Donald Trump nos está costando un bien muy preciado: el tiempo

Bill McKibben

17/07/2018

Puede que Donald Trump nos esté costando muchas cosas: el sentido de la decencia nacional, un orden global estable, una generación de servidores públicos y diplomáticos profesionales. O puede que no. Quizás podamos recobrar estas pérdidas, quizás comience la reacción con las elecciones a mitad de mandato y volvamos poco a poco hacia alguna cosa parecida a la vieja normalidad.

Pero decididamente nos está costando un bien muy preciado, que es el tiempo. Pasa cada día que nos quedamos necesariamente pasmados con sus transgresiones, y puesto que no se puede retrotraer, hay víctimas que  – sea lo que fuere que traiga el futuro  – están pagando un precio no reembolsable.

Estos pensamientos eran los que me daban vueltas mientras protestaba en el exterior de la oficina del gobernador de Vermont con otros miembros locales de la Campaña de los Pobres (Poor People’s Campaign), renuevo a escala nacional de la cruzada última del Dr. Martin luther King Jr. (esperábamos hacer una sentada, pero habían cerrado astutamente con llave la puerta de la oficina del gobernador, acaso después de oírnos cantar fuera. Si tienes que cometer un delito de modo eficiente, mejor no contratar a un idealista).

Esta Campaña de los Pobres ha supuesto un gran éxito, de acuerdo con numerosas estimaciones, moviendo a actuar a decenas de miles de personas en los capitolios de todos los estados, en torno a cuestiones que van de la inmigración y la justicia racial a la atención sanitaria y la justicia medioambiental. Pero apenas se ha abierto paso a través del ruido ininterrumpido del presidente en las noticias de nacional, y así las historias de la gente implicada se han oído demasiado poco. “Pobreza agobiante” es una frase de clisé, pero tiene verdadero sentido: la erosión día a día de la vida cuando hay poco dinero para el médico, para comida y para transporte. Y está pasando ahora mismo. Se vive la vida de verdad y se vive en condiciones innecesariamente crueles. Se pierden vidas de verdad.

De forma semejante, no hemos hecho otra cosa que dejar de prestar atención al cambio climático, la mayor crisis por si sola a la que se haya enfrentado el planeta. Ayer me senté a hacer una lectura de las páginas de opinión del New York Times desde principios de año al 1 de junio. Había aproximadamente unos 660 artículos, de los cuales seis parecían guardar relación con este trauma a escala planetaria. Dos de ellos, de Nick Kristof, eran recordatorios directos de nuestros peligros, uno desde Bangladesh y el otro desde la Isla de Pascua. Dos de Tom Friedman abordaban las implicaciones políticas del cambio climático en los problemas de Gaza e Irán. Uno de Paul Krugman detallaba excelentes noticias acerca de la caída de los precios de las energías renovables. Y uno de Bret Stephen, un novato derechoso, no llegaba a mencionar el cambio climático en concreto, pero nos vituperaba a mí y a Naomi Klein por nuestro estúpido rechazo a comprender que nuestra “especie prometeica ha mostrado la voluntad y la magia de dominar” cualquier desafío que se presente.

Un 1% de la atención posible es demasiado poco para esta crisis, pero no estoy retando al New York Times. Su consejo editorial se ha mostrado, a lo largo de decenios, incondicional en su compromiso sobre el cambio climático. Y no estoy yo seguro de que, de haber sido su director, habría hecho algo de modo distinto: cómo no escribir sobre Roseanne, sobre Rudy Giuliani, sobre Rusia. Cuando el presidente anda provocando a Corea del Norte y separando a los niños de sus padres, ¿cómo escribir acerca de cualquier otra cosa? Su cobertura del actual momento ha sido responsable, incluso ejemplar. Gracias al cielo hemos meditado sobre el acoso y las armas de fuego de una forma nueva y potente.

Pero la constante sensación de crisis que crea Trump – los infinitos tuits que entrañan que podría estar a punto de cambiar drásticamente la Constitución, o a lanzar alguna guerra comercial, se cobran su precio más allá del caos de cada día. Nos está robando la concentración que nos hace falta en cuestiones que demandan esa atención a largo plazo, una atención que no se puede distraer continuamente.

El cambio climático llega con un límite de tiempo. No tenemos cuatro años para perderlos ignorándolo, no cuando el hielo marino del Ártico está llegando a nuevos mínimos y las temperaturas baten marcas (esta semana, científicos clave pidieron que se agregara una Categoría 6 a lo más alto de la escala de intensidad de los huracanes). Tampoco cuando hay frentes prometedores más allá de Washington: la noticia más importante del año sobre el clima fue probablemente la decisión del alcalde de la ciudad de Nueva York, Bill de Blasio, de desinvertir su gigantesco fondo de pensiones de los combustibles fósiles y demandar a las grandes empresas petrolíferas, una noticia que se escurrió entre el constante estrépito de Trump.

La mayor cumbre del clima desde París tendrá lugar este otoño en California, pero puede acabar perdida en la tercera temporada de “Jugadores de Fútbol Americano Nada Patriotas” [a los que se acusa de mostrarse irrespetuosos durante la interpretación del himno nacional al inicio de los partidos] o cualquier nueva provocación que se le pueda ocurrir a Trump. Y eso sería terrible, porque esto es tiempo que no vamos a recuperar. Aunque un nuevo presidente se tome algún día en serio la cuestión del clima, el carbono que ahora lanzamos seguirá en la atmósfera y nos perseguirá en el tiempo geológico. El tiempo es el problema.

Krugman, que escribía en el otoño de 2016 durante la temporada de debates presidenciales, lo dijo bien: “Es hora de acabar con el apagón sobre el cambio climático como cuestión esencial… Sencillamente, no hay otra cuestión así de importante, y dejar que se nos escape sería algo casi criminalmente irresponsable”.

Y Martin Luther King, como solía ser el caso, lo dijo aun mejor: “El progreso humano”, escribió, “nunca se desliza sobre las ruedas de lo inevitable: llega gracias a los esfuerzos incansables de los hombres dispuestos a ser cooperadores de Dios, y sin este trabajo duro, el tiempo mismo se convierte en aliado de las fuerzas del estancamiento social”.

Es profesor en el Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña mundial de base dedicada a combatir el cambio climático.
Fuente:
The Guardian, 7 de junio de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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