor del mitin se refuerzan los cordones de policía. Un rumor de amenaza se alza de entre la muchedumbre. “Informamos a los señores oficiales que hoy no peleamos”, truena Cohn-Bendit. “Es inútil provocarnos, porque no responderemos. Hoy vamos a estudiar lo que haremos. Mañana nos encontraremos como de costumbre, a las 18.30, en Denfert-Rochereau”.

Mitin de la JCR (Juventud Comunista Revolucionaria) en la Mutualité

A la noche, la JCR se reúne en la gran sala de la Mutualité. Esta reunión está prevista desde hace tiempo y lleva un título profético: ”La juventud, de la Rebeldía a la Revolución.” Los dirigentes de los movimientos estudiantiles de los principales países europeos deben tomar la palabra en ella. Daniel CohnBendit propone a la JCR que abra su mitin a todo el movimiento, y después de las intervenciones de los oradores anunciados podrían continuar y terminarse los debates iniciados en el bulevar Saint-Michel. Aceptamos la proposición.
Presentado con un discurso de Alain Krivine, el mitin del 7 de mayo tuvo papel principal en la maduración política del movimiento. Escuchando los informes de los delegados belgas, holandeses, italianos, españoles, alemanes, los 4 o 5 mil estudiantes franceses, apiñados en la sala, donde no cabe un alfiler, toman conciencia de la dimensión internacional de su lucha. Ernest Mandel presenta un notable análisis de la rebelión estudiantil en los centros imperialistas, fundada en una nueva apreciación del lugar que ocupa la fuerza intelectual de trabajo en el proceso de producción. En fin, todos los componentes del movimiento estudiantil exponen ampliamente su modo de ver el estado actual de la lucha y las perspectivas venideras.

Daniel Bensaid, cofundador del ”22 de Marzo”, toma la palabra en nombre de la JCR. Expone nuestro análisis del lugar que el movimiento ocupa en la lucha de clases e insiste en el problema de la unión con la clase obrera y el ensanchamiento del frente de lucha. Haciendo el balance de la experiencia ”22 de Marzo”, invita a todos los grupos de vanguardia a integrarse en el movimiento. Es preciso que los grupúsculos comprendan que el desarrollo de la vanguardia depende de la amplitud del movimiento de masas y que por lo tanto, deben empeñarse en asegurar su expansión. No se trata de fundirse sencillamente en el movimiento y de desaparecer en él. Se trata de abandonar la actitud grupuscular, que consiste en imponer su marca y su sello en todas las ocasiones posibles y aun imposibles a costa del movimiento de masas. El “22 de Marzo” ha demostrado que los militantes llegados de horizontes políticos diversos pueden entenderse acerca de cierto modo de acción, por encima de sus divergencias políticas. No hay vanguardia autoproclamada. El movimiento presente es la prueba de la verdad, y cada quien será juzgado según sus méritos. Ya se verá quiénes son los revolucionarios ”de pico” y quiénes los militantes de vanguardia.

En lo inmediato, hay que organizar el movimiento en comités de base abiertos a todos los militantes. Los comités se encargarán de la labor de propaganda política entre la población. En cuanto se vuelvan a abrir las facultades instalaremos en ellas la ”Universidad Crítica”, que no es un islote de socialismo en la sociedad burguesa, sino una ”base roja” desde donde el movimiento estudiantil partirá a la conquista de la vanguardia obrera.

Daniel Cohn-Bendit, copresidente del mitin, abre el debate y se declara de acuerdo con Bensaid “salvo en la cuestión del partido revolucionario”. Volviendo en gran parte al tema de la integración en el movimiento de masas, pide a los grupúsculos que rechacen el espíritu de capillita, en que ve el resurgimiento de las tradiciones estalinistas propias del movimiento comunista francés. Cabe un movimiento único de masas, que reúna en la acción a todos los grupos situados a la izquierda del PCF. Ese movimiento se organizaría en la base, en comisiones y comités que elaborarían soberanamente su línea de intervención. El movimiento “22 de Marzo” tiene la intención de reocupar Nanterre el viernes por la mañana. Debe bloquearse la Universidad mientras un solo militante, obrero o estudiante, francés o extranjero, siga preso.

Un dirigente de la UJCml toma a continuación la palabra: “Claman algunos que la Sorbona debe ser para los estudiantes”, dice. ”No es una consigna acertada. Nosotros decimos que la Sorbona debe ser para los trabajadores. E incluso vamos más lejos. Hay quien pretende librar a la Sorbona de los guardias móviles. A nosotros no nos parece fundamental ese objetivo. Hay en un suburbio obrero, en Saint-Ouen, grandes cuarteles de guardias móviles. Estamos dispuestos a dejar la Sorbona a los guardias móviles y a transportar la Facultad de Letras a sus edificios de Saint-Ouen. Para nosotros, la Sorbona no es más que un montón de piedras viejas, y la Facultad de Letras estaría mejor en Saint-Ouen que en el cogollo del París burgués.”

En esta salida de tono está toda la incomprensión ml de la política. No, el 9 de mayo la Sorbona no es un simple ”montón de piedras”, ocupado provisionalmente por los guardias móviles. Es un símbolo político que tiende a convertirse en la clave de bóveda de las luchas de clases en Francia. Esa Sorbona ocupada por la policía simboliza toda la opresión que es la esencia de las relaciones sociales en la sociedad capitalista. Es lo que está en juego en ese forcejeo en que el poder se aísla y se desacredita cada día. No, no es un error gritar ”La Sorbona para los estudiantes” y combatir adoquín en mano por éxpulsar a las fuerzas del orden. Militarmente, es una batalla sin perspectivas. Pero no se trata de una batalla militar. Se trata de una batalla política. Y políticamente, el desafío lanzado al poder tiene un valor ejemplar, cuyo alcance, en el estado de tensión extremada en que se halla la sociedad francesa, puede ser considerable. La Sorbona es un ”montón de piedras” para los hijos culpabilizados de la gran burguesía. Para la masa de los trabajadores, es un santuario inviolable. Por eso, su ocupación por la policía nos parece una agresión escandalosa; la réplica estudiantil, un valiente acto de legítima defensa.

El responsable de la UJCml hace a continuación el inventario de los peligros que acechan al movimiento. Por orden decreciente, está primero la socialdemocracia, con los trotskistas y su marioneta, el buró nacional de la UNEF, y después las ”teorías fangosas” de Marcuse y Mandel, fraternalmente amalgamadas. La UJCml, lejos de reducir al movimiento estudiantil al papel de fuerza suplementaria de la clase obrera, tiene más que nunca la intención de ponerse “al servicio del pueblo”. Porque se conoce al militante revolucionario por su capacidad de vincularse a los trabajadores. Y la intervención acaba como había empezado: citando al presidente Mao.

Christian De Bresson, secretario general de la FER, le sucede en la tribuna. Preconiza la huelga general y la manifestación central de la juventud, que deben asumir las direcciones sindicales. Con tal fin, conviene crear en cada facultad comités de huelga, federados en un comité central de huelga que dirija las operaciones. Hay que trabajar por la constitución de la Organización Revolucionaria de la Juventud y para ello, participar en masa en la concentración de 3.500 jóvenes a fines de junio en la Mutualité.

Para empezar, el representante del PCMLF dice lo contrario de su colega de la UJCml. Primeramente rechaza la cita del presidente Mao, que al otro le había parecido tan a propósito, y propone otra que cree más adecuada. A continuación, se burla de la consigna de ”servir al pueblo”, propia de pequeño-burgueses enamorados de las manos con callos, y asegura que los obreros ”marxistas-leninistas” se ponen, en cambio, al servicio de los estudiantes. Desde el lunes, los obreros del PCMLF hacen llamamientos para unirse a los estudiantes en la calle y aceptan meterse en todos los combates. También rechaza todo sectarismo: ”Frente a los policías, me importa poco saber quién es trotskista, anarquista o marxista-leninista”, proclama.

Después interviene Jean-Louis Péninou, animador del MAU. “Felizmente para nosotros”, dice ”el gobierno no ha retrocedido anoche; porque en ese caso también nosotros retrocedíamos. A pesar de su extraordinaria capacidad de lucha, el movimiento ha dejado ver hasta qué punto era vulnerable. Mientras no estemos bien organizados, serán posibles todas las recuperaciones y todos los compromisos aceptados en nuestro nombre. No necesitamos un Comité Central de Huelga; en las condiciones actuales toca a la UNEF y al SNE-sup hacer de portavoz y de centro coordinador del movimiento. Nos hacen falta comités en la base para organizar la unidad de la base, en la acción y sobre todo para la acción.”
Las discusiones duran hasta la una de la mañana.

De esos debates se desprende una actitud común que, en el plano político, se define por la voluntad de seguir hasta el fin midiéndose con el poder, con la esperanza de abrir una crisis de importancia en la sociedad política francesa. En el plano de la organización se define por el respeto a la autonomía del movimiento de masas, que no se trata de cubrir ni de llenar de células propias sino de organizar en la base sobre temas de impugnación radical de la Universidad y dentro de la línea ya aplicada en Nanterre: ”De la impuganción de la Universidad a la impugnación de la sociedad burguesa.”

En esos debates se afirma también la dirección de hecho del movimiento: el “22 de Marzo”, la JCR, el MAU, los ESU del buró nacional de la UNEF, el SNE-sup. E inversamente, la FER por una parte y la UJCml por la otra parecen cada vez más cuerpos extraños. Para la FER, el divorcio es definitivo. A partir del 10 de mayo hará el papel, por rechazo, de catalizador político del estudiantado. En cuanto a la UJCml, menos comprometida, logrará reintegrarse al tren en marcha a partir del 15 de mayo, cuando el centro de gravedad de las luchas, después de haber desempeñado su papel el movimiento estudiantil, pase de la Universidad a las fábricas.

… Y pelear

Si por culpa de ”portavoces” demasiado independientes sufrió el movimiento estudiantil un grave retroceso el miércoles 8 de mayo, el viernes 10 se había restablecido en gran parte la situación. Se podía pensar tranquilamente en pasar a una fase superior del enfrentamiento con el poder. La jornada del 9 permitió efectuar la preparación política necesaria. Y, lo más importante, el ministro acaba de cometer una nueva serie de enormes errores. Sus tergiversaciones acerca de la reapertura de las facultades agravan considerablemente su causa. La opinión pública juzga severamente su actitud. Después de la procesión del 8, en general se esperaba un ”acto de buena voluntad”, que llegó en forma de promesa... no cumplida, y de renovado vigor en condenar el movimiento. “De querer provocar, no podría hacerse mejor”, comprueba el editorialista de Combat (10-5-68). ”¿Será necesario que haya muchas víctimas a consecuencia de refriegas para que el gobierno modifique su posición? ” se pregunta Le Monde (10-5-68). Nuevamente se halla el movimiento estudiantil en estado de legítima defensa. El ministro ha obstruido todo camino que no sea el del enfrentamiento. Y los dirigentes estudiantiles saben ahora que pueden hacerlo caer.
Hacia mediodía, esperan una delegación del SNE-sup y de la UNEF en la sede de la CGT. Los sindicatos piensan organizar una manifestación común. Han preparado esta entrevista y la manifestación de las 18.30 los representantes de las organizaciones estudiantiles.

Es evidente que la fecha oportuna para la jornada de acción intersindical es el lunes 13 de mayo de 1968. Si hay manifestación, habrá de pasar por el Barrio Latino. El movimiento estudiantil vendrá con sus propias consignas y sus banderolas y asegurará ”paritariamente” el servicio de orden.

En las primeras horas de la tarde empiezan las negociaciones. La CGT rechaza neciamente la fecha del 13 de mayo, que juzga demasiado política. El martes 14 será el día señalado. Las modalidades concretas de organización se determinarán después. Se publica en centenares de miles de ejemplares un llamado de la UNEF, del SNE-sup, de la FEN, de la CGT y de la CFDT.

La manifestación de Denfert plantea por su parte problemas espinosos. Políticamente, cada quien sabe que ha llegado el momento de redoblar los esfuerzos. El ministro se ha echado encima a todas las personas sensatas de Francia. El movimiento estudiantil puede volver a la ofensiva. Pero ¿cómo? Menudean las propuestas: Marchar hacia la Santé; pero es un camino algo corto, y ¿para hacer qué? Asaltar el Ayuntamiento, para resucitar el espectro de la Comuna en la conciencia obrera; pero técnicamente no es tan fácil. Además, sería conceder demasiada importancia a los concejales de París. Ir al ORTF (Dirección Radio Televisión Francesa), pero eso sólo serviría de algo si se esperara tomar la palabra, cosa que implica preparación. Tomarla con el Ministerio de Justicia, situado en la plaza Vendôme, riesgo que vale la pena. Sería apuntar a la cabeza y poner al gobierno entre la espada y la pared. Finalmente, éste es el proyecto adoptado.

Durante el día, miles de estudiantes de secundaria y preparatoria se manifiestan en varios cortejos que atraviesan la ciudad. Hacia las 17 horas convergen en la plaza Denfert, donde celebran un mitin los CAL. Desde las 16.30 eran ya 7 000.

A las 18.30, la plaza está llena a reventar. Erguido sobre el León de Belfort, Cohn-Bendit inaugura un debate a la alemana acerca de los objetivos y el recorrido de la manifestación. Los guardias móviles han cortado los puentes. No se puede ir directamente a la orilla derecha. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? Los líderes estudiantiles se suceden al micrófono. Esta confrontación pública en que únicamente pueden hacerse oír los que tienen un altoparlante es una parodia de democracia directa. El mal humor se apodera de los manifestantes. Finalmente, el cortejo se pone en marcha en dirección de la Santé. A su paso, decenas de pañuelos se agitan en las ventanas de las celdas. Los manifestantes se inmovilizan para cantar La Internacional y vuelven a ponerse en movimiento hacia el Ministerio de Justicia. El acceso de los puentes está obstruido. Las fuerzas del orden desvían el cortejo hacia el Barrio Latino. A las 20.30 pasamos delante del palacio de la Mutualité, donde la FER celebra un mitin. Apiñados en los balcones del primer piso, sus risueños militantes miran pasar el inmenso cortejo. ”El poder está en la calle”, sueltan algunos chistosos... A las 21 horas, el cortejo sube por el bulevar Saint-Michel. La policía obstruye el perímetro de la Sorbona. Hacia la plaza Denfert, el paso está ostensiblemente libre. Pero no se trata de volver atrás. La manifestación se detiene a la altura del Luxemburgo. A la cabeza, los responsables del movimiento se preguntan cuál será la continuación de las operaciones. La solución la da Cohn-Bendit, quien propone ocupar el Barrio Latino, toda la noche si es necesario, hasta que se dé satisfacción completa a nuestras reivindicaciones. Propone escindir el cortejo en múltiples grupos de discusión dispuestos en torno a la barrera policial. Aprobamos la perspectiva y lanzamos la consigna: ”Sitiemos a los sitiadores.” Los manifestantes se despliegan en grupos compactos y se sitúan delante de cada cordón policiaco. Los militantes van de grupo en grupo explicando el significado de la ocupación:

El poder está en un aprieto, y esta noche podemos ganar. No volveremos a nuestras casas. Manifestemos hasta el fin. No nos dispersemos sin sentencia favorable. Así ejerceremos una presión directa sobre el gobierno. Ahora, el poder tiene la palabra. En el Barrio Latino, 30 000 estudiantes rodean la Sorbona. Esperan la supresión de las sanciones y la salida de las fuerzas del orden. El poder debe pronunciarse en función de esta situación nueva, símbolo de la lucha que tenemos empeñada con el poder desde hace una semana. Pero habrá de pronunciarse inmediatamente, y sobre el fondo. No le dejaremos ya espacio para tergiversar: Si cede, nos vamos. Si no, nos quedamos. Si ataca, nos defenderemos. Que quede esto bien claro. Por eso queda dada la orden de desempedrar el adoquinado: en caso de ataque por sorpresa, debemos tener con qué responder... Al mismo tiempo, hay orden de no provocar ni reaccionar a las provocaciones menores. Nuestra táctica no implica de ningún modo el choque a toda costa. 30.000 estudiantes bloquean el corazón de París. Su ”manifestación ilimitada” es un medio suficiente de presión. Pero nuestra táctica presupone estar resueltos a aguantar, o sea decididos a responder. Eso es lo que significa desempedrar.

Estas perspectivas no agradan a todos. Los militantes del PCF, principalmente, van proclamando por todas partes que hace tiempo se dio la orden de dispersión. En algunos lugares se oponen físicamente a que se saquen los adoquines. Hay golpes. Y finalmente, los ”comunistas” vuelven a sus hogares.

Significación de las barricadas

En ese momento, a eso de las 21.30, surge, sin saberse de dónde, el verdadero rasgo genial.

En espera de un posible encuentro, los militantes amontonan los adoquines en la calle. Tomando muy en serio la idea de un ”asedio”, algunos transforman esas reservas de municiones en verdaderas barricadas. Retrospectivamente, se ha hablado de que hubo barricadas desde el 3 de mayo. En realidad, las primeras barricadas de verdad aparecen en la noche del 10 al 11 de mayo. Hasta entonces se llenaba la calzada con toda clase de obstáculos diversos para bloquear la circulación, y se disponían los coches en zigzag para quebrantar las cargas de la policía. Jamás se habían construido barricadas verdaderas, de 2 m. de alto y defendidas por unos centenares de militantes bien decididos.

La idea de las barricadas fue una de esas ocurrencias geniales que abundan en las masas en tiempos de revolución. Repitamos que militarmente no valían gran cosa. Los estudiantes que edificaron el campo fortificado de la calle de Gay-Lussac eran unos pobres ”técnicos de la guerrilla urbana”. Eran unas barricadas sin pies ni cabeza. Atravesaban varias veces de lado a lado una misma calle y dificultaban la movilidad de los manifestantes. Una de ellas incluso obstruía un callejón sin salida.

Pero políticamente era una idea magnífica. Para el proletariado francés, la barricada es un símbolo lleno de reminiscencias, y resucita todo un pasado de pelea sin desfallecimiento, que llena de nostalgia a los obreros. Evoca los espectros de 1848 y de la Comuna, el mito de la huelga general insurreccional y de la acción directa, todas las hazañas de la clase obrera francesa, hondamente afincadas en su conciencia colectiva, y extrañamente vivas en su recuerdo. Detrás de nuestras barricadas tratábamos de imaginarnos las reacciones de los trabajadores que escuchaban con sus transistores: ”En torno a la Sorbona, los estudiantes levantan los adoquines y construyen barricadas... verdaderas barricadas, algunas de ellas ya de varios metros de altura, surgen en el Barrio Latino... El Barrio Latino se llena de barricadas... los manifestantes desempiedran con pico... En París hay ya un barrio insurgente... No parece que las fuerzas del orden puedan despejar el centro de la capital sin violentos combates... Varias barricadas parecen verdaderamente inexpugnables... Da la impresión de que se vive en plena Comuna...”

Por otra parte, las barricadas multiplican la pujanza de la presión estudiantil y subrayan la determinación de los manifestantes. ”Materializan” su voluntad de ocupar el Barrio cueste lo que cueste, y hacen esa ocupación mucho más explosiva y embarazosa. Dan a los estudiantes una carta principal para medir sus fuerzas con el poder, que está más que nunca entre la espada y la pared. Ya no puede hallar subterfugios. No hay tercer camino. Ha de escoger, y pronto. Ahora bien, por cualquier lado que se mire, la elección será difícil. Si el poder cede, habrá cedido a la presión de la calle. Es más: a la insurrección. Las barricadas multiplican el coste político. Las concesiones del poder revelarán su debilidad ante las fuerzas extremas de la acción directa. Entonces, se corre el enorme peligro de que otros imiten el movimiento estudiantil, de que otras categorías sociales aprovechen estas nuevas formas de lucha, cuya eficacia todo el mundo habrá presenciado. Pero si no cede, el poder tendrá que pegar fuerte. No puede tolerar que en el corazón de París surja un centro insurreccional. Tiene que quitar las barricadas, tomar por asalto el inmenso campo fortificado, afrontar a miles de jóvenes, estudiantes universitarios y de secundaria, obreros, etc, dispuestos a resistir. Deberá aceptar la responsabilidad de desencadenar las más violentas batallas callejeras que se hayan dado en París desde la Liberación. Habrá de arriesgarse a ocasionar cientos de heridos, tal vez de muertos. Pero la opinión pública está con los estudiantes. ¿Cuáles serán sus reacciones frente a este nuevo baño de sangre'?

Tal es el dilema que el movimiento estudiantil acaba de plantear al poder. O cede en toda la línea y al hacerlo revela su debilidad real ante la acción directa, o da otro paso en la escalada de la represión y alza frente a sí a la casi totalidad de la población.

El gobierno está en una trampa. Haga lo que haga, será una catástrofe. Azota las altas esferas un viento de pánico. Las autoridades no saben qué decidir y buscan una solución milagrosa para evitar el enfrentamiento que temen y la capitulación que no quieren. Por instrucciones ministeriales, el rector Roche invita a los representantes sindicales a ir a la Sorbona ”para ver en qué condiciones podrían reemprenderse los cursos”. Ridícula insinuación. Hace tiempo que esa clase de concesiones no corresponde ya a las necesidades del momento. Lo que exigen los manifestantes es un compromiso en serio, en que se estipule la liberación de todos los presos. En su nombre rechaza Alain Geismar ese compromiso débil. A continuación se traba una negociación radiofónica en público entre el rector Chalin, emisario del gobierno, y Alain Geismar, portavoz de los ”insurgentes”.

Para Geismar, lo primero de todo es el cese de las sanciones, y sugiere al rector la idea de que convenza al ministro del Interior. El rector acepta, y da cita para ”dentro de diez minutos”. Al cabo de una hora sale con una negativa, y los estudiantes refuerzan las barricadas.

A medianoche empieza el ballet de los ministros. Louis Joxe, ministro de Gracia y Justicia y primer ministro interino, conferencia con Jacques Foccart, Peyrefitte, Michel Debré. Juntos van a ver a Christian Foucher, principal de la policía, y comentan un informe de Grimaud, prefecto de París.

Caidos en nuestras redes, las autoridades patean y se ponen nerviosas. Pero la red está muy bien hecha, y aguanta. Será necesario escoger entre la agresión masiva y la capitulación total. Los señores ministros son gente de orden, y su propensión natural los incita a la represión. Después de haber dado el espectáculo de su confusión, decidieron tomar las barricadas.

No insistiremos en la batalla, de la cual hay muchos relatos y testimonios. La resistencia de los jóvenes estudiantes y obreros fue valerosa y tenaz. Contra lo que era de esperar, aguantaron hasta el alba. Pero aquella noche se distinguió por la extraordinaria capacidad de iniciativa y de autodirección de que hizo gala, más que nunca, la masa revolucionaria. En cada fase de la lucha surgían de la multitud los militantes anónimos que realizaban perfectamente las tareas del momento.

¿Quiénes eran esos millares de manifestantes que resistieron a los CRS hasta el alba?

En su mayor parte se trataba de militantes ”no organizados”, llegados a la acción política por no querer inclinarse ante los dictados del poder. La fogosidad, el entusiasmo, el ingenio de esos combatientes bisoños dieron a las jornadas de mayo su carácter audaz y creador, que las distingue de las luchas anteriores. Además, en los puntos de mayor peligro, estaban la casi totalidad de los militantes del “22 de Marzo” y de la JCR, de Voix Ouvriére, del PCMLF, del MAU, de los ESU y de los grupos anarquistas.

A eso de la medianoche había llegado la FER, que salía de su mitin, con las banderas rojas al frente. A su paso, los estudiantes aclamaban ese nuevo refuerzo. Por desgracia, no eran refuerzos lo que llegaba. A la altura de las primeras barricadas, Claude Chisseray toma la palabra. Con estupor general, el dirigente de la FER exhorta a los manifestantes a salir de allí. Denuncia a los ”pequeño-burgueses” que se dedican a la jardinería en la calle de Gay-Lussac. Condena la operación barricada, que es un gesto desesperado de pequeño-burgueses indignados. Es el remate de la política aventurerista que preconizan desde hace una semana dirigentes irresponsables. Para la FER, no hay más que un camino, que es obligar a las directivas obreras a organizar una respuesta unida en la calle. De donde una sola consigna: ”El lunes, 500 000 estudiantes y obreros al Barrio Latino.” Los que se esfuerzan en aislar al movimiento estudiantil de la clase obrera tendrán ante la historia la responsabilidad de la matanza. Dicho esto, los militantes de la FER dan media vuelta y se vuelven a sus camas calentitas.

La UJCml condena asimismo a los ”trotskistas y anarquistas” que llevan al movimiento a la carnicería. Su buró político ha dado orden de no participar en la batalla. Los militantes ml se limitarán a asegurar la defensa de sus ”bases rojas”, las escuelas normales superiores. Y los centenares de militantes que formaban el último cuadro de la calle Gay-Lussac se acordarán con cierta amargura de su recepción en la calle de Ulm. Cuando, perseguidos por la policía, fueron a buscar refugio, deshechos, sin aliento, a los locales de la ENS, los recibieron los ml, descansados y sonrosados, quienes les explicaron tranquilamente que en adelante ellos se encargarían de dirigir las operaciones y les rogaron que dejaran sus “armas”. Detalle horrible, algunos llevaron la indecencia hasta poner una mesa de literatura e ir vendiendo Servir le peuple de cuarto en cuarto.

El sectarismo es aún más ciego que el amor. La UJCml y la FER no comprenden que en esta noche del 10 al 11 de mayo, lo que se juega es el destino del régimen.

A las 6 de la mañana, Daniel Cohn-Bendit lanza la orden de dispersión, estigmatiza las violencias de la policía y pide a las centrales sindicales y los partidos democráticos que organicen una gran manifestación en París el lunes 13 de mayo. Ninguna organización ”de izquierda” podrá ya escurrir el bulto. Millones de franceses estuvieron toda la noche atentos al relato de los combates. La opinión ha quedado profundamente sacudida. Las estaciones de radio periféricas sueltan un alud de comunicados en que condenan la actitud del poder.

El movimiento estudiantil acaba de lograr una brillante victoria. Con su acción ejemplar ha aislado al gobierno, conquistado la opinión pública y obligado a pelear a los sindicatos y los partidos obreros. En la noche, la victoria es un gran triunfo. A las 21.35, Georges Pompidou, primer ministro, de vuelta de Afganistán, da solemnemente satisfacción a las reivindicaciones estudiantiles. El lunes se vuelven a abrir las facultades y ”el tribunal de apelación podrá, de acuerdo con la ley, dictaminar sobre las peticiones de liberación presentadas por los estudiantes condenados”.

Por primera vez en diez años, la acción de las masas vence al Estado fuerte gaullista. Unas decenas de miles de estudiantes de secundaria y universitarios y de obreros jóvenes acaban de infligirle su primera y dolorosa derrota. Esta hazaña modifica profundamente el equilibrio político. Algo esencial acaba de romperse en el corazón del régimen.

Militantes de las JCR durante los acontecimientos de Mayo del 68, Weber fue posteriormente senador del PS y Bensaid dirigente de la LCR francesa. Este texto forma parte del libro Mayo del 68: Un ensayo general, publicado por Ed. ERA de México en 1969, del que Sin Permiso público ya los capítulos dedicados a los prolegómenos de los acontecimientos de Mayo del 68 en Francia.
Fuente:
Mayo del 68: Un ensayo general, Ed. ERA, 1969
Traducción:
Felix Blanco