Buenas noticias infrecuentes sobre cambio climático: el sector de combustibles fósiles es más débil que nunca

Bill McKibben

02/07/2018

Si buscamos buenas noticias en el frente climático, no miremos al Antártico. El último aluvión de estudios que documentan que su tasa de deshielo se ha triplicado constituye  precisamente la clase de datos que subrayan la casi imposible urgencia del momento.

Y no miremos a Washington D.C., donde la improbable supervivencia del administrador de la EPA [agencia federal de medioambiente], Scott Pruitt, sigue demostrando el poder político del sector de los combustibles fósiles. Es como si estuviera en un programa de telerrealidad en el que la premisa estriba en comprobar con cuántas corruptelas puede salir un tipo bien librado. Pero desde lugares menos probables ha habido este mes razones para la esperanza, razones al menos para pensar que la trayectoria básica de un mundo alejado del carbón, el gas y el petróleo está firmemente en marcha.   

En el Vaticano, el Papa se encaró con un congreso lleno de de ejecutivos del sector petrolífero: el argumento esencial de que las reservas de combustibles fósiles deben seguir en el subsuelo se ha filtrado aparentemente hasta el vértice de la mayor organización del mundo.

Y desde Wall Street llegó la agradable nueva de que no han cambiado las percepciones del mercado: incluso en la era de Trump el sector de los combustibles fósiles ha pasado de ser la apuesta más segura a suponer una iniciativa empresarial cada vez más en tela de juicio. Los investigadores del Instituto para la Economía y el Análisis Financiero de la Energía (IEAFE) no se han mordido la lengua: “En los últimos años, los estados financieros del sector petrolífero han revelado señales de tensión: los beneficios han caído, baja el movimiento de caja (“cash flow”), las hojas de balances se están deteriorando y el gasto de capital está cayendo. El mercado bursátil ha reconocido la debilidad de conjunto del sector, castigando los valores petrolíferos y gasísticos en los últimos cinco años, cuando el mercado en su conjunto ha subido como la espuma”.

El informe de la IEAFE señalaba que el sector está “más débil de lo que ha estado en varios decenios” y exponía sus flaquezas básicas, la primera de las cuales resulta paradójica. La fracturación hidráulica ha producido un incremento repentino del gas y el petróleo en el mercado, lo que ha hecho bajar los precios, lo cual significa que muchas antiguas inversiones (las arenas alquitranadas de Canadá, por ejemplo) ya no tienen sentido económicamente hablando. Los combustibles fósiles se han convertido en un negocio de puras materias primas, y puesto que los márgenes en la fracturación son reducidos, en el mejor de los casos, su rendimiento financiero ha sido lamentable. La IEAFE describa a los inversores “conmocionados” por las magras ganancias.

La segunda debilidad es más evidente: el ascenso repentino de un competidor que parece capaz de ofrecer el mismo producto – energía – con tecnologías más baratas, más limpias, mejores. Tesla, a buen seguro…pero es que Volkswagen, después de haber limpiado la porquería del diesel, va a gastarse 84.000 millones de dólares en trenes de potencia eléctricos. China parece decidida a convertir toda su flota de autobuses a la energía eléctrica. Todas las semanas parecen traer una nueva plusmarca en precios bajos de energía limpia: la más reciente es una planta de energía solar de Nevada que llega a los 2,3 centavos por kilovatio hora, aun con los aranceles de Trump a los paneles chinos.

¿Y el tercer problema para el sector de combustibles fósiles? De acuerdo con la IEAFE, sería el movimiento climático, un riesgo financiero material para las empresas de petróleo y gas. “Además de las campañas de cabildeo tradicional y de acción directa, los activistas del clima se han encontrado con un conjunto cada vez más diverso de aliados  – sobre todo el movimiento de derechos indígenas – para añadir presión a las empresas de petróleo y gas mediante campañas de desinversión, esfuerzos encaminados a la rendición de cuentas empresariales y selección de objetivos bancarios y financieros. Estas campañas amenazan no sólo con recortar la financiación de proyectos particulares sino también con elevar los costes financieras de las empresas petrolíferas y de gas de todo el parqué”.

¡Ey!, el movimiento contra el oleoducto Kinder se ha vuelto tan grande que el gobierno canadiense ha tenido que comprar literalmente la cosa para probarla y hacer que bombee. Ya se morirán los que protestan, preveía un antiguo gobernador del Banco de Canadá esta semana…aunque añadiera que el país tendrá que reunir la “fortaleza” necesaria para matarlos y hacer que se construya el oleoducto.

Para los activistas, la mejor parte del informe de la IEAFE consiste en una serie de recomendaciones para saber precisamente cómo perjudicar más al sector, desde crear retrasos que “hacen de un proyecto marginal un proyecto cancelado” a la “litigación estratégica” y el “cambio de relato”.

Escriben los autores del informe: “El mundo financiero está empezando a comprender la debilidad fundamental del sector de combustibles fósiles, y apenas reconoce el creciente poder y alcance del movimiento climático global. Con ello se ha creado una potente oportunidad de desarrollar y fomentar una nueva línea argumental en Wall Street: que el sector del petróleo y el gas es un socio financiero inestable, justo cuando se enfrenta a su mayor prueba”.

Es una labor de la que somos capaces. Si unos pocos años de hacer campaña bastan para convencer el Papa de que tenemos que mantener en el subsuelo los combustibles fósiles, unos cuantos trimestres más podrían persuadir a los trajeados de que se puede hacer más dinero en otro lado. Pero está claro que la rapidez resulta esencial. Si se ciernen pérdidas monetarias masivas sobre Wall Street, sobre nosotros se ciernen masivas pérdidas de hielo polar.

Es profesor en el Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña mundial de base dedicada a combatir el cambio climático.
Fuente:
The Guardian, 21 de junio de 2018
Traducción:
Lucas Antón