Coscubiela y el papel de la izquierda monárquica

Alfons Bech

31/05/2018

He leído el libro de Joan Coscubiela, “Empantanados”. El libro ha merecido ya críticas, una de ellas en esta revista la semana pasada, con el artículo de Miguel Salas. Sin embargo creo que merece la pena seguir profundizando en él ya que, a pesar de haber sido hecho en sólo siete semanas, el libro condensa el pensamiento conservador de una determinada izquierda española y catalana. Una izquierda que se adaptó a la transición de la dictadura franquista a la monarquía y que ha estado dando por bueno y legítimo este régimen al que “le llaman democracia y no lo es”. Pero empecemos por el principio.

La actitud ante el movimiento europeo actual más importante

A lo largo del libro Coscubiela expresa su admiración por el movimiento independentista como uno de los que han conseguido aglutinar, con esfuerzo, con inteligencia, con miles de personas voluntarias, la movilización sostenida europea más grande en estos últimos años. Como decía el artículo de Miguel Salas, no estamos ante alguien que niegue los hechos. Pero lo hace para, inmediatamente, menospreciar esa movilización ante la fuerza del Estado.

A lo largo del libro asistimos a un ejercicio de comparación entre las fuerzas en juego de quien se sitúa fuera del ruedo. Desde arriba las gradas señala errores de unos y otros, expresa admiraciones, reparte consejos, perdona pecados, pero no se siente comprometido a tener que bajar al ruedo; no es “su terreno de juego”. ¿Por qué? Pues porque, según Coscubiela, el independentismo es un movimiento manchado por un origen burgués. Es una “ideología” de tipo populista que responde a desviar los problemas “reales” (para él básicamente los sociales y sindicales).

El 1 de octubre

Esta izquierda vive del tópico de una “transición” edulcorada. No ha sido capaz de revisar autocríticamente lo que se hizo mal en esos años de final del franquismo y posibilidades de una etapa nueva. A pesar de que los acontecimientos muestran, una vez y otra, cómo la jefatura de los principales cuerpos del Estado reproducen fielmente el pensamiento franquista, como por ejemplo los jueces, los militares, la família real, los grandes medios de comunicación o las grandes empresas, se pone una  venda en los ojos y acepta todo como “instituciones democráticas” sin más.

Así la dura batalla política que tuvo lugar para celebrarse el referéndum del 1 de octubre, de intentos de pactar con el Gobierno del Estado su realización y, debido a su fracaso, de movilización, de excelente organización, de alianzas y complicidades,  Coscubiela la ve como un empecinamiento, como una unilateralidad de una parte. Precisamente de la parte que quería celebrar esa consulta.

Pero lo peor no es la consideración que pudiera tener esa izquierda. Lo peor es prestarse para que tus argumentos y tus votos sirvan a la derecha más rancia y franquista y a una izquierda que ya hace mucho dejó de ser “socialista” para convertirse en una de las dos patas del régimen, en contra de un derecho legítimo como es el de poder votar en un referéndum sobre la autodeterminación. Y eso es lo que hizo y hace Coscubiela enmascarando su posición política detrás de los “procedimientos”. Es la pinza ideológica, en la cuestión de la libertad nacional, con PP, Ciudadanos y PSOE-PSC. Eso es lo que le aplaudieron.

Que en el libro diga encima que “no sólo no rechazo esos aplausos sino que llego a afirmar que no me molesta coincidir con quien haga falta si es defensa de la democracia”...con los que niegan el derecho a votar y luego aplicaron el 155 muestra lo peligroso de la deriva de esta izquierda que ya no sabe dónde tiene ni la mano derecha ni la izquierda.

Coscubiela y los Comunes

Parecería que un libro dedicado al análisis de los últimos meses del procés debería abordar también el balance de una legislatura corta, intensa, complicada y políticamente decisiva. Pero no encontramos nada de eso. En su lugar lo que hay son reproches, mala baba, enemistades incluso personales. Pero el que ha sido el portavoz de la candidatura Catalunya Si Que Es Pot-CSQEP no debería ser el primero en echar las culpas a los demás. Una señal más de lo mal aprovechada que ha sido esta legislatura para construir un espacio político común más allá de las anteriores formaciones políticas.

El problema que Coscu no quiere reconocer es que su postura contraria a llegar a cualquier tipo de acuerdo con el independentismo y, en particular, con las izquierdas independentistas, es lo que ha terminado erosionando la cohesión del grupo parlamentario hasta llegar a una completa división al final de la legislatura. Esa inflexible posición ideológica de no llegar a ningún compromiso político con el procés ha colocado a CSQEP en la inoperancia política a pesar de tener más diputados que la CUP. Porque lo que Coscubiela no quiere reconocer es que para una “solución”, como él dice, la izquierda que no es independentista pero quiere ser transformadora, necesita sí o sí, llegar a acuerdos y a un cierto entendimiento con “la otra” izquierda en Catalunya, que no son otros que los independentistas de ERC y de la CUP.

Pero Coscu, junto con diputados y dirigentes de ICV y su escudero intelectual Luis Rabell -la “patrulla nipona”- se han dedicado la legislatura a construir un discurso que impedía llegar a acuerdos con la izquierda independentista en nombre de una supuesta “tercera posición social”. Un discurso que, como hemos visto, no le hacía ascos a los aplausos del bloque del 155. Sabiendo que los Comunes son plurales, que hay mucha afiliación y militancia partidaria del republicanismo y de la independencia, era la peor manera de construir un nuevo espacio político y la mejor manera de generar roces y división interna. Hasta el punto de que dicha “patrulla nipona” se sentía asediada dentro de su propio grupo parlamentario y entre los Comunes.

¿Miedo al “soviet carlista” o a la ruptura?

El líder del grupo parlamentario CSQEP dedica un capítulo a definir lo que resultaría como institución en caso de que el procés tire adelante. Y para ello dice que “una ley como la de la Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República” se situaría “muy por debajo de los umbrales de calidad de la actual democracia democracia española”.También dice que “las decisiones de la Asamblea Constituyente, adoptadas en nombre del nuevo poder, no serán susceptibles ni de control, ni de suspensión o impugnación por ningún otro poder, juzgado o tribunal”.

Coscubiela confunde aquí al lector al mostrar el inicio de una ruptura institucional como un acto caprichoso o controlado por una élite que no rinde cuentas a nadie, cuando se trata de lo contrario. Precisamente cuando se refiere a sólo el “nuevo poder” adopta las decisiones sin someterse a ningún otro poder, ese es el acto de soberanía más importante ejercido por la Asamblea Constituyente. Ese momento de ruptura, de gran participación popular, que irónicamente llama “democracia de los soviets” es lo que, en el fondo, ni acepta ni comprende esta izquierda ya tan adaptada a los sillones del parlamentarismo. Por eso dice “en resumen, la democracia española tiene déficits importantes, pero quienes la descalifican no tienen mucha autoridad para formular estas críticas”. Pero llamarle a la Asamblea Constituyente “soviet carlista” es para despistar el profundo rechazo y vértigo ante una ruptura que no estaría previamente pactada ni controlada por las altas esferas. Y sin control...¿dónde irían a parar muchos de los líderes políticos actuales?

La influencia de esta izquierda en los sindicatos

Todas sabemos que Coscubiela, el Coscu, ha sido secretario general de CCOO de Catalunya durante muchos años. No hay que desdeñar la influencia que ha recibido del sindicato y la que él mismo tiene sobre él. Lo mismo podríamos decir de Ferrán Rañé o de Dolors Bassa dentro de UGT, cada cual con sus posiciones políticas. Son lazos orgánicos que se mantienen y que a veces se parecen a las “puertas giratorias” entre partido y sindicato.

El problema es que la posición que adopta en el Parlamento uno de los grupos políticos más afines, mayoritario entre la dirección de CCOO, se cuela en el sindicato. Y esa posición de equidistancia entre los bloques logra bloquear el sano debate en el interior, como si debatir qué y cómo participar en el procés fuera a producir una ruptura interna entre los trabajadores. Lamentablemente estamos muy lejos de aquellos líderes sindicales de los años treinta que, sin ser independentistas, como Salvador Seguí o Layret, se atrevían a proclamar que la clase obrera no tiene nada que temer ante una posible independencia y República Catalana.

Coscubiela intenta quitar importancia a la huelga general que tuvo lugar el 3 de Octubre, después de la celebración del referéndum y de las duras cargas policiales, cuando ha sido la huelga general en Catalunya más seguida de todos los tiempos en términos numéricos y políticos. Dice: “algunos le quisieron dar la consideración de huelga general y no lo fue. Se trató más de un cierre patronal de la función pública catalana que otra cosa”.

Es cierto que la industria participó poco. Sobre todo en las grandes fábricas, como Seat. Pero eso se debió también a la actitud temerosa de los dirigentes sindicales y comités de empresa. Ese temor de fondo al debate que expresa y comparte Coscubiela: “CCOO y UGT de Catalunya consiguieron evitra que el debate sobre la participación en el paro del día 3 de octubre explotara en los centros de trabajo y provocara conflictos entre trabaja, lo que hubiera sido un desastre”. Esa izquierda temerosa ha estado obstaculizando y retrasando un debate franco y abierto, el mismo que las fuerzas de régimen y los partidos negaron hace más de cuarenta años: ¿qué clase de régimen quiere la clase trabajadora y el pueblo, monarquía o república?

¿Qué hacer? ¿Reforma del régimen o República?

Coscubiela es una persona inteligente. Pero su actitud y su posición política tiene un anclaje que le impide ir muy lejos. Parte del régimen del 78 y no puede imaginar siquiera otra alternativa -si es que se le puede llamar a eso “alternativa”- que la de reformar ese mismo régimen.

Conocedor de la realidad económica y sindical, relaciona correctamente el agotamiento del régimen y la poca soberanía que tienen hoy algunos Estados en relación a las decisiones y estrategias económicas que toman las grandes multinacionales: “Tenemos el problema del agotamiento del pacto constitucional de 1978...Y en el transfondo de todo ello tenemos un problema más amplio: el conflicto por la soberanía política, no sólo entre Cataluña y España, sino también con la Unión Europea y los mercados globales como protagonistas”. 

El problema es que en lugar de aprovechar el enorme potencial que significa casi un pueblo entero movilizado y sensibilizado con la idea de conseguir un cambio de estructuras políticas y, en parte, económicas, ambientales, de consumo, etc., para incidir a todos los niveles, se queda en una posición negativa, duditativa y conscientemente supeditada a los poderes del Estado español.  Para llegar tener un cierto control de la economía y legislar en función de las necesidades de la sociedad ¿por qué un Estado independiente catalán sería peor para el pueblo catalán?

Por supuesto ningún escenario está hoy garantizado y nada es fácil. Sólo hay uno, más o menos claro, y compartido, y es que el Estado de las autonomías ya se agotó. Después del 155 podemos decir casi sin equivocación que la autonomía catalana se fue para no volver. El propio régimen del 78 ya se empieza a desmoronar, aunque se mantenga en pié todavía algunos meses o años. Los cambios introducidos en la política en España prefiguran una realidad muy distinta al pacto del 78.

Por tanto, terminar con la propuesta de una reforma constitucional pactada y con el objetivo -básicamente- de llegar a un nuevo pacto fiscal es sencillamente erigirse en la última rueda de recambio de un régimen que agoniza. Además eso sí es ilusorio de pactar si no hay un cambio de estructuras.

La lucha de clases se expresa en la lucha entre las naciones oprimidas y las opresoras. La lucha por la libertad de las primeras y sacudirse el yugo del viejo imperialismo español, sus modos dictatoriales, sus élites parásitas, su Corte, es liberadora de muchas energías. Nada garantiza aún que la izquierda y la clase trabajadora consigan en esa lucha dar un vuelco revolucionario y lograr la hegemonía social y económica. Pero una izquierda que se precie de serlo debe intentarlo.

Es sindicalista de Comisiones Obreras.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 31 de mayo 2018