Análisis de los tributos y de la injusticia nuestra de cada día

Carlos Augusto de Menezes Beber

01/07/2018

Según destaca Oxfam , el 1% más rico de Brasil recibe más del 25% del ingreso nacional, mientras que el 10% más rico recibe lo mismo que el otro 95% de la población. Estos datos pueden estar relacionados con encuestas recientes que indican que en Brasil es 14 veces más difícil a un pobre  mejorar su vida que alguien rico mantener el status quo. Conforme señala el informe “Efecto redistributivo de la política fiscal”, elaborado por la Secretaría de Seguimiento Económico del Ministerio de Hacienda, Brasil funciona como un “Robin Hood al revés”, pues transfiere poca renta al 10% más pobre, mientras que distribuye beneficios entre el 40% más rico de la población /1/.

Este fenómeno es avalado por estudios que señalan a Brasil como uno de los países con mayor índice de desigualdad en el mundo. Conforme destaca Thomas Piketty, la concentración del ingreso en Brasil es tan grande que los brasileños más ricos cuentan con una riqueza concentrada mayor que la de los jeques del Oriente Medio. Para un país que se pretende republicano, ese abismo social, muestra nada más que una verdad incómoda: detrás de la máscara institucional de la equidad, permanece en Brasil una genuina sociedad de castas y privilegios.

Hay varios factores involucrados en el mantenimiento de ese grado de desigualdad. La abolición tardía de la esclavitud y el proteccionismo histórico a los "dueños del poder" son algunos elementos que no pueden ser descartados de un diagnóstico más panorámico de la desigualdad enfrentada hoy en Brasil. Se llama atención, sin embargo, para un factor que insiste en quedarse fuera de la agenda de debates: el modelo tributario adoptado en tierras brasileñas.

La tributación, aunque no es causa exclusiva para la perpetuación de la desigualdad, en gran medida contribuye a que todo se mantenga como está. Esto ocurre porque en el Estado fiscal, en que los gastos públicos son sufragados por medio de tributos, la distribución de la carga entre los signos presuntivos de riqueza - patrimonio, renta, salario y consumo - influye directamente en la capacidad de autorrealización de los sujetos. De hecho, la concentración de la tributación en un signo en detrimento de otro tiene el poder de afectar tanto la capacidad de acción del Estado como las posibilidades de acción de los individuos en sociedad.

Si un modelo tributario grava poco el acceso a bienes y servicios, la consecuencia lógica es que haya una sociedad en la que todos consigan beneficiarse con más facilidad de las demandas de consumo.  Gravándose más la tributación sobre el patrimonio, se crea una sociedad en la que es más difícil la acumulación de la propiedad. De la misma forma, al establecer una tributación progresiva sobre la renta, se edifica una sociedad en la que quien gana más, paga más, lo que redistribuye, por medio de la recaudación, las riquezas adquiridas por la explotación del capital.

En Europa, de modo general, encontramos un modelo fiscal que aplica una tributación mayor sobre la renta y el patrimonio, lo que resulta uno de los índices más bajos desigualdad del mundo. A partir de eso, especialmente de una mayor tributación sobre la renta y las herencias, los europeos más ricos contribuyen más al sostenimiento del Estado y de los derechos sociales, evitando la acumulación de riquezas entre generaciones, y, consecuentemente, la desigualdad social.

En Brasil, la situación es inversa. Con una tributación orientada al consumo, los poseedores de patrimonio y de alta renta se benefician de una política que estimula el mantenimiento de privilegios. La elite, que se regocija con sus discursos inflamados sobre la meritocracia, conquista activos cada vez mayores por medio de artificios como la exención sobre los dividendos, apropiándose de ganancias verdaderamente astronómicas, lo que la permite sostener un patrón de vida incompatible con la realidad de la gran mayoría de la población. /2/

 Con alícuotas que varían entre del 3 al 8%, la transferencia de activos por causa mortis prácticamente está libre de impuestos, mientras en países llamados liberales, como los Estados Unidos, el mismo tributo llega a tener alícuotas de hasta el 40%.  En esta perspectiva, resulta relativamente fácil encontrar en Brasil generaciones de familias que poseen una vida confortable al costo de una riqueza prácticamente intocada por el Estado. Mientras que los más pobres, que no tienen absolutamente nada que heredar necesitan trabajar toda la vida para adquirir patrimonio, los más ricos pueden tranquilamente mantener un estándar sin necesariamente gastar el mismo esfuerzo que sus ascendientes.

Asimismo, la opción brasileña de gravar al consumo también es altamente excluyente en la medida en que saca una porción mayor del patrimonio de los más pobres en comparación al de los más ricos. Esto ocurre porque, aunque ambos pagan el mismo valor al realizar compras, el valor de los tributos pagados al final, observado con relación a la renta obtenida, se vuelve proporcionalmente mayor para el más pobre, que usa una porción superior de sus ingresos en el pago de esos gravámenes.

La situación no mejora con relación a la tributación sobre la renta. Hoy Brasil ha adoptado pocas alícuotas progresivas (7,5%, 15%, 22.5% y 27.5%), lo que llama la atención, dado que hubo períodos en la historia en que incluso se establecían 14 franjas diferentes, con una la tasa máxima del 65%, modelo próximo a lo que se adopta actualmente en países desarrollados. Además, como el gobierno no reajusta la tabla del impuesto sobre la renta, se encuentra hoy un deficiente aumento en la recaudación, pues los salarios tienden a aumentar con la inflación, mientras que la base de cálculo del impuesto sigue siendo la misma. El resultado es que, además de que el impuesto es poco progresivo, él incide sobre rentas que deberían estar dentro del rango de exención, lo que sólo perjudica a aquellos que tienen ingresos más bajos.

Como consecuencia de este análisis los datos muestran que tomando el año 2013, el 51,28% del total de la recaudación resultó del impuesto a los bienes y servicios de consumo, siendo el 24,98% provino de la nómina salarial, 18,10% de la renta y sólo el 3,93 % en la propiedad. Considerando que los más pobres son asalariados, desprovistos de propiedad inmobiliaria, lo que se concluye es que, en términos fiscales, a través del consumo, son ellos los que han sostenido Brasil, aunque irónicamente no sean los más pobres los mayores beneficiarios de los servicios prestados con la recaudación fiscal.

Como se ha señalado por el Banco Mundial en Brasil, las excepciones aplicadas en la salud, en términos de impuestos sobre la renta, hacer división entre toda la población de los costos de salud privados de élite. Según el relevamiento, aquellos que obtuvieron más de 320 salarios tuvieron abatidos en promedio R $ 18,1 mil por persona debido a gastos con salud. De igual modo, el Banco Mundial afirma que las inversiones en educación pública superior son regresivas, dado que el pueblo sostiene una enseñanza de alto nivel que es usufructuada preponderantemente por los más ricos, que, a pesar del sistema de cuotas, todavía son la gran mayoría en las universidades públicas.

A partir de eso, debemos pensar: ¿cómo es posible que exista un sistema estructurado de esa forma? ¿Cómo es posible que un orden democrático pueda tener una política tributaria tan excluyente? La pregunta es simple: según dijo Marc Morgan Mila/3/, la desigualdad en Brasil es - y siempre ha sido - una cuestión de opción política.  Elegimos - directa o indirectamente - un sistema que grava a los pobres a costa de los ricos, un sistema que permite que 6 personas tengan el mismo patrimonio que toda la mitad más pobre del país /4/, un sistema que con ignorancia se regocija al decir que todos tienen la misma oportunidad de crecer en la vida.

La historia occidental muestra que Brasil ha tratado desde hace mucho tiempo la tributación como simple forma de recaudación, y con ello ha olvidado su papel de transformación social. En sus comienzos, durante el período colonial, los gastos que tenían a la tributación como fuente de recursos variaban entre el mantenimiento del Estado para fines exploratorios y el pago de lujos para la nobleza. El matrimonio de la infanta D. Catharina con Carlos II, de Inglaterra, en 1661, por ejemplo, fue subsidiado enteramente por tributos pagados por los colonos durante un período de 16 años. Sin embargo, a pesar del término fijado, no eran raras las contribuciones que se extendían en el tiempo, cuyo pago se automatizaba hasta el punto de seguir pagando las nupcias de miembros de la familia real, que incluso ya habían fallecido. /5/

Desgraciadamente, esa tradición creada en Brasil, que reduce la política tributaria a la mera expresión de la fuerza del Estado, todavía permanece enraizada en el sentido común de los responsables por el diseño del sistema tributario nacional. Los tributos todavía son instituidos o aumentados de acuerdo con las necesidades del Estado, lo que, curiosamente, no implica directamente las necesidades del pueblo, conforme se percibe a la luz de los constantes aumentos de costos y recortes de gastos. Si antiguamente la tributación servía para atender bodas reales, fiestas, guerras o para amparar elites agrarias, hoy la situación no es diferente - diferentes son sólo los beneficiarios de la tributación, probablemente herederos de una nobleza disfrazada de clase media.

En este sentido, hay que estar de acuerdo con Buffon /6/, quien pregona la necesidad de construir el sentido de las políticas fiscales según los preceptos de la Constitución Ciudadana 1988. Es urgente observar el norte de la dignidad humana, especialmente la protección del mínimo existencial en términos tributarios. El primer paso para ello es reconocer la incidencia efectiva de principios como la progresividad y la capacidad contributiva, para que la tributación sobre la renta y el patrimonio dejen atrás su efecto meramente decorativo para asumir una dimensión real en favor de una sociedad más justa y solidaria.

Asimismo, una tributación conforme a la Constitución de 1988 no puede permitir la existencia de privilegios como la exención de los dividendos, circunstancia que sólo beneficia a la clase más acomodada de la población. En cuanto a la tributación sobre el consumo, debe asumirse la obligatoriedad de la observancia del principio de la selectividad, para que bienes y servicios vinculados al mínimo de existencia, tal como la energía eléctrica - todavía absurdamente gravada - puedan tener su acceso universalizado, sin gravar a los más pobres.

Por cierto, que esas transformaciones exigen un cambio drástico para ser efectivas, admitiendo la voluntad de construir una sociedad en la que todos puedan tener condiciones de concretar sus planes de vida. Antes de eso, hay que reconocer que la sociedad actual en Brasil no es meritocrática, sino que favorece relaciones personales, privilegia el capital y subyuga a aquellos que no se encuentran entre los "bien nacidos". A partir de eso, es posible abrazar soluciones para ese cuadro, las que deben incluir nuevas formas de gestión de la política tributaria, para hacerla menos exclusiva y más redistributiva.

Los más ricos, que controlan las discusiones públicas y los rumbos de la política nacional, por lo general no están involucrados en ese plan. Los más pobres, víctimas de ese sistema perverso, en su inmensa mayoría ni siquiera conocen el modus operandi de la tributación brasileña. En ese sentido, en medio de un debate mal concebido, compuesto por más preguntas que respuestas, una cuestión parece mostrarse preponderante: ¿hasta cuándo quedaremos en silencio ante ese cuadro malicioso?

 

Notas:

1).- BRASIL. Ministério da Fazenda. Efeito redistributivo da política fiscal no Brasil. Brasília: Ministério da Fazenda, 2017. Disponible en: <http://seae.fazenda.gov.br/destaques/redistributiva/efeito_redistributiv.... Acesso em: 29 jan. de 2018.

2).- En este sentido, es interesante observar que, según un estudio del IPEA, si las ganancias y dividendos no estuvieren exentos en Brasil – situación que sólo se repite en Estonia – se registraría una recaudación de más de R$ 43.000 millones lo que podría servir como alternativa a las políticas de austeridad que dominan la agenta política actual.

3).- Disponible: http://www1.folha.uol.com.br/mercado/2017/09/1921236-desigualdade-no-brasil-e-escolha-politica-diz-economista.shtml

4).- Disponible: https://brasil.elpais.com/brasil/2017/09/22/politica/1506096531_079176.html

5).- AMED, Fernando José; CAMPOS NEGREIROS, Plínio José Labriola de. História dos tributos no Brasil. São Paulo: SINAFRESP, 2000. p. 56. 6).- BUFFON, Marciano. Tributação e dignidade humana: entre os direitos e deveres fundamentais. Porto Alegre: Livraria do Advogado, 2009.

 

es un abogado y Máster en Derecho Público de la Universidade do Vale do Rio dos Sinos. Licenciatura en Derecho por la Universidad de Santa Cruz del Sur (UNISC).
Fuente:
Carta Capital 05-06-2018
Traducción:
Carlos Abel Suárez