Dejemos ahora mismo de hablar de la amenaza del cambio climático. Ya está aquí, ya está sucediendo

Bill McKibben

17/09/2017

En aras de seguir manteniendo las cosas dentro de lo manejable, limitemos el debate a un solo continente y a una sola semana: América del Norte en los últimos siete días. 

En Houston se han aplicado a la dura y nada romántica tarea de recuperación de lo que los economistas han anunciado que ha sido probablemente la tormenta más cara de la historia norteamericana, y que los analistas del clima han confirmado que tuvo desde luego las mayores precipitaciones estimadas en toda la historia del país: en buena parte de su recorrido fue como una tormenta de las de una vez cada 25.000 años, o sea que han de pasar 12 veces el tiempo desde el nacimiento de Cristo; en puntos aislados fue una tormenta de las de una vez cada 500.000 años, lo que significa desde cuando vivíamos en los árboles. Mientras tanto, San Francisco no sólo bate la marca de temperatura más elevada de todos los tiempos, que rompió por 3 grados Fahrenheit, lo que debería ser bastante imposible estadísticamente en un lugar con 150 años (es decir, 55.000 días) de registros. 

Ese mismo tiempo de calor rompió marcas arriba y abajo de la Costa Oeste, salvo en aquellos lugares en donde una cortina de humo de inmensos incendios forestales ensombrecía el sol: después de que un incendio lograra de alguna manera saltar el poderoso río Columbia entre Oregon y Washington, los habitantes del Noroeste de la costa del Pacífico informaron de que la ceniza que caía era tan espesa que los cielos les recordaban el día de la erupción del Monte Saint Helens en 1980. 

Ese mismo calor, sólo un poco más tierra adentro, estaba provocando una “sequía súbita” a lo largo del cinturón del trigo del país,de Dakota del Norte y Montana; la evaporación de temperaturas inéditas había marchitado el grano en el tallo hasta el punto de que algunos agricultores no se estaban molestando en cosechar nada. En el Atlántico, por supuesto, Irma salió disparada por las islas del Caribe (“Es como si alguien con una segadora desde el cielo hubiera pasado sobre la isla”, dijo un asombrado residente de Saint Maarten). La tormenta, la primera de categoría cinco que golpea Cuba en cien años, zarandea en estos momentos la costa occidental de Florida este, después de establecer la marca de presión barométrica más baja alguna vez registrada en los Cayos, y podría romper fácilmente la marca de catástrofe económica establecida hace sólo diez días por Harvey; ha cambiado decididamente la psicología de la vida en Florida en las décadas por venir. 

Ah, y mientras Irma iba girando, le seguía el huracán Jose como huracán de envergadura, mientras en el Golfo de México, Katia daba vueltas hasta convertirse en una aterradora tormenta propia, antes de chocar con tierra firme en México casi directamente a través de la península, desde el punto en donde el terremoto más contundente en cien años se ha cobrado docenas de vidas. 

Dejando aparte el terremoto, cada uno de estos acontecimientos cuadra con lo que científicos y medioambientalistas se han pasado treinta infructuosos años diciéndonos que cabía esperar del calentamiento global (hay en realidad pruebas bastante convincentes de que el cambio climático está desencadenando una mayor actividad sísmica, pero no hay necesidad de rizar el rizo). 

Esa larga relación de noticias de un continente en una semana (que podría escribirse acerca de muchos otros continentes y muchas otras semanas, no hay más que ver las recientes inundaciones en el sudeste asiático, por ejemplo) es un relato preciso y pixelado de un mundo que se calienta. Puesto que hemos quemado tanto petróleo y gas y carbon, hemos puesto enormes nubes de CO2 y metano en el aire, puesto que la estructura de esas moléculas atrapa el calor, se ha calentado el planeta; puesto que el planeta se ha calentado, podemos ser testigos de precipitaciones más intensas, de vientos más fuertes, bosques y campos más secos. No tiene misterio, en modo alguno. No es uuna racha de mala suerte. No es Donald Trump (aunque evidentemente no ayuda). No es el fuego del infierno que mandan para castigarnos. Es la física. 

Puede que sea esperar demasiado que los avisos de los científicos vayan a hacer de verdad que la gente se mueva (me explico: escribí El fin de la naturaleza –[The End of Nature], el primer libro sobre esto hace 28 años esta semana, cuando tenía 28 años, y cuando mi teoría era todavía que "La gente leerá mi libro y entonces cambiará”). Acaso sea como todos los avisos de salud de que hay que comeer menos patatas fritas y beber menos rfrescos, a los que a jugar por el volumen de la panza, no prestamos mucha atención muchos de nosotros. Hasta puede ser que vayas al medico y te diga: “Guau, estás en un lío”. No “sigue comiendo porquerías y algún día te vas a ver metido en un lío”, sino: “Estás metido ahora mismo en un lío, hoy, ya. Y me parece que ya has tenido un par de pequeños ataques”. Los huracanes Harvey e Irma son el equivalente de uno de esos ataques de isquemia transitoria: sí, la cara se te está cayendo de un modo raro por el lado izquierdo, pero puedes seguir. Tal vez. Si empiezas a tomarte las pildoras, a comer sano, a hacer ejercicio, a organizarte adecuadamente. 

En ese estadio estamos ahora: no en el del aviso en un lado del paquete sino en el de la tos seca que te hace echar sangre. Pero, ¿qué pasa si sigues fumando? Que te pones peor, hasta que, pasado un cierto punto, ya no puedes seguir. Hemos aumentado la temperatura de la Tierra algo más de un 1º centígrado, lo que ha supuesto un recalentamiento extra suficiente para dar cuenta de los horrores de los que estamos siendo testigos. Y con el impulso que lleva inserto el sistema, vamos a llegar a algún punto cerca de 2º centigrados, hagamos lo que hagamos. Eso será considerablemente peor que donde estamos ahora, pero acaso sea costosamente soportable. 

El problema es que nuestra actual trayectoria de todo-como-de-costumbre nos lleva a un mundo que es cerca de 3,5 º más cálido. Es decir, aunque mantuvieramos las promesas que hicimos en París (que ya ha repudiado Trump, por supuesto), vamos a construir un planeta tan recalentada que no podremos tener civilizaciones. Tenemos que aprovechar el momento en que ahora mismo estamos – el momento en que nos sentimos atemorizados y vulnerables – y utilizarlo para reorientarnos de forma espectacular. Los últimos tres años han roto cada uno de ellos la marca del año más cálido, son una señal que parpadea en rojo diciendo: “Espabílate”. No se trata de aminorar la trayectoria de alguna manera,  como contemplaban los acuerdos de París, sino de pegar simultáneamente un frenazo a los combustibles fósiles y meter a fondo el acelerador solar (y busca también algunas metáforas que no dependan de la combustion interna).

Podríamos hacerlo. No es tecnológicamente imposible: un estudio tras otro han mostrado que llegar a un 100% de renovables a un coste manejable, cada vez más manejable, puesto que el precio de los paneles solares y los molinos de viento sigue desplomándose. Elon Musk está mostrando que se pueden producer coches eléctricos en masa cada vez con menos sorpresas en el precio. En esquinas remotas de África y Asia, los campesinos han empezado a dejar atrás de un salto los combustibles fósiles e irse directos a lo solar. Los daneses acaban de vender su última compañía petrolífera y han utilizado el dinero para construer más molinos de viento. Hay ejemplos suficientes para hacer que la desesperación aparezca como la cobarde huida que es. Pero todo el mundo en todas partes tendría que moverse a una velocidad semejante, porque se trata de hecho de una carrera contra el tiempo. El calentamiento global es la primera crisis que llega con un límite: resuélvelo pronto o no lo resuelvas. Ganar lentamente no es más que un modo diferente de perder.  

Ganar lo bastante rápido para que importe significaría, por encima de todo, hacerle frente al sector de combustibles fósiles, hasta ahora la fuerza más ponderosa sobre la Tierra,. Significaría postponer otras empresas humanas y desviar otros gastos. Es decir, significaría pasar a una posición como de guerra: no disparar al enemigo sino centrarse en la forma en que pueblos y naciones se concentran cuando es alguien el que dispara contra ellos. Y algo así es. ¿Qué créeis que significa cuando tus bosques están ardiendo, tus calles están bajo el agua y tus edificios se derrumban? 

 

Es profesor en el Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña mundial de base dedicada a combatir el cambio climático.
Fuente:
The Guardian, 11 de septiembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón