Economía K y la “Teoría Monetaria Moderna”

Rolando Astarita

27/07/2018

En diversas ocasiones economistas kirchneristas, con cierta inclinación izquierdista, han sostenido que la monetización del déficit fiscal (o sea, cubrir el déficit con emisión de dinero) no es inflacionaria, y por lo tanto es una forma viable de sostener la demanda y aumentar el empleo. Tal vez la expresión más clara de esta forma de pensar la encontramos en la polémica que tuvo Andrés Asiain con Marcelo Ramal y Pablo Heller, del Partido Obrero.

El cruce se inició con un artículo de Marcelo Ramal en Prensa Obrera (26/06/2014), donde sostuvo que la emisión sin respaldo en el activo del BCRA, genera inflación. En respuesta, Asiain emparentó la posición de Ramal con la del diario La Nación, y sostuvo que, dado que la autoridad monetaria tiene el monopolio de la emisión, no solo no existe el peligro de cesación de pagos del Central, sino tampoco “es necesario el cobro religioso de las amortizaciones e intereses de la deuda que el gobierno nacional mantiene con el Central, ya que la institución monetaria puede refinanciarlos hasta la eternidad, sin que ello ponga en riesgo su estabilidad financiera”. Agregaba que “el dinero en circulación es un pasivo sui generis, ya que no es convertible y no debe tener un respaldo en reservas” (Página 12, 22/02/15). Sostuvo por eso que la postura del Partido Obrero configuraba una suerte de monetarismo de izquierda.

A su vez Heller, en respuesta a Asiain, sostuvo que la idea de que la emisión de dinero sin respaldo genera aumento de los precios no tiene punto que ver con la teoría cuantitativa; y que Asiain, y otros economistas K, transformaban al dinero en un fetiche, con el que se podrían solucionar los problemas del capitalismo. Decía Heller:

“Si el Estado pudiera emitir billetes libremente, sin que éstos perdieran su poder de compra, se habría encontrado una forma fácil de generar riqueza haciendo funcionar ‘la máquina de imprimir’. No hay mucha diferencia con las prácticas primitivas de los brujos o alquimistas, que trataban de encontrar la fórmula para transformar los objetos en oro o metal precioso. La versión antigua y su réplica moderna tienen en común que parten de otorgar al dinero una vida propia y la cualidad intrínseca y milagrosa de crear valor. Los K son tributarios también de esta concepción y sucumben a ella por la sencilla razón de que buscan una vía de crecimiento y distribución del ingreso compatible con el régimen de explotación vigente” (https://www.prensaobrera.com/publicaciones/verNotaRevistaTeorica/45/monetarismo-politica-k-y-teoria-monetaria-de-marx).

Comparto este punto de vista de Heller y Ramal. De hecho, la revista teórica del Partido Obrero, En defensa del marxismo (febrero de 2015) publicó un artículo de mi autoría, “Papel moneda, oro y la teoría monetaria de Marx” (puede leerse en el blog, aquíaquíaquíaquí), en el que presenté los mismos argumentos que Heller. Además, en varias notas en este blog sostuve que es imposible mantener la demanda indefinidamente mediante déficits fiscales, ya que estos deben cubrirse con deuda o con emisión monetaria. Si se financian con deuda, llega un punto en que esta es insostenible. Si es con emisión monetaria, habrá crecientes presiones inflacionarias. Lo cual, naturalmente, me valió también el cargo de “monetarista”.

Pues bien, pasados ya tres años de esos cruces, y revisando los argumentos, me doy cuenta de que, además, debería haber criticado la que, presumiblemente, sea la fuente última del argumento de Asiain, y de otros economistas K, a saber, la llamada “Teoría monetaria moderna” (TMM). Escribo “presumiblemente” porque no encontré referencias explícitas a la TMM por parte de Asiain, ni de otros economistas K. Más aún, Axel Kicillof, en su intervención en las Jornadas Monetarias y Bancarias de 2011, organizadas por el BCRA, planteó la necesidad de una renovación, basada en Keynes, de la teoría monetaria, pero no hizo referencia a la MMT (véase http://www.bcra.gov.ar/Pdfs/BCRA/jornadas_2011_Kiciloff2.pdf).

Sin embargo, oralmente, economistas K me han manifestado que, en última instancia, su tesis de que la emisión monetaria nunca es inflacionaria se apoya en la TMM. Y la realidad es que el argumento de Asiain y el de la TMM se parecen como dos gotas de agua. Por eso, en lo que sigue, presento una crítica a la TMM, que complementa lo publicado en En defensa del marxismo. Más específicamente, trataré de demostrar que la TMM colapsa a la luz de la experiencia argentina de los años recientes, incluida la economía bajo el gobierno kirchnerista. De todas maneras, a pesar de centrarme en lo ocurrido en Argentina, espero que este escrito pueda ser de utilidad más general. Es que la TMM ha despertado expectativas (¿están las soluciones reformistas al alcance de la mano?) en muchos círculos del progresismo de izquierda, tanto en EEUU como en Europa. Y dado que su enfoque es opuesto a lo que sostenemos los marxistas (a saber, que los males fundamentales del capitalismo no se suprimen con reformas monetarias, o de superficie), se justifica que prestemos atención a los planteos de la TMM. Empiezo reseñando sus principales ideas. Dada la extensión de la nota, la he dividido en partes.

La “Teoría monetaria moderna”

La TMM también es conocida como “neo-cartalismo”; “Dinero como criatura del Estado”; “Tax-Driven Money”. En lo esencial, combina la concepción cartalista de dinero, con el enfoque poskeynesiano. Presento sus ideas más generales, basándome en los artículos de L. Randall Wray, Eric Tymoigne y Pavlina Tcherneva, citados en la bibliografía; también he utilizado el blog de Wray; y los trabajos, más bien críticos hacia la TMM, de Thomas Palley, Marc Lavoie y Louis-Philippe Rochon y Matías Vernengo, también citados.

Empiezo recordando que el cartalismo sostiene que el dinero es una creación del Estado. Keynes fue partidario del enfoque cartalista, que es opuesto al de la ortodoxia mainstream. De acuerdo a esta última, el dinero evolucionó a partir del trueque y de la necesidad de abaratar los costos de transacción; y su principal función es ser medio de cambio. En cambio, según Keynes (1996) y los cartalistas, para que el dinero sea medio de cambio debió ser antes, o al mismo tiempo, unidad de cuenta. Por eso, dice Keynes, “[e]l dinero de cuenta, en especial aquel en el que se expresan las deudas, los precios y el poder general de compra, es el concepto básico de la teoría del dinero” (p. 29). Pero con los contratos se introducen la ley y el Estado que los hace cumplir y establece con qué dinero de cuenta se deben cumplir las obligaciones contraídas. Es por este acto, entonces, que se instituye el dinero. De nuevo, en palabras de Keynes, “la era cartalista, o de dinero estatal se alcanzó cuando el Estado se atribuyó el derecho a declarar cuál es el dinero de cuenta que en un momento determinado debe considerarse como dinero” (p. 30).

Esta idea es retomada por los partidarios de la TMM. En lo esencial, sostienen que el Estado instituye el dinero no tanto porque lo defina como de curso legal, sino porque acepta recibirlo por el pago de impuestos. Esto es, el fiat money, o el dinero de alta potencia emitido por el Estado, que es de curso legal y forzoso, tiene valor, según la TMM, porque sirve para pagar impuestos (o multas, o similares). Por eso el dinero existe en el contexto del poder del Estado de recaudar impuestos y de declarar que acepta el dinero por él emitido para el pago de esos impuestos. En este punto aclaremos que, si bien la TMM recurre a la historia del dinero y la moneda, su argumento principal no es histórico, sino lógico. Afirma que al margen de lo que haya sucedido en remotos tiempos históricos, en los sistemas monetarios modernos los impuestos son suficientes para que se establezca la aceptación y el valor del dinero.

En consecuencia, los neo-cartalistas sostienen que actualmente el Estado puede crear todo el dinero que desee, y comprar todas las cosas que desee comprar. El circuito es: el Estado inyecta dinero a través de gastos y adelantos en el sector privado, y ese dinero luego es reabsorbido con la recaudación de impuestos, o la devolución de los adelantos. Por eso, siempre según la TMM, el emitir dinero y el recaudar impuestos no son alternativos, sino acciones que se producen en diferentes momentos del circuito. En esta lógica, además, un déficit fiscal tiene como contrapartida que el sector privado acumula superávit; en otros términos, la deuda nacional neta suma riqueza financiera neta al sector privado. La “déficit-fobia” no tiene base racional, ya que el gasto siempre puede ser financiado con la creación de moneda. Los impuestos no se necesitan para financiar el gasto estatal (que ya se produjo), sino para generar la demanda de dinero. Y la colocación de bonos de deuda por parte del Estado no tiene como objetivo financiar el gasto, sino drenar las reservas excesivas de los bancos, a fin de lograr los objetivos propuestos de tasas de interés. Por eso tampoco existe una carga para el Estado por las deudas, ya que sus servicios siempre se pueden cumplir acreditando reservas bancarias. Un gobierno que emite su propia moneda nunca puede ser forzado a un default involuntario. Habría problemas si el gobierno se endeuda en moneda extranjera, pero esto casi no se necesita.

La TMM subraya entonces que el impedimento para emitir solo existe en regímenes de convertibilidad (por caso, bajo el patrón oro); o cuando el Estado renuncia a su propia moneda. Por eso la TMM es crítica de la Unión Monetaria Europea, o de un sistema de convertibilidad como el que hubo en Argentina en los 1990; y sostiene que debe evitarse la emisión, por parte de los Estados, de deuda nominada en moneda extranjera.

Los partidarios de la TMM critican también la idea de que la emisión para financiar el déficit genera inflación. La inflación no se produce por emisión, sino solo cuando la demanda supera al producto. Por caso, si el déficit fiscal fuera demasiado elevado en relación a los ahorros netos deseados por el sector privado, habría presiones inflacionarias por demanda en el punto cercano al pleno empleo. Pero hasta tanto no se llegue a ese nivel, la emisión no entraña un peligro inflacionario significativo.

Agreguemos todavía que, de acuerdo a la TMM, debido a que el Estado tiene el monopolio sobre su moneda, posee la facultad de establecer la tasa de interés y cómo la moneda se cambia por otros bienes y servicios. O sea, puede determinar el valor del dinero, ya que establece cuánto dinero de alta potencia entrega a cambio de una hora de trabajo, o de algún bien.

Recomendaciones políticas y el “empleador de último recurso”

Como sostienen Tymoigne y Wray (2013), la TMM deriva conclusiones políticas específicas acerca de la política fiscal, monetaria y financiera. Sostienen que el Estado debe involucrarse directamente a lo largo del ciclo económico, estableciendo programas macroeconómicos que manejen la fuerza laboral, los mecanismos de precios, los proyectos de inversión, y que monitoreen los desarrollos financieros. Deben ser programas permanentes y estructurales (o sea, no se limitan a “sintonía fina” más o menos discrecional). Asimismo, proponen el control del crédito, la socialización de la inversión y en las economías abiertas, el control de capitales.

Dentro de este enfoque político general, la TMM ha enfatizado que el Estado tiene el poder (dada su facultad de emisión) de acabar con la desocupación contratando toda la fuerza de trabajo que no haya encontrado empleo por un salario más alto en el sector privado. El Estado se transforma así en el “Empleador de último recurso”. Actuaría como un amortiguador, absorbiendo fuerza laboral proveniente del sector privado en períodos de baja actividad económica, y suministrando fuerza laboral al sector privado durante las fases de reanimación. Se trata de una propuesta diferente de la que tradicionalmente se asocia con el keynesianismo, que es estimular la demanda y por esa vía aumentar el empleo. Por eso también los defensores de la TMM desconectan el pleno empleo del crecimiento económico.

Es ilustrativo que los defensores de la TMM hayan sostenido que el Plan “Jefes y jefas de hogares”, puesto en marcha en Argentina durante la crisis de 2001-2002, fuera un caso ejemplar de creación de trabajo modelado según su propuesta. En palabras de Tcherneva y Wray (2005), el plan “Jefes…” habría demostrado las formas en que el “Empleador de último recurso” puede avanzar un sentido de “deber cívico, ciudadanía, cohesión social, reciprocidad e involucramiento comunitario”. Y “contribuir a redefinir el significado del trabajo al reconocer que determinadas formas de trabajo, tales como el cuidado y el involucramiento comunitario son útiles socialmente”. Según Tcherneva y Wray, el plan argentino había tenido un “impacto transformador sobre la pobreza y la desigualdad de género”.

En conclusión, de estar en lo cierto el enfoque de la TMM se podría solucionar la desocupación en el capitalismo sin alterar de manera significativa las estructuras sociales. Para eso bastaría con superar la “déficit-fobia”, creada artificialmente por el monetarismo y la ortodoxia neoclásica. Además, la experiencia en la Argentina de comienzos de los 2000 habría avalado, al menos parcialmente, el programa de la TMM. Y siendo Argentina un país con “soberanía monetaria” (según Wray y Tcherneva), las condiciones incluso estarían dadas para eliminar la desocupación (y con ella, ¿también la pobreza y la indigencia?) por el simple recurso de emitir dinero. Es la receta que han “comprado” algunos economistas y científicos sociales del subdesarrollo criollo.

II

Como vimos en la primera parte de la nota, la TMM sostiene que antes de ser medio de cambio el dinero es unidad de cuenta, y que como tal fue utilizado en sociedades antiguas para reglar el cumplimiento de obligaciones, tales como el pago de dotes o reparación de ofensas. Además, esa antigua “unidad de cuenta” podía ser meramente simbólica. Por eso, siempre según la TMM, el dinero es todo lo que sirve para determinar el monto de una obligación, o deuda; y que es aceptado para su cancelación. De ahí, el hilo de continuidad que se establece entre, por ejemplo, el signo o bien con el que se reparaba un daño en una comunidad pre-mercantil; las monedas de oro o plata que se acuñaban en la Roma antigua; el ticket para asistir hoy a una función de teatro; y las monedas creadas por los modernos sistemas monetarios. En cualquier tiempo y lugar, de acuerdo a la TMM, todo lo que sirva como símbolo de deuda, es debt token, y ergo, configura alguna forma de dinero.

El dinero ¿instrumento técnico o relación social?

De manera significativa, Wray (2016) ilustra esta noción de dinero con el vale que nos entregan cuando dejamos el abrigo en el guardarropa del teatro (el ejemplo lo toma de Knapp, padre del cartalismo). Ese vale, según Wray, es un símbolo de la deuda que tiene con nosotros el guardarropa durante el tiempo que asistimos a la función, y que se cancela cuando retiramos el abrigo. De la misma forma, Wray (2003) asimila el dinero con el ticket para una función de teatro; ese ticket, nos dice, no tiene valor porque haya sido fabricada con papel precioso, sino porque es aceptada para ingresar a la función.

Pienso que el problema con este enfoque es que pasa por alto que el dinero es una relación social. Aunque, sin embargo, se trata de una relación social que aparece bajo la envoltura material de un metal, o de un billete, lo cual dificulta su análisis. En palabras de Marx: “Lo que vuelve particularmente difícil la comprensión del dinero… consiste en que aquí determinado vínculo entre los individuos aparece como metal, como piedra, como objeto corpóreo, existente al margen de esos individuos…” (1989, p. 177, t. 1).

Esto es, la clave pasa por comprender que, por debajo de su envoltura material, el dinero expresa una determinada relación entre seres humanos: la que existe entre productores privados de mercancías, que se conectan a través de la compra y venta de sus productos. Al hacerlo, comparan sus mercancías en tanto valores, y por ello las reducen a “sustancia común”, encarnada en el dinero (sobre la reducción a esta sustancia común, aquí). Por eso si, en cambio, los productores no se enfrentan como productores privados, no hay tal reducción, ni dinero, ni mercado. Es el caso de una sociedad en la que no exista la propiedad privada, y los trabajos se comparan directamente, ya que se asumen, a priori, como sociales. En ese escenario podrá haber un numerario, o unidad de cuenta, pero no habrá necesidad de dinero para mediar intercambios al interior de la comunidad. Por este motivo Marx observa que, para que haya dinero, “los hombres no necesitan más que enfrentarse implícitamente como propietarios privados de esas cosas enajenables, enfrentándose, precisamente por eso, como personas independientes entre sí” (1999, p. 106, t. 1).

Enfaticemos que no en cualquier sociedad los seres humanos se enfrentan como personas independientes, propietarias de mercancías; y por eso, no en cualquier sociedad hay mercado y dinero. Por ejemplo, una pieza de oro, al interior de una comunidad comunista primitiva, puede ser vehículo-símbolo de las relaciones directas establecidas entre los individuos. Por caso, su entrega a otro miembro de la comunidad podría expresar el fortalecimiento de lazos de parentesco no “naturales” (del tipo ahijada, padrino, etcétera; ampliamos esta cuestión en la tercera parte de la nota). Pero esta es una función sustancialmente distinta de la que desempeñaba, por ejemplo, el florín de Florencia en el mercado “mundial” de los siglos XII o XIII. Es imposible comprender las diferencias que existen entre esos roles sociales conferidos al mismo metal, si todos ellos quedan subsumidos bajo la categoría de debt token.

A fin de profundizar en estas diferencias entre el enfoque cartalista y el marxismo, presento un ejemplo sencillo, el de una fábrica cooperativa, propiedad de un colectivo de trabajadores, que produce para el mercado capitalista. Supongamos que los cooperativistas han decidido que cada miembro de la empresa reciba un vale en el que conste lo que ha aportado a la producción, a fin de determinar su participación en el ingreso total. El vale, por lo tanto, funciona como unidad de cuenta, y representa una deuda (que se salda cuando se reparte el ingreso entre los trabajadores). También podría ser medio de cambio entre los cooperativistas; e incluso medio de atesoramiento (algunos se las ingenian para ahorrar en vales). Sin embargo, sus funciones están limitadas al interior de la cooperativa. ¿Por qué? Pues porque su existencia está basada en una relación de propiedad específica, restringida a la cooperativa. Esta relación de propiedad es la que permite que el trabajo de cada cooperativista esté validado como trabajo “social” solo al interior de esa cooperativa.

Esto es, si a la cooperativa ingresan $ 100.000, la participación del trabajador en ese ingreso está determinada, y garantida, por el vale que posee. Pero cuando la cooperativa concurre al mercado para vender su producción, actúa como sujeto propietario de la mercancía. Por eso, frente a los otros propietarios de mercancías, el trabajo de la cooperativa es trabajo privado que debe hacerse social. Y se hace social mediante la venta del producto, esto es, el cambio de la mercancía por dinero, supongamos, pesos argentinos. En ese acto las mercancías se reducen a “sustancia social común”, encarnada en los pesos.

En consecuencia, el vale es de una naturaleza muy distinta de los pesos. Estos median la relación entre productores dueños de los medios de producción. El vale, en cambio, media la relación entre trabajadores que son propietarios en común del medio de producción. Su naturaleza social no puede equipararse a la del peso. Al pasar, digamos también que esta es la razón por la cual fracasaron programas de reformas sociales como el de John Gray, quien pretendía abolir, en el siglo XIX, los males del capitalismo mediante una reforma monetaria, pero dejando intactas las relaciones sociales capitalistas. Gray proponía emitir bonos que representaran tiempo de trabajo y constituyeran asignaciones sobre el producto social. Su objetivo era que toda mercancía fuese dinero, para que no existieran problemas de validación social de los tiempos de trabajo privados (sobre la crítica de Marx a Gray, aquí). En esencia, incurría en el mismo error que el cartalismo: creer que el dinero es un artilugio que puede ser independizado a voluntad de las relaciones sociales de las que es producto.

Analicemos ahora el caso del ticket para entrar al teatro. Al comprar el ticket, entrego, a cambio de una mercancía (la función), dinero, que es poder de compra general. Esto es, en esa relación de compra-venta “el dinero “solo cuenta como concreción material del valor” (Marx, 1999, p. 128, t.1, énfasis agregado). El ticket, en cambio, solo representa a la mercancía “función”. Por eso, no hay equivalencia posible entre el ticket y los pesos con que abono mi entrada. En tanto los pesos están validados como encarnación de trabajo social, el trabajo privado invertido en la producción de la función debe validarse como social en el acto de venta. De ahí que la venta del ticket, constituya el  “salto mortal” de la mercancía “función”. En consecuencia, el ticket no puede ser encarnación de valor. Por eso, tampoco es medida de valor (el valor del kilo de pan, por caso, no se expresa en unidades de ticket); ni medio de atesoramiento; ni medio último de pago general. No hay forma de hacer pasar al ticket por dinero.

Naturalmente, el caso del vale del guardarropa es de la misma naturaleza que el anterior. Si el servicio del guardarropa está incluido en el precio de la función, es parte de la mercancía “función”. Si se abona aparte, constituye una mercancía (de nuevo un servicio) que es “guardar ropa”. El vale representa esa mercancía (servicio), que de nuevo se enfrenta al dinero, encarnación general del valor.

Posiblemente las diferencias fundamentales entre el enfoque marxista del dinero y el enfoque cartalista giren en torno a este único punto. En la concepción de Marx, el dinero solo puede ser entendido como una relación social. En el enfoque cartalista, es un artificio en el que están desaparecidas las determinaciones sociales esenciales.

Bibliografía:
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Marx, K. (1989): Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI.
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Rochon, L-F y M. Vernengo (2003) : “La monnaie d’Etat et le monde réel: la malaise du chartalisme”, P. Piégay y L-P. Rochon (eds), Théories Monétaires Post Keynésiennes, Paris, Economica.
Tcherneva, P. (2005): “The Nature, Origins, and Role of Money: Broad and Specific Propositions and Their Implications for Policy”, Working Paper 46, Center for Full Employment and Price Stability, Kansas City.
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Tymoigne, E. y L. R. Wray (2013): “Modern Monetary Theory 101: A Reply to Critics”, Working Paper 778, Levy Economics Institute of Bard College.
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Wray, L. R. (2003): “L’approche post-keynésienne de la monnaie”, Théories Monétaires Post Keynésiennes, Economica, Paris.
Wray, L. R. (2016): “Taxes are for Redemption, Not Spending”, World Economic Review, vol., 7, Nº 3.

Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.
Fuente:
https://rolandoastarita.blog/2018/07/25/economia-k-y-la-teoria-monetaria-moderna-2/