Argentina: una gran crisis. Dossier

Jorge Altamira

Rolando Astarita

02/09/2018

La insolvencia económica y política de la Argentina del capital

 

Jorge Altamira

“A los niveles actuales, la deuda pública de Argentina puede llegar al 90% del PBI – con el 80% nominado en dólares”. Esta información no la ofrece un ‘agitador febril’ sino el Financial Times de hoy, que cifra las “necesidades de financiamiento” para Argentina en u$s77 mil millones hasta fines de 2019. La raíz de esta nueva bancarrota es, entonces, la misma que la del pasado, pero multiplicada varias veces: la impagable deuda externa. En diciembre de 2015, cuando asumió el gobierno de los ejecutivos de finanzas, la deuda pública representaba ya un monto enorme y era hasta un 70% más alta que en 2001, cuando alcanzaba alrededor de la mitad del producto bruto. El incremento de la deuda externa, en más de dos años, ha sido, aproximadamente, de u$s160 mil millones.

La deuda externa de siempre, peor

¿Por qué semejante endeudamiento? Simplemente para financiar la salida del ‘cepo’ de los K, que reclamaba todo el capital nacional e internacional. Esto significó piedra libre para pagar a fondos buitres, expatriar dividendos, utilidades y pago de servicios. Más el gasto en turismo, este drenaje consumió el 60% de la nueva deuda, más la emisión de Lebacs para acumular reservas ficticias – la deuda del banco central creció en u$s40 mil millones en dos años. Argentina se convirtió en el país que pagó más caro el endeudamiento internacional. En resumen, el endeudamiento financió el vaciamiento financiero de Argentina.

Estos números ponen en evidencia que Argentina enfrenta una nueva insolvencia financiera como consecuencia de la deuda externa. La charlatanería patronal, con la venia del FMI y el capital financiero internacional, la caracteriza de otro modo – dice que la bancarrota de Argentina obedece al llamado “déficit primario” del Tesoro Nacional, o sea, a que el Estado “gasta” más de lo que recauda. Pero este déficit primario llegó en junio pasado a 70 mil millones de pesos, lo que representaba entonces menos de u$s3 mil millones, y ahora, a 40 pesos el dólar, menos de dos mil millones, o sea porotos. En cambio, el déficit financiero del Tesoro era, a esa fecha, de 300 mil millones de pesos, en un 80% por el pago de la intereses de la deuda pública. Ahora, los intereses de la deuda se fueron a las nubes por la disparada del dólar y la inflación. Esos intereses se pagan en dólares o en pesos ajustables por inflación. La deuda podría haber alcanzado, en estos días, un número mayor que el PBI. Ocurre que éste se desvalorizó en dólares: era de u$s600 mil millones con el dólar a 16 pesos; de menos de 500.000 millones con el dólar a $25; a 40 pesos podría haber retrocedido a u$s400 mil millones.

El macrismo y sus cómplices de la oposición fingen ignorar el crecimiento enorme de la hipoteca de la deuda externa, y reclaman reducir a cero el déficit primario, y pagar por completo, sin embargo, el déficit financiero. Para eso quieren acentuar el tarifazo, vaciar el Fondo de Garantía de Anses y reducir el ajuste de las jubilaciones por inflación. De este modo, dolarizarían por completo la energía, las obras públicas y el transporte, y tratarían de volver al régimen de las AFJP. Explotan la crisis con la intención de confiscar la fuerza de trabajo.

Pero incluso un déficit primario cero o hasta un superávit no alcanzarían para pagar los intereses de la deuda, que son muy superiores, ni menos todavía amortizar siquiera una parte de la deuda que vence en el próximo año y medio.

Esto explica la insolvencia en que ha caído el Estado nacional. Esta insolvencia se refleja en la explosión de los seguros contra default de Argentina y en la suba astronómica de la tasa de interés que se debe pagar por una refinanciación de la deuda externa – más de doce por ciento en dólares y subiendo – una carga prohibitiva.

El capital y el estado en default

Mientras el ‘déficit primario’ puede ser financiado con crédito nacional, porque se encuentra en pesos, el financiero requiere dólares, o sea crédito externo. Aplicar deuda externa para financiar un déficit en pesos es simplemente un negociado para la banca internacional. No es la devaluación del 60% del peso lo que ha causado este derrumbe, sino el derrumbe, o sea la imposibilidad de pagar la deuda externa, lo que fogonea la devaluación. La devaluación transforma a la cesación internacional de pagos en una quiebra de la economía nacional. “La mayor preocupación, dice el FT, es si Argentina puede hacer frente a sus necesidades financieras en los años que vienen, mientras navega una recesión inminente y una inflación que se desborda…”.

De nuevo, la charlatanería patronal presenta las cosas como conviene a sus intereses. También en 2001, como ahora, vuelve a defender “la salud” del sistema bancario. ¿Por qué, entonces, las acciones del Supervielle, Macro, Galicia y el resto, caen como plomo en la bolsa de Nueva York, acompañando a los bonos argentinos? Bien mirado, esas acciones, que cotizan en dólares, no deberían estar afectadas, y las que cotizan en pesos deberían subir por el ajuste a la inflación. Más allá del impacto de los ‘cuadernos’, la desvalorización se explica bien: tienen en encaje títulos públicos o semi-públicos, como Lebacs, Leliqs y de otro tipo, y una deuda en dólares, por un lado internacional y por el otro con sus depositantes en esa divisa, que se pasaron de pesos a dólares. De acuerdo al Cronista (30.8), los depósitos en dólares subieron mil millones y aquellos en pesos cayeron (a plazo fijo y caja de ahorro) en 48 mil millones de pesos. El pasivo bancario crece y es mentira que calce con su activo pesificado. A los bancos se les impuso una refinanciación forzada de Lebacs con una prima que ha llegado al 60% de interés anual, el martes reciente. En síntesis, el derrumbe capitalista provoca la devaluación, no al revés.

El FMI “se equivocó”

Lo más instructivo de esta crisis es que los charlatanes culpan ahora al acuerdo con el FMI, que antes elogiaron, por todo este desastre. “Hay una crisis cambiaria, dice Redrado a Clarín (31.8)… que se profundiza con el programa del FMI”. Esto lo advertí antes de que se llegara al pacto con el FMI (“A dos voces”), ante un panel de ‘consultores’. En efecto, el Fondo puso la condición que el préstamo que otorgaba no debía ser usado para defender la cotización del peso – un salvavidas, pero de plomo, porque dio luz verde para la corrida cambiaria en desarrollo. De otro lado, exigió que se ‘saneara’ al Banco Central, en un plazo determinado, a un precio enorme. Primero, ‘desarmando’ las Lebac, una deuda de u$s60 mil millones del Banco Central, equivalentes a un billón de pesos, y rescatar las ‘letras intransferibles’ del Tesoro en el Banco Central, de otros u$s30 mil millones. Liquidar el pasivo y valorizar el activo del Banco, del orden de los u$s100 mil millones, a cargo del Tesoro nacional, que empezó a emitir deuda para financiar ese despropósito. Ante el derrumbe monetario que generó el planteo, el FMI suspendió el rescate de las letras intransferibles para otra ocasión. Tampoco se ha terminado de liquidar las Lebac: entre estas y la emisión monetaria hay combustible todavía para llevar arriba de los 40 pesos al dólar.

El acuerdo generó, de este modo, una mayor corrida cambiaria, cuando el objetivo de la firma, como fue presentado, era evitarlo. El desarme incompleto de Lebacs fue hecho mediante una mayor emisión directa de moneda, y por otro lado mediante una emisión indirecta, a través de la compra de Letras del Tesoro (Letes) que financian gasto público y aumentan la deuda impagable, por el monto y por los plazos cortos de vencimiento. El FMI y el gobierno son los responsables principales de la corrida cambiaria. Según Ámbito (29.8), la emisión neta de moneda fue, de enero a agosto, de 180 mil millones de pesos. Consumado el propósito de financiar con deuda externa el vaciamiento financiero de Argentina, el FMI impuso la mega devaluación del peso para ‘reequilibrar’ la economía a un nivel histórico aún menor. Este derrumbe explica el último paso (en todo el sentido de la palabra) del gobierno, de solicitar al FMI que desembolse de una vez el préstamo prometido en cuotas hasta 2020, lo que sin duda será rechazado. Como dice un columnista de La Nación (Carlos Pagni), el desequilibrio existencial del macrismo precipita la caída al abismo.

La continuidad del gobierno actual es un obstáculo absoluto a una salida de la bancarrota. Es la conclusión a la que se arrima el ‘medio hegemónico’, en el editorial del viernes 31. “Es claro que el esquema de gobierno de Macri está en estado crítico. También se sabe que el gobierno es reacio a hacerlos (cambios)”. En este marco, la industria sufre caídas enormes, crece el desempleo, la pobreza – Argentina enfrenta un escenario de depresión económica; hasta Wal Mart decidió hacer los petates. El punto de partida para cualquier salida histórica de este nuevo derrumbe es poner fin al pago de la deuda externa y nacionalizar, sin resarcimiento, al capital bancario y financiero.

La bancarrota ha llevado a la burguesía a reconsiderar su punto de vista acerca del ‘populismo’ – “…estarían pidiendo una mayor intervención en el mercado, no solo en el cambiario”, escribe el agroindustrial Clarín (31.8). Este cambio de frente se manifiesta en la crisis al interior del gobierno, y en el reacomodamiento del pejotismo y la promoción política de Lavagna; la burocracia de la CGT se ha dividido entre uno y otro campo y asegura que quiere preservar “el plan económico, la contención social y la democracia”. Este realineamiento levanta un programa módico, que parte de defender el pago de la deuda externa: congelar tarifas, aumentar algunos impuestos directos e indirectos (retenciones), salvar la obra pública de las denuncias de los ‘cuadernos’, o sea seguir con el cuento de ajustar el ‘déficit primario’ y salvar de la cárcel a la patria contratista. Emilio Apud, un agente de las petroleras nacionales e internacionales, acaba de escribir en Clarín que la solución para las corruptelas de la patria contratista es entregar la obra pública a las contratistas internacionales. La crisis política invade todos los campos patronales.

Una crisis internacional

Al igual que la bancarrota de 2001, la quiebra actual de Argentina se integra a una crisis internacional, pero todo a un nivel superior. Se manifiesta en la periferia en forma catastrófica – devaluaciones en Turquía, Brasil (deuda externa de un billón de dólares), Sudáfrica, Rusia, China). La deuda internacional de Estados Unidos y el consecuente aumento de la tasa de interés y la guerra económica, sumada a la crisis de deuda que se acentúa en China, junto a la salida de capitales de este país y la desvalorización de su moneda, el yuan; todo esto constituye un determinante de la crisis de Argentina y los países periféricos. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos ha insinuado que podría frenar la suba de la tasa de interés internacional por el temor a provocar varias crisis de deuda y bancarias en la llamada periferia. La Nación (31.8) advierte que “la pelea entre EEUU y China afectará (el precio) de los granos”, o sea que ni una buena cosecha suscita el optimismo. La crisis de sobreproducción mina las bases de la especulación financiera, amenazando a los países centrales. Esto se ve ya en Italia, Francia o España, pero también en Estados Unidos, donde la “euforia” se encuentra dopada por una enorme reducción de impuestos al capital; vuelve a asomar una crisis de endeudamiento hipotecario y de la educación universitaria. De acuerdo al FT (30.8, columnista Lex), tampoco el sistema bancario se encuentra a salvo. En definitiva, la crisis mundial se recicla, potenciando las crisis nacionales.

En base a esta caracterización – una crisis fenomenal de conjunto, no episódica sino que se desarrolla y entrelaza con la crisis internacional y la lucha de las masas –; una crisis que ha cobrado un carácter netamente político; en base a esto planteamos la convocatoria de una Constituyente soberana, o sea que se hace cargo del poder político para tomar todas las medidas necesarias que la crisis impone a los trabajadores, sin las cortapisas del orden constitucional y jurídico agotado , y llamamos a los trabajadores a asumir el liderazgo de esta lucha. Llamamos a la huelga general para poner fin al plan de las patronales y el FMI, y a deliberar en congresos de bases de los sindicatos, regionales, centrales obreras, organizaciones populares, para que la clase obrera dirija la lucha de conjunto, netamente política. La crisis encuentra a las masas con un espíritu de resistencia e incluso de rebelión. El desafío político está al rojo vivo.

Fuente: https://www.facebook.com/jorge.altamira.ok/posts/1021476968033164?__tn__...

 

La crisis y el tipo de cambio en perspectiva

 

Rolando Astarita

 

En esta nota quiero presentar la actual suba del tipo de cambio (desde fines de agosto de 2017 al día de hoy el dólar pasó de costar $17,6 a $38) en perspectiva, y destacar algunas de las consecuencias de la crisis en curso.

Alternancia de tipos de cambio real altos y bajos

En las últimas cuatro décadas, por lo menos, en Argentina se ha asistido a una marcada alternancia de períodos de tipo de cambio real alto y tipo de cambio real bajo (sobre tipo de cambio real, aquí). A grandes trazos, podemos decir que bajo el ministerio de Martínez de Hoz (1976-1981) se asistió a un período de tipo de cambio bajo. Pero entre 1980 y 1981 el déficit de cuenta corriente, en términos de PBI, llegó casi al 6%. Esta situación llevó a una fuerte crisis cambiaria a comienzos de 1981 (entre enero de ese 1981 y enero de 1982 el dólar pasó de de $2038 a $10.300). Se pasó entonces a un período de tipo de cambio alto, que permitió mejorar la situación externa. Sin embargo, la espiral de devaluaciones y subas de precios y salarios desembocó en la hiperinflación. Y la hiperinflación legitimó, ante la opinión pública, la Convertibilidad. Básicamente consistía en utilizar el tipo de cambio fijo como ancla para frenar la inflación. El peso entonces se apreció, afectando negativamente al sector externo. Así, en 1994 y luego en 1998 la balanza de cuenta corriente tuvo déficits superiores al 4% del PBI; y entre 1998 y 2001 el déficit promedio fue del 3% promedio. De conjunto, entre 1991 y 2000 el déficit promedio de la cuenta corriente fue de 8470 millones de dólares anuales.

La situación terminó en el estallido de la Convertibilidad y la fuerte depreciación del peso (el dólar pasó de $1 en diciembre de 2001 a $3,8 en junio de 2002). Dado que los precios subieron, en 2002, un 42%, se asistió a una fuerte mejora del tipo de cambio real. El índice del tipo de cambio real multilateral pasó de 69,2 en diciembre de 2002 a 198,8 en junio de 2002 (BCRA). Por eso, a partir de 2002 la balanza de cuenta corriente tuvo superávit. En promedio, el superávit de cuenta corriente fue, entre 2001 y 2010, de 5800 millones de dólares anuales. Aunque fue decreciente: de un pico de más del 8% del PBI en 2002, la cuenta corriente pasó a cero en 2009, junto a una apreciación paulatina del tipo de cambio. Y desde 2008 la balanza de cuenta corriente fue deficitaria, y en escala creciente, hasta llegar al 5% del PBI a fines de 2017. Paralelamente, el peso se apreció en términos reales: el índice promedio del tipo de cambio real multilateral entre 2002 y 2007 fue 160,2; entre 2008 y 2017 el índice fue 111,62; en diciembre de 2015 fue 85,1; en diciembre 2017 estuvo en 87,1 (datos BCRA). Según Ieral, de Fundación Mediterránea, el índice del tipo de cambio real multilateral (contra dólar, real, euro, yuan) promedio de los últimos 20 años fue 118,02; en noviembre de 2015 era 75,45 y en febrero de 2018 era 96,36 (https://www.cronista.com/economiapolitica/El-tipo-de-cambio-multilateral-es-28-mas-competitivo-que-cuando-asumio-Macri-20180301-0090.html).

La suba actual del tipo de cambio real –vía la fuerte depreciación nominal del peso- configuraría así una transición hacia un nuevo período de tipo de cambio real alto. El índice del tipo de cambio real multilateral se ubicaría, en agosto de 2018, en 112.

Tendencia de largo plazo y debilidad estructural

Estas oscilaciones se inscriben, a su vez, en una tendencia de largo plazo a la depreciación, en términos reales, del peso. Entre 1913 y 1988 la moneda argentina se habría depreciado un 80% con respecto al dólar y la libra. Esto es, una tasa promedio de aproximadamente el 1% anual (Froot, K. A. y K. Rogoff, 1986, “Perspectives on PPP and Long-Run Real Exchange Rates”, NBER, Working Paper, Nº4952).

En otras notas, y en libros publicados (Valor, mercado mundial y globalización, y Economía política de la dependencia y el subdesarrollo) argumenté por qué la tendencia a largo plazo a la depreciación obedece a problemas estructurales, principalmente la baja productividad global de la economía argentina. Básicamente, la industria argentina compite en el mercado mundial vía salarios bajos en términos del dólar o el euro; esto es, con tipo de cambio real alto.

A su vez, la alternancia de períodos de tipo de cambio alto y bajo tiene que ver con la dinámica que introduce la competitividad por medio del tipo de cambio alto. Es que si bien el tipo de cambio real alto mejora la competitividad, da impulso a procesos inflacionarios que generan las condiciones para reversiones hacia el tipo de cambio bajo. Esto ocurre principalmente cuando los gobiernos buscan frenar la inflación anclando el tipo de cambio; lo cual lleva a la apreciación en términos reales de la moneda. Pero en la medida en que esa apreciación no es expresión de un desarrollo de las fuerzas productivas (esto es, de productividad lograda en base a tecnología y expansión del trabajo productivo, por sobre el trabajo improductivo), la inserción de la economía nacional en el mercado mundial es deficiente. Lo cual se traduce en los déficits de la cuenta corriente, que siempre están en la raíz de las crisis cambiarias. En particular, si estos déficits son sostenidos con inversiones externas de cartera, se dan todas las condiciones para que se produzcan reversiones bruscas de los movimientos de capitales, con las lógicas consecuencias en el tipo de cambio. Típicamente, esos capitales especulativos son atraídos por la perspectiva de alta rentabilidad en los mercados financieros (véase, por ejemplo, la operación de carry trade, aquí), y salen cuando advierten que la situación se vuelve peligrosa (especialmente cuando la relación déficit de cuenta corriente /PBI supera ciertos umbrales).

El valor del peso, tipo de cambio y ley económica

Lo anterior se vincula a una cuestión que he discutido recientemente en este blog (en relación a la llamada teoría monetaria moderna, aquí y ss.), a saber: que el valor de la moneda nacional –o sea, su relación de convertibilidad con otras monedas- tiene su anclaje en las leyes de la economía. Esto se debe a que el tipo de cambio vincula dos equivalentes de tiempos de trabajos sociales, nacionalmente determinados. Están determinados porque se asientan en diferentes niveles de productividad, según países.

De ahí que el mercado mundial deba analizarse como una totalidad articulada de espacios de valor nacionales, en los que rigen distintas productividades medias. Pero por esta misma razón las variaciones de los tipos de cambio inciden en qué tanto de los tiempos de trabajo empleados nacionalmente son generadores de valor en otro espacio nacional, o en el mercado mundial. Por ejemplo, con un tipo de cambio a paridad de poder adquisitivo (o sea, tipo de cambio real igual a la unidad) 10 horas de trabajo de una empresa con baja productividad no son “competitivas” en otro espacio nacional en que la productividad media sea más elevada. Por eso, ese mismo trabajo pasa a ser “competitivo” con un tipo de cambio por encima del nivel a paridad de poder adquisitivo. Pero esto se logra a costa de que una hora de trabajo en el país atrasado tecnológicamente se traduce en menos de una hora de valor generado en el espacio nacional que tiene alta productividad. Y esta cuestión no se puede superar con ingenierías monetarias o financieras. Aunque, inversamente, medidas económicas estúpidas –como ha sido la política del BCRA con las Lebac- pueden agravar, y mucho, la crisis (véase aquí). Pero la causa última de la crisis cambiaria siempre es la debilidad de la acumulación de capital, de la inversión productiva.

La lógica de la crisis capitalista

Dado entonces el fracaso de la inserción productiva en la división internacional del trabajo –insistimos, debilidad que se expresa fundamentalmente en el déficit de la balanza de bienes y servicios; a lo que se suma la deuda externa- la reversión desde un tipo de cambio real bajo se produce por vía de una violenta crisis. Esta se dispara con la salida en manada de los capitales que habían entrado atraídos por los altos rendimientos financieros, a lo que se suman los que buscan protegerse de la desvalorización del peso y de los activos nominados en pesos. Frente a esto, el gobierno típicamente vende reservas –esto es, financia de hecho la salida de los capitales- y sube la tasa de interés, reproduciendo la lógica de la especulación parasitaria. Lo cual agrava la crisis, al acentuar la recesión y la acumulación meramente financiera. Es que no hay economía que pueda funcionar cuando las empresas descuentan cheques pagando una tasa real (en pesos) de más del 50%.

Por supuesto, sobre este movimiento se monta la especulación, profundizando la suba del tipo de cambio y la caída de los activos financieros nominados en moneda nacional. De conjunto, la economía entra entonces en una serie de movimientos caóticos. Sin embargo, el problema de fondo no es la especulación (como pretende la diputada Carrió, con su habitual superficialidad), sino los factores “reales” a los que nos hemos referido.

En este marco se comprende que la crisis repercuta en una fuerte desvalorización de capitales. Y la caída del salario: en términos del dólar, por la suba del tipo de cambio, y en términos del peso, porque los precios suben a mayor ritmo. Ya en estos momentos convenios colectivos que pueden haber cerrado con alzas anuales de salarios del 25% o 30% (y son los menos) quedarán rápidamente desactualizados frente a una inflación que apunta largamente a ubicarse por encima del 30%.

La crisis, además, mete presión sobre el trabajo, tanto por el aumento de la desocupación, como por la amenaza de ir a la desocupación. A lo que se suman los despidos de estatales, que ya se están produciendo (ahora mismo el Ministerio de Agroindustria acaba de despedir 600 trabajadores; y por todos lados no se están renovando contratos laborales). Por eso, al calor de la crisis las cámaras empresarias piden rediscutir condiciones de trabajo, leyes laborales, o jubilaciones. Todo apunta entonces a lo mismo: la suba del tipo de cambio significa una gigantesca transferencia de riqueza (en rigor, de valor) desde el trabajo al capital. Es la esencia de toda crisis. No hay que abrigar falsas ilusiones. Nunca el capitalismo salió de una crisis mejorando las condiciones laborales o salariales de la clase obrera.

De esta manera, se regeneran las condiciones para que en algún momento se produzca la recuperación económica. Aunque sin que por ello se supere el subdesarrollo y el atraso. Así hasta la próxima crisis.

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2018/08/31/la-crisis-y-el-tipo-de-cambio-en...

Dirigente del Partido Obrero de Argentina.
Es profesor de economía en la Universidad de Buenos Aires.
Fuente:
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